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Tragasardinas
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| Don Lesmes era uno de aquellos
que viven para comer en lugar de comer para vivir. A pesar de ser caballero
de casa solariega bastante rica, era solterón, porque todos sus afectos
estaban en el estómago y no un poquito más arriba. Un poquito
más arriba ni un poquito más abajo no tenía afecto
alguno. No consistía su celebridad sólo en su insaciable apetito,
sino también en su creencia de que el día que la perdiese
ya podía contarse bien con Dios, porque sin remedio era hombre muerto.
Esta creencia tenía su origen en una broma que habían querido
darle sus amigos. Como fuese hombre que dividiese su amor a la manducatoria
con su amor a la vida, sus amigos habían querido darle un susto tremendo
haciéndole creer que se hallaba en inminente peligro de muerte. Puestos
de acuerdo al efecto con el médico de la villa, éste le anunció
que en el momento en que le faltase el apetito debía disponerse a
morir, porque su muerte estaba próxima. Don Lesmes creyó a
pies juntillas al médico, porque era tan crédulo y candoroso
cuanto comilón y, preparado así, sus amigos se dedicaron a
hacerle perder el apetito; pero quienes se llevaron un chasco fueron ellos
y no don Lesmes, a quien nunca lograban ver harto.
Fue por Marquina el insigne don Félix Maria de Samaniego, y como le contasen lo inútiles que habían sido sus esfuerzos para asustar a don Lesmes y apelasen a su ingenio para conseguirlo, el buen don Félix les dijo: - Déjenlo ustedes a mi cargo, que yo apretaré un poco mi flojo ingenio a ver si cumplo con una fábula en acción, el precepto de Horacio. Samaniego vivía en una casa aislada en las cercanías de la villa. Don Félix y don Lesmes se encontraron al anochecer al retirarse del paseo. - ¡Oh, señor don Félix! - ¡Oh, señor don Lesmes! ¿Cómo va esa humanidad? - Bien, a Dios gracias, pues el apetito se conserva excelente. Hoy después de comer me fui a dormir la siesta acostumbrada, que nunca baja de un par de horas; pero no había pasado una, cuando me despertó el pícaro gusanillo... - Le envidio a usted el buen apetito, porque yo lo tengo fatal. - Dios me lo conserve, porque el día que lo pierda me voy inmediatamente al otro barrio, según me ha dicho el médico. - Hombre, ya podia usted acompañarme mañana a comer, porque mañana es mi cumpleaños y me voy a aburrir comiendo solo, y sobre todo con la falta de apetito que tengo estos días. - Pues acepto el convite. - Y no le pesará a usted, amigo don Lesmes, pues me han mandado de Laguardia un barril de vino rancio y una docena de perdices, que deben ser cosa buena. - ¡Je, je, je! ¡Cómo se regala este pícaro de Don Félix! Pues allá me tendrá usted y haremos por sacar el escote. - Váyase usted temprano, que quiero que almorcemos, comamos y cenemos juntos, porque no le suelto a usted hasta el día siguiente. - ¡Je, je, je! Así que despache el chocolate, las paminchas y el vaso de leche y duerma la reposada, me tiene usted por allá. Ahora vamos a ver si nos dan de cenar, que me voy cayendo de debilidad con el paseito que hemos dado hasta Urberoaga. - Pues lo dicho, señor don Lesmes. - Lo dicho, señor don Félix. A las ocho de la mañana siguiente subía don Lesmes las escaleras de la casa de Samaniego. Se levantaba temprano, sirviéndole de despertador el estómago, cuya debilidad fortificaba con su tazón de cuatro onzas de chocolate, tres o cuatro paminchas (que son unas todas de pan muy sabrosas, como de cuarterón cada una) y la leche, que cabía en uno de aquellos tremendos vasos de asa que suele haber en las aldeas. Lo que llamaba don Lesmes la rejosada era una hora de sueño en el sillón, porque hasta después del chocolate había de dormir siempre el buen don Lesmes, si bien entonces se contentaba con dormir en el sillón y no en la cama, como hacía después