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Modernidad, espacios
públicos e independencia en Cuba: otras propuestas reflexivas sobre un fin de
siglo.
M. Sc. Pablo Riaño San Marful
Universidad de La Habana
Cuba
Entre el tiempo y la duda se debate el interregno conocido en la historiografía sobre Cuba, como “primera ocupación norteamericana”. Para los que lo vivieron, estas dos palabras no significaron nada más que un poco de certeza y, tal vez, mucho de incertidumbre. Pero el transcurso de los años – inexorable – demostró que aquel período iba a ser definitivo para las prácticas al uso en los espacios públicos. Y que la lucha en lo adelante sería para demostrar que lo nacional no era sólo la guerra por la independencia, sino la decisión de dejar claro quiénes eran los cubanos, cuáles sus tradiciones, a qué aspiraban en su diversidad.[1]
Entre 1899 y 1902, los espacios públicos sufren los dictados de una política, proveniente del poder interventor, que altera substancialmente sus contenidos. Desaparecen algunos, al menos oficialmente, y su práctica se confina al oscuro rincón de lo prohibido. Otros, en tanto, adquieren nuevos contenidos, reformulan sus estrategias de inclusión y exclusión de acuerdo a los nuevos tiempos, o se afilian a determinadas esferas del sistema político. En nombre del “progreso” de la Isla, el híbrido[2] gobierno establecido durante la ocupación impone sus teorías sobre “buen comportamiento” y “civilización” a los habitantes de Cuba, entre los cuales las elites disponen de una ascendencia que reduce el logro de la independencia al cumplimiento de ciertas condiciones, relacionadas con la civilidad y la eliminación del “salvajismo” en la sociedad.
Se produce entonces un cuerpo legislativo, basado en órdenes militares, acordes con el tipo de ocupación que vive el país [3]. Los órganos represivos creados al efecto, algunos cubanos y hasta los periódicos más influyentes se encargarán de que esas leyes sean acatadas. Se crea un nuevo espacio público discursivo donde las prácticas consideradas como “salvajes”, y denostadoras de la “verdadera” independencia, en espacios construidos culturalmente por una tradición centenaria, son constantemente vigiladas y en la mayoría de los casos, reprimidas.
Este ensayo propone analizar desde un prisma epocal el cambio impuesto por el gobierno interventor con respecto a los espacios públicos, en tanto hacia algunos de ellos existían opiniones que consideraban su contenido como un obstáculo en el camino de Cuba hacia el “progreso”, o sea, hacia la modernidad. De esta forma, se podrán comprender los móviles de la modernización que durante estos años se produce en la esfera pública, posibilitando el aprendizaje y la comprensión de las reacciones de los residentes en la Isla hacia estas medidas.
El devenir de 1898:
opciones políticas y análisis historiográfico.
1899 ha sido visto por
muchos historiadores solamente como el arribo al poder de los Estados Unidos en
su calidad de gobernantes temporales de Cuba. Para los que nos hemos dedicado
al estudio del período en su complejidad existencial, y sobre todo para los que
hemos advertido la gradual transformación de la vida cotidiana y los usos
simbólicos, que se acentúa durante estos años, está claro que el debate –
aunque presentado en dos opciones altamente contradictorias en apariencia:
independencia y dependencia – se establece entre la modernización y el
tradicionalismo, todo ello con una carga emocional evidente en los testimonios
de los contemporáneos a estas fecha. Es por estas razones que resulta
imprescindible una reflexión – donde la brevedad y la profundidad vayan de la
mano – acerca de las concepciones que los contemporáneos tenían acerca de lo
moderno, y cómo esto se relaciona con las aspiraciones políticas o de cualquier
otra índole, en el marco de una reflexión teórica de acuerdo a nuestros
intereses.
Entre 1898 y 1902 se imponen militarmente las leyes dirigidas contra la existencia y reglas de funcionamiento de numerosos sectores de la esfera pública cubana, en medio de una situación económica y política singularmente difícil y controvertida. Por una parte, el país estaba arrasado y arruinado; por otra se evidencia – en las fuentes que testimonian la memoria histórica de la época – el espíritu de reconstrucción y progreso que se apoderó de muchos de sus habitantes. Casi siempre, la historiografía ha tratado de establecer las características principales de la ocupación, y ha priorizado las tesis que afirman el rasgo impositivo y censor de los gobernadores militares, y en contraposición la voluntad de independencia del pueblo cubano. Sin embargo, estos supuestos antagonismos se han visto asociados y vindicados, por la posteridad, como una manera de legitimar circunstancialmente propuestas nacionalistas[4]. Lo fundamental, a nuestro juicio, es insistir en los vínculos existentes entre imaginario y política, porque sólo así podremos entender lo planteado por Herminio Portell Vilá, cuando habla de que “los grandes éxitos de la intervención norteamericana en cuanto a sanidad, educación, obras públicas, etc., fueron posibles gracias a la inteligencia, la adaptabilidad y la decisión con que el cubano contribuyó a lograrlos o los aceptó”[5]. En esa aceptación o contribución al logro de los propósitos modernizadores, está presente la actitud ante la modernidad y la modernización de los pobladores de Cuba.
