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Un misterio isleño
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| En todas partes, las zonas limítrofes
entre naciones o provincias- son lugares en que las leyes, las noticias,
la educación y la asistencia social llegan desdibujadas, con menos
fuerza, y dan lugar a historias y personajes que no podrían suceder
y existir sino allí.
El río Paraná Guazú, uno de los grandes brazos que forman el Delta Argentino, sirve de límite entre las provincias de Buenos Aires y Entre Ríos. En una de sus numerosas vueltas, cerca de las localidades entrerrianas de Puerto Constanza e Ibicuy, pero del lado bonaerense, nace el arroyo Botija, que luego de recorrer aproximadamente 13 kilómetros, vuelve a desaguar en el río grande formando así una isla que lleva su mismo nombre. Es un lugar solitario (aún para el Delta, ya de por sí desolado por el éxodo que viene sufriendo desde hace décadas), de curso muchas veces cegado por camalotes y otras plantas acuáticas, costas en su mayoría bajas y brumosas, espectrales, y poco frecuentado por pescadores (llamativamente la pesca allí es más escasa de lo que podría suponerse por comparación con sitios similares) En ese lugar tomó forma la historia de Rosario Schuster, La Niña Rosario, La Rosarito. Se sabe que nació en la segunda o tercera década de este siglo. Hija del dueño de una plantación frutal en la zona de Gualeguaychú, una localidad de la provincia de Entre Ríos bastante distante por vía fluvial, sobre todo para esa época. Su padre, un suizo viudo y taciturno, que parecía extraído de una novela de Augusto Roa Bastos, ejercía el control de todo lo que sucedía en su establecimiento con más poder y dinero que legítimo derecho. En ese lugar, cuando apenas salía de su adolescencia, Rosario conoció a Quintino, un peón rural que se había trasladado allí para trabajar en la cosecha de cítricos. Al promediar la primavera, Rosario y Quintino escaparon juntos a la Isla Botija, donde él tenía su rancho, quizás por sus condiciones de seductor, quizás por resentimiento contra el viejo, cuyo autoritarismo habían padecido ambos, aunque bajo formas diferentes. En el rancho, del que aún se conserva la tapera, vivieron durante algunos meses hasta que misteriosamente el hombre se perdió sin dejar rastro. Con respecto a su desaparición, hay quien cree que la abandonó por otra mujer, dada su fama de mujeriego. Otros suponen que el suizo le pagó para que se fuera o que directamente lo mandó asesinar, algo que no sorprende si se consideran los métodos que solía emplear. Pero el hecho es que, por una u otra causa, ella quedó sola en ese páramo, tal vez embarazada y sin muchas habilidades que le permitieran subsistir, pero con la testarudez heredada de su padre, ya para entonces su enemigo, al que temía y ante quien no estaba dispuesta a ceder volviendo a su vida anterior. Éste por su parte, indignado y con su característica frialdad, decidió no ayudarla hasta que ella se lo rogara, como forma de brutal escarmiento. La isla no es buen lugar para una niña acostumbrada a la vida cómoda, es húmeda e insalubre, en invierno suele hacer mucho frío, hay tábanos y jejenes (los temidos mbarigüís) que martirizan a personas y animales durante el día y nubes densas de mosquitos al atardecer y durante la noche. En esas condiciones no tardó en debilitarse su salud física y mental, delirante, semidesnuda y desnutrida, empezó a deambular alucinada durante la noche buscando a su amante entre llantos. Schuster, enterado de tales circunstancias, decidió llevarla por la fuerza de vuelta a su finca. Cuentan que entonces, en el atardecer del primer sábado de Carnaval, al ver desde cierta distancia la embarcación de su padre y con la determinación de no darse por vencida, la chica se puso las ropas que vestía cuando consumó su unión con Quintino, y luego de atarse al cuello un manojo de cabezas de hacha que habían pertenecido a él, se arrojó al agua para siempre. La Prefectura (guardacostas) que rastreó el arroyo en busca de algún indicio, sólo encontró los fierros herrumbrados todavía unidos por una soga de cáñamo casi deshecha por la acción del agua. En la actualidad, parece haber entre los lugareños un pacto de silencio al respecto. Un puñado apenas se atrevió a contarme (sólo después de varios vinos) que en algunas noches de Carnaval se escucha un llanto lastimero desde lo profundo de la maciega y hasta hubo quienes relataron con lujo de detalles (que luego en estado de sobriedad negaron con visible temor) haber visto y oído llorar y pedir ayuda a La Rosarito sobre el agua, o entre los árboles, en actitud suplicante, a veces rodeada por llamas fantasmales que no queman. Lo singular del caso es que navegantes y pescadores de Buenos Aires, Zárate, San Pedro y otras ciudades importantes, por lo general más escépticos y menos inclinados a la superstición que los habitantes de zonas rurales, han dado testimonios parecidos luego de visitar el lugar, al que no suelen querer volver, no tanto por miedo (que inexplicablemente dicen casi no haber sentido) sino por la congoja de que quedaron impregnados ante tal aparición. Un sacerdote y una psicoanalista
coincidieron en que sólo se trata de fenómenos psíquicos,
ya que la comunicación con personas fallecidas es imposible para
el primero y sin base científica para la segunda. Cuando consulté
a una conocida entidad dedicada a la refutación de creencias pseudocientíficas,
dijeron tener noticias del caso pero no haberlo investigado por falta
de recursos, dado lo inaccesible del lugar y la poca disposición
a colaborar de sus habitantes. |