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El pueblo inka
Perteneciente al libro El cóndor herido de muerte del autor peruano Alfonso Klauer
1 La tradición de
las Cuatro Edades.
2 El pueblo inka
en los Andes.
3 Panorama cronológico
del pueblo inka
4 La procedencia
altiplánica de los inkas.
5 El Imperio Wari
y la conquista de los inkas
7 La composición
demográfica del pueblo inka.
8 La invasión chanka:
detonante del imperio.
9 La centenaria
relación inkas–chankas en cuestión.
11 Más de un centenar de gobernantes inkas
12 Los cien Inkas (de Montesinos).
13 ¿Manco Cápac, inka; los hermanos Áyar, chankas?
14 Pachacútec y la sombre de sechín
En el seno de los pueblos andinos,
esclarecidos sabios elaboraron y transmitieron, generación tras generación, una
lúcida y sintética versión del largo proceso histórico que experimentaba el
hombre en los Andes.
En su original y sugerente formulación que
ha llegado hasta nuestros días por mérito del cronista andino Huamán Poma de Ayala los especialistas
dividían en cuatro grandes períodos o edades la prolongada historia andina.
La sabia síntesis histórica,
sorprendentemente, sólo fue registrada por dos cronistas: Huamán Poma de Ayala, en su Nueva Crónica y el Buen Gobierno; y fray Buenaventura de Salinas, en su Memorial
de la historia del Nuevo Mundo. Valcárcel precisa, sin
embargo, que “hay la más vehemente sospecha de que el religioso franciscano, antes
de serlo, tuvo en sus manos el manuscrito [del cronista peruano]”.
La Primera Edad, de los Wari Wiracocha
Runa –“Hombres creados por el Fundador”–, se remontaría a más de 6 000
años. Según la tradición, correspondería al período de los hombres primitivos
que vivieron en refugios naturales, sin conocer el vestido.
La Segunda Edad, de los Wari Runa “Hombres
Fundadores”–, correspondería a la de los pueblos que aprendieron a cultivar la
tierra, a construir terrazas, a trazar canales de riego, fabricar sus vestidos,
etc. “No había guerra entre ellos, pues eran pacíficos agricultores”– anotó el
cronista –.
La Tercera Edad, de los Purun Runa –“Hombres
de la Montaña”–, sería el tiempo de los diestros tejedores; de los arquitectos
que usaron la piedra, fundaron pueblos, construyeron muchos caminos; de quienes
explotaron minas, aprendieron a ser buenos orfebres, desarrollaron lenguas,
organizaron ejércitos y entraron en guerra.
La Cuarta Edad, de los Auca Runa –“Hombres
Guerreros”–, sería a su vez la de la multiplicación de las guerras por tierras
y pastos. Se levanta fortalezas. “Las viviendas eran como escondrijos ante el
temor de los ataques”–registró con especial y patético detalle Huamán Poma–. Los jefes más importantes eran llevados en
andas y eran polígamos.
La “Tradición de las Cuatro Edades”muestra
la convicción de los pueblos andinos sobre su remoto origen, y respecto de su
secular ocupación del territorio de los Andes.
Sin embargo, una Quinta Edad –como afirma
el historiador peruano Manuel Burga –, sería la de los Inca
Pacha Runa, “donde numerosos señoríos étnicos Auca Runa se reordenan
dentro de la organización imperial cusqueña”. Corresponde pues al período de
hegemonía inka.
Todo parece indicar –conforme se ha
indicado–, que la fuente original de esta notable y singular versión histórica,
fue pues el cronista ayacuchano –chanka– Huamán Poma de Ayala.
Es muy significativo y sintomático que Garcilaso, cusqueño –inka–, y la mayoría de los
cronistas, cuyos informantes fueron en gran parte también cusqueños –inkas–,no
hayan recogido esa importante versión histórica.
Ello da pie para suponer que la singular
tradición pertenecía pues al patrimonio cultural de la nación chanka. La
“Tradición de las Cuatro Edades” bosqueja un largo proceso histórico en el que
se alcanzó avanzados desarrollos culturales, como efectivamente han corroborado
la Historia y la Arqueología. Para Garcilaso, en cambio, o, si se prefiere,
para los historiadores inkas –en una gruesa distorsión de la realidad–
el pasado preimperial inka fue una época de behetrías y salvajismo.