Modernización,
modernidad e independencia.
Abordar los conceptos de modernidad y modernización sin tener un basamento concreto de temporalidad histórica, supone un derroche de categorizaciones que pueden resultar vacuas y desprovistas de sentido. Por ello, se ha preferido un análisis que aplique dichas nociones a una realidad social cubana caracterizada, entre 1899-1902, por mutaciones sociales que contribuyen gradualmente a la modernización de la sociedad. La modernidad, su alcance, constituye en estos años, un proyecto encauzado por diversidad de sujetos que aspiran a la consecución de una sociedad nueva, distinta a la anterior, donde los componentes realizables y utópicos se encuentran estrechamente relacionados. En la imagen del mundo del contemporáneo yacen numerosas alternativas de desarrollo, muy ligadas a concepciones y especulaciones sobre los destinos de la Isla, pero también a variadas percepciones acerca de lo nacional. Vale la pena resaltar que la mayoría de los residentes de la Isla relaciona con la utopía independentista sus aspiraciones futuras[6], y por lo cual establecen un vínculo directo y comparativo entre los paradigmas de la modernidad[7].
De esta forma, la modernidad significa la negación de un modelo identificado con lo caduco y medieval, y la entronización de otro que se hace coincidir con lo moderno y progresista. España representa el modelo agotado; los Estados Unidos, el modelo del presente y el futuro. Pensar ambos paradigmas significa, además, reflejar y refractar un contenido de temporalidad que se advierte sobre todo en la nomenclatura que muchas voces – tanto provenientes de las elites como de las capas populares – utilizan para caracterizar dichos modelos [i]. Las consideraciones (admiración / diversidad) – con todas las variantes que ambas tendencias perceptivas incluyen [8] –, que las corrientes de pensamiento socializan para modernizar la realidad insular no siempre están reñidas con las posibilidades de realización práctica de las utopías nacionales, aún cuando éstas planteen estrategias exclusivas o inclusivas respecto a sus objetivos concretos. Sin embargo, los independentistas e incluso los anexionistas poseen diversidad de criterios a la hora de esbozar sus ideas acerca de las relaciones con los Estados Unidos. Esa diversidad se hace más visible cuando se analizan los discursos provenientes de las elites intelectuales, las capas populares y la oficialidad mambisa.
Al decir “república” las múltiples voces que se proyectan durante la ocupación norteamericana, están hablando de un proyecto de Estado nacional moderno, donde la independencia política debe garantizar el desarrollo económico y social. Existe un consenso en torno a la “independencia”, como futuro inmediato del país, pero ella es asumida en variadas formas: “independencia real”, “independencia absoluta” e “independencia relativa” [9] y esto indica la contradictoriedad del proceso de imaginar, construir y comunicar la modernidad, donde la inclusión de los actores y espectadores interesados en el mismo, pero también de los excluidos por el consenso de las mayorías, convierte a este momento histórico en “el tiempo de la espera ... el espacio del medio ... el espacio de las reivindicaciones más maravillosas. No es el espacio del fin, sino es el de la apertura de lo posible, cuando la ruptura de determinados códigos canónicos se abre a territorios absolutamente inéditos del pensamiento, pero también a la construcción de cosas nuevas, de nuevos eventos” [10].
Es la época del “tránsito”, frase muy de moda en los estudios históricos actuales que, sin embargo, no reflexionan profunda y desprejuiciadamente acerca de este contenido transicional, y diseccionan la modernidad cubana en dicotomías, donde lo económico y lo político tienen más en cuenta a la posteridad o la otredad, en tanto el “durante” y el “nosotros” construidos entre 1899 y 1902, aparecen solamente como legitimadores de una autoridad nueva, de una dominación nueva. Porque lo que buena parte del discurso oficial, sea historiográfico [11] o meramente político, no aprecia es que los hilos conductores de la historia cubana se mueven actualmente en sentido contrario a lo que la lógica temporal indica. El “nosotros” que se construye entre 1899 y 1902, se tiene que convertir necesariamente en “ellos” o “los otros” para el historiador que analiza este período cien años después.
