251547,
ALGO DIFERENTE
No son meras
elucubraciones y teorías de un resentido, lo piensa y lo dice porque ha sentido y
resentido la ineficacia, él es el epicentro de la injusticia, y esa es la paradoja pues
se supone él será un abogado, pero sucede que no cree en el derecho, su eficacia es
nula, por eso considera que su carrera, la licenciatura en derecho, es el conjunto de los
sofismas mejor elaborados a lo largo de la historia de la filosofía, su materia de
estudio lo es del pensamiento, "ideas", pura mala literatura y no más; así el
derecho constitucional es la metafísica, la teoría del derecho es la estética y el
derecho agrario es un tema digno de Issac Asimov, algo de la más depurada ciencia -
ficción. Sólo los exámenes importan en la medida que son el medio que habrá de
franquearse para alcanzar el fin, es decir, el estúpido título. Por eso él es el gran
desertor de las cátedras, prefiriendo pasar sus horas en la banca.
Son muchas las ocasiones
que ha estado sentado, incluso acostado en esta banca. La fascinación y el atractivo que
este lugar ejerce sobre él son razones arcanas que aún no comprende, quizás sea el
árbol, inmenso, o el simple panorama, o a lo mejor el camino tan transitado por
estudiantes en todo momento, lo cierto es que esa banca, ese árbol con su sombra y ese
sencillo panorama son el sitio predilecto de sus lecturas y cavilaciones.
A últimas fechas sus
pensamientos pasean en derredor de todas aquellas circunstancias que han hecho de eso que
se llama "su vida", una mierda inconmesurable, la gran decepción de amigos y
familiares quienes vislumbraban su destino como algo
diferente. No sabe cuántas veces ha repasado la configuración de acciones y omisiones que lo han llevado hasta
donde se encuentra y de dicho análisis no se desprende otra cosa que el continuo de
imprecisiones y perplejidades, el cúmulo de expectativas incumplidas, de incertidumbres impostergables, el error
vitalicio, el fracaso siempre renovado.
Ahora no piensa en el
derecho inexistente, ni en su situación tan dislocada, tampoco piensa en todos esos estudiantes con mirada de
gato intoxicado que pasan frente a él. Ahora
lo que busca su pensamiento es no pensar, sólo sentir. El, sentado en esta banca, únicamente sintiendo el descomunal y
experimentado sexo oral que ella, hincada, le
está regalando sin miedo ni cautelas.
Apenas ayer se
conocieron, apenas recuerda su nombre (el de
ella), pero esos datos son completamente
prescindibles para sus fines (los de él) en cambio es indispensable saber que después de
la corta plática de ayer, después del recorrido que las manos (las de ambos) efectuaron sobre el cuerpo del otro
y una vez culminados los besos acordaron un reencuentro para hoy. Después de que ella
visitara al doctor, al ginecólogo, irían a
la casa de él, y ahí conjugarían sus cuerpos.
Es un buen plan - pensó él -
recordando la lástima que le inspiraban todos aquellos que pagan por la
visión de la carne expuesta, por el sabor de la piel en combustión. Pero el plan podía desviarse a la tangente, otro
día será mejor - pensó y dijo ella - el doctor acababa de diagnosticarle enfermedad,
grave. Y por eso el sexo oral, como una
omisión al riesgo para él y especialmente
como agradable indemnización al cambio de proyecto. Inconveniente - pensó él -
así es que la dejó acabar con la indemnización, que llegó
placenteramente a su fin dentro de ella que tragó, después la convenció de no claudicar
echando mano de todos los posibles artilugios: el faje preciso, el toque más óptimo, la
lengua estratégica y por último (al fin y al cabo, abogado) las palabras certeras.
Buen resultado. Ahora
están los dos en el cuarto de él, metidos en el fragor del cuerpo contra cuerpo. Lo
hacen una vez, luego otra y descansan toda la musculatura, mientras tanto fuman, él sus bohemios, ella sentada y con
dedos exactos le da forja con pastito vacilador a su cigarro. No dicen nada, sólo chupan
cada uno su respectivo cigarro. Alternativamente él mira, ora el humo, ora el sexo de
ella, rasurado, como de infanta. Poco tiempo
después ella comienza su monologo:
Estamos en el desierto - dijo ella -
y es amarillo y grande y caliente, sobretodo caliente: Mira los cactus
hirsutos de espinas. Los cactus son feos y toda fealdad es extraordinaria así como toda
belleza es simple
es amarillo y caliente. Las serpientes y las águilas; la
serpiente larga y sabiduría
por eso Cristo es extraordinario, porque supo morir de
pié y no llorar jamás y la sangre, eso es todo, ¡la sangre! ¿sabes cuántos han muerto
por ella?, quiero sangre, sangre y semen
Estamos en el desierto, es como el mar pues
tiene olas pero de arena y es grande y es amarillo y caliente.
El la miró con cierta
envidia y perplejidad, pues no sabía que la canabis tuviera atributos alucinatorios.
¿Dime cuál es el vínculo entre Cristo y el desierto?
- le preguntó él -
¿Cristo?
ah, ese ni me conoce - dijo ella -
pero hay una mujer pequeñita que viaja en olas, tal parece que trae una
tabla adherida a los pies y cuando en las mañanas quiero abrir los ojos mueve la
pestañita de mi despertador para que yo siga con mis sueños y yo continúo durmiendo sin
parar porque la mujer pequeñita
la pestañita y entonces el sol
es el astro
máximo porque da luz y además da la vida.
La respuesta lo dejó
todavía más perplejo, pinche sol - pensó
él - sin embargo, ahora tenía casi la
completa certeza de que ella con esa oquedad tan pródiga en jugos era el medio perfecto y
eficaz para dar cumplimiento a su fin, así es que la penetró una vez más, tan sólo
para consolidar su expectativa, la única.
Desde entonces han
pasado tres meses y medio, los necesarios. Hace dos semanas él estaba dentro de ese
cuarto con diáfanas paredes de color blanco, sentado en el banquillo, con la liga en el
brazo, mirando como se dilataba, se inflamaba la
vena, sintiendo como la aguja le horadaba la piel que vomitaba ¡la sangre! (¿cuántos
han muerto por ella o a través de ella?). Ha estado contento, mucho, cavilando cómo
nadie le pudo arrebatar el único y verdadero derecho
el de abolir los estorbos del alma. Los medios no importan, el fin es la
infinitud - pensaba él - Ahora estaba expectante, aguardando el resultado de su último
examen, el realizado con ella, el medio. Y ahí está
el papel, el resultado, lo lee y sonríe, ya tiene otro nombre, esta impreso
en su carnet, de aquí en adelante él se llama 251547. Sale, camina y sonríe, pensando
que ha hecho efectivo el derecho a suprimirse, a borrarse, despacio y con paciencia; ha hecho eficaz el derecho, el único y verdadero,
anularse. Eso paradójicamente, hace de su destino lo que familiares y amigos miraban y
querían, es decir, algo diferente (muy igual al de ellos). Sigue
caminando y vuelve a leer "positivo" por fin,
- piensa 251547 - algo positivo
en mi vida y se ríe cómo nunca antes, pensando en que comienza el siglo siendo algo muy diferente
entonces dice en alta
voz: ¡Hola, mi nombre es 251547 el
único jodido muerto parlante de entre todos sus conocidos y familiares!
Jorge Antonio Solís
López
Octubre del 99