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| El quinto elemento | |
Más allá de la vieja muralla, de la gran muralla de piedras hermanas, hay dos hombres... dos sabios y buenos hombres que observan juntos, muy serenamente: la tempestuosidad de una tabla. Una tabla de madera, de fina madera lustrada, que a fuego y tinta le han grabado toda la verdad por milenios ocultada. Es tan simple, que es complejo, este juego de mudas palabras santas. Tan antiguo y tan moderno, como el sol de cada mañana, que a veces, muy pocas veces... es eclipsado por la luna, por su mejor contrincante hermana. Piedra negra... Piedra blanca. Se apoyan una sobre otra, casi no se tocan: se besan, se odian, se respetan y se aman. Se pelean por ser dueños de su dualidad más deseada. Por eso llega un momento, el momento de más calma, con un silencio de sospechas, de trampas de enigmas del alma. Ahora, naturalmente, sus mentes se unen y hablan se miran a los ojos, y antes no se miraban, y se sonríen, y asienten, y piensan en la misma pregunta sagrada, que dentro del gran universo, solo es un cometa que viaja. Mas solo uno responde, aunque los dos saben quien calla: saben que los dos saben que comenzó el incendio en la tabla. Se cierran las puertas de piedra, se matan los prisioneros sin alma, y se guardan para el gran juicio a los que el honor han tenido de rendirse ante la hermosa amenaza. Divina, impredecible, y ellos ausentes, con un raro placer divagan: cuatro ojos bailan con sus embriagadas esperanzas. La esperanza de superar lo insuperable de la muralla con la astucia y perspicacia siempre presente del agua, que socava lentamente una ineludible e intolerable zanja. Entonces: ¿ Nadie ve a la tabla dividida por murallas de pasión y templanza? ¡¿Es que nadie ve a su más incendiada esquina, con esa desesperación tan humana?! Yo veo que ahora el viento empuja al aire en torrentes que avivan al fuego del frente más guerrero de la batalla. Y el fuego se escapa hacia el centro, hacia el medio de la tabla que los dos miraban. Y yo soy uno de ellos, y se me escapa una lágrima, pero ni él, ni yo, ni nadie aquí puede ni podrá atraparla, porque del otro lado de alguna invisible montaña asoma una fresca y perfumada libertad tan ansiada: su shicho-atari, que con su desafiante tranquilidad , le aguarda. Si en la tierra se esconden las piedras, y de ella, como hiedras invaden el cielo, las plantas de madera y savia. Y el sabio cierra los ojos, sintiendo el viento, imaginando grandes olas que a lo lejos traman apagar el poderoso fuego que desde sus inmortales dos ojos avanza, con mareas, con aliados ríos, o con inesperadas lluvias de arrepentida venganza. ¿porque asisten al pobre banquete de dos viejos, piedras, y una tabla: la tierra, el aire, el fuego, y el agua? ¿cual es el elemento quinto de este encuentro místico de honor y desconocida alabanza? ¿no es el mismísimo corazón del hombre, que radica en su propia razón? Yo no sé si este fuego consumirá algún día tu mañana, solo sé que tu desesperanzado ahora, se apagará con enseñanzas... quizá no de ríos, mares, o inesperadas lluvias de arrepentida venganza. Quizá sólo baste dejar escapar una aparentemente sincera lágrima, que se convierte en engaño que sutilmente amenaza, sin tener que salpicar al fuego para que cese su ignorancia, para luego llorar de alegría, y dejar, ahora si que invadan... los recuerdos inolvidables de esa, de esa hermosa jugada. Y nótese que no he descrito ninguna cosa con el rojo color de la rabia, con la sangre que me da vida, y que te ayudó cuando tú, hermano, sangrabas. Será porque lo verdadero solo está construido con piedras chatas... piedras de dos inseparables colores, y con un corazón de alma. Fabricio Foruria Alta Gracia - Córdoba - Argentina fafadoustro@yahoo.com |
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