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Una  flaca; otra gorda.

consangie@yahoo.com.mx

Por Angel Arellano Peralta.

Siempre he sido un melómano. Recuerdo la ocasión en que volvía con mi madre de la primaria y arrastrado casi por instinto, recargaba mi nariz en la vitrina de esa discoteca que se hallaba frente al mercado de la colonia. El dependiente me recordaba a Pablo Morsa, ese que salía con el pájaro loco. No sospechaba la escena que tiempo después me narraría mi hermano: Él y Sergio, uno de sus mejores cuates, se pasaron juntando una lana para comprar cualquier disco sencillo de los Beatles, de esos que traían dos canciones y que en la cara “A” se apreciaba una manzana verde y en la “B” la misma manzana pero vista por el interior. Se enfilaron decididos a realizar la transacción, sólo para darse cuenta de que ya habían subido de precio, y ni modo de regatearle al Pablo Morsa, uno se acuerda del geniecito que se cargaba con el pájaro loco y mejor dice “ahí muere”.   Ahí me encontraba,  pero en mi caso, un cassete virgen negrito que le traía hartas ganas desde hace mucho, era lo que llamaba mi atención. Los discos eran aun inalcanzables para mí. Con mi mejor tono de voz y aclarándome la garganta lancé el envenenado dardo a mi madre y esgrimí: 

- Ta’ bonito ese “cassete” ¿no?.- al tiempo que mi dedo lo señalaba.  

Pero cuando me volví, mi jefecita estaba platicando con unas señoras en la banqueta de enfrente. Pedirle algo a mi amá era difícil, pero hacerlo frente a tres ñoras que seguramente meterían su cucharota, era demasiado para mí, así que dejé la petición para una ocasión más propicia. Casi al tiempo que pensaba aquello, las intrusas se despidieron de mi progenitora. Ella volteó hacia la discoteca para buscarme y se encontró con mi insistente llamada.

Cruzó la calle y le mostré la causa de mis pesares, claro, junto con Susana, una chavita que pa´que les cuento. Le insistí acerca de mi interés por dicho artículo, destacando las ventajas que ofrecía aquel rollo de cinta magnética, cubierta por dos tapas de plástico negro y una etiqueta blanca luciendo con negro y rojo: TDK. Ella sólo dijo luego vemos y nos fuimos a casa.

Yo sentí que no me había dejado capacidad de maniobra y para presionarla, pensé seriamente en realizar un plantón o un bloqueo en la puerta de la cocina. Fraguaba mi malévolo plan aprovechando su ausencia. De repente oí la llave girando en la cerradura, sus pasos subían la escalera. Yo me mantenía con toda la cautela que un niño de ocho años es capaz, o sea ninguna.

Vi asomar su figura en el pasillo que da a la cocina,  y justo cuando iba a leerle mi pliego petitorio, extendió su mano y me preguntó:

¿es este el cassete que querías?.

 Fue así como me inicié en el feo vicio de los discos y cassetes, pasando por las crisis de uno que otro tequendama de oro que se colaba a mi incipiente colección. Pero, ¿qué sería de mí sin los dos discos de Cepillin, que utilizaba para escuchar uno, y el otro para bailar sobre él? No entiendo porque lo hacía pero, si alguien lo quiere comprobar tengo aun el disco pisoteado. Sin embargo Cepillin no fue propiamente mi marco teórico en la música.

A eso de los tres o cuatro años mi influencia: Cri-Cri. El del grillito cantor era un disco viejo ya de por si. La primera canción: “La marcha de las vocales”, tenía una magia tal que en esa parte que dice: “que todos los niños estén muy atentos” me atrapaba y ponía una atención que ni en las clases. Ese disco fue reproducido muchas veces en una vieja consola café, que ostentaba orgullosa en su frente la marca “Stereo”.

Me cautivaba el mecanismo que reproducía los discos. Se colocaban en la punta de una varilla como de 10 cm. y automáticamente se posaba de un brazo de plástico gris encima del plato. Dicho brazo los sostenía firmemente y de pronto caían de un solo golpe a ese remolino eterno que era la tornamesa.

Lentamente se erguía otro brazo que alojaba en su extremo la aguja. Avanzaba hacia el disco y comenzaba aquel ruido, hermoso ahora y molesto antes, del uso o  por el polvo depositado en los acetatos.

Las historias que imaginé en ese entonces estimuladas por una letra inteligente y una música encantadora, me hicieron conocer muchos lugares a los que nunca fui ni he ido pero que conozco. Hace veinte años de eso pero cuanto más pasa el tiempo más lo recuerdo. Ahora tengo una colección aceptable de discos compactos, entrañables todos, pero cuando oigo la orden que ha dado el general de que todos los  niños estén muy atentos, daría todo por un solo momento de aquellos en que mi colección de discos era tan grande que sólo era uno. Mientras la “E” pasa alzando los pies y se discute porque la “I” es flaca y la “O” gorda, las lágrimas salen de mis ojos.