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El tesoro escondido
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En la más
remota antigüedad vivía en el Japón un viejo matrimonio.
Los dos eran buenos y caritativos y llevaban una vida tranquila y sosegada,
haciendo a sus semejantes todo el bien que podían. El marido trabajaba
a diario en su huerto y siempre iba acompañado de su fiel perro,
del que se habían encariñado los dos. Como ellos no tenían
hijos, le mimaban y acariciaban constantemente, dándole de comer
de los alimentos suyos y algunas golosinas que el perro les agradecía,
saltando, juguetón, y moviendo, alegre, la cola.
Estaba el anciano cavando una tarde en su huerto, cuando oyó al perro ladrar fuertemente, excavando la tierra con sus patas. Pensó el hortelano que había encontrado algo de comer, y siguió trabajando sin hacerle caso. Pero el perro se acercó, ladrando, hasta él; con su boca, le agarró del quimono y le condujo hasta el sitio que había removido. El viejo empezó a cavar con su azada y se quedó extasiado viendo que había un maravilloso tesoro enterrado alli, posiblemente centenares de años antes. Llamó a su mujer, y entre los dos empezaron a sacar aquellas fabulosas riquezas, consistentes en valiosas alhajas de oro, plata y piedras preciosas. Había enormes cantídades de perlas, brillantes y corales, que ascendían a sumas incontables, y ricos vestidos bordados en oro y pedrería. Los buenos esposos, después de repartir generosamente a los pobres parte del tesoro, invirtieron su fortuna en extensos campos de labranza, donde sembraron arroz, trigo y otros cereales cuyas cosechas los convirtieron en el matrimonio más rico e influyente del país. Vecino de ellos había sido siempre otro matrimonio, con el que se trataban poco, porque eran perversos y egoístas, sin que jamás hubieran favorecido a nadie. Estos, al enterarse de la suerte de sus vecinos, se llenaron de envidia, y, queriendo que les ocurriera a ellos igual, se presentaron en casa de los afortunados esposos, pidiéndoles que les prestaran sólo por unas horas su perro. Se lo llevaron a su casa, y le prepararon una gran comida, diciéndole: «Come, y después nos descubrirás otro tesoro». Pero el perro, que no había recibido más que golpes de ellos siempre que se había acercado a su casa, no quiso probar bocado ni moverse del sitio. El viejo, furioso, le ató una cuerda al cuello y lo arrastró hasta el jardín, chillándole para que buscara el tesoro. El perro se dejó llevar hasta donde el hombre quiso, y allí empezó a escarbar con sus patas, haciendo ilusionarse al hombre. Pero pronto empezó a salir un olor tan hediondo, que le hacía marearse, y en lugar de un tesoro encontró lodo y podredumbre. Iracundo, cogió una estaca y golpeó al perro, hasta darle muerte. El buen vecino, apenado por la triste suerte de su amado perro, lo lloró, recogió su cadáver y lo quemó, enterrando cuidadosamente sus cenizas junto con unas tazas de comida; quemó sobre él incienso, lo adornó de flores y sobre su tumba plantó un pequeño pino. Este arbolito empezó a crecer tan rápidamente, que pronto se convirtió en un corpulento árbol. Una noche, en sueños, se le apareció el perro, mandándole cortar un pino y que su tronco hiciera un pilón para pilar el arroz. El hombre empezó a usarlo, y a cada golpe que daba salía de él una virtud, que convertía los granos de arroz en plata, oro y ricos tesoros. Enterado de ello, el vecino pasó a pedirle prestado su pilón, soñando con que a él le ocurriera igual; pero al golpear el arroz, se le convirtió en paja. Enfurecido y envidioso, cogió el mortero y con un hacha lo hizo astillas y las quemó. El dueño, impacientado, fue en busca de su mortero y con toda insolencia le contó el vecino lo que había hecho con él. El viejo marchó entristecido a su casa. Pero aquella noche volvió a aparecérsele el perro, diciéndole que recogiera las cenizas del mortero y las esparciera sobre un árbol seco que floreceria al momento. El viejo siguió los consejos del perro; recogió cuidadosamente las cenizas, dejándolas bajo la campana de la chimenea. Pero se levantó un fuerte temporal, que voló parte de ellas hasta la otra orilla del río, haciendo florecer un árbol seco. Maravillado el hortelano al verlo, recogió las cenizas, y con ellas en una cesta marchó por los pueblos y aldeas, demostrando a los aldeanos que él podía hacer florecer un árbol en invierno, llamándole por ello Hanasakajiji. El príncipe de aquel país, llamado Tono-San, se enteró de todo y quiso que se hiciera en su presencia, y llevando al viejo a su jardín, quedó absorto viendo cómo florecían los árboles en invierno, y le dio en recompensa maravillosos regalos, con los que volvió a su casa, feliz. El vecino malo, que lo supo, se apoderó de la cesta de las cenizas y marchó al palacio del príncipe Tono-San, anunciando que él podía hacer revivir los árboles secos del jardín. El príncipe, con toda su familia, quiso presenciar la experiencia, acudiendo al jardín para ver cómo el viejo esparcía las cenizas; pero el árbol no revivía y el viento hizo volar las que quedaban hasta donde estaba el príncipe y los suyos, cegándolos y metiéndoseles por la boca, hasta casi asfixiarlos. Enfurecido, el príncipe mandó azotarle, hasta que apenas le quedaba vida, y le llevaron a su casa medio muerto y sin ganas de nuevas aventuras. Este matrimonio, contrariado siempre, tenía frecuentes altercados, echándose uno al otro la culpa de todas sus desdichas, y aquella casa era un infierno. Hasta que, compadecidos los buenos vecinos, pusieron paz entre ellos, reprendiéndoles por su maldades y enseñandoles a obrar bien. Les dieron parte de sus bienes, para que emprendieran una vida de trabajo y de virtud, con la que consiguieron la tranquilidad y la dicha. |