Podría suponerse que los sabios o amautas inkas,
conociendo la “Tradición de las Cuatro Edades”, la silenciaron porque dejaba
sin sustento –su eventual– y
autoproclamada “acción civilizadora”. Es difícil, sin embargo, imaginar
que dejaran pasar la oportunidad de apropiarse y reformular esa tan esclarecida
versión, colocándose como protagonistas centrales.Al fin y al cabo, hay muchas
evidencias de que, efectivamente, y aunque quizá de manera inadvertida,
hicieron aparecer como propios muchos méritos que correspondían, desde muy
antiguo, a otros pueblos andinos.
Al no hacerlo con la “Tradición de las
Cuatro Edades”, lo más probable es, entonces, que simple y llanamente no accedieron
a conocerla. La “Tradición de las Cuatro Edades” fue explicitada por Huamán Poma hace 500 años.
Pero su primigenia y legendaria formulación
data sin duda de fecha muy remota.
Es
asombrosa, sin embargo, la coincidencia entre el esquema general de evolución
histórica que plantea, y el que hoy pueden ofrecer las Ciencias Sociales, mas
éstas, con el auxilio de muchísima mayor información, métodos y conocimientos
científicos más e-laborados, y modernas técnicas de auscultación y
comprobación.
Ello, en todo caso, abona muy
favorablemente respecto de los antiguos conocimientos de los pueblos andinos
que, aunque de origen intuitivo y empírico, tenían sorprendente correspondencia
con la realidad.
Debe resaltarse, por otro lado, que la
formulación de la “Tradición de las Cuatro Edades” que hace el cronista andino
ayacuchano es un típico caso de sincretismo cultural. El texto, en efecto, es
una síntesis de la cosmovisión andina y de la cosmovisión europea occidental
impuesta por los conquistadores españoles. Síntesis perfectamente comprensible
en la mente de uno de los primeros bilingües quechua–hispano parlantes que,
precisamente por esa razón, formó parte de las primeras generaciones de este
tipo de mestizos.
No obstante, la propia cosmovisión de los chankas
conquistados y dominados por los inkas –como ocurrió con los padres
y abuelos de Huamán Poma– ya era sincrética. Porque sintetizaba la
cosmovisión ayacuchana –chanka–, con la cosmovisión inka que les
era extraña.
Simultáneamente, y con gran difusión, las
versiones históricas sobre Manco Cápac y sobre los Hermanos Áyar, presentaban
al pueblo inka convencido también de su ancestral raíz andina.
A través de ellas adquirió conciencia de
que ocupaba una porción de la cordillera desde muchos siglos atrás. Quedó intensamente
identificado con ese pedazo de los Andes.
Con él y en él había evolucionado desde
formas muy primitivas hasta avanzados modos de organización social. De hecho,
los miembros del pueblo inka que arribaron al siglo XV eran herederos de
largos e intrincados procesos históricos –como bien lo recuerda Jordi Gussinyer–.
Las versiones históricas de Manco Cápac y
los Hermanos Áyar, que los primeros cronistas europeos denominaron “fábulas”,se
llaman hoy “leyendas” o “mitos”, porque
también
hay el pleno convencimiento de que están plagadas de elementos argumentales
fantasiosos,
como los que hacen referencia a supuestos “surgimientos de entre las espumas
del lago Titicaca”, o al hecho de que los hombres quedaban “convertidos en
piedra”, etc.
Pero, en su momento, a la luz de los
conocimientos con que se contaba, eran ni más ni menos que las versiones
históricas oficiales, elaboradas y difundidas por los especialistas y aceptadas
y prestigiadas dentro del pueblo inka, entre otras razones, porque le
resultaban verosímiles.
Su importancia, hoy, reside en que, más
allá de lo fantástico, ofrecen información suficiente para formular una versión
histórica distinta pero, en esencia, congruente con la que explicitan.
De paso y a propósito del famoso lago
Titicaca, diremos que hoy, a caballo entre los siglos XX y XXI, con
infinitamente más información que en el remoto período preimperial inka,
la seudo ciencia exhibe soberbia mitos tan fantasiosos como aquéllos. Así, Felipe Cossío del Pomar en El mundo de
los Incas nos recuerda que algunos arqueólogos consideran a la región del
lago “como la cuna de la civilización humana”.
