Página del poeta
C. López Dzur

Tus piernas
No asomé mis ojos a tu rostro
y pude haberlo hecho, ¡te quiero!
pero el corazón me latió de juventud y deseo
y tus piernas me bastaron como espectro.
El alma se escurrió, tú sabes dónde.
El placer me sedujo camino a tus tobillos,
subía por pantorrillas, exquisitas,
de ósea envergadura, por tu causa.


Me gusta la caprichosa excelsitud
de tu epidermis y músculos,
tu ritmo y tus formas, tu tersura
que perfeccionan las simetrías
en lo extenso del mundo, lo manifestado.
¿Cómo bajaría del nalgatorio
(con que tú curvas espacios en el cosmos)
la escalera sin peldaños
que contacta pasos tuyos en la tierra?
Tus cimientos locales no tienen parangón;
pero ¡qué biológico andar, con dos columnas
que penetran en el cielo más ricamente
que en mis ojos, que te comen el ser-en-tus-piernas
con una precomprensión del ser, con metafísica!
¿Por qué no te conozco,
por qué sólo paseas delante de mis ojos,
tentación de mundo, ángel del espectro y la maya,
raíz de sorbo inútil, por qué cantas
para esta sorda inmundicia que apenas
sabe de oídas de tus resplandores?
Has pasado sobre mí.
He sido tu calle sola.
Como un anheloso adoquín
gocé tus pasos, miré en tu coxis
y me llené de una memoria
que ya mi vejez lame en el alma,
en los ojos, en lo incógnito de estrellas
y de luces fatuas, pero es supremo el agasajo:
¡resurgen los deseos de abrazar o acariciarte!
aunque no se pueda, orgullosamente,
mirar a tu rostro y darte nombre
y quererte con toda juventud.
En la anonimia, eres la coherente inmensidad
que nos separa, el grito insolente,
el cobarde arrebato de la chusma,
pero no pierdes nada, tu muslo
es un retruécano de luces, el talón
un sandalia de Mercurio, tu vulva
la morada de los dioses;
tu belleza está prohibida
al polvo que se vence en la molicie
del mendrugo, a los tiempos derrotados
de la arena, a la dureza aborrecida
por rencores e ineptas ansias del caos.
La virtud que algún día se aproxima
hasta tu alma te bendecirá igual
que yo cuando estoy ciego;
pero, si estoy preso en tí,
por tentaciones de caderas te gozo
y porque meces el gozne del gravitón, te amo
porque juegas con las polaridades,
¡ay, ya te puedo querer sin que me quieras,
ya te puedo tentar, sin que me tientes!
¿Quien pudiera ser tan joven como tú,
quién, sombra perdida y perenne?
¿Quién saltará del adoquín, gris o negruzco,
por tu origen tu estrella,
quién haría del rojo de tus uñas
su pequeño beso,
y sobre tu araña de clotis,
en tu esquina más alta
trepará, en aras de cielos de Nut,
aferrado a peldaños y deslices
de muslos, de nalgas,
de tersas y adorables
piernas?
Ella y yo en silencio
Anoche no pude perdonarme en tí.
Te ví tan fría
que no expedí palabras amorosas,
sino que te dejé.
Me salí a ver estrellas,
a suspirar con ruidillos de la noche,
bichos escondidos que recuerdan
cómo se canta en lo oscuro
por una migaja minúscula de luz.
Advertí, no imaginé,
que estás más vieja que mis dedos,
más mustia que mis ojos,






¡pero tanta dicha hemos cimentado
con placer, con estímulos,
que están en el vestido que te quitas
y la carne que se exuda con su canción
de gozo primario,
a pesar de reparos lujuriantes!
Hay días así, cuando no sé
perdonarte y nada hicíste que yo
no haya hecho igual, precariamente,
irrazonado, imprudente por querer
apretar cielo y tierra en un puño, desolado.
No olvidé que hemos tenido amor
y aburrimiento y que el espacio nos tiene
por cómplices, nos acomoda, nos tira,
nos induce al filo de navaja, a cruel sendero,
y entre nosotros han crecido
palabras menos dulces que tus labios
y hemos vuelto a los besos
(que es volver a la boca y al regreso)
y hemos olvidado palabras y lamentos.
No sé cómo será sorber la madrugada
cuando la noche comenzó con tal silencio.
Lo que deseas de mí no lo hablaste
y la noche de anoche se repite
porque el perdón es más que las palabras
y que los besos y que el sortilegio
del tiempo condensado en memoria
de tu piel que ha envejecido,
casi siempre tan fiel y adorablemente mía.
El dolor es exacto cuando quiere
ser dolor con la vergüenza de los dos.
No te apiado yo y tú me apiadas;
por eso hay días, como ayer y hoy
y otros días ya superados e inútiles,
en que escapamos a la noche
y tajamos con cuchillo de silencio
velo o colcha o mantís, o tenderales,
lo que haya sido; no hay cobija ni piel cálida,
tu carne, pero en calles del firmamento,
abro el espacio, uno para los dos.

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A Gabrielle
Gabrièlle, la soledad sería...

?que no hayas nacido tú

y ya nacíste.

Y creces para mi gozo.

La soledad ha muerto.


El amor es

?que haya sido posible que tú existas.

Ser feliz es que me entiendas y me ames.


La tristeza es una sombra breve

que, cuando llegas, escapa.

Lo iluminas todo con tus ojos

que son la mar con dos lunas

de azul oscuro.


¡Por tí es que invento tantas esperanzas!

Es lo único que podré enseñarte.

Es lo más útil de lo que quiero que aprendas.

¡Yo te amo, Gabrièlle,

pero que tú me ames es un privilegio

con el que, desde tí, libremente,

se decreta mi dicha.


