Metamorfosis
El Profesor entra al salón de clase y un radiante flash en
la mente te hace recordar lo que tu horóscopo pronosticó para hoy: un día de muchas
interrogantes.
Temeroso de tu destino elevas en silencio una
oración académica entonando el himno nacional, con la esperanza de que esta buena obra
sea suficiente para conjurar la mala suerte que se avecina.
El hombre barbado de pelo canoso, lentes redondos y traje conservador deja su
portafolio sobre el escritorio y convoca a los presentes a participar voluntariamente. Se
hace un silencio tan absoluto que incluso puede escucharse el paso de los segundos. Como
no obtiene respuesta favorable, recorre con la mirada las caras angustiadas de sus
estudiantes y por más que escondes tu rostro detrás del cuerpo robusto del Tayson,
tu compañero de enfrente, es a ti a quien señala.
A partir de ese momento la percepción del entorno se modifica: tu profesor ya no
es tu profesor, es tu padre irritado que empieza llamándote la atención debido a tu
mala apariencia. Te critica el cráneo rapado, el tatuaje de Guns and Roses
que llevas en el brazo derecho y el arete que da relevancia a tu oreja. Te compara con un
delincuente, con un vago sin futuro y asegura que así nunca conseguirás trabajo.
Mientras, permaneces en silencio; quieres revocarle sus palabras, hacerlo que se retracte, pero de antemano sabes que es una causa perdida
porque el viejo nunca te ha entendido.
Después de esa penosa introducción se dispone a aplicarte un interrogatorio al
estilo policiaco. Tu profesor ya no es tu profesor, es un judicial encabronado que te
acosa con sus preguntas y te exhorta impacientemente para que sueltes la lengua. En cuanto
le dices con voz tímida que no sabes nada, que no estudiaste, haces que sus emociones
estallen sin control en un ascendente ataque de ira. Desconcertado ahora por aquella
respuesta tuya LEVANTA LA VOZ. Tu mente se traslada automáticamente a un Tribunal de
Justicia donde tú eres el culpable, el foco de infección. Tu profesor ya no es tu
profesor, es un juez indignado por esa falta que haz cometido. Con un rostro que no admite
clemencia pide que te levantes para señalarte como el vivo ejemplo de la juventud sin
futuro. Te sientes gusano, basura, acosado por un centenar de ojos que te observan y
murmuran a tus espaldas.
Después de un largo sermón que hasta a ti te convence, termina el juicio. Se da
entonces el veredicto: ¡eres culpable! Y tu sentencia es la expulsión del salón por el
resto de la clase.
Sales con la cabeza baja y los ánimos por el suelo. Miras a tu alrededor y la
tranquilidad que reina te complace. En un minuto tu mente se despeja y el cuerpo se
relaja. El ambiente asfixiante del aula queda enterrado por una corriente de aire fresco
que circula en el pasillo. El confort que ahora sientes lo manifiestas a través de una
sonrisa. De pronto, lo comprendes todo y agradeces mentalmente a tu profesor por su
regalo: ¡Sabes que te ha dado la libertad!
Esteban Correa Aguilar
ban72@uole.com