La lámpara mágica

Vivía una vez una pobre viuda que tenía un hijo muy bello y distinguido. Cierto día llegó a su casa un mercader que venía de un lejano país, asegurando ser el hermano mayor de su difunto marido.

La mujer le acogió muy bien y le hospedó en su casa durante una temporada. Un buen día dijo a la madre:

- Prepara alimento, porque el muchacho y yo nos vamos a buscar las flores de oro.

La viuda así lo hizo y partieron muy de mañana.

Después de haber caminado muchas millas, el joven, agotado, propuso a su tío descansar un rato. Pero éste se negó y le obligó a su tío descansar un rato. Pero éste se negó y le obligó a seguir andando. De nuevo el mancebo le pidió descanso; pero el tío, por toda contestación, le golpeó duramente y prosiguieron el camino.

Cuando hubieron llegado a un montecillo, el tío ordenó al muchacho que hiciese un buen montón de leña. Luego que lo hubo preparado, le obligó a que soplara con todas sus fuerzas para encenderla. Aunque no tenían fuego, el sobrino obedeció, y, naturalmente, no consiguió encender una sola rama. Cansado, preguntó a su tío:

- ¿Qué sentido tiene que intente encender la leña sin fuego?

- Sopla, o te daré una buena paliza -le contestó.

El muchacho siguió soplando y al fin la leña se encendió. Luego que se hubo encendido, bajo las cenizas apareció una abertura en tierra cubierta por una plancha de hierro. En seguida, el joven fue obligado a levantarla. A persar de todos sus esfuerzos, no consiguió nada. Se daba ya por vencido, cuando recibió un golpe de su tío que le obligó a seguir en su intento. Después de mucho forcejeo, logró levantar la pesada plancha y apareció ante sus ojos una maravillosa cueva subterránea iluminada por una lámpara y llena de flores de oro. El hombre obligó a su sobrino a que bajara a la cueva y se dirigiera primeramente, sin tocar ninguna flor, por la lámpara; luego de habérsela entregado, podría dedicarse a coger flores de oro hasta llenar un gran plato. Cuando estuviera bien cargado de ellas, deberia subir. El chico cumplió todo como se lo había mandado; pero al ascender, como tenía las manos ocupadas, no pudo hacerlo. El tío, furioso, le gritaba desde arriba:

- ¡Sube como puedas!

El muchacho rogó a su tío que cogiera las flores de oro, para dejarle libres las manos y poder subir. Al trepar, como iba cargado, tenía mucha dificultad para subir. El tío, furioso porque subía despacio, le amenazó con dejarlo encerrado en la cueva si no se daba prisa.

- ¿Cómo voy a trepar -repuso-, si tengo las manos llenas de flores de oro?

Entonces el mercader cerro de un golpe la entrada de la cueva y se fue, dejando al chiquillo encerrado.

Varios días pasó, desesperado, llorando, sin probar alimento.

Un día que estaba con la lámpara entre sus manos, meditando sobre su desgraciada suerte, al sentir el contacto de ésta con un anillo que acostumbraba a llevar siempre en su mano derecha, se le apareció un hada, preguntándole qué deseaba.

- Quisiera salir de aquí -dijo el mancebo.

El hada levantó la plancha de la entrada y pronto pudo encontrase fuera.

Se dirigió a casa de su madre, llevando la lámpara consigo. En cuanto llegó, le pidió de comer, pues hacía ya varios días que no probaba bocado. La pobre madre no tenía nada que darle; pero el muchacho se acordó de su lámpara y, al frotar su anillo contra ella, de nuevo apareció el hada preguntándole qué deseaba.

Pronto la madre y el hijo se hartaron de comer, pues les llevó toda clase de alimentos en gran cantidad.

Desde entonces el chico era feliz: bastaba frotar la lámpara con su anillo para poseer todo lo que quería. El hada aparecía en seguida y le complacía en todo lo que se le apeteciera.

Un día vio a la princesa cuando se dirigía a los baños. Como era muy bella, el joven se enamoró apasionadamente de ella y suplicó a su madre que visitara al rajá y le pidiera la mano de su hija. La mujer trató de disuadirle, pues pensaba que no accedería; pero para dar gusto a su hijo, pidió audiencia y solicitó del rajá la mano de su bellísima hija. El rajá respondió que consentiría si su futuro yerno le llevaba más dinero del que él mismo poseía. Cuando el muchacho supo las condiciones, le pidió al hada de la lámpara que le diera el dinero que precisaba. Pronto lo tuvo y lo envió al raja para que cumpliera su promesa. Este, tratando de esquivarla, contestó que necesitaba un magnífico palacio en el que se pudiera albergar a su hija según su rango y categoría lo exigían.

El joven frotó su anillo contra la lámpara, y el hada, en una noche, le construyó un magnífico palacio.

El rajá no pudo rehusarle la mano de su hija. La princesa se enamoró de él en cuanto le vio y se celebró la boda con gran regocijo.

Algún tiempo después de la unión, el rajá y el joven se fueron de caza. Mientras tanto el malvado tío del muchacho llamó a la puerta del palacio pidiendo se le concediera ver a la princesa. El llevaba una lámpara nueva, que ofreció a la princesa a cambio de alguna otra vieja que ella tuviera. No sabiendo las cualidades maravillosas de la vieja lámpara de su marido, se la entregó al extranjero a cambio de la nueva que él traía. En cuanto éste la tuvo en su poder, frotó contra ella su anillo y le pidió al hada:

- Transporta a este palacio y sus moradores a mi país.

Cuando el rajá y el joven volvieron de caza, quedaron pasmados al darse cuenta de que el palacio y la princesa habían desaparecido. El Rajá, apesadumbrado y colérico, dio trece días el joven para devolverle a su hija; si al cabo de este tiempo no lo hacia, moriría ahorcado. El último día del plazo llegó, y estando tumbado sobre unas rocas pensando en su desgraciada suerte, al rozar, su anillo contra la roca, se le apareció un hada, diciéndole:

- ¿Qué deseas de mí?

- He perdido a mi mujer y mi palacio -contestó el joven-. Si supierais dónde están, llévame allí.

El hada le llevó a la puerta de su palacio, situado en el país de su ingrato tío. Tomando la forma de perro, el muchacho entró en él. La princesa le reconoció en seguida, le abrazó y le dijo que su tío no estaba en casa.

- Lleva la lámpara siempre colgada del cuello y no la deja un momento -dijo la princesa.

Después de pensar detenidamente qué harían, ella se comprometió a envenenarlo. Cuando llegó, por la noche, su tío y pidió la cena, la princesa le puso veneno en el arroz. El lo comió ávidamente y pronto murió. Entonces el joven le quitó la lámpara y la frotó con su anillo.

- Transporta al palacio, a mi esposa y a mi al país del rajá -le pidió al hada.

E inmediatamente el palacio y sus moradores volvieron al lugar primitivo.

El rajá se llenó de alegría al ver a su hija. Dividió el reino con su yerno y gobernó pacífica y felizmente durante muchos años.



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