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El divino campeón
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| En los primeros tiempos todo era
confusión, espanto y oscuridad. El rey del desorden, el dios sombrío,
Mummu-Tiamet, señoreaba a su placer. Era el único que podía
resistir la mirada de fuego del sabio y bello Bel, el campeón de
los dioses. Pero ocurrió que una vez ambos lucharon fieramente y
Mummu-Tiamet tuvo que humillarse y declararse vencido. Entonces de la oscuridad
brotó la luz y por todas partes se agitó la vida.
Mummu-Tiamet, el dios sombrío, no se resignó a perder por completo su poder y se refugió con los suyos en las profundidades del mar Eritreo. Desde allí salía siempre que encontraba ocasión para llevar la destrucción a lo creado. Lo dioses, queriendo aniquilarlo definitivamente, se reunieron en consejo, bajo la presidencia de Anu, padre de todas las divinidades, y decidieron que Bel fuese el encargado de luchar nuevamente. El Divino Campeón partió de la Montaña Sagrada, donde se había celebrado el consejo, provisto de una buena armadura que los dioses le habían dado y de las chispas que encendían las cabezas del Sagrado Monte. Seguido de un cortejo celestial, se dirigió a las orillas del mar Eritreo, y con voz que estremeció los valles y las montañas deliciosamente, lanzó el reto a Mummu-Tiamet. No se hizo esperar la aparición del monstruo. Su cabeza era de hiena; el cuerpo, de tigre; las garras, de águila, y las alas, de vampiro. Su horrible cortejo le seguía. El divino Bel le atacó con ímpetu, sopló en el interior de sus fauces y lanzó con la diestra el rayo a través de ellas. El viento y el rayo destructor desgarraron las entrañas del monstruo, y Bel pudo encadenarlo, mientras el lúgubre cortejo se dispersó, aterrorizado. Pero Bel los persiguió, aniquilándolos. Donde Bel ponía su mirada, brotaba la vida y la luz; miró al tenebroso mar Eritreo y lo iluminó hasta lo más profundo. Sólo quedó en las tinieblas el pequeño trecho donde Mummu-Tiamet yace encadenado para siempre, junto a las armas con que fue vencido, tramando a todas horas lo que ya nunca podrá realizar. |