LA FIESTA
POR Esteban Correa
Jorge
nunca había asistido a las reuniones pasadas simplemente porque le incomodaba. Con tantos
formalismos como los que existían en la oficina estaba convencido de que esas fiestas no
eran más que representaciones teatrales, donde cada invitado hacía su mejor papel y
actuaba en un escenario de convivencia simulada, convirtiendo casi imperceptiblemente la
puesta en escena en una auténtica farsa.
No le era difícil
imaginar el comportamiento de sus compañeros de trabajo: atentos todos a las indicaciones
y requerimientos del momento, intentando halagar al Jefe, adivinándole cada necesidad,
cada deseo, sobre todo ahora que se festejaba su cumpleaños.
Si aceptó venir fue por
esas ganas irresistibles de ver a Susy, de conversar con ella y mirarla por el resto de la
tarde. Pensaba entablar una plática que paulatinamente pasara de lo general a lo
particular, de lo trivial a lo substancial, del cómo te ha ido al cuándo salimos, porque
ya no podía continuar esta situación así, él muriéndose de amor, pasión y deseo, y
ella sin saberlo.
Subió las escaleras dos
pisos y en la puerta 206 tocó el timbre. Benjamín, el eterno perro faldero
del Jefe le dio la bienvenida con una sonrisa de dientes para afuera. Lety, la secretaria
más servicial de la Compañía, le arrimó los bocadillos con exagerada atención.
Reunidos en la sala se encontraban el Lic. Garduño, el Ing. Avilés, Paty, Mauricio, el
Jefe y por supuesto Tere, la anfitriona del lugar. Estaban todos, menos Susy.
Una hora más tarde y
aturdido por el fracaso de su plan, Jorge comprendió que no tenía caso seguir esperando.
Después de la comida dejaría pasar un tiempo razonable (no fueran a pensar que solo vino
a eso) y se marcharía a su departamento. Ahí, con una buena copa de vino en la mano y
música de John Lennon como fondo pensaría en la adorada Susy. Imaginaría esos labios
carnosos mordiéndole la piel, esos senos de fuego quemándole las manos, esas piernas
esculturales entrelazándose con las suyas, y construiría una atmósfera de fantasías
eróticas hechas a la medida exacta de aquellas proporciones.
De este letargo lo sacó
el coro desafinado que a su alrededor comenzó a entonar Las mañanitas. Sin
más remedio se unió a él, aunque no consiguió disimular la indiferencia que le causaba
tanta celebración. Enseguida vinieron las palabras de agradecimiento del Jefe, el
brindis, los abrazos, y al final: la comida, mucha comida.
Cuando pusieron canciones
de Luis Miguel y todos reposaban ya sus cuerpos hastiados de tanto alimento, supo que
había llegado la hora. Se incorporó de su lugar y se acercó a Tere para despedirse.
- ¡No me digas que ya te
vas!
Justo antes de responder
vio entrar por el umbral de la puerta a una mujer con blusa entallada y una larga falda
abierta que al caminar, mostraba unas piernas encantadoras. Era Susy y se veía
formidable. En el rostro de Jorge se dibujó una enorme sonrisa que acompañó con una
frase improvisada:
- ¡Cómo crees! ¿Me
dices dónde está el baño?
Mientras Tere le indicaba
al necesitado el sitio para las emergencias, Susy tomó asiento a lado del festejado,
quien complacido por tan grata compañía desbordó en atenciones.
- Tómate una copita.
- No muchas gracias, no
tomo.
En un minuto apareció
Benjamín acercándole un vaso sin darle oportunidad para un nuevo rechazo.
- Te la serví suavecita
nada más para que nos acompañes.
Susy la impactante, la de
figura exquisita, la de modales discretos, sintió una mirada lejana que la traspasaba.
Era la de Jorge, que ahora regresaba a su lugar observándola calladamente.
Nerviosa por esa razón y
por los halagos que su Jefe le hacía en cada comentario, terminó su copa después de 5
minutos de sorbos pequeños pero constantes. Entonces se sintió mejor, más relajada y
con un extraño calor interno que desapareció el cólico de su cuerpo. Por eso no le
costó trabajo aceptar la segunda copa, que habría de producirle una sensación de
regocijo acorde con el ambiente festivo de aquel momento.
La bulla creció cuando
dos parejas se animaron a iniciar el baile con el cambio de música. El Ing. Avilés daba
muestras de su talento tomando con soltura a Lety, quien gustaba del ritmo candente de la
Salsa. Mientras, el Lic. Garduño y Paty llevaban su ejecución a los terrenos de lo
propio y lo discreto.
Jorge sabía que el Jefe
no bailaba, así que pensó aprovechar esa ventaja para sacar a Susy. Resignado vio cómo
su compañero de trabajo frustraba sus intenciones.
- ¡Vamos a bailar! -. La
exhortó amablemente Mauricio, que no pudo evitar clavar la mirada por un instante en
aquellas hermosas piernas que asomaban entre la falda. Bailaron bien, aunque de vez en
cuando Susy perdía el paso; le costaba trabajo concentrarse y coordinar el ritmo de la
música con el de sus pies. Nadie lo notó. Ni siquiera Jorge, que ahora estaba más
ocupado resolviendo otra forma de acercarse a ella.
Los minutos pasaban y las
copas también. Entraban en las gargantas felices de los invitados, alegrando el cuerpo y
los ánimos. Provocando situaciones embarazosas que a todas luces delataban un exceso. La
primera la produjo Benjamín. Al incorporarse para bailar con Paty tiró la bebida que
Mauricio había dejado arrinconada en el suelo, provocando un estruendo que no pasó
desapercibido, y una laguna que de no ser por el auxilio inmediato de la jerga hubiera
inundado por completo la pequeña pista.
