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José Luis García Cruz

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La calle de la ironía 

     Hace tres meses, caminando por la calle que acostumbraba todas las noches al salir del trabajo, vi a un desolado borracho acostado sobre la acera. Mientras lo esquivaba al pasar, me conmovió su desdicha, su lastimada apariencia en la que el cuerpo y la ropa eran refugio donde cicatrizaban costras de mugre. Pero sobre todo me conmovió su mirada, una mirada fija en la nada, alejada del mundo caótico de la ciudad, perdida en una dimensión que lo separaba de la realidad que yo conozco, y guardé su recuerdo en la memoria por unos segundos hasta abordar el autobús que para mi fortuna, pasaba en ese instante.

     Después de eso, nunca más vería ni me acordaría de aquel borracho. Nunca sabría que un mes más tarde, la misma madrugada en que yo salía del Bar Toledo abrazado de los amigos con los que había celebrado mis 35 años, el borracho entraba en una visión espeluznante que lo hacía arrastrar el cuerpo, como si intentara escapar de algo, al tiempo que emitía alaridos de auxilio interrumpiendo el silencio de un callejón desértico.

     Nunca adivinaría que al mes siguiente, aquella mágica noche de incesante lluvia en la que Linda, la secretaria más asediada de la oficina, se desnudaba por vez primera ante mis ojos en la habitación 204 del Hotel Aries, el borracho sufría de espasmos tormentosos y tiritaba por el frío que le quemaba los huesos, refugiando su cuerpo en el muro resquebrajado de una fábrica abandonada.

     Jamás me enteraría que hace apenas una semana, después de darme unas merecidas vacaciones en Hidalgo, y en el mismo instante en que abordaba junto con mi esposa y mis hijos el autobús de regreso a la ciudad, el borracho salía de la asfixiante celda preventiva que le había dado alojamiento por tres noches infernalmente sobrias.

     Y nunca se imaginaría él, ni yo tampoco, que esta negra noche, sin luna, sin nubes ni estrellas, justo en la calle donde lo conocí por primera y única vez, habría de mirarme la gente del mismo modo como le miré, tirado en la acera con la vista perdida, porque me sorprendió la muerte con su rostro demacrado de infarto al corazón, en el momento preciso en que el borracho, a tres calles de ahí, pintaba de un color dorado el poste que sostenía su cuerpo vacilante, y sentía en el interior de su ser, esa sensación placentera que solo se tiene a la hora de orinar.

Esteban Correa Aguilar

lpineda@ine.gob.mx