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Una página de Jaime Fuertes

Últimas películas comentadas

Antes que el diablo sepa que has muerto,
de Sidney Lumet (USA)

Un par de hermanos deciden robarle a sus propios padres asaltando la joyería que poseen. Es un atraco en familia, y nunca mejor dicho, ya que tanto los autores como las víctimas del golpe son parientes muy cercanos, y las consecuencias del robo quedan en casa. El plan sale mal, lo vemos desde el principio ya que no estamos ante una narración lineal; la historia comienza con ese atraco y luego da saltos en el tiempo para ir desgranando todo lo que rodea al desastre que ocurre en la joyería, poniéndonos en antecedentes y realizando un magnífico dibujo de personajes, centrándose especialmente en los dos hermanos: un joven divorciado que apenas tiene donde caerse muerto y que adora a su única hija, y un cuarentón que ha alcanzado un buen estatus social, aunque dominado por las drogas y con graves problemas económicos. Ambos necesitan dinero con urgencia y comparten la misma mujer: la esposa del hermano mayor, aunque este no conoce la infidelidad.
El embrollo está servido a la manera de un puzzle que se va reconstruyendo conforme avanza la trama, y la tragedia parece inevitable. Y todo esto lo cuenta alguien que lleva medio siglo mostrando su talento en el género, con títulos tan aclamados como "Doce hombres sin piedad" (1957), "Tarde de perros" (1975), "Veredicto final" (1982) o "Negocios de familia" (1989). Algo de esas películas de Sidney Lumet hay en este retrato de la codicia y la desesperación del ser humano, de las complicadas relaciones de pareja y de familia, de la pérdida de orientación en la vida, y de cómo un plan sencillo puede liarse hasta extremos inverosímiles y provocar las más funestas consecuencias.
"Antes que el diablo sepa que has muerto" es película de guión, de un director que filma con la sapiencia que dan los años, y por supuesto de grandes actores, incluido el portentoso Philip Seymour Hoffman (no hay papel que se le resista a este monstruo del cine actual). Ethan Hawke, Marisa Tomei y el veterano Albert Finney completan el reparto principal de una cinta que engancha desde los primeros minutos, que asciende por una tremenda espiral de violencia y que no deja de zarandearnos con el tormento de sus personajes.


Casual Day,
de Max Lemcke (España)

El "Casual Day" es un invento importado de Estados Unidos, consistente en organizar un viaje para los empleados de una empresa y llevarlos, normalmente, a un sitio rural y aislado del frenetismo de las grandes ciudades. Una vez allí realizan diversas actividades, como charlar entre ellos o jugar a batallas de soldados con escopetas de juguete. El objetivo es fomentar las relaciones personales entre compañeros, reducir el estrés y mejorar el rendimiento en el trabajo.
En esta película, está claro desde el principio que esos días de "Casual Day" van a producir el efecto contrario, con jefes que pisotean al empleado, situaciones de lo más incómodo y todo tipo de tensiones, por mucha terapia que quiera aplicar el psicólogo que interpreta Alberto San Juan. Y para ellos tenemos todo un muestrario de los arquetipos que pueden encontrarse dentro de una empresa: el jefazo que es odiado por casi todos, el segundo de a bordo (no menos detestable), el pelota, el trepa, el conformista, el que siempre tiene una queja, la chica con ideales, el enchufado,...
Lo que monta el director Max Lemcke en su segunda película (la primera no llegó a estrenarse) es una divertida sátira del mundo empresarial y de las relaciones laborales, sacando a la luz toda la hipocresía y la falsedad de un sistema dominado, desde siempre, por los mismos: aquellos que actúan como tiburones y saben cómo zamparse al pez más chico. La cinta reflexiona también acerca de hasta qué punto la sociedad presiona al individuo con su escala de valores y las reglas que debe asumir alguien que quiere escalar peldaños, por encima de su propia felicidad.
En cuanto a los actores, desde que aparece hablando de su Audi (como símbolo de su poder), Juan Diego se come la película, reina por encima de todo el reparto con otra de sus lecciones sobre cómo hay que darle credibilidad a un personaje. Sencillamente formidable. Sin embargo, no logra tapar del todo el trabajo de los demás: San Juan, Luis Tosar, Secun de la Rosa, Malena Alterio,... casi todos ellos están en un estado de gracia permanente a lo largo de toda la película.
En suma, una comedia ácida cargada de humor negro y mucha mala uva.