Que los cubanos se sintieran partes del triunfo en la guerra contra España – algo legítimo, si tomamos en cuenta que la guerra estaba prácticamente ganada por el Ejército Mambí en tierra – conduce a pensar que su incertidumbre [12] no significa más que la gradual exclusión – y autoexclusión, también – que los actores sociales del 1898, realizan a medida que avanza la ocupación norteamericana. Así, el momento de discusión, aprobación e imposición de la Enmienda Platt significó para muchos el desengaño total, con respecto a los tan cacareados “compromisos” [13] contraídos por los norteamericanos en la Resolución Conjunta de abril de 1898, y para otros la demostración de sus teorías sobre la desmedida admiración de los independentistas hacia los norteamericanos [14]. Pero no se observa en las fuentes consultadas una unidad de los individuos en torno a una respuesta común, ya fuera pesimista u optimista. Simplemente, hay variadas respuestas porque no existe un proyecto rector, mucho menos un líder con suficiente capacidad movilizativa y capacidad de dirigencia. Hay autoridades políticas, héroes vivos y héroes muertos, pero no un líder que asuma las riendas de la utopía y la convierta en un proyecto coherente. Porque como ha demostrado buena parte de la historiografía cubana y revolucionaria, fueron numerosas las divisiones en el seno de las fuerzas políticas. La cuestión, sin embargo, de si Cuba debía entrar o no en la órbita de la modernidad de la mano de los Estados Unidos, no radica sólo en los “intereses dominantes de ese país” [15], sino en todo ese conjunto diverso de construcciones sociales sobre el futuro de la Isla.
En este momento se observa cómo la modernidad adopta entre los contemporáneos a 1898, un aire de provocación pero también de desesperación. Numerosas fuentes del período brindan al historiador la posibilidad de conocer y estudiar los cambios simbólicos producidos en la vida cotidiana, y que paulatinamente se insertan en la cultura política de los habitantes de la Isla. Al respecto, sobresalen los vocablos convertidos en pares contradictorios – en general los identificables con España y los Estados Unidos – que resumen los supuestos antagonismos entre lo moderno y lo arcaico, lo tradicional y lo novedoso, lo decadente y lo progresivo.
Ante la avalancha de sueños e ilusiones – muchas veces románticos o providencialistas –, resulta oportuno destacar la refracción que hacen muchos jóvenes intelectuales de este problema. En sus discursos [16] la idea del progreso se vuelve, en el seno de la discusión acerca de las posibilidades de la nación cubana y de su Estado Nacional, un arma que replica y protesta contra los partidarios de tesis evolucionistas y conciliatorias. Así, Tomás de Jústiz y del Valle, en su tesis defendida en 1900, se enfrenta a la supuestamente necesaria reconstrucción de la literatura cubana, es decir, a su reescritura por parte de nuevos talentos, planteando la ruptura con casi toda la tradición literaria decimonónica y sugiriendo redactar, la verdadera literatura nacional desde este momento [17].
Jorge Sáez Medina, en cambio, diserta sobre el modelo de desarrollo norteamericano. En su Estudio político – geográfico de América Latina en el año 1899 analiza la doble condición de la modernidad norteamericana, en tanto sus instituciones y formas de gobierno son esencialmente democráticas y, sin embargo, proyectan una política exterior agresiva y expansionista. Le preocupa el “expansionismo territorial e imperialismo”[18] de la nación estadounidense, y contextualiza acertadamente el problema de la contradicción entre un Estado cubano independiente y soberano, y el desarrollo capitalista de los vecinos del norte. El conflicto entre lo ideal y lo real supone en muchas de las obras de los contemporáneos una contradicción entre las aspiraciones cubanas y los intereses norteamericanos, vistos también en su calidad de poder supranacional que determina los destinos de otras naciones.
Son también imposibles de excluir las relaciones de tipo religioso que establecen los habitantes de la Isla en sus discursos sobre el futuro: las creencias en Dios como Ser Todopoderoso, la confianza en sus mandamientos divinos, etc., que conforman imaginarios donde la leyenda del “más fuerte” es confirmada por la odisea del “más débil”. La poesía de Adalberto Molina, por ejemplo, nos muestra una relación simbólica entre el Sol (Estados Unidos) y la Estrella (La soñada República Cubana) donde, bajo esta relación de dominación entre lo inferior y lo superior, yace la determinación colectiva de conseguir la independencia[19].
Si la modernidad es el resultado real del movimiento de la sociedad, de su cambio estructural, acompañado por el cambio de la vida cotidiana y las mentalidades, se puede entender porqué para las múltiples voces del 98, la razón de ser de su acción política es la construcción de una sociedad nueva que, en detrimento de lo anterior, conduzca a los hombres a convertirse en sujetos con todos los derechos posibles. Entre ellos, el derecho a cambiar la sociedad en que viven. Pero eso está más allá de la utopía. En este momento, la modernidad significa algo muy concreto: lo que refuerza la diferencia, la identidad y el futuro de la nación. Y el Otro es España: no los Estados Unidos, dadores de progreso. El sentido del presente anula la relación con el pasado, el cual se concibe “como una sucesión de modernidades singulares, sin utilidad para discernir el carácter de la belleza presente” [20].
