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José Luis García Cruz

Equipo de   Contemporánea

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* Esteban Correa

* José Luis García

* César Juárez Caudillo

* Edgar Lozano Reyna

* Lluvia Morales

* Esther Romero

* Ariel Ruiz

*Alejandro Santos

* Marisol Quintero

* Rosario Torres

* Alma Rosa Valades

 

 

 

 

 

 

 

 

LA FIESTA

POR Esteban Correa 

      Jorge nunca había asistido a las reuniones pasadas simplemente porque le incomodaba. Con tantos formalismos como los que existían en la oficina estaba convencido de que esas fiestas no eran más que representaciones teatrales, donde cada invitado hacía su mejor papel y actuaba en un escenario de convivencia simulada, convirtiendo casi imperceptiblemente la puesta en escena en una auténtica farsa.

      No le era difícil imaginar el comportamiento de sus compañeros de trabajo: atentos todos a las indicaciones y requerimientos del momento, intentando halagar al Jefe, adivinándole cada necesidad, cada deseo, sobre todo ahora que se festejaba su cumpleaños.

      Si aceptó venir fue por esas ganas irresistibles de ver a Susy, de conversar con ella y mirarla por el resto de la tarde. Pensaba entablar una plática que paulatinamente pasara de lo general a lo particular, de lo trivial a lo substancial, del cómo te ha ido al cuándo salimos, porque ya no podía continuar esta situación así, él muriéndose de amor, pasión y deseo, y ella sin saberlo. 

      Subió las escaleras dos pisos y en la puerta 206 tocó el timbre. Benjamín, el eterno “perro faldero” del Jefe le dio la bienvenida con una sonrisa de dientes para afuera. Lety, la secretaria más servicial de la Compañía, le arrimó los bocadillos con exagerada atención. Reunidos en la sala se encontraban el Lic. Garduño, el Ing. Avilés, Paty, Mauricio, el Jefe y por supuesto Tere, la anfitriona del lugar. Estaban todos, menos Susy.

      Una hora más tarde y aturdido por el fracaso de su plan, Jorge comprendió que no tenía caso seguir esperando. Después de la comida dejaría pasar un tiempo razonable (no fueran a pensar que solo vino a eso) y se marcharía a su departamento. Ahí, con una buena copa de vino en la mano y música de John Lennon como fondo pensaría en la adorada Susy. Imaginaría esos labios carnosos mordiéndole la piel, esos senos de fuego quemándole las manos, esas piernas esculturales entrelazándose con las suyas, y construiría una atmósfera de fantasías eróticas hechas a la medida exacta de aquellas proporciones.

      De este letargo lo sacó el coro desafinado que a su alrededor comenzó a entonar “Las mañanitas”. Sin más remedio se unió a él, aunque no consiguió disimular la indiferencia que le causaba tanta celebración. Enseguida vinieron las palabras de agradecimiento del Jefe, el brindis, los abrazos, y al final: la comida, mucha comida.

      Cuando pusieron canciones de Luis Miguel y todos reposaban ya sus cuerpos hastiados de tanto alimento, supo que había llegado la hora. Se incorporó de su lugar y se acercó a Tere para despedirse.

      - ¡No me digas que ya te vas!

      Justo antes de responder vio entrar por el umbral de la puerta a una mujer con blusa entallada y una larga falda abierta que al caminar, mostraba unas piernas encantadoras. Era Susy y se veía formidable. En el rostro de Jorge se dibujó una enorme sonrisa que acompañó con una frase improvisada:

      - ¡Cómo crees! ¿Me dices dónde está el baño?

      Mientras Tere le indicaba al necesitado el sitio para las emergencias, Susy tomó asiento a lado del festejado, quien complacido por tan grata compañía desbordó en atenciones.

      - Tómate una copita.

      - No muchas gracias, no tomo.

      En un minuto apareció Benjamín acercándole un vaso sin darle oportunidad para un nuevo rechazo.

      - Te la serví suavecita nada más para que nos acompañes.

      Susy la impactante, la de figura exquisita, la de modales discretos, sintió una mirada lejana que la traspasaba. Era la de Jorge, que ahora regresaba a su lugar observándola calladamente.

      Nerviosa por esa razón y por los halagos que su Jefe le hacía en cada comentario, terminó su copa después de 5 minutos de sorbos pequeños pero constantes. Entonces se sintió mejor, más relajada y con un extraño calor interno que desapareció el cólico de su cuerpo. Por eso no le costó trabajo aceptar la segunda copa, que habría de producirle una sensación de regocijo acorde con el ambiente festivo de aquel momento.

      La bulla creció cuando dos parejas se animaron a iniciar el baile con el cambio de música. El Ing. Avilés daba muestras de su talento tomando con soltura a Lety, quien gustaba del ritmo candente de la Salsa. Mientras, el Lic. Garduño y Paty llevaban su ejecución a los terrenos de lo propio y lo discreto.

      Jorge sabía que el Jefe no bailaba, así que pensó aprovechar esa ventaja para sacar a Susy. Resignado vio cómo su compañero de trabajo frustraba sus intenciones.

      - ¡Vamos a bailar! -. La exhortó amablemente Mauricio, que no pudo evitar clavar la mirada por un instante en aquellas hermosas piernas que asomaban entre la falda. Bailaron bien, aunque de vez en cuando Susy perdía el paso; le costaba trabajo concentrarse y coordinar el ritmo de la música con el de sus pies. Nadie lo notó. Ni siquiera Jorge, que ahora estaba más ocupado resolviendo otra forma de acercarse a ella. 

