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CATARATAS DEL IGUAZU

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Con sus 275 saltos diseminados en forma de media luna que caen desde 70m. de altura, las Cataratas del Iguazú, posiblemente, las más bellas del planeta fueron descubiertas por Alvar Núñez Cabeza de Vaca en el año 1541 mientras emprendía una travesía. Las llamó Saltos de Santa María, pero con el tiempo prevaleció su nombre indígena, "Iguazú" o "Agua grande".

Siguiendo el curso del río, las cataratas distan unos 23 Km. de su desembocadura en el río Paraná.

En la parte superior a los saltos el río presenta varias islas pequeñas. A partir de la isla San Agustín el río se ensancha a unos 1.500 metros en su mayor parte, formando una amplia "U", que contiene la gran falla que da lugar a un abrupto desnivel en el terreno. En su gran curva, una proliferación de escollos, islotes y alargadas islas fragmentan el río en numerosos brazos. Al llegar al barranco, cada uno de ellos da lugar a un salto, cuyo conjunto constituyen el gran abanico de las Cataratas del Iguazú formado por 275 cascadas de diferentes alturas y volúmenes, algunas de gran belleza.

El límite de las cataratas pasa por la Garganta del Diablo, desfiladero con paredes de agua de unos 150m. de ancho por 700m. de largo, donde se originan múltiples arco iris.

Los sobrevuelos en helicoptero, aun siendo muy atractivos, fueron suspendidos por el daño que causaban a la fauna utoctona y al ecosistema.

Cataratas en Gomon

A contracorriente, golpeando implacable contra las correderas del río encajonado, el gomón remonta el Iguazú, y el Iguazú no le da tregua. Cada planchazo aumenta el nivel de adrenalina, pero también la emoción y la curiosidad por saber si aparecerán después del siguiente recodo. A pique, la selva se derrama sobre ambas costas. Atrás quedaron el puente internacional Tancredo Neves y mucho más abajo, el encuentro con el Alto Paraná, en el hito donde confluyen las tres fronteras.

El río nunca se detiene y el bote se encabrita con la fuerza de dos Evinrude de 200 Hp cada uno. La correntada va en aumento y el floating pega panzazos que arrancan gritos de emoción entre los turistas. Como la calma que antecede a la tempestad, los ruidos de la selva se apagan frente a la visión que se abre paso detrás del último telón de jungla. La imagen desde allí abajo es tan grandiosa, que parece irreal; como si fuera la de una película. Una suerte de anfiteatro en cinemascope por donde se viene abajo el río. Una falla geológica, que 70 metros arriba del gomón, se despliega en forma de arco. A medida que la embarcación se acerca desafiando al río encrespado, la película se agranda y el sonido parece que nos va a tragar. Al fondo, a escasos 300 metros, la célebre Garganta del Diablo marca el límite de la realidad, donde el agua se pulveriza, descomunal, en el centro de un rugido estremecedor y eterno.

Para quienes hayan estado alguna vez en esta meca del turismo internacional, redescubrir las cataratas del Iguazú desde abajo, remontando el río en semirrigidos, puede convertirse en una de las experiencias más vibrantes —en todo el sentido de la palabra— que cualquier viajero en busca de aventura pueda vivir. Y no es para menos. Cuando los gomones se acercan por el Iguazú inferior al brazo San Martín, se cobra real dimensión de esta fractura del río de 2.700 metros de largo, que se prolonga a través de 275 saltos, algunos de los cuales, llegan a los 80 metros de altura. El capitán tuerce a estribor y enfila por el brazo del río, que separa la frondosa isla San Martín de tierra firme. En frente y arriba, se descuelgan en doble escalón los saltos Bejaruna, Bosseti, Adán y Eva y San Martín. Vistos aquí, sólo una sucesión de nombres, pero en vivo y en directo, una obra maestra de agua y selva. El gomón pasa rozando el chorro del salto Cabeza de Vaca y el agua empapa a los visitantes, como para dejar constancia de su cercanCabeza de Vaca, quien en ía. Este salto recibe el nombre del mítico adelantado Alvar Núñez 1541, rumbo a Asuncise adjudicó, así, el mérito de ón, se dejó atraer por un estruendo que provenía del corazón de la selva y descubrir para el mundo occidental y cristiano, la famosa Iguazú, en lengua guaraní. La “Agua Grande’, significado de embarcaciencara los últimos tramos del ón retoma por el brazo San Martín. Todavía falta el plato fuerte. Rodeando la isla Iguaztoda la potencia. Ahora las ú inferior a puros planchazos.

El torrente es vertiginoso y los motores empujan con sensaciones se convierten en la mprecedida por la caída de los Tres ás concreta de las realidades. La Cresta de los Saltos, Mosqueteros asombra metros, el mundo se viene abajo en las —y conmueve— por su majestuosidad. Más adelante, a pocos fauces de la Garganta del Diablo. La altura de las cataratas, vistas desde su base, cobra real dimensión. El límite de aproximacia flote una cáscara de nuez bajo un ón será el salto Santa María. Arriesgarse un poco más, sería como mantener chorro a presisemejante demostración de la naturaleza, ón. Eso es, en definitiva, lo que en realidad uno experimenta frente a la una marea de espuma y selva. Silenciosos, con ínfima y humilde certeza, de que el bote es apenas un punto rojo en medio de el repetición ineludible, regresamos a la estación fluvial.íntimo convencimiento de que experiencias como ésta piden una

La leyenda de las cataratas

La formación geológica de las Cataratas del Iguazú data de 120 millones de años, en una secuencia de erupciones volcánicas. Pero pasando del real al campo imaginario, muchas leyendas indígenas cuentan la formación del mayor conjunto de caídas de agua del Planeta. Una de ellas dijo que los indígenas caín ganguees, que habitaban a las márgenes del Río Iguazú, creían que el mundo era gobernado por M’Boy, el dios serpiente, hijo de Tupan.

El cacique de la tribu, lgnob tenía una bella hija llamada Naípi . Por causa de su belleza, Naípi sería consagrada al Dios M’Boy, pasando a vivir solamente para su culto. Había, entretanto, junto a los caín ganguees, un joven guerrero llamado Tarobá, que se apasionó por Naípi . En el día en que fue anunciada la fiesta de consagración de la bella India, cuando el cacique y el paje (sacerdote indígena) bebían “cauim” (bebida hecha de maíz fermentado) y los guerreros bailaban, Tarobá huyó con Naípi en un barco, que fue rió abajo, arrastrada por la corriente. M’Boy se volvió furioso cuando supo de la huida y penetró en las entrañas de la tierra. Retorciendo su cuerpo, produjo una enorme fenda que formó una catarata gigantesca.

Envueltos por las aguas, los fugitivos fueran tragados por la inmensa catarata. Naípi fue transformada en roca luego abajó de la catarata fustigaba por las aguas revueltas. Tarobá fue convertido en una palmera, situada al margen del abismo. Debajo de esa palmera hay una gruta de donde monstruo vengativo vigía eternamente sus víctimas.

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Las ilustraciones naif fueron realizadas especialmente por Maria Laura para AUTOTUR