Pequeños grupos campesinos conformaron los
más remotos ayllus inkas que se instalaron en un reducido rincón del
área andina meridional, en el espacio
que dejan las cordilleras central y oriental, y por donde corren los ríos
Vilcanota y Paucartambo y sus innumerables afluentes, conformando a su vez
incontables valles.
Conforme creció la población, los viejos ayllus
fueron dividiéndose, por lo general a uno y otro lado de los ríos, esparciéndose
en el territorio, ocupándolo en cinturones con-céntricos cada vez más amplios.
Los nuevos ayllus debían necesariamente desplazarse y ocupar tierras
cada vez más distantes de las que ocupaba el grupo original. Y los cerros,
ríos, quebradas y otros accidentes geográficos, contribuían aún más a
separarlos.
Cada grupo fue organizándose
independientemente, con autonomía. Así, cada vez eran más tenues las relaciones
de parentesco con sus vecinos. Cada vez más débiles y frágiles las relaciones
jerárquicas con el centro primigenio. El proceso centrífugo fue inevitable.
Se fue dando lentamente, al ritmo en que
aparecía cada nueva generación.
Ese
período inicial y remoto debió durar siglos. Quizá tanto como los mil años del
Imperio Chavín o más.
Así, el asentamiento de los primeros inkas
tendría tanto como 3 000 a 3 500 años de antigüedad. Cossío del Pomar va más allá: afirma que tenemos que
aceptar la existencia de la “ciudad del Cusco” desde hace 4 500 años.
Diseminados, con prácticas eminentemente
rurales y concentrando sus esfuerzos en la producción agrícola, fueron
paulatina y progresivamente poblando distintos valles y vertientes de los
territorios que hoy son los departamentos de Cusco y Apurímac.
En la
medida de lo posible, cada vez que utilicemos el nombre “Cusco”, trataremos de
precisar si se trata de: a) la ciudad, b) el valle en la que está asentada la
provincia del mismo nombre, o c) el área total del departamento del mismo
nombre.
En ese espacio, los testimonios más
antiguos que hasta ahora han sido encontrados corresponden a la cerámica
Marcavalle y, algo más reciente, a la cerámica Chanapata.
Dicha alfarería, fue confeccionada por los ayllus
que habitaron los valles del Cusco entre 1500 y 500 aC. Es decir, por
contemporáneos del Imperio Chavín.
“En el Cuzco –dice el historiador peruano Franklin Pease– hay evidencia de una larga ocupación
humana, y 1 000 años antes de nuestra era ya existía la agricultura”, y también
por cierto la alfarería –agregamos–. Sin haber caído bajo la férula de Chavín –el
primer imperio andino–, ocupaban, no obstante, las proximidades de la que llegó
a ser la frontera sureste del mismo. Debieron pues recibir diversos tipos de
influencia. Más aún, por su ubicación, esos antiguos ayllus inkas debieron
contribuir al puente que se tendió, en el espacio y en el tiempo, entre Chavín
y Tiahuanaco –sobre el que hemos expuesto en Los abismos del cóndor,
Tomo II–. El Imperio Chavín se había impuesto en gran parte de los Andes
durante casi mil años.
En su fase final de dominación –y según
venimos postulando–, la hegemonía chavín debió concretarse a través de
la fuerza. Es posible pues que, en ese contexto, las poblaciones que quedaron
fuera, pero en las proximidades del imperio, tuvieran un período de paz interna
que les permitiera enfrentar, con mayores probabilidades de éxito, los
eventuales intentos de expansión del primer imperio andino. Sin duda, durante
aquellos siglos los inkas estuvieron muy alertas en torno a cuanto
acontecía cerca de sus fronteras. Pero cuando cayó liquidado el Imperio Chavín,
los pueblos habrían ingresado a una etapa de abiertas y violentas
confrontaciones.
Unos porque necesitaban o ambicionaban
incrementar sus recursos, y otros porque tenían que defender los suyos. Unos
porque querían imponer su proyecto histórico nacional y hegemonizar, y otros
porque deseaban mantener su autonomía. Así debieron enfrentarse ayllus contra
ayllus, al interior de los pueblos.
Pero también pueblos contra pueblos. Y más
tarde, naciones contra naciones.
¿Escapó
el pueblo inka a esa regla? ¿O –como puede suponerse– fue más bien ese
el contexto en que el ayllu
de Pacaritambo –según veremos– se impuso sobre el resto de
ayllus
del
pueblo inka –tal como puede colegirse del mito de los Hermanos Áyar–?
