David y Salomón

Gran gloria alcanzó Salomón el Sabio por sus juicios, prodigios de rectitud y de justicia, de sabiduría y de bondad. He aquí el primer juicio que Salomón decidió, cuando aún era un muchacho.

Un hombre tenía necesidad de emprender un largo viaje. Pero le daba miedo abandonar sus caudales y temía que por muy fuertes que fuesen las arcas, los ladrones, al saberlo ausente, entrasen en la casa y descerrajasen los cofres. Entonces acudió a un vecino para pedirle que le guardara algo que tenía que confiarle antes de partir. El vecino aceptó, prometiendo que guardaría lo que se le diera con todo cuidado y fidelidad. Pero el hombre, antes de entregarle el oro, desconfió. Entones metió su tesoro en el fondo de siete vasos, los cuales llenó después de miel hasta el borde. Por la apariencia, nada sino miel tenían las jarras y no podía sospecharse el valioso contenido que encerraban.

Entonces fue el vecino, que era banquero, y le dijo:

- Tengo mucho aprecio por estos vasos de miel. Deseo que me los guardéis sin tocarlos hasta que regrese. Y para que vuestro interés aumente, si acaso yo muriere en el extranjero, quedaríais heredero de estos vasos.

El hombre salió de viaje. Los vasos quedaron depositados en las despensas del banquero. Un día éste recibió la visita de unos forasteros a los que deseaba honrar mucho. Les invitó a un soberbio banquete, y a los postres, los huéspedes se mostraron muy satisfechos. El banquero, en su agradecimiento, les quiso obsequiar con unos dulces hechos con miel, y ordenó a los criados que los hicieran en la cocina. Pero uno de los criados volvió y le dijo:

- Señor, nuestras existencias de miel se han acabado.

El dueño mostró su disgusto y pensó que podría tomar la miel del viajero y después restituirla sin que aquel notara nada. Ordenó a un criado de confianza que fuera a la despensa y que tomara miel de uno de los vasos.

El criado fue a la despensa, vació un vaso y notó, admirado, que al verter la miel ésta tenía algunas monedas de oro. Fue a su señor, porque era un fiel servidor, y le dijo:

- Señor, te suplico que salgas un momento.

El banquero salió y el criado le mostró el oro que había en el fondo del vaso. El banquero quedó admirado; pero dijo al criado que no dijera nada de lo que había visto. Tomó el criado la miel, la llevó a la cocina, hicieron los dulces y los sirvieron.

Cuando los invitados se hubieron despedido, el banquero fue a la despensa y, ayudado del servidor, vació todos los vasos, cogió el oro y volvió a meter la miel, poniendo lo que habían tomado para los dulces.

Al cabo de algún tiempo, el viajero volvió a su patria. Fue a casa del banquero y éste le dijo:

- He guardado tus vasos intactos. Ahí los tienes.

El viajero agradeció mucho al banquero su servicio. Pero el agradecimiento se trocó en ira cuando al llegar a su casa y vaciar la miel vio que el oro había desaparecido. Volvió a casa del banquero, demudado y lleno de ira y le dijo:

- Vengo a que me devolváis el oro que habéis robado de los vasos.

El banquero se hizo de nuevas, y dijo:

- ¿Cómo osáis decir que yo os he quitado el oro? Los vasos que me disteis era de miel; yo os he devuelto los vasos llenos hasta el borde de miel. ¿Por qué venís reclamando nada? ¿Ese es vuestro agradecimiento?

El pobre hombre seguía porfiando, y lleno de ira empezó a dar voces, queriendo también agradir al banquero. Al estrépito acudieron vecinos y viandantes. El viajero daba grandes voces. Acudieron soldados y llevaron al banquero y al viajero ante el rey David. Este preguntó al viajero cuál era la causa de su ira.

El viajero hizo una relación de lo sucedido. Pero el banquero negó que a él se le hubiera entregado oro y que no sabía lo que puedieran contener los vasos, ya que cuando él los recibió estaban llenos de miel y así los había devuelto.

El rey David estaba indeciso. Pero Salomón, que aún era un niño y que asistía al juicio, se adelantó y rogó a su padre que le permitiera dar sentencia. David, un poco divertido, accedió:

- Que traigan los vasos.

Los vasos fueron traídos, y él mostró que al fondo aún habían algunas monedas pegadas que el banquero había olvidado coger.

Y así se demostró la culpabilidad del banquero.

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