- ¡Ni una más Ben! -.
Arguyó el Jefe cuyo semblante, antes blanco, ahora se tornaba rojizo. Las recriminaciones
en broma no se hicieron esperar. Pero el incidente sería menos bochornoso comparado con
la espectacular caída de Lety, que en una vuelta de rock and roll patinó por el piso
resbaloso y fue a parar al suelo, no sin antes enseñar el color rosado de sus pantaletas
dilatando con ello las pupilas de los hombres ahí presentes.
Risas embriagadas
estallaron al instante antes de prestar ayuda a la desdichada. Hasta Susy que era la más
respetuosa en las desgracias ajenas, no pudo contener una carcajada que se prolongó más
de lo debido, y en su intento por sofocarla terminó convirtiéndola en ataque de tos
apagado únicamente con un fuerte trago de tequila.
Para algunos el chusco
incidente fue la señal de emprender el retiro. Así, después de varias despedidas
consecutivas, acompañando a Tere solo quedaron Benjamín, Susy, el Jefe y Jorge.
La convivencia se
repartió entonces en dos grupos: un trío y una pareja. O casi podría afirmarse que eran
dos parejas, porque Jorge, aunque conversaba de cuando en cuando, se ocupaba más en
afinar el oído buscando escuchar lo que enfrente se decía.
No podía soportar las
intenciones de su Jefe. Sabía que ese rufián se le estaba adelantando y ante él no
tenía posibilidades de triunfo. Siendo un triste empleado más de la Compañía, cómo
suponer que Susy iba a preferirlo. Por eso como un loco sediento vaciaba su copa, y en
cada trago sentía el mismo sabor amargo de quien se sabe vencido.
Y al fin sucedió lo
imposible. El Jefe, el mismísimo Jefe sacó a bailar a Susy justo esa melodía que se
prestaba para juntar los cuerpos más de lo debido. Con pasos agitados se acercaban y
alejaban, entrelazaban las manos, intercambiaban sonrisas, y cada sonrisa era un puñal
clavándose en el corazón de Jorge. Fue cuando pensó en actuar ya. Iba a rescatarla de
las garras de aquel cerdo sin importarle las consecuencias. Sin importarle que el Lunes lo
obligaran a firmar su renuncia. Estaba dispuesto a arriesgarlo todo.
Y entonces Susy la
impactante, la de figura exquisita, la de modales discretos, dejó de ser Susy para
convertirse en una mujer seductora de movimientos torpes y hasta ridículos, pero no por
ello menos provocativos. A ritmo de la música comenzó a mover sus caderas con exagerado
rigor. Su cuerpo se contorsionaba, daba vueltas sobre su eje de una manera tan sensual,
que congeló las miradas de los tres hombres expectantes. Alzaba los brazos y de su blusa
ajustada sobresalían unos inquietantes pechos que seguían un vaivén melodioso. La
frente del Jefe sudaba, la de Jorge también. Pero este último ahora la observaba con
desconcierto. Ella no era la misma mujer que hace apenas unas horas había cruzado el
umbral de la puerta. Frente a él se hallaba una perfecta desconocida. Se acabó la
música.
Exhausta de tanto bailar
la pareja regresó a sentarse. Los dos estaban ebrios, uno de deseo, otra de alcohol. Susy
sintió que todo a su alrededor continuaba girando. Su semblante cambió de un color
rojizo a una palidez de muerto. Pero eso ya no lo vio su Jefe que apresuradamente la
convidó a beber. Dijeron ¡Salud! y pasando el primer trago ambos sintieron un deseo
incontenible. Una urgencia que no permitía más tardanza. Él escuchaba a su corazón
latir desesperado. Necesitaba besarla. Arrebatarle un beso aquí y ahora. Y en cuanto le
acercó el rostro para llevar a cabo su cometido sucedió lo inevitable ante la vista de
Jorge, Tere y Benjamín. Un sonido que hacía imaginar inmundicias salió de la garganta
de Susy, seguido de una descarga de vómito que no pudo sino instalarse en el traje del
festejado, decorándole la corbata, el saco y parte del pantalón. Dejándolo totalmente
perplejo ante semejante acto.
Comprendiendo la
emergencia de la situación rápidamente Tere y Jorge la llevaron al sanitario. Pero ya no
era necesario. Para entonces de Susy solo salía ese desagradable sonido que ya no traía
nada más. Después de unos minutos las lágrimas le brotaron y se soltó en llanto a los
brazos de Jorge que ahora, la veía como una niña indefensa y ciertamente, avergonzada.
No pudo decirle nada, comprendió que ella lo había dicho todo durante el tiempo que
duró la fiesta. Tere se acercó a consolarla y entre los dos lograron recostarla en una
habitación.
Cuando volvieron a la sala
ya no estaba ni Benjamín ni el Jefe. Terminada la función, la anfitriona ofreció una
buena taza de café a su invitado y puso música de John Lennon como fondo. Y así, sin
apenas darse cuenta, Jorge inició una plática que paulatinamente pasó de lo general a
lo particular, de lo trivial a lo substancial, hasta que fue interrumpido por unos labios
delgados que comenzaron a morderle la piel, por unos senos de fuego que le quemaron las
manos, por unas piernas suaves que se entrelazaron con las suyas, construyéndose una
atmósfera de fantasías eróticas hechas a la medida exacta de aquellas proporciones.