Conforme a la leyenda, los ayllus de
guallas, sauaseras, alcabizas y culunchimas, entre
otros, fueron vencidos y dominados. El ayllu de Pacaritambo, asentado al
sur, a 30 kilómetros de distancia, les arrebató sus tierras y se trasladó a
vivir en ellas. Poco a poco iría surgiendo allí la ciudad del Cusco. Ese
triunfal episodio pasó a ser el punto de partida de un dinámico, vasto y
prolongado proceso histórico.
Los vencedores quedaron en posesión de las
mejores tierras. Con ello se aseguraron la apropiación de un volumen de excedente
mayor los vencidos. Pero ése no habría sido su único objetivo. Los vencedores
buscaron, además, que los ayllus de la periferia aceptaran su
preeminencia jerárquica. Y, a la postre, que aceptaran como propio el proyecto
histórico implícito del ayllu vencedor.
El proceso de centrifugación que se había
estado operando dejó de tener vigencia. Fue sustituido por un proceso centrípeto.
La dirección y el liderazgo pasaron a emanar del centro y la periferia debió
acatar obediencia. Poder y autonomía se concentraron en el centro, debilidad y
dependencia en torno a él. Las disposiciones fluían hacia la periferia. El
excedente se dirigió hacia el centro. El ayllu vencedor se colocó en la
cúspide, en una posición jerárquica que nunca había tenido. Los ayllus vencidos
quedaron en una posición subalterna que tampoco antes habían experimentado.
Aquél mantuvo su autonomía, éstos la perdieron. Así, el kuraka –o máxima
autoridad– del ayllu vencedor, quedó convertido en Inka. Y,
dentro del conjunto, virtualmente todos los miembros del ayllu triunfante
pasaron a convertirse en grupo dominante.
En adelante, distinguiremos como inka –con
minúscula– a la ancestral nación que se gestó y desarro-lló en lo que hoy son
los departamentos peruanos de Cusco y Apurímac; y –transitoriamente, como
vere-mos–, como Inkas –con mayúscula– a los personajes que fueron sus
más importantes gobernantes nacio-nales e imperiales.
La
transformación fue drástica, alcanzando a todo orden de cosas. Produjo en unos
grandes beneficios. Otros, en cambio, vieron gravemente afectados sus
intereses.
Es difícil imaginar que todo ello ocurrió
de manera apacible, serena, sosegada.
Por el
contrario, la violencia con que necesariamente debieron ocurrir esos
acontecimientos –según también puede colegirse del mito de los Hermanos Áyar–,
debió ser
equivalente
a la que la que se dio, y se daba en esos mismos instantes, en otros rincones
de los
Andes, donde –como reiteradamente se ha visto en Los abismos del cóndor,
Tomo I– el canibalismo, como colofón de las guerras, era una práctica muy
extendida.
Las prácticas de canibalismo más cercanas
al Cusco han sido encontradas en Pu-kara,
250
Kms. al sur, en Puno; y en Pachamachay, 500 Kms. al norte, en Junín.
El cronista español Sarmiento de Gamboa, en su relato de la Leyenda de los Hermanos Áyar, recogió la versión de
que los miembros del ayllu de Pacaritambo:
“...mataron
a cuantos pudieron haber a las manos, y a las mujeres preñadas sacaban
las
criaturas de los vientres, porque no quedase memoria de aquellos miserables...
Si efectivamente el mito de los Hermanos
Áyar correspondiera a acontecimientos ocurridos en los inicios de nuestra era,
el clima de ese relato, saturado de violencia, se ajusta al clima bélico que se
vivió en los Andes en aquel momento.
Violencia y, seguramente también,
traición, son hechos cuyo origen se remonta en los Andes a tiempos
inmemoriales. Su presencia es constante, siendo innumerables las evidencias.
Por lo demás, las leyendas y mitos las reflejan.
No fueron pues un invento perverso de los
cronistas, aunque hubo, sin duda, quienes interesadamente deformaron y
exageraron. La violencia y traición relatadas en las crónicas no han sido el
fruto de que los españoles endosaran a la historia andina y a los mitos
fundacionales de ésta, la violencia y la traición de que están cargados la
historia antigua de Occidente y los propios mitos fundacionales
mesopotamio–ju-deo– cristianos que portaban los conquistadores.