Imaginarios, modernidad
y tradiciones en los umbrales de la República.
Es
importante insistir en el gran peso que tienen los imaginarios y las vivencias
personales, en el uso que el contemporáneo hace de la modernidad, y con él de
la presumible necesidad de modernizar la sociedad en que se desenvuelve. Es
cierto que el concepto de modernidad es ambiguo; entre 1899 y 1902, dicha
palabra reviste ambigüedad para el habitante de la Isla, porque ella es el
vehículo expresivo y reflexivo a través del cual se proponen, asumen o rechazan
las transformaciones llevadas a cabo desde el poder.
La
ambigüedad radica en el hecho de que en ella se incluyen los que rechazan lo
moderno, por menoscabar lo tradicional o por ser promotores de un cambio
radical, subversivo a todos los niveles. En Cuba, la modernización transita por
distintas etapas y la intervención hereda un proceso de transformación social
lento, conducente a estadios superiores que se acentúa con el acceso de
independentistas y anexionistas al poder político bajo la ocupación norteamericana.
Es una modernización basada en la evolución, no en el cambio radical que
suponen las guerras de independencia del siglo XIX, que ocurre en tres
vertientes:
-
la modernización tecnológica
-
la modernización desde el poder político, interesado en el
reajuste estructural de la sociedad, de acuerdo a los objetivos específicos de
dominación de cada gobernante.
-
la modernización en, y desde, la sociedad civil considerada
en su más amplio espectro de instituciones, grupos, espacios públicos,
asociaciones, etc., que actúa como una esfera de regulación, adaptación y
promoción de estrategias para aplicar una u otra política modernizadora.
Durante
la ocupación norteamericana, el poder político asume las transformaciones fundamentales
que conferirán a la sociedad cubana el status de “sociedad moderna” y, por
ende, de “sociedad gobernable” y “sociedad civilizada”. Pero esto no significa
en lo absoluto, que dichas propuestas estén reñidas con las aspiraciones de
gran parte de los sectores poblacionales de la Isla, los cuales a través de sus
medios propios de expresión autorizan dichas medidas [21].
Durante estos años, se pone en práctica un proyecto modernizador (o modernizante), tradicionalmente acariciado por las elites intelectuales cubanas. Es por esto, también, que, por fuerza el mismo construye un ideal de sociedad que agrupa individuos pertenecientes a diversos estratos sociales – y los beneficia –, como también aparta y discrimina a otros muchos, perjudicándolos. La intelectualidad cubana, ya sea independentista, autonomista o anexionista, generaliza un esquema cultural que no admite la supervivencia de determinados espacios y actividades de fuerte influencia sobre la mayoría de la población. Juegos y distracciones como las vallas de gallos, las corridas de toros y las barajas; espacios de representación e interacción como los teatros, estadios de béisbol y fiestas bailables populares, entre otros, son inconcebibles dentro de la llamada en la época “civilización mundial” y “concierto de naciones libres del planeta”. Como bien ha señalado, José Joaquín Brunner, aunque para otro contexto temporal, la asunción de una determinada modernidad capitalista “sale al encuentro de las polis y las culturas nacionales y locales, y las transforma de variadas maneras, pero sin suprimirlas o disolverlas en el espacio virtual de una civilización mundial”[22].
Aparentemente, se observa una contradicción en estas actitudes. El intelectual, como persona especializada en crear, producir y administrar ciertos tipos de objetos simbólicos – culturales, se convierte durante la ocupación norteamericana en autoridad con poder directo y real. Recordemos la función de la prensa como catalizador de la represión contra lo hasta ahora tradicional[23], y ahora considerado como “incivilizado”. E insistamos en que los miembros de los gobiernos de Brooke (1899) y Wood (1900-1902) eran casi todos intelectuales de gran prestigio. Asimismo, la Asamblea Constituyente de 1901, reunida en el teatro “Martí” (antiguo Irijoa, otro de los más sonados cambios toponímicos que resaltan la modernización civilizadora y, a la vez, nacionalista), estuvo formada por muchos intelectuales, de variadas tendencias políticas, aunque aparentemente la historiografía cubana sólo haya detectado dos o tres corrientes dentro de ellas. Erigidos en autoridades que deciden “lo más beneficioso para la Nación y su futuro”, excluirán del entramado social numerosas prácticas de la cotidianeidad consideradas perjudiciales para la “limpieza” moral de la sociedad cubana.