Pozos de ambición,
de Paul Thomas Anderson (USA)

Resulta inevitable pensar en cineastas legendarios como Howard Hawks o John Ford. El clasicismo y el aliento épico que posee "Pozos de ambición" (espantosa traducción del original "Habrá sangre") es difícil de encontrar en el cine actual. Sin duda, estamos ante la obra cumbre de un realizador que ya nos sorprendió con "Boogie Nights" y nos dejó apabullados con "Magnolia", para continuar con algo tan insólito como "Punch-Drunk Love". Paul Thomas Anderson es de esos tipos que escasean en Hollywood, alguien que va contracorriente y que poco tiene que ver con lo que se cocina habitualmente.
Esta es la primera vez que abandona el ambiente urbano para contarnos la historia de un pionero de la industria del petróleo, al que da vida un sobresaliente Daniel Day Lewis. El actor británico llena toda la película con la composición de este individuo que se forja a sí mismo y cuya ambición no tiene límites. La dureza del trabajo en una mina y el paisaje agreste en el que viven los personajes está perfectamente plasmado en cada uno de los gestos de este hombre. Su simbiosis con el entorno es camaleónica y el trabajo de Day Lewis es de los recitales interpretativos más brillantes que hayamos visto en mucho tiempo -supera con creces al carnicero de "Gangs of New York", que adolecía de cierto tono caricaturesco-.
Thomas Anderson le dirige con una madurez y sobriedad que no son propias de un joven de 34 años. Su estilo es el de los clásicos, con una planificación sencilla y al mismo tiempo inteligente, resolviendo a veces con un único plano general que nos hace viajar a otras décadas, cuando el cine no estaba contaminado de la estética televisiva y aún no habían llegado los "montadores frenéticos" como Michael Bay.
El director teje con habilidad una trama que reflexiona sobre múltiples aspectos: la codicia, la fe, el sueño americano, la familia como pilar en el mundo de los negocios y, principalmente la degradación del ser humano cuando queda dominado por la ambición y el poder. Y lo hace creando el conflicto necesario con varios personajes que moldean al protagonista y crean una historia apasionante, como la relación entre padre e hijo, o el enfrentamiento con los competidores del petróleo. Y por supuesto, el duelo que mantiene durante toda la película con el poder de la religión. Sus encontronazos con el joven sacerdote que intenta captarle como devoto y, de paso, echarle mano a su fortuna, son absolutamente memorables; hay secuencias que son piezas maestras de orfebrería cinematográfica, donde todo alcanza niveles altísimos: actores, guión, dirección, ambientación,... es un todo que funciona como una maquinaria perfecta y que nos deja absortos en la butaca.
Por primera vez, Thomas Anderson abandona ese punto de originalidad narrativa y visual que existe en sus películas anteriores. Esta vez hace gala de los moldes más ortodoxos del cine, con una estructura tradicional y una forma de hacer las cosas "a la antigua". Lo único atípico y quizá chirriante es el final -no casa con el resto del filme-, pero poco importa cuando hemos disfrutado durante dos horas y media de una película que deberá figurar en una futura galería de clásicos.


Sweeney Todd,
de Tim Burton (USA)

La colaboración entre Tim Burton y Johnny Depp es de las más fructíferas de los últimos quince años: "Eduardo Manostijeras", "Ed Wood", "Sleepy Hollow", "Charlie y la fábrica de chocolate", "La novia cadáver",.... y ahora otro cuento gótico de los que Burton es todo un especialista. Es curioso que el musical de Stephen Sondheim nace en 1979, el mismo año en que Burton comienza a despegar como director de cortos de animación. Y es como si la obra de Broadway la hubieran concebido para que el futuro director de largos llegara a filmarla algún día. Era cuestión de tiempo, ya que "Sweeney Todd" posee todos los ingredientes con los que disfruta el cineasta. El resultado es el cuento más trágico y tremendista de Burton, cargado de terror y emotividad al mismo tiempo -a veces incluso se conjugan de forma admirable-.
Johnny Depp, su actor fetiche, aprueba con nota su labor como cantante y se apunta el tanto de una de sus mejores caracterizaciones, y Helena Bonham-Carter se luce en el papel de compinche carnicera. A destacar también el trabajo de dos formidables actores de la escena británica -y luego de la gran pantalla-: Alan Rickman, quien vuelve a bordar otro de sus personajes malvados, y Timothy Spall como su lugarteniente y compañero de fechorías. La pareja que forman ambos es uno de los grandes aciertos de este excelente espectáculo visual y musical.


