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En el comienzo, Dios creó a los masai y luego creó el ganado para que viviera con ellos; todo el ganado del mundo es suyo por derecho divino. Un día, cuando las lluvias eran escasas, un grupo de "moran"-los guerreros masai- descubrió a un anciano llamado Ole Mweia sentado en lo más alto de los montes de Ngong- la intrincada cadena de verdes colinas al lado del Great Rift Valley-. Dominando desde allí el vasto paisaje de lagos volcanes, aquella figura humana era la del enviado de Dios, investido con oderes para traer la lluvia y predecir el futuro. El fue el primero, y el más grande, en la larga línea de los "laibon" o profetas masai, que tan poderosamente han influído y aconsejado a este pueblo en la guerra y en la paz.
Los masai, dirigidos por sus laibon, llegaron a considerarse como el pueblo escogido del África oriental; incluso hoy día algunos masai dicen que ellos son la tribu perdida de Judá.
Un grupo de ancianos disputa una partida de "enkeshui", juego parecido a las damas pero más complicado, en el que cada guijarro simboliza una vaca. |
Los masai cazan por diversión o para proteger sus ganados, pero nunca para comer. Los moran son los guerreros de los masai. Los morán o guerreros cazan para exhibir su valor y tal vez con la esperanza de lograr un magnífico tocado de crin de león.
Como muchos nilo-camilas, los masai suelen adoptar en la llanura una posición similar a la de las cigueñas, de pie con una pierna encogida detrás de la otra.
La vida cotidiana de los masai se desarrolla en el poblado, protegido por un fuerte y espinoso vallado. Las viviendas son fabricadas con estiércol de vaca seco. La leche es el único alimento acompañado a veces de mantequilla. A los moran, sin embargo, se les permite comer carne, pero nunca junto con leche. Cuando un masai cae enfermo, ha sufrido la circuncisión o está agotado se le da a beber sangre de buey.
Para obtenerla agarran al animal y le atan una correa de cuero alrededor del cuello; luego retuercen la correa de modo que la vena yugular se abulte. Entonces clavan en la vena una flecha que lleva en la punta un pequeño trozo de madera para evitar que penetre demasiado, y recogen la sangre en una calabaza. Una vez extraído un litro, ponen un poco de estiércol en la herida para hacer que la sangre se coagule y sueltan al animal.
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La labor de los niños es la de vigilar el ganado, mientras que las mujeres son las encargadas de ordeñar a los animales. También se dedican a barrer y limpiar las chozas y cuando el sol agrieta el estiércol del techo, le dan un revestimiento nuevo. El resto del tiempo lo emplean confeccionando collares y cintas con abalorios.
El número de esposas de un hombre depende de su riqueza en rebaños. El precio de una esposa es generalmente unas tres vacas, dos ovejas y un buey. Un hombre muy rico puede poseer hasta 20 mujeres, pero son pocos los que tienen más de cinco. Los masai deben casarse fuera del clan al que pertenecen, evitando así los problemas de consanguineidad. |
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Cuando una mujer masai queda embarazada, las relaciones sexuales quedan prohibidas hasta que el niño pueda andar. Da a luz en su propia cabaña, a la que el marido no podrá entrar hasta transcurridos 10 días después del parto. Tampoco le está permitido comer en casa hasta que su hijo haya dado los primeros pasos. Si comparece un anciano bendecirá al niño escupiendo en su cabeza o pecho. Cuando una muchacha alcanza la puebertad, es circuncidada; sin embargo, el matrimonio suele tener lugar después de haber tenido un hijo.
| Los moran viven como una comunidad propia, compartiéndolo todo y dedicados exclusivamente al pillaje y a la guerra. Sus madres van a hacerles compañía y a cocinarles la comida, siendo sustituídas por las noches por las amantes de los jóvenes guerreros. Sólo tras 14 ó 20 años de llevar esta vida, les está permitido casarse, a no ser que los ancianos del poblado concedan una dispensa especial a algún famoso guerrero como premio a su valor. |
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A veces, los cadáveres de los grandes hombres son enterrados en una tumba poco profunda, con la cabeza inclinada hacia la casa, y a su lado depositan hierba, un bastón y sandalias nuevas. Los "Laibon" o profetas, reciben sepultura bajo un túmulo de piedras, sobre el cual la gente devota tira un guijarro al pasar. Los muertos no son nunca aludidos, y si el difunto tenía un apodo, en la conversación conviene utilizar un sinónimo de esta palabra para referirse a él.
El "laibon" es el intermediario entre Ngai y el pueblo masai. Su cargo es hereditario y limitado a una reducida casta. Actúa como juez y también predice el futuro, para lo cual examina las víceras de una cabra o agita guijarros en un cuerno de búfalo. La interpretación dependerá de la posición en que caen. Además, preside las ceremonias, asegura la fertilidad y, lo más importante de todo, autoriza la guerra y trae la lluvia.
Una de las tareas más importantes del laibon es la de aconsejar a los moran, los cuales deben mantener la tradición que les prohíbe tomar alcohol o aspirar tabaco por la nariz. El único estimulante permitido es la corteza del árbol de la mimosa, que mascan antes de entrar en batalla o ir a robar ganado.
Los jóvenes moran son iniciados es dos grupos, conocidos como " grupos de la ciruncisión derecha e izquierda". El candidato va con la cabeza afeitada y bien lavado, y el rito incluye el sacrificio de un buey. Al día siguiente, el joven corta un árbol que luego las muchachas plantan al lado de su casa. Al tercer día, se levanta temprano y es circuncidado al amanecer. Tras unos días de convalecencia en su cabaña, sale fuera llevando un delantal y pendientes de mujer, y se divierte lanzando flechas sin punta en las nalgas de las muchachas y cazando pájaros para ponérselos en la cabeza, mientras le va creciendo nuevamente el pelo. Los iniciados se reúnen para constituir la "manyatta" y los nuevos guerreros parten a combatir y robar ganado a las tribus vecinas.
Las danzas son muy frecuentes. Dos o tres hombres entran en el círculo y saltan siguiendo el ritmo, los cuerpos rígidamente rectos, las manos pegadas a los costados, las rodillas juntas, y un puñado de hierba fresca apretada bajo los sobacos. Los cuellos de las mujeres oscilan hacia atrás y hacia adelante siguiendo el ritmo del tambor; algunas llevan hasta docenas de collares.