La ruptura entre modernidad y desarrollo autóctono se provoca gracias a un factor exógeno: los Estados Unidos, quienes con un ardor puritano rechazan los espacios públicos identificados con el salvajismo y la barbarie. Para los intelectuales cubanos, esto se suma a lo identificable con las “lacras” heredadas del tiempo anterior. Por esta razón, puede sostenerse que la modernización que venía desde el Norte coincidió con los propósitos de los dirigentes cubanos, por lo menos en cuanto a lo que a esto se refiere. Aunque los fines fueran diferentes, porque mientras los independentistas y otras tendencias políticas perseguían el cambio de la sociedad cubana, haciéndola compatible con las más avanzadas de su tiempo, los norteamericanos (y me refiero también a sus autoridades visibles[24] ) tenían otros intereses muy relacionados con sus estrategias geopolíticas y de expansión económica, intereses que conllevaron a la imposición de la Enmienda Platt en 1901. Es pues una relación contraria a lo que Brunner se refiere, a pesar de que visto este problema en y desde la posteridad se sabe que ha ocurrido exactamente así[25].
Una última acotación a este tema tan complicado de la modernidad y la modernización en la Cuba ocupada por los norteamericanos:
“... el proceso de la independencia no se desenvuelve cual línea de continuidad que de la Revolución conduce a la República, sino que entre nosotros ocurre una brusca y trascendental interrupción: la Guerra Hispano – Cubanoamericana y la intervención de la Isla, por los gobernantes de los Estados Unidos. No son los cubanos victoriosos los que dan al país una nueva forma de gobierno. Es un poder extraño el que aparentemente expulsa a España y el que realmente se coloca en su lugar”[26].
Es cierto que en los procesos independentistas de América Latina, el poder metropolitano fue sustituido por las elites criollas, y que en Cuba la transición hacia la República sucede dentro de un marco temporal atípico, que acusa especificidades del tipo que Roig describe. Pero ¿no son los cubanos victoriosos los que le dan al país una nueva forma de gobierno? ¿Es que acaso existen diferencias radicales entre las prácticas del poder y las expectativas de los contemporáneos a 1898, en lo que al progreso moral y material de la Isla se refiere? En realidad, en mi opinión lo que existe es una diferencia entre las expectativas reales del poder extranjero y las expectativas de algunas de las voces que forman parte del gobierno, y de los grupos, sectores y clases interesados en la independencia o en otro futuro para el país.
La relación de apariencia – realidad que Roig establece no incluye a los independentistas que formaron parte del poder político, los cuales en definitiva asumieron muchas de las directrices de la modernización social impulsada por los norteamericanos, por considerarlas plenamente coincidentes con las suyas. En la época no son pocas las críticas a los partidarios de la independencia por su desmedida admiración hacia las instituciones y el desarrollo de los Estados Unidos[27]. Por otra parte, es recurrente la imbricación simbólica que subsiste en las obras teatrales y poéticas sobre el papel que se le concede a los norteamericanos, pero sin que esto invalide la invención de un “nosotros” entre los cubanos, en el sentido de sentirse victoriosos en la guerra recién concluida, pero a la vez excluyente con respecto a los yanquis, pero reconociéndoles mayoritariamente su “ayuda” a los propósitos libertadores.
Entendemos poco realista y nada veraz considerar la modernización que se implante por el híbrido poder político establecido en 1899, como una modernización dependiente, solamente porque, como es sabido, los intereses gubernamentales norteños estuviesen dirigidos a dividir a las fuerzas sociales capaces de obstaculizar sus intenciones dominadoras. Además, ese discurso ha sido construido desde una posteridad que quiere legitimarse constantemente y para ello lastra el análisis concreto del “otro”.
Si los independentistas y otros sectores políticos participaron en el Estado organizado por Brooke y Wood, redactaron la Constitución que regiría la vida cubana desde 1902 hasta 1940, se opusieron o no con fuerza a la Enmienda Platt e inauguraron una República donde los dogmas de civilidad, ciudadanía y soberanía nacional estaban limitados por el referido apéndice, creemos que es absurdo catalogar desde la posteridad y desde la otredad – el “nosotros” de 1898 no remite necesariamente al “nosotros” de cien años después, las herencias no se imponen – a la modernización cubana como una modernización dependiente. A modo de apunte conclusivo, se puede afirmar que entre 1895 – 1898 la revolución independentista procrea dos sujetos sociales: el mambí y el emigrado revolucionario, que gradualmente desaparecieron en su función protagónica dentro de la realidad social, a medida que la ocupación norteamericana transcurría y sus expectativas individuales y de grupo eran supeditadas a los intereses de un poder foráneo, el cual entabla negociaciones con determinadas figuras y grupos de esa totalidad social. Ello no significa, en modo alguno, que el mambí no continuara figurando en el imaginario político y cultural del cubano, la persona por excelencia para encarnar el deseo y la realidad de una Cuba independiente. La construcción del “nosotros” entre 1899-1902, transita por diferentes etapas durante las cuales las coyunturas políticas e incluso emocionales lastran la inclusión de las voces portadoras de un discurso común.
