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Rosario Torres
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Alma Rosa Valades
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SUGERENCIA DE LA RESPONSABLE DE LA
SECCIÓN CULTURAL
Alma Rosa Valadéz Canseco
estrellademar@email.com
Hace mucho tiempo leí el libro, me gustó mucho
porque logré identificarme de inmediato con la mayoría de los cuentos que en él se
incluyen. Autores como José Agustín, Rafael Ramírez Heredia, Paco Ignacio Taibo II,
Alejandro Palestino y Jordi Soler entre otros cuentan historias que hacen recordar
aquellos años en la primaria, secundaria o el bachillerato. Si tienes oportunidad de
leerlo hazlo pues te aseguro que reirás muchísimo sobre todo porque creerás que el
relato fue hecho pensando en tí. A continuación te presento uno de ellos y si te agrada
no dudes en comentarlo.
Libro: "Atrapados en la Escuela" (cuentos mexicanos contemporáneos)
Editorial: Selector. México, 1994
"El abanderado"
de: Eusebio Ruvalcaba
"Lo último que hubiera querido: que me escogieran para la
escolta. Porque es
mejor estar en la fila, sin que nadie se fije en ti ni tú te fijes en nadie, aunque
siempre
hay la posibilidad de que en la fila tú si te fijes en lo que quieras, sea persona,
animal,
mueble o ciudadano director (como le gusta que le digamos al ciudadano director).
Pero ni modo. Me escogieron y ahí no puedes decir fíjense que no, gracias. Porque lo
deciden entre el ciudadano director y los maestros de cada grupo. Dicen que se fijan en
todo, osea en lo que ellos creen que es todo: las calificaciones y las conducta. Claro
está que tienes que estar en sexto. Pero estar en la escolta es muy cansado. Te sacan a
las diez de la mañana de tu clase y bajo el puritito rayo del sol te enseñan a caminar
muy derecho, a portar la bandera, a izarla o arriarla, que así es como se debe decir y
que significa lo contrario de izar.
Así que cuando dijeron mi nombre dije sopas, aquí se acabo mi felicidad. No sé ni por
qué me escogieron. Pero puedo decirles que no soy muy machetero ni nada que se le
parezca. Simplemente y para que mis papás no me molesten hago mis tareas, y en la
clase tengo cerrada la boca, pero no para que me pongan diez en conducta, a mí eso no me
importa, si no más bien porque mis compañeros son una punta de retrasados mentales, de
esos con los que no puedes hablar de nada que no sea futbol o broncas callejeras.
Y a mí me aburren como si estuviera viendo a Raúl Medasco, por eso prefiero estar solo
en el recreo y no echar relajo cuando la maestra sale de la clase por cualquier cosa. Les
voy a contar lo que sucede cuando la maestra abandona el salón, o mejor dicho lo que
hacen Tinajero, Rivera, Dueñas, Aguirre - al que le apodan Lolo - , Carrillo y Pantoja.
Pues sí, como somos puros hombres, apenas la maestra pone un pie afuera, Tinajero se sube
al escritorio y se saca la reata o el pizarrín, como le dice mi papá; Rivera se orina en
la bolsa de plástico y la avienta a la calle - casi siempre le cae a un coche que va
pasando - ; Dueñas les jala los pelitos de las patillas a todos los de su fila; Aguirre,
al que le apodan Lolo y que dice ser muy sensible, se hace rosca y se pone a llorar;
Carrillo saca de su mochila una revista de mujeres desnudas y se empieza a masturbar, y
Pantoja se echa un pedo que hace que todos a su alrededor salgan disparados. Yo nomás los
observo. Conmigo nadie se mete porque yo no me meto con nadie, no voy con el chisme ni
acuso a nadie. Me tiene sin cuidado.
Los muy ingeniosos me pusieron el Silencioso. Aunque más bien yo fui el que me puse el
apodo. Le dije a Rivera, que es el más broncudo: ¿ya sabes cómo andan diciendo que me
van a decir? No, dijo, cómo. El Silencioso, respondí yo. Y agregué: pero hay de quien
me lo diga porque le agarro sus trompos.
Naturalmente, al día siguiente todos me decían así. Sobra decir que así evité que me
pusieran algún apodo que en serio fuera a molestarme, aunque se me hace que para que a
mí me sulfure un apodo está difícil, además de que no creo que se les ocurra nada
original.