¡Ay, el universo sonríe

y mi corazón se estremece!

Eres tú la que me instruyes a diario.



Por tu causa, mi ser explora

aún los pequeños detalles

donde la rutina encubre lo bello:

me gusta cuando te quitas los zapatos

o te sientas sobre tus propias piernas,

tu carita risueña y soñadora,

tu desafiante costumbre de ver telenovelas;

me gustas cuando danzas y pareces que vuelas

y cuando ensayas tus cabriolas en l' air,

por igual, me gustas

y cuando entras en coda hasta mis brazos

después del pas de deux, ya me fascinas...


Mira que por tí me soporto mis cursilerías

y todos tus amores imaginarios de cartel

y tus ídolos y tus ensueños y me convierto

en cómplice de lo que anhelas y compras

y me cuentas

?¿Y cómo es que todo lo adjetivas

como maravilloso y fascinante y todo lo amas?

(Dáme ese secreto, mi pequeña Gabi,

tú que tocas el amor con plenas manos)...


Si mi lengua se traba y gruño,

tú eres la causa, me desarmas...

Toda elocuencia se pierde,

toda autoridad me quitas con un beso,

con tu gesto travieso y tu enojo caprichudo.


Por tí cedo a las inconsistencias.

Tus pequeñas locuras ya son mías.

Ahora me contamina una dulzura

que es tuya, me la quedo, me exilio

en ella cuando, lejos de tí, exploto en rabia.


Ahora tus mentirijillas y tus perdones

son mis verdades, mis privadas filosofías

y, en otros predios públicos,

me siento el padre de muchas estrellas

y el protector de las pequeñas lunas.


Por tu causa, ya son mías

todas las niñas del mundo, todas las colegialas,

y miro con ternura los dulces bríos de las adolescentes,

y las caritas inocentes me señalan a la tuya

y la energía incontaminada de los cuerpos,

jubilosos, primaverales, son la progenie

de cantos nuevos que tú inspiras,

los que por tí tendré que dar al mundo,

con fe y embeleso.


2.

¡Pero ahora, según creces, siento miedo!

No es el egoísmo de que un día te vayas.

Tendrás que irte, has de formar otro mundo.

Querrás las cosas que ya no podré darte.


También verás ese miedo en mis ojos

?cansados, ya viejos, sin futuro?

y no te gustará, de plano, lo que anuncian

sin poder evitarlo, y has de esquivarlos

(¿a quién le gusta ver la muerte en señas,

o en guiños solitarios,

o bajo puentes de pestañas

que abanican al viento, velámenes de Estigia,

barcas que cierran las pupilas del viejo para siempre?)


Pero no estés triste, Gabrièlle.

Cada minuto tuyo ha sido mi vida,

cada año ha redimido mi sustancia en tí

y tú vivirás muchos años y cada uno de tus días

serán como añadirme el infinito, desde el hoy...


(Yo festejo la vida, a pesar de todo

y vida ha sido quererte, trabajar para tí,

soñar contigo, pasear a donde quieras).

El camisón azul de tu pijama es un abrazo,

tu faldica escosesa, corta, de cuadritos,

una caricia ?y tus piernas ágiles, bellas y elegantes,

son para mi alma desnuda, mudos signos,

comunicadores que, mudamente, te sonríen y aman...


Mira que me has hecho fetichista

?tus zapatos me gustan, los que tuvíste

de niña ya son como recuerdos más que benditos

y pensar que doce años han pasado, Gabrièlle,

y sigue tu pie siendo chico y dulce como beso

y tu belleza tan inmensa como son los misterios...


... mira que me has hecho feliz

a pesar de que el dolor y la injusticia existen

y la muerte y la crueldad y la miseria...

mas no hay nada que una idea no transforme

y la esperanza y la fe a lo más turbio derrotan

y el amor se hace tan bello y tangible

como es tu carita de rosa

y tus manitas que me han secado

lágrimas que nacen de tanto quererte,

no de tristeza ni de desaliento.

Por eso te quiero, Gabrièlle.

3.

No me preguntes cosas tristes.

Léelas, si quieres, cuando tengas tiempo.

(Ya sabes que funjo de poeta).

Muchas veces, la tristeza has de ver

aunque no lo pretendas.

Deja que lleguen, déjalas pasar

y no las hagas parte de tí.

Cultiva la canción que llevas dentro.

Forma tu alma, Sagitariana,

junto a esos centauros que cabalgan

con tan arisca y ágil piel de sabiduría.


Caza, mi pequeña Artemis,

como diosa luna entre las Amazonas.

Mira al inmenso Júpiter

lleno de fuego mutable

y controla tu corazón independiente

y curioso como el mío,

porque un día darás cuenta a tus hijos

y juzgarás, con ilusión o con tristeza,

tus propios pasos en los bosques del mundo.


No me preguntes sobre pasados grises

porque tu honestidad amorosa es lo que importa

y el optimismo verbal sale sobrando

cuando estás tan excelentemente hecha

de amor y el orgullo me tiene anonadado...


... mira que orgulloso estoy de tí

que escribo que he nacido para que tú nazcas

con más esperanzas y sueños

que los que yo he tenido y, por tí,

se ha completado mi audacia más sublime.


Gabrièlle, ¡qué bella es la biología

que te dio formas y tu madre en Barcelona

que forjó en su vientre tu posibilidad

de carne y hueso!

¡Y qué bello el destino

que te trajo a mi lado

y qué dulces los desvelos

que a tu madre y yo, nos incitan a querer en tí

lo que, en nosotros mismos, no pudimos!


¡Qué sabio es el amor, después de todo,

qué insuficientes las palabras para decirte:

?Te amo, hijita mía!

10 de diciembre/ en su cumpleaños

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