[1] Apreciar este período en su justa contradictoriedad obliga a tomar en cuenta variedad de fuentes y testimonios de contemporáneos. Para formarse una idea de la diversidad en el pensamiento cubano de esta época, remitimos a los artículos del autor: “Una sociedad en las tablas: identidad, crisis y percepciones sobre los Estados Unidos en Cuba (1895-1902), y “Teatro y poesía durante la primera ocupación norteamericana de Cuba”, publicados en Caminos. Revista de Pensamiento Socio Teológico, no. 7, La Habana, 1997; y Koeyú Latinoamericano. Revista de análisis político – cultural, no. 80, Caracas, noviembre de 1998, respectivamente.
[2] Se denomina “híbrido” al gobierno regente de los asuntos de la Isla porque a pesar de estar sometido a la autoridad suprema del Presidente de los Estados Unidos, la estructura piramidal de poder estuvo compuesta por cubanos que ocuparon las secretarías que trabajaban para el Gobernador Militar de la Isla. Alcaldías, puestos en los recién creados municipios, policía, ejército, etc., tuvieron entre sus jefes a cubanos de las más diversas tendencias y credos políticos. Por otra parte, se observa que, en nuestra opinión, existe una diferencia entre modernidad y modernización, la cual será tratada más adelante.
[3] Algunos historiadores norteamericanos, españoles y sobre todo polemistas como Rafael Rojas han olvidado, al parecer, esta importante condicionante. Véase: Rojas, Rafael. “Razones para un hito”. El Nuevo Herald, Miami, Florida, Estados Unidos de América, 20 de mayo del 2001.
[4] Antes de 1959, los esfuerzos realizados por Emilio Roig de Leuchsenring para vindicar una escritura nacionalista de la Historia de Cuba, quedaron recogidos en los entusiastas y audaces Congresos Nacionales de Historia, los cuales reunían a historiadores y aficionados a la Historia de las más diversas tendencias políticas. Después del triunfo de la Revolución, se entroniza en el panorama historiográfico una manera de relatar lo ocurrido entre 1899-1902, que encierra condicionantes dictadas desde el poder político, o por lo menos que intentan homogeneizar el período en líneas evolutivas que conceden a sus contemporáneos sólo dos alternativas de posición respecto a los designios norteamericanos: anexión o independencia. Es evidente como al paso de los años, muchas generaciones de cubanos formadas en las escuelas con libros de texto que reproducen imágenes bastante inexactas de lo sucedido antes y durante la primera ocupación norteamericana, lleguen a la Universidad con un desconocimiento inaudito o una versión muy deformada de lo que “realmente” ocurrió. Sorpresa tras sorpresa, muchos como el que esto escribe se han percatado de que han sido mal informados en sus percepciones. Lo más triste es que esto sigue ocurriendo, y es evidente que todo forma parte de una lógica nacionalista, donde el antiimperialismo es la piedra angular de su filosofía.
[5] Portell Vilá, Herminio. Historia de Cuba en sus relaciones con Estados Unidos y España. Jesús Montero, editor, La Habana, 1941. tomo 4, p.51. En definitiva, no estoy del todo de acuerdo con este autor, difiero de la “adaptabilidad” del pueblo cubano. Lo que ocurre es que se observa una gran coincidencia entre las propuestas modernizadoras de las elites cubanas y las emitidas por los norteamericanos. Ello no es de dudar, cuando se sabe que los Estados Unidos ya constituían desde la segunda mitad del siglo XIX el paradigma de lo moderno para buena parte de la intelectualidad insular.
[6] En este sentido, resulta notable ver como al lado de la independencia cubana se alinean sectores y grupos nada proclives a su realización antes de 1898. Este es el caso de muchos grupos y personalidades de los sectores intelectuales y comerciales hispanos que ven en la presencia ilimitada de los norteamericanos en la Isla, un peligro para el mantenimiento de la identidad hispana de la cultura nacional y un fuerte competidor económico, además favorecido por las políticas provenientes del poder ocupante.
[7] Aunque ya anteriormente se había señalado el hecho de que los Estados Unidos constituían el paradigma de la modernidad dominante, no es menos cierto que existe también un centrado interés en los países europeos, sobre todo Francia e Inglaterra. Otros sectores, como los hispanistas, mantienen vivo el paradigma cultural español, y asocian esta idea con el logro de la modernidad.
[8] Ver: Ibídem. Conclusiones.