Independientemente pues de los cronistas
europeos, y desde muchísimo antes de que asomaran por los Andes, la historia
andina está cargada de mil formas y niveles de violencia. En ningún caso ella
tiene visos de originalidad. Aquí se dio en la misma forma y en los mismos
niveles que en todos los demás rincones del planeta.
No obstante, sobre la Leyenda de los
Hermanos Áyar postulamos más adelante una hipótesis que nos parece más verosímil
en cuanto a su más probable momento de gestación.
Los kurakas del ayllu vencedor,
es decir, los primeros Inkas, innominados, remotos y legendarios,
lideraron pues la consolidación de los territorios conquistados. Así
completaron la primera parte de un proyecto implícito más ambicioso. Y actuaron
para ampliar su influencia sobre el entorno inmediato.
En efecto, posesionados del núcleo central,
fueron dominando en los siglos posteriores al conjunto de todos los ayllus que
estaban desperdigados en la periferia del valle del Cusco. Así fueron cayendo
bajo la hegemonía del ayllu de Pacaritambo los ayllus de Anta,
Urubamba, Calca, Paucartambo, Quispicanchis, Acomayo, Paruro, etc. En el
departamento de Cusco; así como los ay-llus de Abancay y el valle del
Pachachaca, en lo que hoy es el departamento de Apurímac.
Así, entre otros, fueron dominados los ayllus
de ayarmacas, pinahuas, cotapampas, omasayos, yanahuaras,
quichuas,etc.
Al cabo de varios siglos, el pueblo inka,
organizado y nucleado a partir del valle del Cusco, pasó de controlar un
territorio de 10 000 Km2 aproximadamente, a dominar uno de 30
000 Km2 .
Así quedaron establecidas fronteras con los
chankas, al noroeste; con los soras, al oeste y; con los canas
y canchis, de la nación kolla, al sur y sureste; pueblos
agrícolas, unos, y ganaderos, otros, con los cuales venían alternando y
seguramente intercambiando productos desde muchos siglos.
A partir de la hegemonía del ayllu de
Pacaritambo, el proceso de nucleamiento y de vertebración orgánica de los
cientos de ayllus inkas, es decir, el objetivo de consolidación del
pueblo inka, quizá se creyó logrado. En adelante, cabía la posibilidad
de alcanzar otros objetivos dentro de las fronteras del pueblo inka, o,
alternativamente, rebasando incluso sus fronteras ancentrales.
Frente a esa disyuntiva, sea cual fuere la
decisión que tomó el grupo dirigente inka, el proceso autónomo que se
estuvo dando debió, sin embargo, detenerse. Obligó a ello una azarosa coyuntura
externa. Los inkas y otros pueblos, no habrían podido prever, ni
pudieron evitar quedar atrapados entre dos procesos expansivos de mayor fuerza:
el de los kollas, desde el Altiplano, y el de la nación ica,
hegemonizada desde Nazca, a partir de la costa. Aquél, en las proximidades,
extendió su influencia desde el sureste, y éste, en el área mediata, desde el
noroeste.
En efecto, la nación kolla en el
Altiplano, primero desde Pukara, en la vertiente noroccidental del lago, y
luego desde Tiahuanaco, en el extremo sur del mismo, había alcanzado un enorme
y singular desarrollo.
Particularmente en Tiahuanaco, la nación kolla,
en especialísimas circunstancias climáticas, había empezado a acumular grandes
volúmenes de excedentes de riqueza. Como larga y detenidamente se ha analizado
en Los abismos del cóndor, Tomo I, una prolongadísima versión del
fenómeno océano-atmosférico del Pacífico Sur –muy probable-mente en su modalidad
“La Niña”–, y quizá en concurrencia con un fenómeno climático específico del
Altiplano, desatando grandes y generosas lluvias, habrían sido los responsables
de un gran e inusitado período de bonanza agrícola en torno al lago Titicaca.
Dicho fenómeno, según recientes
investigaciones llevadas a cabo en los hielos de los nevados Quelcayo y
Macusani del Altiplano, habría ocurrido en torno al 600 dC.
Aludiendo claramente a un evento de esa
naturaleza, el cronista Pedro
Cieza de León, a mediados del siglo XVI, expresó en referencia al Altiplano:
Muchos destos indios cuentan que oyeron a
sus antiguos que hubo en los tiempos
pasados
un diluvio grande...
