DE
NOCHES ABSURDAS
Exhausto
por el intenso trabajo del día enciendo la luz de la recámara dispuesto a abandonarme en
los brazos de Morfeo. La escena que en seguida presencio me parece conmovedora: la
televisión duerme completamente descobijada sobre mi enorme cama.
Con la misma resignación de
quien reconoce la existencia de noches absurdas, me dirijo al sofá. Ahí, imagino lo que
estará soñando aquel tierno aparato doméstico: Si es un sueño angelical seguramente
piensa que es un voyeur. Que por primera vez en su prendida vida se han
invertido los papeles y entonces, ya no es más el centro de atención. Ya no es el punto
donde se posan las miradas inquietas y lascivas. Ahora, nadie la espía. Es ella quien
clava su cuadrada mirada en nosotros, los espectadores, que en ese momento seremos los
payasos que entretengan sus ratos de ocio.
Nosotros con nuestra vida,
así, tal cual la vivimos, le devolveremos lo que alguna vez ella nos dio: dramas,
tragedias, comedia, romance, chismes, pero sobre todo mucha, mucha monotonía. Y ella
podrá cambiar de lugar como de canal. Podrá internarse en el canal de los vecinos.
Presenciar las peleas matutinas de los Robledo contratando el Pago por Evento; y deleitarse la pupila a la hora
de sus reconciliaciones nocturnas en el sofá, cuando la Programación para Adultos inicie transmisión.
Así, hará un recorrido por
innumerables lugares. Tendrá un ojo observando en cada sala, en cada habitación, en cada
aparador. Y en cada canal verá algo diferente, novedoso, conmovedor. Y cambiará y
cambiará canales y terminará como terminamos todos los telespectadores: aburridos.
Un ligero crujido en la
recámara perturba mi silencioso pensar. Dicen que los ronquidos son presagio de un mal
descanso. ¿Será su sueño una pesadilla? Si este fuera el caso compadezco entonces su
triste suerte: seguramente estará soñando comerciales...
Esteban
Correa Aguilar
lpineda@ine.gob.mx