[9] Estas concepciones acerca de la independencia encuentran su sentido en las relaciones con los Estados Unidos, definitorias para el contenido de soberanía de la futura república. Muy pocos son los que se definen por un abordaje de este problema de manera realista, percatándose de la necesidad de insistir en las posibilidades de la Isla frente al poderío norteamericano. Ramón María Alfonso, por ejemplo, subraya en El problema político cubano actual y la Enmienda Platt, publicado en 1901, el empobrecimiento cubano y la magnitud del poder norteño como una de las causas del deterioro de la utópica “independencia absoluta”, además de advertir sobre la importancia de utilizar las contradicciones internas de los sectores económicos estadounidenses como vía para lograr las aspiraciones nacionales cubanas. En cambio, José María de Céspedes en su La Intervención, del mismo año, se aliena en torno a las posiciones de otros intransigentes como Salvador Cisneros Betancourt y Juan Gualberto Gómez, quienes abordan la cuestión desde la perspectiva del enfrentamiento directo con los yanquis, a quienes califica de “mentirosos” e “imperialistas” en sus propósitos respecto a la Isla. Los partidarios de la independencia relativa plantean, sin embargo, la conciliación entre los intereses cubanos y norteamericanos – lo que en realidad significa la aceptación por parte de los isleños de todas las exigencias norteamericanas – como única vía para lograr el establecimiento de la República soñada. Más información puede encontrarse en: Riaño San Marful, Pablo. Ibidem, p. 11-45.
[10] Rella, Franco. “Arqueología de lo inmediato”. En Casullo, Nicolás. El debate Modernidad – Postmodernidad. Puntosur, Buenos Aires, 1989, p. 242.
[11] En este sentido, últimamente hay varias excepciones. A la vieja tradición historiográfica de concebir el presente cubano como una continuidad con el pasado, y por tanto, responsable de que muchas de las genuinas voces o actos de ese pasado desaparezcan del discurso historiográfico que los descalifica o en el mejor de los casos los ignora, se opone últimamente otra tradición que trata, desde la perspectiva de la historia social y cultural, de explicar y comprender los procesos históricos que nos antecedieron, entendiéndolos en su contradictoriedad real. Muchos trabajos sobre la ocupación norteamericana o que encierran estos años dentro de una perspectiva epocal más amplia se ubican en esta corriente. Al respecto pueden consultarse los trabajos de Marial Iglesias, Ricardo Quiza, Oilda Hevia, Pablo Riaño, María Antonia Marquez Dolz y Yoel Cordoví. Ver Bibliografía.
[12] Posiblemente también construida sobre la base de los mal llamados por la historiografía de los años 1960 y 1970, discursos “representativos”.
[13] La Resolución Conjunta del Congreso de los Estados Unidos de 20 de abril de 1898 es altamente contradictoria con respecto al apéndice Platt a la Constitución cubana de 1901 porque limita sustancialmente la soberanía de la naciente República. No comparto el criterio entusiasmado de Rafael Rojas cuando afirma, en su ya citado artículo, lo “maravillosa” que resultaba esta Constitución, porque la misma ata completamente de pies y manos a los futuros gobernantes de la República en asuntos de absoluta competencia de los cubanos.
[14] Entre ellos, los españoles que desde la Habana o Madrid se refirieron constantemente a los apetitos expansionistas norteamericanos y su burla de las aspiraciones cubanas.
[15] Aunque el investigador Pedro Pablo Rodríguez en su artículo Modernidad y 98 en Cuba: alternativas y contradicciones, publicado en la revista Temas, no,. 12-13, La Habana, octubre de 1997 – marzo de 1998, no habla sólo de estos intereses, evidentemente menosprecia las tentativas cubanas de “parecerse” a la sociedad norteamericana. En realidad, el pensamiento social durante la ocupación mostró todas las alternativas posibles para desarrollar la sociedad cubana por el camino de la modernidad, pero ésta siempre estuvo ligada a los Estados Unidos. Llamar “sectores cubanos impulsores de la modernidad dependiente” a los que planteaban la imitación, pero no la dependencia, indica poca comprensión de la compleja cultura política cubana de la época de la transición, que no identificaba gratuitamente a los Estados Unidos con la modernidad nacional. Imitar y depender eran palabras bien distintas entre los contemporáneos a 1898, y a la misma vez, la “dependencia” como vocablo político tenía diversas acepciones.
[16] Nos referimos a las tesis de doctorado en Filosofía y Letras defendidas en la Universidad de La Habana y publicadas en esta etapa, o los Discursos de apertura de cursos académicos en la mencionada institución.
[17] Jústiz y del Valle, Tomás de. ¿Existe una literatura cubana? La Habana, Imprenta La Moderna Poesía, 1900, p. 5.
[18] Sáez Medina, Jorge. Estudio político – geográfico de América Latina en el año 1899. La Habana, Imprenta Rambla y Bouza, 1900, p.8.