No deja de ser sorprendente que un dato
histórica y científicamente tan valioso como ése, haya sido –y siga siendo–
tanto tiempo obviado por la historiografía tradicional.
Resulta comprensible que en el siglo XVI,
dándolo por “fabulesco”–como nos lo recuerda Pease –,el propio Garcilaso rechazara la versión de un “diluvio” en relación con Tiahuanaco. Pero
resulta incomprensible que se le siguiera considerando fantasioso en las
últimas décadas del siglo XX. Sobre todo cuando los conocimientos de hidrología
y climatología –en particular los que ya se desprendían del estudio del
Fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur o “El Niño – La Niña”– permitían
postular una hipótesis de esa naturaleza para contribuir a explicar el
enigmático y asombroso desarrollo histórico de Tiahuanaco.
Sólo un inusitado evento climático de ese
género explicaría el carácter repentino y fugaz de Tiahuanaco. Pero explicaría
también su carácter explosivo. O, si se prefiere, el hecho de que alcanzó el
esplendor “de la noche a la mañana”. A este respecto, una vez más corresponde
recurrir a Cieza de León.
Dice en efecto que los kollas:
“... oyeron a sus pasados que en una noche
amaneció hecho lo que allí se veía.
Los kollas del área circunlacustre,
casi en permanente en sequía, estaban acostumbra-dos a los rigores de una vida
de subsistencia, casi sin capacidad de inversión o acumula-ción.
Y, de repente, sorpresivamente, se vieron
obteniendo cosechas 10, 25 o quizá hasta
50
veces mayores, nada menos que sobre una superficie de casi 100 000 Km2.
Si como todo parece indicar, efectivamente
ocurrió ese “generoso y constructivo diluvio”, los excedentes que inopinadamente
surgieron en tan vasto territorio debieron ser entonces gigantescos.
En ese extraordinario contexto, los kollas
empezaron a ejercer enorme y decisiva in-fluencia en todo su entorno
geográfico. Y muy en especial sobre el pueblo inka, su vecino
noroccidental más próximo.
Es posible pues imaginar a las poblaciones
vecinas de los kollas, entre ellas a muchos ayllus del pueblo inka,
llegar a la orilla sur del Titicaca, en territorio de lo que hoy es Bolivia,
para participar en las jornadas de construcción con las que se levantaron los
magníficos edificios megalíticos de Tiahuanaco, entre los que la pirámide de la
Akapana es un magnífico ejemplo.
Todo ello contribuiría a explicar una muy
prolongada presencia en el Altiplano de pueblos de la periferia –voluntaria o
forzosamente captados–, cuyos brazos –como veremos– efectivamente habrían
contribuido entonces a levantar las monumentales construcciones que dispuso
erigir la también fugazmente poderosa élite kolla.
La inusitada y generosa coyuntura climática
se habría prolongado muchas décadas.
Y
–según se estima hoy– habría vuelto a repetirse en torno al 800 dC.
Es decir, ya fuera en una sola gran estadía,
o en dos o más períodos, se habría acumulado en el Altiplano una permanencia inka
muy prolongada.
En ese contexto, es posible también
imaginar a los comerciantes kollas, a la cabeza de gruesas tropillas de
auquénidos, cruzando el territorio inka para intercambiar, más allá de
sus fronteras, con sus pares que venían de Nazca. No es difícil tampoco
imaginar entonces a los kurakas kollas –mallkus– imponer condiciones a
los pueblos vecinos, incluyendo a los inkas por supuesto.
Vastos e incluso lejanos pueblos cayeron
así, de manera sorpresiva e inevitable, bajo el influjo cruzado de kollas e
icas. Inkas y chankas, entre ambos, mal pudieron evitar
ser dominados y caer en relación de dependencia, de unos, otros, o de ambos.
En los siglos precedentes, la vecindad
entre inkas y kollas los había puesto en con-tacto,
influenciándose recíprocamente. Sin embargo, durante el sucesivo esplendor de
Pukara
y Tiahuanaco fue, más bien, una relación asimétrica: los kollas se
impusieron prácticamente en todo orden de cosas.
La enorme influencia de los kollas sobre
los inkas no puede considerarse un fenómeno simplemente episódico. Menos
aún si, como parece, se habría prolongado tanto como 500 años.
Para los kollas, asentados durante
milenios a orillas del Titicaca, el lago tenía, necesariamente, entre otras,
una significación mítica muy grande. Equivalente, sin duda, al significado que
para el pueblo inka había adquirido el valle del Cusco.
