LA CRÍTICA
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DESLUMBRANTE RACIÓN DE ACCIÓN
PURA Allá por 1984, año en el que se estrenó el
primer Terminator, podíamos haber imaginado un futuro
anti-utópico como el que ahora habitamos, una época en la que
esto del cine ha torcido hasta tal punto su evolución que incluso
añoramos un formato que, al nacer, se antojó bastardo: la
secuela. Por fortuna, Terminator 3 no es la película que nos
temíamos, sino (casi) la que soñábamos en silencio: no
es un remix, ni un reloaded, no es un mercadotécnico
ejercicio de déjà vu, sino, simple y llanamente, una
secuela pura, como las de antes, una narración subordinada pero capaz de
abrir nuevas ventanas y cerrar círculos, una ficción con pasado
cuyo personaje principal (John Connor, aquí casi un Brad Dourif joven en
la piel de Nick Stahl) parece moverse y actuar bajo el peso de lo vivido en la
entrega anterior. No pretende esta película de Jonathan Mostow
enmendarle la plana a James Cameron, ni superar las hipérboles de
Terminator 2. El cineasta se limita a ir al grano para componer una concisa,
pero deslumbrante ración de acción pura (y exenta de coartada
moral), estratégicamente aliviada por destellos de humor que funcionan a
la suma perfección y nos devuelven al mejor Schwarzenegger: el
Arnold estólido capaz de formular desarmantes reflexiones sobre la
frivolidad o de pasearse sin rubor (ni taparrabos) por un local de boys
donde suena Village People. Ah, por cierto, y la terminatrix es la
última palabra en fantasías eróticas de riesgo.
(Jordi Costa.
FOTOGRAMAS)
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LA ALEGRÍA DEL VERANO Después de ver en una semana a esa especie de
muñeco de goma que es Hulk, además de lo mal rodadas que
están sus escenas de acción; la ingenuidad infantil de Piratas
del Caribe, y la estupidez de Los Ángeles de Charlie. Al
límite, la espectacular seriedad clásica de Terminator 3
se convierte en la alegría del verano. Jonathan Mostow
realizó un thriller de inspiración hitchcockiana llamado
Breakdown que, además de poseer un ritmo excelente, tenía
mucho dentro. Más tarde, recogió el testigo de los
clásicos de submarinos dotando a U-571 de una calidad que ya
hubiese deseado el K-19 de Kathryn Bigelow. Con Terminator 3 recoge el
espíritu de serie B que tenía la primera parte. Regresa ese humor
de frases sentenciosas (casi de western) del tipo "me recuerdas a mi madre". La
nueva antagonista (Kristanna Loken, ¿actriz?) no mueve un músculo
de la cara, pero funciona muy bien en el conjunto, ya que son dos buenos
intérpretes como Claire Danes y Nick Stahl los que llevan el peso de la
actuación. Mostow rueda y monta a la perfección, y la
(maravillosa) secuencia de la persecución hará que los Wachowski
se tiren de los pelos: ¿por qué ésta parece tan real y
en la de Matrix canta tanto el ordenador? Hasta el plano del futuro con
John Connor en un espacio apocalíptico es perfecto (recuerda a otra joya
de la serie B: 1997, Rescate en Nueva York). La novedad ha desaparecido
(es lo que tienen las sagas), pero Mostow mantiene alto el listón.
(Javier Ocaña.
CINEMANÍA) |
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VOLVIÓ, VIO Y RIÓ La herencia dejada por James Cameron era un caramelo
envenenado. La primera parte fue un prodigio de originalidad y la segunda un
despliegue espectacular de efectos especiales. ¿Quedaba algo por hacer,
aparte de contar la misma historia por tercera vez? Si la mayor
aportación de la primera secuela fue cambiar a Schwarzenegger de bando,
aquí la principal novedad es el sexo del malo, que también
mejora, Poca cosa ante el papelón que tenía delante el directro
de U-571. "Eppur si muove", que diría Galileo. Jonathan Mostow
tira por la calle de en medio y juega con inteligencia sus dos grandes bazas,
el humor y unas secuencias de acción ante las cuales al teclado del
ordenador le faltan teclas. Uno, ya mayor, aún prefiere la
ironía de Woody Allen y comedias humildes como El hijo de la
novia, pero T3 supera sus objetivos y vence los prejuicios con los que
cabía defenderse ante la invasión que se avecina. Se agradece que
el achacoso Terminator se ría de sí mismo y de su
condición de robot que, de nuevo, atraviesa océanos de tiempo
para defender al cachorro humano que liderará a su especie en la guerra
contra las máquinas. En todo caso, el humor autoparódico de los
guionistas no llega al descaro de los de Scream. Arnie no osa filosofar
sobre las trilogías ni se compara con El Padrino, pero suple con
inteligencia su exceso de años y falta de prestaciones ante la villana
de turno, Kristanna Loken, quien tiene más de lo segundo que de lo
primero (sea lo que sea que signifique su apellido) y es tan insumergible como
corresponde. Pero ya se sabe, Cameron el primero, que con empresas
titánicas como la presente se ha forjado el éxito de la serie.