[19] Molina, Adalberto. Expansiones. La Habana, 1898, p. 3. Igualmente otros poetas hacen uso de los motivos religiosos para encauzar su patriotismo y sus percepciones respecto a la realidad social, y las relaciones con los Estados Unidos, en un sentido dependentista o independentista. Pueden verse: La Nueva Lira Criolla. Compilación de guarachas, canciones, décimas y canciones de la guerra, La Habana, Imprenta La Moderna Poesía, 1897-1903.
[20] Compagnon, Antoine. Las cinco paradojas de la modernidad. Monte Avila Editores, Caracas, 1991, p. 23.
[21] También es verdad que, a medida que avanza la ocupación, son más los excluidos de estas medidas modernizadoras, por el simple hecho – no tan simple para estos sujetos – de que la modernización implica nuevos marginados. En este sentido, es imposible dejar de mencionar las medidas restrictivas o prohibitivas contra tradiciones cubanas, que en este período se ven afectadas por las políticas del progreso. Las vallas de gallos, las plazas de toros, las fechas patrióticas, el comportamiento en parques, calles y plazas, entre otros espacios públicos, demuestran que la ocupación norteamericana es en sí misma ampliamente contradictoria. Esto para no recurrir a tesis anexionistas que plantean que los cubanos debían ser absorbidos por los norteamericanos, o a tesis independentistas que asumían el otro extremo: el de los cubanos utilizados por sus gobernantes temporales.
[22] Brunner, José Joaquín. Globalización cultural y postmodernidad. Ediciones del Fondo de Cultura Económica, Chile, 1998, p. 170.
[23] Entre 1899 y 1902, se desató entre los periodistas y reporteros una verdadera fiebre por descubrir y denunciar a los “incumplidores” de las medidas civilizatorias. A menudo, aparecían en las páginas de distintos diarios de circulación nacional o local, denuncias y noticias acerca de jugadores, galleros, y otros “inmorales” que en, franca actitud de desacato, mantenían sus tradiciones y aficiones lúdicas. Incluso, de autoridades políticas y militares que los apoyaban y favorecían en sus prácticas.
[24] Excepciones en este sentido, pueden ser los casos de los intelectuales norteamericanos Mark Twain y Alexis Frye. El primero siempre planteó una posición contraria a los abusos cometidos por los ocupantes norteamericanos en Cuba, Puerto Rico y Filipinas. El segundo, específicamente nombrado Superintendente de Escuelas Públicas en Cuba, se casó con una cubana y fue el responsable de que maestras cubanas fueran a los cursos de verano en la Universidad de Harvard en 1900, además de mandar a imprimir 100.000 copias del Himno Nacional Cubano para su puesta en escena en las escuelas. Por supuesto, Frye fue rápidamente relevado de su puesto.
[25] Las vallas de gallos fueron restablecidas en el transcurso de la República. Las corridas de toros no corrieron la misma suerte, aunque en 1909 los periódicos nacionales hablaron de la inauguración de una plaza de toros en Camaguey. Es sabido, el uso que hicieron los gobiernos republicanos hasta 1958, para lograr una estabilidad social endeble. A partir de 1959, las vallas fueron despojadas de las apuestas, al menos desde el punto de vista oficial, pero se sabe que se mantienen con las mismas características que en el siglo XIX, en espacios creados al efecto por entidades turísticas y propiedades agrarias de cubanos.
[26] Roig de Leuchsering, Emilio. La lucha cubana por la República, contra la anexión y la Enmienda Platt (1899-1902). La Habana, 1952, p. 9.
[27] Ver: Riaño San Marful, Pablo. El 98 visto por sus contemporáneos. Ob. Cit., p. 10-46.
[i] En el lenguaje empleado en la poesía, el testimonio, el ensayo, la historiografía y el teatro se destaca, por regla general, el uso de signos de admiración, mayúsculas y adjetivos grandilocuentes a la hora de referirse a los Estados Unidos. A menudo, éstos son identificados como la “Gran Nación Americana” o la “Gran República del Norte”, mientras que a España se le califica con epítetos despectivos y se ridiculiza su actitud hacia los cubanos. La frase más socorrida es “!Se cayó el Guacamayo!” haciendo alusión al fin de la dominación española. Es evidente que las pasiones nacionales tienen mucho que ver con este uso del lenguaje, pero también es importante la noción de futuro y modernidad que poseen los habitantes de la Isla. Incluso, aquellos que no esconden su procedencia hispana se muestran indiferentes, en apariencia, hacia el poder económico y político de los Estados Unidos. Más información sobre este particular puede encontrarse en: Riaño San Marful, Pablo. El 98 visto por sus contemporáneos. Tesis para optar por el grado de Licenciado en Historia por la Universidad de La Habana, 1995, inédita.