Aunque es escasa la documentación histórica hasta la época de Aristóteles, parece que se empezó a estudiar la mano en la Antigua China, a aprtir del siglo III a.C aproximadamente.

En la India, poco más tarde los monumentales Shastra recogen informes científicos acerca del análisis de la mano, escritos por sabios arios, y conocidos más habitualmente por textos védicos.

La popularidad de la quiromancia en Oriente Próximo y Oriente Medio también sugiere una larga tradición entre las civilizaciones Caldea, Sumeria y Babilónica.

Los griegos de la Antiguedad estudiaron la mano, y varias fuentes indican que Aristóteles encontró en un altar dedicado a Hermes, un antiguo tratado árabe sobre la mano, que envió a su discípulo más distinguido, Alejandro Magno.

Los romanos tenían tanto interés por la quiromancia como por los célebres Augurios. El historiador judío Josefo, dejo escrito que Julio César era muy hábil en la lectura de manos.

La mano aparece significativamente en la Biblia, con referencias específicas a la quiromancia en Provervios y en el Exodo hace referencia a la mano en cuanto símbolo de la presencia y el poder divino.

No obstante, hasta el siglo XIX no se empezó a documentar la quiromancia de modo sistemático. Los autores de mayor prestigio fueron los franceses D ´Arpentigny y Desbarolles, que sentaron las bases para la clasificación de las manos. D ´Arpentigny describió los principales tipos de mano en 1.843, y su sistema siguen vigentes en la actualidad.

Desde la China de hace 5.000 años hasta nuestros días, la mano, con sus montes, sus caminos y sus arroyos, ofrece un mapa del territorio de la vida que nos guía hacia un mayor conocimiento de nuestros sentimientos y nuestros éxitos potenciales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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