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El Túnel de los Ídolos.
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No voy a negarlo. La Atlántida me ha subyugado durante años. Y como cualquier curioso medianamente informado, estoy convencido de su existencia y de su probable y cataclísmica desaparición. Y acepto, ¿por qué no?, la fecha apuntada por Platón: alrededor de once o doce mil años. Pero me resisto a entrar en las viejas y manoseadas hipótesis que circulan en torno a la isla continente que, según todos los indicios, podía ocupar el centro del océano Atlántico. Y aunque me dispongo a hablar de ella, lo haré de la mano de otros enigmas que, según mi corto conocimiento, podrían estar vinculados a los portentosos conocimientos de los atlantes o ser consecuencia de ellos. Está bien que aventureros, exploradores y científicos busquen los restos de tan espléndida civilización en los fondos marinos. Pero, mientras ese redondo y definitivo hallazgo no salga a la superficie, ¿por qué no trabajar igualmente en el entorno que presumiblemente quedó bajo el radio de acción de la gran isla? ¿No entra dentro de lo posible que esa dinámica cultura hubiera extendido su poder e influencia a otras muchas tierras y pueblos relativamente cercanos? ¿No podría haber ocurrido que los supervivientes, instalados en las costas americanas, europeas y africanas, fueran los impulsores de tantas y tan magníficas obras como las que hoy adornan uno y otro extremo del Atlántico? ¿Quién no se ha detenido a reflexionar alguna vez sobre la brusca y misteriosa aparición de las cuatro primeras dinastías egipcias, rebosantes de sabiduría? ¿Brotaron de la noche a la mañana y de las neolíticas tribus que malvivían en el Nilo? ¿Quién habló del concepto de inmortalidad y enseñó, hace cinco mil años, las técnicas de momificación a los primitivos agricultores-pescadores del norte de Chile? ¿Cómo explicar la presencia en las selvas de Costa Rica, desde hace más de dos mil años, de cientos de pequeñas y gigantescas esferas de piedra, cuya perfección haría palidecer a los canteros más cualificados del siglo XX? ¿Por qué las alineaciones de dichas esferas apuntan a lugares tan remotos como Egipto, Reino Unido, Galápagos o Pascua? Pero entremos ya en algunos de estos fascinantes enigmas que, insisto, podrían estar hablándonos en silencio de un remoto, brillante y común origen. Y lo haré con otra primicia. Un intrigante y sensacional hallazgo que me fue dado a compartir con tres excelentes investigadores y mejores amigos: Andreas Faber Kaiser y los hermanos Carlos y Ricardo Vilchez. Fue una apacible mañana de octubre de 1985, cuando alguien llamó a la puerta de mi habitación en el hotel Irazú, en San José de Costa Rica. En aquellas fechas, yo asistía a un interesante congreso sobre "Los Grandes Misterios del Hombre". Minutos después, los tres visitantes, cuyo anonimato debo respetar, iniciaban el relato de una larga y enrevesada historia que me dejó atónito y que trataré de simplificar. Años atrás, una familia costarricense había obtenido una información que modificó el rumbo de sus vidas. En un cerro situado a unos treinta kilómetros de la capital existía un antiquísimo túnel que, muy posiblemente, conducía a un templo o a una ciudad, anteriores a la llegada de los conquistadores españoles. Según los nativos, sobre dicho cerro, amén de un sinfín de leyendas, a cuál más oscura y misteriosa, se observaban con frecuencia poderosas y silenciosas luces, que parecían explorar o vigilar la cima. Y siguiendo las instrucciones recibidas, estos hombres y mujeres vendieron cuanto poseían, instalándose en la soledad del enigmático cerro. Y allí, en secreto, durante meses, procedieron a la perforación del lugar hasta que, al fin, se vieron recompensados con el descubrimiento de la boca del túnel. Y en un titánico esfuerzo fueron extrayendo las toneladas de tierra y piedras que cegaban la galería, dejando al descubierto un pasadizo que descendía casi en vertical y cuyas paredes, de hasta tres metros, aparecían meticulosamente escuadradas y pulimentadas. Pero lo más asombroso de esta novelesca historia es que, en el transcurso de las excavaciones, la familia había ido encontrando una serie de supuestos ídolos de piedra y una inscripción cuyo significado ignoraban. Y ansiosos por arrojar algo de luz sobre los crípticos descubrimientos se habían decidido a ponerse en contacto con este humilde investigador que les habla. Y cargados de buena fe llegaron hasta mí con el mayor de los sigilos y en la compañía de un abultado y enigmático saco que se negaron a abrir hasta que no dieron cumplida cuenta de su narración. El contenido consistía en siete cabezas de piedra, negras, rosadas y blancas, de muy bella factura y de un considerable peso. Todas ellas, según mis confidentes, habían ido apareciendo en el transcurso de los trabajos de vaciado de la galería. Parecían representar hombres, animales o una mezcla de ambos. Dos de los ídolos me recordaron de inmediato algunos de los dioses del antiguo Egipto. ¿Cómo era posible? Nos hallábamos en Costa Rica, a miles de millas del territorio de los faraones... Y a las pocas horas, tras hacer partícipes del pequeño gran secreto a mis compañeros Faber Kaiser y los dos hermanos Vilchez, nos pusimos en camino hacia la región donde se alza el mencionado cerro. Una zona que, siguiendo las recomendaciones de nuestros guías y anfitriones, no puedo desvelar por ahora. Y efectivamente. En la cumbre, camuflada entre la exhuberante vegetación, se abría la entrada del túnel. A qué ocultarlo. Nuestra sorpresa no tuvo límites. Ante nosotros apareció una desahogada galería que penetraba poco menos que en caída vertical hacia las entrañas de la tierra. Y merced a una sucesión de frágiles escaleras de mano fuimos descendiendo, hasta alcanzar el medio centenar de metros de profundidad. Y examinamos la asombrosa y ciclópea estructura de sus paredes, forjadas a base de inmensos bloques de hasta tres metros de altura, pulcramente trabajados y, en apariencia, escuadrados con idéntica minuciosidad. Pero, ¿quién había movido aquellas moles de cientos de toneladas? Y lo más importante: ¿para qué? ¿A qué lugar conducía el túnel? La familia no supo o no quiso responder a ninguno de los interrogantes. La única realidad palpable es que la excavación se hallaba detenida y que semejante construcción tenía que obedecer a un propósito. Pero, ¿a cuál? Por el momento, esto es todo lo que estoy autorizado a revelar. J.J. Benítez. |