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Marisol Quintero
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Rosario Torres
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La calle de la ironía
Hace tres meses,
caminando por la calle que acostumbraba todas las noches al salir del trabajo, vi a un
desolado borracho acostado sobre la acera. Mientras lo esquivaba al pasar, me conmovió su
desdicha, su lastimada apariencia en la que el cuerpo y la ropa eran refugio donde
cicatrizaban costras de mugre. Pero sobre todo me conmovió su mirada, una mirada fija en
la nada, alejada del mundo caótico de la ciudad, perdida en una dimensión que lo
separaba de la realidad que yo conozco, y guardé su recuerdo en la memoria por unos
segundos hasta abordar el autobús que para mi fortuna, pasaba en ese instante.
Después de eso, nunca más vería
ni me acordaría de aquel borracho. Nunca sabría que un mes más tarde, la misma
madrugada en que yo salía del Bar Toledo abrazado de los amigos con los que había
celebrado mis 35 años, el borracho entraba en una visión espeluznante que lo hacía
arrastrar el cuerpo, como si intentara escapar de algo, al tiempo que emitía alaridos de
auxilio interrumpiendo el silencio de un callejón desértico.
Nunca adivinaría que al mes
siguiente, aquella mágica noche de incesante lluvia en la que Linda, la secretaria más
asediada de la oficina, se desnudaba por vez primera ante mis ojos en la habitación 204
del Hotel Aries, el borracho sufría de espasmos tormentosos y tiritaba por el frío que
le quemaba los huesos, refugiando su cuerpo en el muro resquebrajado de una fábrica
abandonada.
Jamás me enteraría que hace
apenas una semana, después de darme unas merecidas vacaciones en Hidalgo, y en el mismo
instante en que abordaba junto con mi esposa y mis hijos el autobús de regreso a la
ciudad, el borracho salía de la asfixiante celda preventiva que le había dado
alojamiento por tres noches infernalmente sobrias.
Y nunca se imaginaría él, ni yo
tampoco, que esta negra noche, sin luna, sin nubes ni estrellas, justo en la calle donde
lo conocí por primera y única vez, habría de mirarme la gente del mismo modo como le
miré, tirado en la acera con la vista perdida, porque me sorprendió la muerte con su
rostro demacrado de infarto al corazón, en el momento preciso en que el borracho, a tres
calles de ahí, pintaba de un color dorado el poste que sostenía su cuerpo vacilante, y
sentía en el interior de su ser, esa sensación placentera que solo se tiene a la hora de
orinar.
Esteban Correa Aguilar
lpineda@ine.gob.mx
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