(Federico Marín Bellón.
ABC) |
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ESPECTÁCULO SIN SUSPENSE En Breakdown, su opera prima en cine, Jonathan Mostow y
su equipo de especialistas lograron varias de las mejores secuencias de
persecución y siniestro en carretera de los últimos años.
Era la culminación de un buen suspense cuyo desenlace resultaba
previsible, pero que mantenía la incertidumbre sobre cada
situación. En U-571, Mostow demostró su talento en otro
género igualmente clásico, el bélico. Con estos
antecedentes, cabía esperar que Terminator 3 no fuera un calco de las
anteriores entregas de la serie dirigidas por el megalómano James
Cameron. Efectivamente, sorprende y se agradece que la acción se
sitúe en el presente, renunciando así, al menos en parte, a la
ciencia ficción. (...) Terminator 3 se presenta como un thriller y
como un suspense clásicos, sólo que dos de los protagonistas son
androides venidos del futuro: una, T-X (Kristanna Loken), para matar a John
Connor (Nick Stahl) e impedir que en el futuro postnuclear lidere la
rebelión de los hombres contra las máquinas; el otro, Terminator
(Schwarzenegger), para proteger al héroe. La curiosidad está
provocada en primer lugar por la presentación de varios personajes con
trayectorias aparentemente paralelas: Connor, que se pregunta por su destino;
T-X, asesina imparable; Terminator, implacable pero no homicida, y una joven
veterinaria (Claire Danes), cuyo padre es general. Establecida la
relación entre esos personajes, la curiosidad se va desvaneciendo porque
la superproducción impone sus reglas: espectáculo de
acción incesante y creciente -qué otra cosa se puede esperar
tras un prólogo con explosión de bomba atómica y
derroche de efectos especiales y envío de toneladas de metal al
desguace. La imaginación del equipo de Terminator 3 se vuelca en las
persecuciones y en encontrar algún vehículo que no se haya visto
en anteriores muestras del género. Corren los habituales coches
deportivos, todoterrenos y motos, pero también una gigantesca
grúa, un camión de bomberos, una caravana, un coche
fúnebre y helicópteros. El otro ingrediente espectacular
está en el enfrentamiento de los robots, casi indestructibles por
naturaleza. La acción es asombrosa pero el asombro tiene unos
límites, y a la tercera o cuarta persecución imposible y a la
enésima autorreconstrucción de los robots, la acción
empieza a cansar, hay más reiteración que progresión. Para
evitar esa rutina, se añade algo de humor, a cargo de las
réplicas cortantes y los gestos automáticos de Schwarzenegger
el de Terminator ha sido siempre su mejor personaje, y algo de
drama, a costa de la amenaza de guerra nuclear y del destino de Connor, ya que
la historia de amor entre éste y la hija del general es superficial.
Dicho brevemente, Terminator 3 funciona mejor como pura exhibición de
destrozos y piruetas que como verdadero entretenimiento y, al cabo de no mucho
metraje, el espectador está curado de espanto.
(Fernando Marinero. EL
MUNDO) |
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UNA DE DIBUJOS ANIMADOS (Contiene SPOILER). Terminator
siempre tiene razón: la ira es mucho más útil que la
desesperación. Quien pensara que el fin del mundo era inevitable, y que
el T-101 viajaba desde el futuro con la misión de salvarnos del
Apocalipsis, lo llevaba claro: este "organismo cibernético obsoleto",
como le gusta definirse, tiene como objetivo asegurarse de que nuestro salvador
y su respondona esposa sobrevivan a la pesadilla de acero mutante que quiere
destruirles para que, en un futuro no muy lejano, puedan protegernos de la
invasión de las máquinas. Como decían Alá o George
Bush Jr., el destino está escrito y no nos queda más remedio que
acatarlo. No debe importarnos, pues, que Terminator 3 sea una película
profundamente republicana: la ciencia-ficción es un género
politizado, y ahora, superadas las obviedades de la era Reagan, el desastre de
las Torres Gemelas impone una sutil e insistente filosofía de acoso y
derribo del Otro. No es necesario ponerse sociológico, porque, por lo
demás, Terminator 3 se defiende solita como película de
entretenimiento. No engaña a nadie: T-101 y Terminatrix (Kristanna
Loken) son estereotipos de la masculinidad y la feminidad modernas, un
strip-boy con gafas ambiguas y una dominatrix surgida de un
escaparate repleto de maniquís, y lo que queda por delante de sus
palmitos es pura acción. No está de más recordar que la
estructura narrativa del anterior Terminator ya era parecida a la de las
road movies de persecución mortal estilo El diablo sobre
