El alma de la gran campana

Hace mucho tiempo gobernaba en la China un emperador despótico y cruel. Se llamaba Yong-Lo. Señor omnímodo que gobernaba sobre millones de súbditos atentos al menor movimiento o deseo de su soberano. Kuen-Yu era el mandarín más estimado del Emperador. Mas hasta él también llegaron los ataques soberbios del orgulloso imperial.

En cierta ocasión, Yong-Lo exigió a su mandarín que dispusiera la fundición de una gran campana, cuyo sonido fuera perceptible a 100 leguas de Pekín, y su repique habría de ser claro, potente y grave; pregón triunfador de la grandeza divina del Hijo del Cielo. Kuen-Yu se dispuso a obedecer. Calculó la cantidad de oro, cobre y plata que necesitaría para su obra. Llamó a sus obreros fundidores y dispuso los enormes hornos en que habría de fundirse la preciosa mezcla, construyéndose habilidosamente el enorme y artístico molde. Mas su esfuerzo fue baldio; el oro no se fundió con el cobre, y la plata y el hierro tampoco se unieron. No se desanimó Kuen-Yu. Deseoso de complacer a su señor, repitió cuidadosamente la prueba; nuevamente fracasó. Y entonces Yong-Lo envió a su mandarín el siguiente mensaje:
"Del emperador a Kuen-Yu. Dos veces te has permitido defraudar la confianza que el Hijo del Cielo te dispensó. Si por tercera vez dejas insatisfecho mi deseo, responderás con tu cabeza".
Kuen-Yu meditó en el triste fin que le aguardaba. Su hija Adorable comprendió su pesar. Adorable respondía a su nombre: graciosa y bella, unía a su hermosura una bondad incomparable. Se acercó aquel día a su apesadumbrado padre y tomó de sus manos el fatal escrito, sellado con el temible sello del dragón imperial. Nada dijo Adorable; tomó sus joyas y fuese a ver a un famoso astrólogo.

- Te daré todas mis joyas queridas si me dices de qué manera podría salvar a mi padre.

El adivino contempló el cielo y meditó breves instantes; consultó sus mágicos libros y, por fin, habló:

- Si tu padre quiere que se fundan la plata y el hierro, el cobre y el oro, deberá unir a ellos, en el mismo crisol, la carne blanca y la roja sangre de una hermosa doncella.

Adorable escuchó la horrible sentencia y salió en silencio de la casa del astrólogo.

Amaneció el día fatal en que Kuen-Yu, después de haber preparado nuevamente los hornos de fundición, se disponía a realizar la última y decisiva prueba. Su hija Adorable mostró deseos de presenciar los trabajor, y acudió a la enorme sala; vestía sus más espléndidos ropajes y calzaba lindísimos zapatitos bordados en perlas y oro. Su aya la acompañaba en silencio. Ambas ocuparon un elevado asiento, desde donde contemplaban los afanosos preparativos. Veíase en el inmenso crisol la masa enorme del líquido, que de un tono rojizo fue pasando a coloraciones luminosas: amarillo, blanco y resplandeciente. Kuen-Yu hizo una señal a sus obreros: había llegado el momento de verte el líquido hirviente en el molde. Como movida por un resorte, se levantó Adorable y con incontenible impulso se precipitó en la masa líquida. Un grito de horro acompañó su caída, y del caldo fundido saltó un surtidor de fuego. Kuen-Yu quiso arrojarse detrás de su hija, pero le contuvieron sus servidores. Y en el alto estrado, el aya de Adorable sollozaba sin consuelo, y en su mano sostenía un zapatito de su joven señora, que Adorable había perdido al lanzarse a la muerte.

Y en tanto, la mas fundida se amalgamaba y unía en tonos brilllantes y cálidos. Y la campana surgió maravillosa y resplandeciente del molde. Su sonido terminaba en un dulce lamento: es que Adorable lloraba su lindo zapatito que había perdido.


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