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¡Qué más quisiera!

Esteban Correa Aguilar

lpineda@ine.gob.mx

Era increíble la facilidad de aquel maistro para conquistar a esos viejonones que nomás con verlas se adivina que están ¡bien nutridotas y rebozantes de salud!. ¡Cómo las traía el condenado!. Y no era por su dinero; n’ombre!, si el mentado suertudo estaba más amolado que la carcacha de mi tío Ramón. Pero con todo y todo lo querían, y no sólo eso, ¡lo perseguían las viejas!.

Buscaban cualquier excusa para encontrarse con él: en el taller, en la bodega, en el patio; y una vez que lo hallaban se le lanzaban, así, sin más, con una voz suavecita le empezaban a suplicar “..que sóbame la pierna porque se me adormeció”, “..que desabróchame la blusa porque hace mucho calor” y el muy tarugo todavía haciéndose el “santito”. N’ombre!, ¡Yo les hubiera atendido el asunto desde el primer momento!. Sobre todo a la dueña del caserón ese. Y a la sirvienta que estaba mucho mejor. Con su uniforme de “gatita” que dejaba al descubierto unas piernas exquisitas, tan juveniles y tentadoras, mmmh! ¡esa sí que era una torta!.

¡Pero una torta bajo el brazo equivocado!. Desde ahí me entró el rencor, el coraje. ¡Cómo era posible que’l méndigo chalán, siendo más feo, lépero y ruco que yo, se merendara semejante bizcochón!. Y no se conformaba con uno. ¡El infeliz se aventaba a todas!: morenas, blancas, costeñas, rubias, bueno, ¡hasta gringas!. Eso sí, cada una con encantos diferentes pero todas igual de buenas.

      No. No se me hizo nada justo. Yo que el primer piropo que aventé fue a la chaparrita de la farmacia y me valió para tremendo alboroto, cuando la muy indignada, después de lanzarme una mirada prendida con las llamas del meritito infierno, descargó sobre mi indefensa persona todo su repertorio de groserías, incluyendo un par de mentadas.

      Y ni acordarme de aquella vez cuando estando en el parque con la Rosi, mi novia, se me subió la pasión a causa de un intenso beso que me electrizó todo el cuerpo, y seguí el impulso endiablado de amasar sus pechos con mis lujuriosas manos, impulso que me costó el enojo de mi pichón, y que despertó en ella ¡habilidades insospechadas para impartir sermones!, dejando fluir a lengua suelta toda una bola de razones por las que no era correcto eso que estábamos haciendo. Y todo para terminar diciendo que yo nomás me la pasaba pensando en eso y que si no la iba a respetar que entonces ai moría. ¿Quién entiende a las viejas? Si les das no quieren, y si no, ¡están que se mueren!.

      Fue por eso que cuando ví al macuarro ése bajándole la calentura a la más despampanante y exitante de las criaturas, ya no pude soportar más. Y en cuanto le subió la falda, ¡que se me sube a mí el orgullo!. Así que ya con tantas cosas “alzándose” en el lugar, y para no desentonar, me levanté de mi butaca, caminé por el pasillo oscuro y mientras escuchaba unos cachondos jadeos de la pantalla que centellaba a mis espaldas, grité para mis adentros: ¡Pinche Rafaél Inclán! ¡Cómo te envidio!...