El rio amarillo
El emperador Han-Vou-Ti tenía una gran curiosidad y un enorme afán de saber. Una tarde, paseando por la orillas del río Amarillo y contemplando la fuerte corriente, se le ocurrió preguntarse dónde estarían las fuentes de ese río, cosa que desconocía, pues nunca las expediciones que ordenara habían llegado tan lejos. Aunque no se le ocultaron las dificultades de la empresa, tan preocupado quedó, que aquella misma noche llamó a uno de sus funcionarios más fieles y más capaces y le dijo:

- Deseo saber dónde están las fuentes del río Amarillo.
- Tu voluntad, señor, se cumplirá.
- Parte acompañado de los hombres que necesites y toma los pertrechos que te sean útiles. No vuelvas hasta que no encuentres el origen de este río.

El leal servidor organizó escrupulosamente la expedición. Partieron, al fin, y navegaron durante muchos días y muchas noches. Pasaron por regiones fieles al Emperador y por otras desconocidas. Atravesaron remansos y parajes peligrosos. Y siempre continuaba el río. Llegaron, al fin, a un sitio donde las embarcaciones no podían seguir, porque la corriente se extendía enormemente en anchura, pero apenas si tenía profundidad. Entonces el enviado del Emperador bajó a tierra y vío, derribado en la orilla, un viejo árbol. Ordenó que lo cogieran y que hicieran de él una piragua. En tan exigua embarcación montó el enviado y siguió rio adelante, sorteando una serie de bajíos y bancos de arena que resplandecían como la plata. Una noche vío en la orilla a un hombre que conducía a un buey y, remando hasta donde se encontraba aquel hombre, le interrumpió, diciéndole:

- ¡Eh, buen hombre!, ¿podéis decirme cómo podría continuar mi camino hasta las fuentes de estre gran río? ¿Quién es el rey que manda en este país? ¿En dónde estamos?
- No podéis ir más lejos -contestó el boyero-. El dueño de estas regiones es vuestro dueño como el mío. Volved a vuestro país y decir a vuestro soberano que si quiere saber el nombre de esta región que mande llamar al astrónomo Hien-Kiun-Ping; bastará decirle que el día y la hora en que os he hablado para que averigüe de qué país se trata.

El enviado del Emperador le hizo más preguntas; pero éstas quedaron sin contestación. En el mismo momento la corriente de las aguas se volvió tan violenta, que arrastró la piragua a la deriva, hasta el lugar en donde los navegantes habían amarrado su embarcación. Les contó lo que había sucedido:

- Creo que hemos cumplido nuestra misión y hemos de volver a nuestro país.

Y así lo hicieron. Pasaron de nuevo por las tierras desconocidas, por los remansos y los desfiladeros, llegaron a las regiones del Emperador, y, por fin, a la capital de Han-Vou-Ti, este los recibió con gran alegría.

- ¿Averiguasteis dónde están las fuentres del río?

El enviado le relató su aventura. Entonces el Emperador mandó llamar sin dilación al astrónomo. El enviado contó de nuevo lo que le había dicho el boyero, y el sabio dijo:

- En esa fecha estaba yo observando el cielo. En los bordes del Río Celeste (la Vía Láctea) una estrellita se movía rápidamente. Esto lo observé durante varias noches. Se había acercado al Conductor del Buey (Kien-Nieou, "estrella de Capricornio") y después había desaparecido.

Entonces comprendieron que el río Amarillo (Hoang-Ho) era la prolongación del Río Celeste (Tien-Ho), ya que esa estrellita fue el cometa que desde entonces se conoció con el nombre de Barca de los Inmortales, que debía de ser el viejo árbol de esas regiones sublimes que el enviado del Emperador utilizó como piragua, y que el dueño de esas comarcar, como el de aquellas en las que reinaba el Emperador, era el Soberano Autor de lo creado.


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