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José Luis García Cruz

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Sucedió en un cuento 

      Tito y Camila iban a casarse. Mientras yacían de pie frente al altar de aquella majestuosa iglesia, intercambiaban miradas nerviosas sin escuchar con atención el sermón del Padre, cual ávidos conocedores de que en unos minutos más, quedaría consumada la celebración. 

       Camila era joven, y aunque no precisamente bella, poseía ciertos encantos dignos de mención. A saber: unos enormes ojos negros que resaltaban entre aquella blancura que le envolvía el cuerpo; y delicadas manos capaces de construir las caricias más sutiles. 

       Tito también era joven, apenas dos años mayor que ella, y de sus características físicas basta con señalar que no estaba guapo ni feo, y que su apariencia se cubría de un extraño atractivo que a muchas mujeres encantaba. 

       Algunos de los invitados al grandioso evento lloraban de emoción. Otros, entre murmullos disfrazados de rezos, hacían duras críticas a todo lo que consideraban equivocado o de mal gusto: que si el ramo de la novia era el adecuado; que si usó demasiado maquillaje; que si al novio le brillaba la cara; que si había olvidado peinarse como Dios manda. Pero este tipo de gente eran los menos. Los más, no paraban de repetir que aquellos dos seres dispuestos en medio de tanto tumulto, hacían en verdad, una muy bonita pareja. 

       El momento crucial había llegado, y Camila, sin asomo de duda, contestó un sí acepto que hizo eco en cada rincón del sagrado recinto. Pero cuando el Padre se acercó al novio para preguntarle con esa solemnidad característica de las ceremonias religiosas ¿aceptas a Camila por esposa?, Tito decidió que no iba a seguir con aquel cuento. Armado de valor, acomodó su corbata y con la vista al frente se salió de la página del relato sin decir palabra, sin despedirse siquiera del autor que al fin y al cabo, había sido éste el responsable de arreglar el compromiso sin su consentimiento. Y qué necesidad tenía él de vivir perpetuamente a lado de una mujer a la que conocía hace apenas cinco párrafos. 

       Todos quedaron desconcertados, pero sobre todo el autor que por supuesto, después de ese lamentable incidente, se dedicó exclusivamente a escribir guiones para telenovelas, porque en los cuentos, como pudo comprobarlo, no había nada, absolutamente nada que le garantizara un final feliz.  

Esteban Correa Aguilar 

ban72@uole.com