Pues digo que estoy en la escolta y aquí estoy. Y justo con los más guerristas , cuyos
nombres ya los habrán memorizado pero que los voy a repetir por si las merititas dudas:
Rivera, Tinajero, Carrillo y Dueñas. Pantoja no; yo le propuse que se pasara a mi lugar y
el aceptó encantado, pero la maestra dijo que no, que a mí me correspondía estar ahí y
asunto concluido. Supongo que a estas alturas ya se habrán preguntado porque escogieron a
los más desmadrosos del grupo - salvo yo, que soy más bien indiferente y gris, como ya
quedó dicho - y no a los más aplicados, como ha sido siempre. Pues por dos razones:
porque los más aplicados ya habían estado en la
escolta, y para ver si así se disciplinaban los relajientos. Porque según el ciudadano
director que dice que va a ser Secretario de Educación, los revoltosos mejoran si los
haces sentirse bien.
Sobre lo que yo quería platicar con Tinajero y compañía era sobre otra cosa: sobre
Chiapas y el subcomandante Marcos. Pero a nadie de mi grupo le interesaba. A mi papá sí.
Me lee los comunicados y me cuenta las luchas que desde tiempos muy antiguos entablaron
los indígenas y la forma en que los han despreciado, desaparecido y explotado, peor que
si fueran animales, y digo peor no porque crea que los animales lo merecen, sino porque mi
papá me dice que los han engañado vilmente, que les prometen una cosa, otra y otra, y al
final les dan un cuerno.
Él mismo ha guardado los periódicos desde el primero de enero, porque dice que el día
de mañana van a servirme para un trabajo universitario.
Ahí si está muy equivocado porque yo lo último que quiero es ir a la universidad. Tengo
otros planes: terminar la primaria y dedicarme a viajar, sin que nadie me acompañe, por
todo el mundo.
Tinajero dice que en Alaska te haces rico pelando pescado, que te pagan en dólares
canadienses y que en menos de dos años ya regresas a México en un Corvette. Cuando
Carrillo oyó el chisme dijo que en Alaska están las mujeres más cachondas del mundo, y
que a los mexicanos no les cobran. ¿Cómo que no les cobran?, le pregunté. ¿Pues qué
les van a cobrar, tienen una deuda o qué? No lo hubiera dicho porque todos se rieron de
mí. Porque las mujeres te cobran para que te las cojas, tarado, dijo carrillo y me dio un
empellón. Ya lo sabía pero no me acordaba, tarado, le dije yo y le di un empellón.
Por fin llegó el siguiente lunes, el de la ceremonia. A años luz se veía que mi mamá
estaba feliz de que me hubieran escogido precisamente a mí para que yo portara la
bandera, es decir, para que fuera el abanderado. Y digo feliz porque el día anterior me
llevó a la peluquería - a la Mejor del Mundo, que abre los domingos - , le puso almidón
a mi camisa, como hace con las camisas de mi papá, y no me dijo que me bañara en la
noche sino el lunes en la mañana, casi de madrugada, lo que provocó que casi me cayera
de sueño con todo y bandera. No me dormí porque estaba hecho un nudo de nervios. ¿Y si
se me olvidaba para donde era el flanco derecho, o el izquierdo? ¿Y si se me resbalaba la
bandera? ¿O si me torcía un pie? Me podían ocurrir mil cosas.
Así que puse toda mi atención para que no se me pasara ningún detalle. Por lo pronto
Tinajero, Carrillo y Dueñas estaban paraditos como soldados.
Hicimos un recorrido por todo el patio. El silencio era como el de los cines cuando ves
una película de miedo. En la tarima, delante de un micrófono el ciudadano director daba
las órdenes: ¡Alto, ya! ¡Flanco derecho, ya! ¡Paso redoblado, ya! hasta que por fin
llegamos a la tarima, donde él estaba. Mientras se hacía a un lado para que nos
acomodáramos, yo quedé enfrente del micrófono. Y no se por qué, pero entonces recordé
un viejo sueño: dar el grito desde el Palacio Nacional, tal cual lo hace todos los años
el presidente. Así que sin importarme que no fuera quince de septiembre sino veinticuatro
de febrero, agitando la bandera de un lado a otro, grité sin pensarlo dos veces: ¡Viva
México! De inmediato toda la escuela gritó: ¡Viva!, y entonces grité, todavía más
fuerte, lo primero que se me vino a la cabeza: ¡Viva el subcomandante Marcos! Como si
fuera uno solo, la escuela por completo hizo lo mismo: ¡Viva!
Bueno, eso fue hace unos cuantos meses. No tiene caso decir que tuve que repetir el
sexto año. En otra escuela, por supuesto. Y de paga, para acabarla de amolar".
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