de almorzar y comer. A las nueve terminaban Tragasardinas y Samaniego un abundante almuerzo, en cuya preparación había hecho prodigios de habilidad y esmero la cocinera. Samaniego era buen comedor, pero excitó vivamente la compasión de don Lesmes con su falta de apetito, que decía haber perdido hacía algunos días. - Ea -dijo don Félix a su huésped-. Supongo que ahora querrá usted echar el sueñecillo acostumbrado. - Eso ya se sabe; sin la reposada ni aun el chocolate me sienta bien. - Pues venga usted a su cuarto y duerma a sus anchas. Don Félix acompañó a don Lesmes a uno de los cuartos más hermosos y retirados de la casa: don Lesmes se desembarazó de la ropa exterior y se acostó y don Félix, después de cerrar cuidadosamente la ventana para que la luz no le molestara, se salió del cuarto llevándose recatadamente el reloj de don Lesmes, que éste había colocado sobre la mesita de noche. Hecho esto, Samaniego adelantó la hora, así del reloj del comedor como del de don Lesmes, haciendo que ambos señalaran la una, y acercándose de puntillas al cuarto de don Lesmes escuchó, y como notase que éste roncaba ya como un marrano, entró y colocó el reloj sobre la mesa de noche. Media hora después, es decir, antes de las diez de la mañana, don Félix entró en el cuarto de don Lesmes, gritando al mismo tiempo que abría la ventana: - ¡Arriba, señor don Lesmes! - ¿Qué hay, señor don Félix? -preguntó don Lesmes despertando sobresaltado. - ¡Qué ha de haber, hombre! Que está ya la sopa en la mesa. - ¿Pues qué hora es? - ¡La una dada! - ¡La una! ¡No puede ser, hombre! - Vea usted el reloj. - En efecto -dijo don Lesmes mirando su reloj-. ¡Pero, hombre, si me parecía que acababa de quedarme dormido! - Es que tiene usted un sueño de ángel y se conoce que le ha sentado bien el almuerzo. - Hombre, sí, a Dios gracias. - Supongo que habrá buen apetito... - Ese, a Dios gracias, no le he perdido yo nunca. - Y eso que el almuerzo fue muy fuerte. Vamos a la mesa, que la comida no lo será menos. Don Félix y don Lesmes pasaron al comedor. Todavía parecía al segundo como que no habían transcurrido cuatro horas desde que terminó el almuerzo, pero el reloj del comedor que, como el suyo, señalaba más de la una, acabó de disipar sus dudas. Por casualidad, el de la villa estaba aquel día parado. La comida fue magnífica. Cada vez que salía un nuevo plato, el rostro de don Lesmes se iluminaba de alegría, porque aquellos manjares eran capaces de abrir el apetito a un muerto, por más que ni esto ni el ejemplo del buen diente de don Lesmes bastasen a vencer la parquedad de Samaniego, que le explicaba con lo desganado que andaba hacia días. Terminada la comida antes de las tres, don Lesmes, reventando de lleno, se fue a dormir la siesta, acompañándole al cuarto don Félix, que cerró cuidadosamente la ventana para que no le molestara la luz y salió, apoderándose del reloj del tragaldabas y diciendo que él iba también a dormir una buena siesta. Pero en lugar de ir a dormir la siesta, Samaniego se entretuvo en poner el reloj de don Lesmes y el del comedor a las nueve, en cerrar con el mayor esmero todos los balcones y ventanas de la casa y encender la lámpara del comedor, mientras las criadas hacían todas las transformaciones necesarias para la cena. Acercóse don Félix a oscuras al cuarto de Tragasardinas y, como oyese a éste roncar, entró y, dejando el reloj sobre la mesa de noche, salióse y fue a recibir y encerrar en el cuarto contiguo al comedor a una porción de amigos suyos y de don Lesmes, incluso el médico de la villa a quienes sintió subir sigilosamente la escalera. Poco después tomó una luz y se dirigió al cuarto de Tragasardinas. - ¡Señor don Lesmes! ¡Señor don Lesmes! -gritó don Félix desde la puerta. - ¿Qué ocurre! -contestó don Lesmes, despertando sorprendido con la luz artificial y aquellas voces. - ¿Está usted malo? - No, gracias