      Los minutos pasaban y las copas también. Entraban en las gargantas felices de los invitados, alegrando el cuerpo y los ánimos. Provocando situaciones embarazosas que a todas luces delataban un exceso. La primera la produjo Benjamín. Al incorporarse para bailar con Paty tiró la bebida que Mauricio había dejado arrinconada en el suelo, provocando un estruendo que no pasó desapercibido, y una laguna que de no ser por el auxilio inmediato de la jerga hubiera inundado por completo la pequeña pista.

      - ¡Ni una más Ben! -. Arguyó el Jefe cuyo semblante, antes blanco, ahora se tornaba rojizo. Las recriminaciones en broma no se hicieron esperar. Pero el incidente sería menos bochornoso comparado con la espectacular caída de Lety, que en una vuelta de rock and roll patinó por el piso resbaloso y fue a parar al suelo, no sin antes enseñar el color rosado de sus pantaletas dilatando con ello las pupilas de los hombres ahí presentes.

      Risas embriagadas estallaron al instante antes de prestar ayuda a la desdichada. Hasta Susy que era la más respetuosa en las desgracias ajenas, no pudo contener una carcajada que se prolongó más de lo debido, y en su intento por sofocarla terminó convirtiéndola en ataque de tos apagado únicamente con un fuerte trago de tequila.

      Para algunos el chusco incidente fue la señal de emprender el retiro. Así, después de varias despedidas consecutivas, acompañando a Tere solo quedaron Benjamín, Susy, el Jefe y Jorge.

      La convivencia se repartió entonces en dos grupos: un trío y una pareja. O casi podría afirmarse que eran dos parejas, porque Jorge, aunque conversaba de cuando en cuando, se ocupaba más en afinar el oído buscando escuchar lo que enfrente se decía.

      No podía soportar las intenciones de su Jefe. Sabía que ese rufián se le estaba adelantando y ante él no tenía posibilidades de triunfo. Siendo un triste empleado más de la Compañía, cómo suponer que Susy iba a preferirlo. Por eso como un loco sediento vaciaba su copa, y en cada trago sentía el mismo sabor amargo de quien se sabe vencido.

      Y al fin sucedió lo imposible. El Jefe, el mismísimo Jefe sacó a bailar a Susy justo esa melodía que se prestaba para juntar los cuerpos más de lo debido. Con pasos agitados se acercaban y alejaban, entrelazaban las manos, intercambiaban sonrisas, y cada sonrisa era un puñal clavándose en el corazón de Jorge. Fue cuando pensó en actuar ya. Iba a rescatarla de las garras de aquel cerdo sin importarle las consecuencias. Sin importarle que el Lunes lo obligaran a firmar su renuncia. Estaba dispuesto a arriesgarlo todo.

      Y entonces Susy la impactante, la de figura exquisita, la de modales discretos, dejó de ser Susy para convertirse en una mujer seductora de movimientos torpes y hasta ridículos, pero no por ello menos provocativos. A ritmo de la música comenzó a mover sus caderas con exagerado rigor. Su cuerpo se contorsionaba, daba vueltas sobre su eje de una manera tan sensual, que congeló las miradas de los tres hombres expectantes. Alzaba los brazos y de su blusa ajustada sobresalían unos inquietantes pechos que seguían un vaivén melodioso. La frente del Jefe sudaba, la de Jorge también. Pero este último ahora la observaba con desconcierto. Ella no era la misma mujer que hace apenas unas horas había cruzado el umbral de la puerta. Frente a él se hallaba una perfecta desconocida. Se acabó la música.

      Exhausta de tanto bailar la pareja regresó a sentarse. Los dos estaban ebrios, uno de deseo, otra de alcohol. Susy sintió que todo a su alrededor continuaba girando. Su semblante cambió de un color rojizo a una palidez de muerto. Pero eso ya no lo vio su Jefe que apresuradamente la convidó a beber. Dijeron ¡Salud! y pasando el primer trago ambos sintieron un deseo incontenible. Una urgencia que no permitía más tardanza. Él escuchaba a su corazón latir desesperado. Necesitaba besarla. Arrebatarle un beso aquí y ahora. Y en cuanto le acercó el rostro para llevar a cabo su cometido sucedió lo inevitable ante la vista de Jorge, Tere y Benjamín. Un sonido que hacía imaginar inmundicias salió de la garganta de Susy, seguido de una descarga de vómito que no pudo sino instalarse en el traje del festejado, decorándole la corbata, el saco y parte del pantalón. Dejándolo totalmente perplejo ante semejante acto.

      Comprendiendo la emergencia de la situación rápidamente Tere y Jorge la llevaron al sanitario. Pero ya no era necesario. Para entonces de Susy solo salía ese desagradable sonido que ya no traía nada más. Después de unos minutos las lágrimas le brotaron y se soltó en llanto a los brazos de Jorge que ahora, la veía como una niña indefensa y ciertamente, avergonzada. No pudo decirle nada, comprendió que ella lo había dicho todo durante el tiempo que duró la fiesta. Tere se acercó a consolarla y entre los dos lograron recostarla en una habitación.

      Cuando volvieron a la sala ya no estaba ni Benjamín ni el Jefe. Terminada la función, la anfitriona ofreció una buena taza de café a su invitado y puso música de John Lennon como fondo. Y así, sin apenas darse cuenta, Jorge inició una plática que paulatinamente pasó de lo general a lo particular, de lo trivial a lo substancial, hasta que fue interrumpido por unos labios delgados que comenzaron a morderle la piel, por unos senos de fuego que le quemaron las manos, por unas piernas suaves que se entrelazaron con las suyas, construyéndose una atmósfera de fantasías eróticas hechas a la medida exacta de aquellas proporciones.