POR UN ESCENARIO
OPTIMISTA
Por: Ariel
Ruiz Mondragón
En la primera
parte del libro hay un sucinto repaso histórico del sistema político mexicano,
relacionándolo con el desarrollo económico del país. Ambos coinciden en su apogeo
durante la época del desarrollo estabilizador, que empezó a vivir su decadencia a
principios de las década de los setenta y que, después de un repunte debido a los
ingresos petroleros, tuvo su fin en 1982 con la entronización del modelo neoliberal a la
llegada de Miguel de La Madrid a la presidencia de la República.
Para Arce, lo
que comenzó a ocurrir es un acelerado proceso de disociación de la política y la
economía, en el que las transformaciones económicas fueron acompañadas por el
autoritarismo tradicional. Los saldos económicos y sociales resultado del nuevo modelo de
desarrollo son bastante desalentadores. En medio de esas condiciones desfavorables, hay un
PRI en crisis de identidad y que se resiste a la renovación. Ante eso, es necesario
establecer un nuevo equilibrio entre la economía y la política, pactar una reforma
integral del Estado y la sociedad mexicana: El hecho de que este sistema
presidencialista y su partido de Estado sean los principales obstáculos para crear un
nuevo régimen político que garantice la estabilidad política y la justicia social, dice
el autor, son las principales razones para que las diversas fuerzas políticas del país,
junto con el resto de la sociedad, se estén convenciendo de pactar la transición
democrática como condición para superar la crisis del presidencialismo, y recuperar, con
ello, la correspondencia de la política y la economía.
El autor
considera que debe profundizar en la transición democrática del país, so pena de sufrir
los estragos de inestabilidad e ingobernabilidad provocados por la crisis del
presidencialismo. Por eso, no se debe posponer más el pacto social de las principales fuerzas políticas
para impulsar la reforma integral del Estado. La alternancia en el poder no basta, sino
que es necesario pactar el desmantelamiento de la caduca estructura política del país,
sustentada todavía en la presidencia de la República, el partido de Estado y la vieja
cultura política clientelar, corporativa y caciquil. Arce considera que dicho acuerdo
debe incluir al Ejecutivo y al partido de Estado.
Entre los que
deben hacerse cargo de tales tareas, Arce privilegia a un actor: el PRD, que en su
Congreso de 1998 decidió reconocer su aspiración a convertirse en un moderno partido de
la izquierda mexicana. Ese partido debe impulsar la reforma del Estado, que le permita a
éste ser fuerte pero no obeso, eficaz y eficiente, promotor del libre desarrollo de
la iniciativa privada y la sociedad civil, de las ONGs, las cooperativas agrarias,
los sindicatos, las universidades, los movimientos feministas y ecologistas, las
asociaciones de barrio y el voluntariado.
En el libro
se advierten los grandes logros electorales del PRD en sus diez años de existencia; pero
también se critican los viejos vicios de la cultura política corporativa priísta y de
la izquierda sectaria y dogmática que ha heredado el partido del sol azteca, los que le
han impedido constituirse en partido moderno. Todavía una de las grandes carencias del
PRD es la ausencia de cultura política democrática en vastos segmentos de él, como
dirigentes y organizaciones sociales que lo acompañan. Lo paradójico es que, como apunta
Arce, la elección directa y universal de sus dirigentes es considerada una de las
principales aportaciones del perredismo al país.
A lo largo de
un capítulo, es defendida la administración cardenista de la ciudad, la que es llamada
el laboratorio democrático del D. F. Arce responsabiliza del lamentable
estado de la ciudad que nos dejaron, una urbe atravesada por crisis
económica, política, social, de valores, ambiental y territorial, a los anteriores
gobiernos priístas, y pide que las críticas estén enmarcadas en el difícil entorno
nacional, que escapa a la responsabilidad del gobierno capitalino. También pone de
relieve que el PRD ha reivindicado la participación ciudadana como la parte medular de la
solución de los problemas y ejercicio de la democracia.
El último
capítulo está dedicado al nuevo pacto social y las alianzas para el año 2000. Con una
presidencia con menor poder que antes, es urgente que se diseñen las instituciones y
mecanismos que eviten situaciones de inestabilidad social, asegurando el control
democrático del poder.
Ante el
escenario muy probable de que ningún partido gane en las elecciones del años próximo
con una mayoría suficiente que le otorgue la legitimidad necesaria que garantice la
estabilidad y la gobernabilidad, Arce propone pactar la transición democrática entre los
partidos de oposición y los grupos progresistas de la sociedad, pero sin excluir a nadie,
incluyendo al partido de Estado. Reconoce que si en dicho acuerdo falta por participar
alguna fuerza política importante, habrá pocas posibilidades de éxito.
Ante la
probable resistencia priísta, el autor considera viable que entre los partidos de
oposición se concrete una mesa de trabajo en la que se vayan tomando las bases del nuevo
pacto social que sustenten una alianza estratégica que pudiera dar forma a una coalición
de oposición para disputar la presidencia de la República.
En torno de
esa idea, se esbozan cuatro escenarios electorales probables para el 2000: el optimista,
en el que las principales fuerzas de oposición se coaligarían, lo que implica la
competitividad; el lógico más probable, en el que el PAN va por su cuenta, lo que reduce
el margen de posibilidades de triunfo opositor; el escenario pesimista, en el que los
partidos pequeños se unirían por su cuenta, lo que pudiera reforzar las posibilidades de
empate entre las tres principales fuerzas, y por último, el catastrofista, en el que cada
quien va por su lado. Arce apuesta abiertamente por el escenario optimista, que es
el que garantizaría la estabilidad y gobernabilidad de la nación.
Arce
Islas pudo avanzar mucho más en las propuestas que, a su consideración, podrían
incluirse en el pacto al que hace frecuente referencia. Eso queda pendiente.