a Dios. ¿Por qué me lo pregunta usted? - Porque tanto dormir me va dando malísima espina. - ¿Cómo que tanto dormir, si no hace media hora que me acosté? - ¡No tiene usted mala media hora, cuando lleva durmiendo cerca de seis! - ¿Pues qué hora es? - Las nueve. - ¿Las nueve? - Sí, señor, y si no, vea usted el reloj. - ¡En efecto! -exclamó don Lesmes consultando el reloj-. ¡Pero si se me había hecho la siesta un cuarto de hora! - ¡Dichoso usted, que tan apacible sueño tiene! Ea, arriba, vistase usted y vamos a cenar. - ¡A cenar!... -murmuró don Lesmes poniéndose malhumorado, porque creyó que su estómago no recibía aquella noticia con la satisfacción de costumbre. - Si, señor, a cenar. ¡Pues qué! ¿No le parece a usted aún hora? Yo mismo me estoy cayendo de debilidad, a pesar de lo desganado que ando estos días. Ya veo que del cantado apetito de usted hay que rebajar mucho. Don Lesmes se vistió y un poco caviloso se dirigió al comedor, cuyo reloj marcaba, como el suyo, más de las nueve y don Félix y él se sentaron a la mesa. Sirviéronles una ensalada de lechuga con rajas de huevo que por aquella tierra suele servir de introducción, así como en otras suele servir de postre, y ambos le hicieron los honores correspondientes. Tras la ensalada vino una enorme fuente de perdices estofadas, que eran el manjar más codiciado de don Lesmes. Este sonrió de alegría al ver las perdices, pero Samaniego notó que al llevar a la boca un trozo de tentadora pechuga se puso descolorido y masticaba como con repugnancia. - Amigo don Lesmes -dijo don Félix trinchando con delicia el tercer muslo de perdiz-, es necesario convenir en que a ataque de perdiz no hay inapetencia que resista. Don Lesmes, que a su vez se llevaba a los labios otra pechuga, dejó caer al plato tenedor y presa, exclamando con terror y desesperación: - ¡Ay, señor don Félix!... ¡Soy hombre perdido! - ¿Por qué, señor don Lesmes? - Porque ha llegado mi última hora. ¡Que venga el médico o, mejor dicho, que venga mi confesor! - ¿Ha perdido usted el juicio, señor don Lesmes? - ¡No, lo que he perdido es el apetito, que es en mí tanto como perder la vida! Y don Lesmes, llorando y aterrado, clamaba porque llamaran al médico o más bien a su confesor, porque se moría sin remedio. Una de las criadas hizo que salía precipitadamente y un instante después entró en el comedor, seguida del médico, a quien decía haber tenido la fortuna de encontrar apenas puso el pie en la calle. En efecto, Tragasardinas sentía ansias de muerte y creía llegado su postrer instante. - ¿Qué ocurre, señor don Lesmes? -le preguntó el médico. - Que he perdido el apetito. - ¿Comiendo a las horas regulares? - ¡Si, señor! - Si es así, ¡caso desesperado tenemos! Oyéronse pasos precipitados en el corredor y entraron los amigos de Tragasardinas fingiéndose profundamente consternados. - Dos Lesmes, ¿qué es lo que ocurre? - ¡Que ha llegado mi última noche! - Dirá usted su último día. - ¡Ay, ya no veré el de mañana! - Pero verá usted el de hoy -dijo el médico. - Que abran esos balcones para que el moribundo respire el aire libre. Una criada abrió de par en par el balcón del comedor y el sol, que todavía estaba muy lejos del ocaso, inundó el comedor de luz e hirió el rostro de don Lesmes, que dio un grito de alegría y sorpresa al mismo tiempo que todos los circunstantes prorrumpían en ruidosas carcajadas y aplausos a Samaniego, calificando de su más ingeniosa fábula la que acababa de poner en acción. - Señor don Félix -exclamó el médico-, falta la moraleja de la fábula. - Entre la fábula y la moraleja debe haber algún espacio -contestó don Félix. Poco tiempo después los amigos de don Lesmes y de don Félix fueron a dar al segundo la noticia de que el primero, al terminar una comilona, había reventado de lleno. - ¡Ahí tienen ustedes la moraleja de la fábula! - exclamó el señor don Félix con tristeza. |