No es país para viejos,
de Joel y Ethan Coen (USA)

En la misma línea de "Fargo", los hermanos Coen cambian la nieva por los áridos paisajes de Texas para contar otra historia con psicópata de por medio, tipos corrientes cegados por el dinero y policías de pueblo que se enfrentan a algo a lo que no están habituados (también hay una persecución nocturna en la que los faros de los vehículos lo dicen casi todo). Los momentos de tensión y máximo suspense llenan una película que está dominada por la presencia de un Javier Bardem impactante, aunque figure en todas las listas de premios como actor secundario. Su personaje se impone al resto y le proporciona a la película todo el salvajismo que buscan los Coen en esta particular metáfora sobre el bien y el mal.
Posiblemente, "No es país para viejos" no sea uno de los mejores títulos de los Coen, incluso le sobran sus quince minutos finales y el desenlace deja mucho que desear. Pero sí consiguen volver a inquietarnos y crear suficientes personajes y situaciones como para dejarnos sin aliento en más de una ocasión.


Bajo las estrellas,
de Félix Viscarret (España)

Félix Viscarret es un debutante en el campo del largometraje, pero no es ningún novato como cineasta. Autor de varios cortos, coincidió gracias a uno de ellos ("Soñadores") en un festival de Berlín con Fernando Trueba, cuando este último presentaba "La niña de tus ojos". Tiempo después, Trueba pudo ver el trabajo de Viscarret y sentarse con él a una mesa para producirle su primer largo, una adaptación de la novela "El trompetista del Utopía" de Fernando Aramburu. De esa unión surge "Bajo las estrellas", una de las mejores cintas del cine español de los últimos meses, y que encandiló a la prensa especializada y al jurado del pasado Festival de Málaga, donde le otorgaron los premios a la mejor película, mejor director, mejor guión y mejor actor (Alberto San Juan).
San Juan da vida a un trompetista que malvive tocando su música en tugurios de Madrid ante un público escaso que anda más pendiente de la ginebra que sirven en la barra. Es uno de esos tipos que han tocado fondo en la vida y que carecen de algún horizonte. Pero las cosas van a cambiar cuando recibe una llamada del pueblo donde se crió, en el norte de España; su padre está a punto de morir y debe volver al lugar del que salió en busca de una estrella que aún no ha encontrado. Allí se topa con otros personajes que se encuentran en su misma tesitura, atrapados en un mundo que no les ofrece ningún porvenir: su hermano (Julián Villagrán) que se dedica a hacer esculturas con la chatarra (una obra "artística" que nadie quiere) y un antiguo ligue de juventud (Emma Suárez) que quedó embarazada y que vive como puede en una caravana, intentando cuidar de una niña rebelde y arisca; se da también la circunstancia de que esta madre soltera es ahora la novia de su propio hermano.
Curtido en su faceta de cortometrajista, Viscarret demuestra su oficio jugando con estos mimbres y construyendo una preciosa historia de redención en la que varios personajes acaban encontrando su lugar en el mundo. Por debajo de la miseria y la chatarra que les rodea, Viscarret hace aflorar la esperanza gracias a las relaciones sentimentales que establece entre sus personajes, pero sin forzar lo más mínimo ni una nota de sentimentalismo; no hay nada de almíbar ni sensiblería en esta película; todo está contado con un naturalismo que resulta efectivo sin necesidad de cargar las tintas.
Es admirable la forma en que el director esconde sentimientos bajo la apariencia de sus personajes y hace que surjan de la forma más sutil. El trompetista que interpreta San Juan es un crápula que no duda en darle sablazos a su hermano o hablarle con rudeza a una niña de apenas diez años. Pero bajo esa capa de vividor y caradura se oculta una ternura que asoma progresivamente a lo largo del relato, lo que le sirve al actor para hacer evolucionar a su personaje y ofrecer un magnífico trabajo interpretativo. San Juan es el eje y el pilar de toda la película, sobre él recae casi todo el peso de una historia que alterna y mezcla distintos géneros. Hay tragedia, humor en medio del drama, cine social y hasta podría definirse como un western (el trompetista es como un forastero que llega a un pueblo perdido y hace que las cosas cambien). La habilidad que tiene Viscarret para cambiar de tono con la mayor facilidad es de los aspectos más admirables de esta cinta, además de esa capacidad para transmitir sin apenas artificios todo tipo de sentimientos, y hacer que nos enganchemos de principio a fin con la peripecia vital de sus personajes.