El consejo de Krishna
A pesar de lo que todos le habian dicho, Yudhishthira se trasladó a la presencia venerada del triple sabio Krishna, solicitando de él que le explicase las razones del porqué tenía que declararse Monarca. Krishna, comprendiendo la sabiduría del joven príncipe, le explicó exactamente cómo lo tenía que hacer y qué guerras tendría que llevar a cabo victoriosamente antes de que pudiese comunicar a su pueblo la decisión final de que los brahmanes le coronasen rey de su nación. Kríshna no le explicó la razón fundamental del porqué tenía que proclamarse Rey, guardando para sí mismo que él, Krishna, quería vivir al lado de los príncipes Pandava. El hermano mayor hizo exactamente todo lo que el sabio Krishna le había indicado, sin decir ni una sola palabra a ninguno de sus hermanos, ni tan siquiera a su madre, a la cual le unía una estrecha amistad, aparte de la adoración que le profesaba como madre. Por fin llegó el día en que hizo pública su determinación y mandó emisarios a todo el reino para que los reyes de las regiones más apartadas acudiesen al coronamiento de su persona. Existía uno que se llamaba Narada, que era un profeta, y éste quedó extasiado ante la presencia de Krishna y mientras todos adulaban al futuro rey, él se absorbió en la contemplación de personaje tan temible. Cuando por fin llegó la hora, fue Bhisma quien propuso que el agua sagrada rociase la cabeza del futuro rey y que primero se hiciese sobre la cabeza de su nieto Krishna, que encarnaba la presencia de los dioses, y Krishna aceptó el honor que su abuelo le confería, sabiendo que esto era del agrado de las deidades. Mas, como siempre ocurre en estas circunstancias, había uno de los presentes que se resintió ante el honor conferido a una persona viviente. Este fue Shishupala. Prorrumpió en violentos vituperios en contra de Bhisma y de Yudhishthira, echándoles en cara que era un insulto a los demás presentes favorecer a uno en particular, aunque se llamase Krishna. ¿Podía acaso probar que fuese mejor que los demás en linaje, en sabiduría ni bajo ningún concepto?

¿Es Krishna -preguntó- mayor que ninguno de los presentes, o es que acaso se le tenía como maestro? ¿No era Drona, quien también estaba presente, el mentor de los príncipes? Además, si era por la alianza que habían llevado a cabo con él, mejor seria nombrar a Drupada antes que a Krishna. Ante las palabras encendidas de Shishupala hubo un sector que se puso de acuerdo con él y el futuro rey se dio cuenta que podían impedir la coronación. Era una tradición muy antigua entre los brahmanes que cuando una coronación se interrumpía precedía los mayores malcs para el Imperio. Por lo tanto, Yudhishthira hizo lo posible para apaciguar al violento guerrero. Shishupala, como una criatura enfadada, o, mejor dicho, como un hombre amargado, no quiso atender a las buenas razones del futuro rey. Bhisma, a pesar de todo, no le dio ninguna importancia y, sonriéndose, en su inmensa sabiduría, dijo al Rey:

- Espérate, oh Monarca, hasta que Krishna el poderoso despierte; por el momento, dormita. ¿Es que acaso has visto que un perro pueda hacer daño a un león?

Shishupala, al oír que le habían comparado a un perro, dejó que la ira se adueñase de él y contestó diciendo:

- ¡Oh viejo vicioso!, que siempre estás platicando sobre la moral: más te valdría dedicarte a algún trabajo de hombre antes de que yo te corte la cabeza.

Bhima, que como es natural estaba presente, se levantó, pálido de ira, e iba a arremeter contra el osado, cuando, Bhisma, dirigiéndose al gigante enfurecido, le dijo:

- Despacio, oh Bhima, te contaré la historia de este Shishupala, que tan valientemente aúlla a mi alrededor. Nació hijo de un rey extraordinariamente favorecido por los dioses, que tuvo tres ojos y cuatro brazos, y tan pronto como apareció en el mundo, rebuznó como un burro, y sus padres, temblando de terror ante la maldición, se preparaban para abandonar a su hijo, cuando una voz les habló desde el éter, diciéndoles: «No os preocupéis. Ciudad al niño. Vendrá el día en que uno que todavía no ha nacido lo matará con las armas que sean necesarias. Entretanto, será feliz y tendrá buena posición». La madre de esta criatura, reconfortada por las palabras del dios desconocido, le preguntó quién sería el que mataría a su hijo, y la voz le respondió: «Aquel que tuviese en brazos a tu hijo el día que le desapareciese el tercer ojo y se le cayesen los brazos complementarios». Los Reyes viajaron por todo el país, dejando que los nobles y guerreros más conocidos cogiesen al niño en brazos; pero nunca se le caían los brazos ni le desaparecía el tercer ojo. Entonces volvieron a la capital de su reino. Ocurrió bastante después que un día les visitó el príncipe Krishna en compañía de su hermana mayor, y cogió a Shishupala. En el acto le desapareció el tercer ojo y los otros dos brazos. La reina de Chedis se postró a sus pies y le pidió un favor: «Concédeme, oh gran señor, que cuando mi hijo te ofenda le perdones». Krishna, en su magnificencia, le contestó: «Si cien veces me ofendiera, cien veces le perdonaría». Ese es Shishupala, el que ahora véis presumiendo ante su señor de las proezas que ha de llevar a cabo. Por eso veis que Krishna sigue dormitando. Día vendrá en que se pase de las cien veces, y entonces terrible será la ira del señor.

Shishupala, que había oído todo el cuento de Bhisma, se levantó, enfurecido y, agitando su sable, le contestó:

- ¡Oh viejo senil!, has de saber que si ahora, en este momento, existía es solamente por mi favor especial y el de estos reyes que están aquí presentes.

- Sea esto así o no -respondió el sabio-, aprende, oh joven mortal, que la opinión de todos los reyes del mundo me tiene sin cuidado. Si he de morir por fuego o por arma blanca, eso no lo saben más que los dioses, y desde este momento has de saber que pongo la planta de mi pie sobre todas vuestras cabezas. Aquí, delante de nosotros, está el señor, a él hemos adorado; continuemos. Solamente aquel que quiera una muerte rápida entrará en batalla con él, y ése le matará con las armas divinas que los dioses, por mérito especial, le han concedido.

Al final de la locución solemne de Bhisma todos los ojos se volvieron con expectación a Krishna, que había abierto los ojos y miraba con gran calma al enfurecido Shishupala. Y cuando el enfurecido guerrero se rió sarcásticamente de Krishna, fue cuando éste se levantó y le dijo: - ¡Oh maldito de los dioses, por fin has llenado el vaso de tus iniquidades hasta el borde! ¡Ahora recibirás tu justo pago!

Al terminar de dirigirle esta terrible sentencia, un disco de fuego salió de su persona y cayó sobre el casco del ofensor, cercenándole la cabeza que rodó por el suelo. En aquel momento, una llamarada espantosa, que era el alma dcl culpable, salió de su cadáver y avanzó hasta los pies de Krishna, rindiéndole homenaje y desapareciendo después. Así terminó Shishupala, el que había pecado cien veces y una, y había sido perdonado. Porque hasta los enemigos del señor vuelven a él cuando su mente esta concentrada en el perdón, en el momento de su muerte terrenal.


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