ruedas. En este sentido, Jonathan Mostow (cuya estimable opera prima,
Breakdown, reivindicaban los avispados chicos de Cahiers en su reciente
número dedicado al cine americano) lleva al extremo la velocidad de
escape del relato, convirtiendo a la película en un encadenado de
carreras, golpes y resurrecciones que se repiten hasta la saciedad en todas sus
variantes (ojo a la primera persecución, que lucha codo a codo con
Matrix Reloaded por el primer puesto de mejores persecuciones, y que
French Connection me perdone, de la Historia del cine). Eso le da a
Terminator 3 un curioso aspecto de mezcla entre slapstick y
cartoon de Tex Avery, consolidado por el irónico sentido del
humor del T-101. A ratos parece una versión hipercinética de
Siete ocasiones. A ratos no es difícil ver en T-101 y Terminatrix
al Coyote y el Correcaminos, que tienen tantas vidas como yunques caen desde un
precipicio. Es posible que pueda cansar, pero la energía y la
eficacia de su puesta en escena no es moneda común en la
producción de blockbusters veraniegos. Mostow, que sabe no
sólo que el futuro está escrito sino que esta secuela
existiría con o sin él, quiere divertirse de lo lindo
transformando a los dibujos animados de su niñez en seres de carne y
metal. Es lo único que se puede hacer cuando uno juega con las cartas
boca arriba y conoce de antemano el resultado al que le llevarán sus
trucos de artesano bien remunerado. (Sergi
Sánchez. LA RAZÓN) |
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'COMENZATOR' (Contiene SPOILER). Este tercer
Terminator tiene pinta de querer convertirse en una especie de
Comenzator, un forzamiento o una llamada a prolongar y convertir en una
serie la -muy pobre de presupuesto pero riquísima de resultado
imaginativo- aventura de ficción científica creada por el
canadiense James Cameron en 1984 y luego alargada con mucha astucia y algo de
ayuda de forceps por el propio Cameron en 1991 en la brillante y de alto
presupuesto, pero de calidades ostensiblemente inferiores, Terminator 2. Poco y
mal conocida la primera (pero audaz y admirable) y muy bien hecha y de gran
audiencia la segunda (pero fría y algo mecánica), los dos
Terminator de Cameron tenían difícil, por no decir imposible,
prolongación en un tercero que no fuese una sombra vulgar e imitativa
suya. Quizás esto explique en parte la ausencia de Cameron en Terminator
3, pues éste mediocre film sólo (o principalmente) busca abrir el
ingenioso ritual, ya cerrado sobre sí mismo, de sus dos filmes
inspiradores. Y Jonathan Mostow, director de Terminator 3, consigue lo que
se propone, que es poco, inútil y necio: prolongar lo improlongable,
abrirlo a una serie de nuevos y absurdos Terminators clónicos,
rutinarios, estruendosos y protegidos del fracaso en las taquillas por un
baño de mala violencia de laboratorio. Terminator 3 es
también la percha de otro lucimiento de un Schwarzenegger que parece
estancado, sin saber como emprender nuevos rumbos, y que se agarra a
éste clavo ardiendo, tal vez porque lo conoce y percibe bajo sus pies
las primeras rampas de la caida de su estrella y quiere recuperar el sabor del
comienzo. Y, apoyado en él, la película finge -poniéndolo
al día en modalidades de lucha y de persecución a ritmo de
mascletá digital- dar nueva savia, cuando en realidad lo vacía y
lo deseca, al ingenioso ritual creado por Cameron, que se resume en un salto
suicida a una turbulencia de éste tiempo desde el caos del futuro.
Arnold Schwarzenegger y Jonathan Mostow son gente con sentido
práctico y saben que están haciendo cine mascado, de puro
consumo, que no merece análisis, pero no renuncian al toque de
solera y calidad que adorma al juego al que juegan aquí, el de los
primeros Terminators, y ponen su empeño y su huella en bobas salidas
burlonas, intentando introducir con embudo, en la ensalada de tortazos entre
los dos robots del futuro que viene al presente a saldar una pelea, el
prestigio del humor. Pero sus gracias no pasan de un chiste soso y tosco, como
éste. Pregunta el chico a Schwarzenegger: "¿Así que esa
chica es un terminator antiterminators?", y responde con un "Si" que provoca la
réplica del muchacho incrédulo: "¡No me jodas!", a la que
el buen robot corta con un: "Lo siento, no estoy programado para joderte". Lo
que cuentan que es considerado como el punto de arranque de la ovación
cerradas, entusiasmada. Es posible que así sea, pero el calibre
imaginativo de este ruidoso, vulgar, trucado y hueco amaño de cine de
acción puede medirse por este adelanto de su mayor gracia..
(Ángel Fernández Santos. EL
PAIS) |
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