La Lectura
Hago
una pausa y empiezo la lectura de un modo natural, sin asombro ni emoción, aunque en mi
interior experimento cierta inquietud, la misma que se tiene cuando se está ante algo
desconocido. El inicio no me resulta muy sorprendente, pienso que hubiera podido
redactarse de una forma más atractiva para el lector, pero en fin, no le doy demasiada
importancia a este detalle.
Sigo leyendo, y de pronto
reconozco en el narrador un rasgo que me parece familiar. Lo raro es que no alcanzo a
distinguir de dónde proviene: si de la forma en que va construyendo su relato, o del
relato mismo, si es el qué o el cómo lo dice. Abandono tal reflexión y hago un
esfuerzo desmesurado por concentrarme. Ansío encontrar la parte medular, aquella que me
lleve a descubrir, o por lo menos adivinar, lo que será el desenlace de la historia. No
lo consigo y mi paciencia se está agotando. Quiero saber de una vez por todas cuál es la
razón de esta ecena introductoria que no tiene ni pies ni cabeza. Incluso pasa por mi
mente saltarme unas líneas, total, esta lectura tal vez no merezca ser leída de forma
completa. Es más, podría evitarme la molestia de continuarla si avanzo súbitamente la
mirada hasta el párrafo final, donde seguramente -dada la actitud del autor por esconder
sus intenciones-, se encuentra lo más relevante de todo este lío. Hago una pausa y
empiezo... ¡No! Me retracto de este impulso. Mi convicción por respetar el orden lógico
del relato me hacen desistir de semejante idea. Regreso la vista a donde me quedé y
continúo leyendo. Sigo confundido, sin saber a ciencia cierta a dónde me lleva este
enjambre de palabras amañadas. De momento se me ocurre la salida más fácil: abandonar
la lectura, hecharla al olvido como se hechan los leños al fuego. Pero no lo hago. Pienso
que si el tiempo que me ha consumido hasta ahora de cualquier forma ya no es recuperable,
qué más da entonces dedicarle otro poco con tal de saber el final. Solo así podré
juzgarla meresidamente, sin que me queden remordimientos por opinar de algo que no conocí
del todo.
Ahora me pregunto cómo ha podido
el autor escribir esto. Cómo se ha permitido tantas libertades imprimiendo un texto con
errores ortográficos. Además ¿Dónde están los personajes principales, la
construcción del ambiente? ¿A qué hora se le va a ocurrir plantear el problema del
relato? ¿O es que de veras piensa que me va a sorprender ocultándome lo que esconde?
¡Qué
poca seriedad en la redacción! Eso me molesta y me regreso una línea: ocultándome lo
que esconde? ¡Qué redundancia!
Empiezo a creer que todo esto es
un juego. Que el autor está en este preciso momento carcajeándose por su travesura.
Estará pensando en mi desconcierto y eso lo dejará enteramente feliz. Debí adivinarlo
desde un principio. Ahora veo que es demasiado tarde y no hay más remedio que terminar
con esto. Ya no falta mucho. Desde aquí puedo ver de reojo las pocas líneas que quedan.
Acelero la lectura aunque ello implique dejar de respetar las reglas gramaticales. La
velocidad que llevo hace desaparecer los puntos y las comas que permitían organizar
oraciones y lo convierte todo en hileras de palabras correteadas por mis ojos en un avance
descontrolado que no concede parar un poco para comprender lo que se está leyendo hasta
que por fin reflexiono de golpe y !me detengo!
¿Qué pasa conmigo? ¿Por qué la
exaltación? ¡No es más que una simple lectura! Ahhhh! Suspiro. Respiro
pau-sa-da-men-te. Me tranquilizo. Calmado. Ya estoy calmado. Ahora, reconozco que perdí
la compostura, y como un intento por enmendar mi falta, me pregunto si estaría dispuesto
a leerlo todo de nuevo. ¿Y por qué no?
Hago una pausa y empiezo la
lectura de un modo natural, sin asombro ni emoción, aunque en mi interior experimento
cierta inquietud, la misma que se tiene cuando se está ante algo desconocido.
Esteban
Correa Aguilar
lpineda@ine.gob.mx