Un período de dominación tan intenso y
prolongado como el que ejerció la nación lacustre sobre el pueblo inka,
habida cuenta de la larga permanencia de una gran parte de éste en el
Altiplano, permite entender que quedara incorporado en la mitológica versión de
fundación del Cusco, ese ingrediente que a los kollas resultaba tan
significativo y familiar: el lago Titicaca, que inicialmente para los inkas sólo
revestía importancia secundaria –o ninguna–.
Al retornar al Cusco, cuando las
condiciones climáticas “definitivamente” se “normalizaron”, y ya no había ni
trabajo ni alimento suficiente para ellos, Manco Cápac y los suyos
efectivamente llegaban pues desde las orillas del Titicaca. De allí, a la
versión legendaria inka de que los fundadores del Cusco surgieron de las
aguas del lago, no había pues sino un paso.
Debe, sin embargo, destacarse que, a pesar
del tiempo que habían permanecido en el Al-tiplano, además de retornar al Cusco
con elementos foráneos para su principal mito fundacional, llegaron manteniendo
su propio idioma: el quechua. Es decir –valga la insistencia–, sin
haberlo sustituido por el del an-fitrión: el aymara.
Pero –como resulta obvio–, los inmigrantes
que retornaron a la tierra de sus padres, no sólo habrían llegado con los elementos
de una nueva historia de fundación. Sino, entre otras, con una enorme experiencia
como finos constructores y alarifes. Así –reafir-mando una de nuestras
hipótesis anteriores–, dice una vez más Cieza de León:
He oído afirmar a indios [kollas] que los
incas hicieron los edificios grandes del
Cuzco
por la forma que vieron tener la muralla o pared que se ve en este pueblo;
y
aun dicen más, que los primeros incas practicaron de hacer su corte y asiento
della
en este Tiahuanaco.
Y, en gran parte, debe atribuirse también a
la dominación kolla la difusión entre el pueblo inka de la
ganadería de auquénidos, originaria y característica del Altiplano. Di-fusión
ganadera que, no por simple casualidad entonces, la tradición inka atribuye
también al mismo mitológico Manco Cápac llegado del Altiplano.
El retorno de Manco Cápac y los suyos al
Cusco, dio inicio a un nuevo período de autonomía del pueblo inka. Éste,
sin embargo, no fue sino breve y efímero. Porque otro fenómeno expansivo se
hizo presente en el área surcordillerana.
En
efecto, una nueva fuerza externa pasó también a imponer sus condiciones: el Im-
perio
Wari, cuya sede central, del mismo nombre, estuvo asentada a pocos kilómetros
al norte de la actual ciudad de Ayacucho, en el valle del Huarpa.
En la
historiografía tradicional, para referirse el fenómeno histórico–social al que
aquí, sin eufemismos, denominamos “Imperio Wari”, muchos textos recurren a la
imprecisa y arcaica denominación “¨Horizonte Medio”, y otros –eclécticamente,
diremos– hablan simplemente de la “Cultura Wari (o Huari)”.
Algunos
autores –como se vio en Los abismos del cóndor, Tomo II–, y como si el
asunto revistiera poca importancia, obvian precisar qué pueblo fue el
protagonista de dicha singular, prolongada y trascendental experiencia
histórica. Otros –los menos–, se la atribuyen, sin embargo, a guerreros “waris”
o “huaris”, lógica y necesariamente ayacuchanos.
Mas
quienes han optado por esta última y razonable perspectiva, casi unánimemente
dan por exterminados a los waris tan pronto como desapareció –hacia el
siglo XII dC– el imperio que formaron, o se esfumó el “horizonte” que
protagonizaron. Porque no de otra manera se entiende que, para el siglo XV, nos
presenten, en el mismo territorio, esta vez a los chankas (o chancas)
–a los que, sin embargo, dan a su vez por exterminados tan pronto iniciado o en
el transcurso del Imperio Inka o Tahuantinsuyo–.
Desde nuestra perspectiva, no existe razón
alguna para considerar que waris y chankas fueron dos pueblos
diferentes –que, con siglos de distancia, habitaron el mismo territorio–.
Quizá, pues, no sean sino dos
denominaciones dadas a un mismo pueblo (como en la antigüedad del
Viejo
Mundo ocurrió con helenos – griegos, aquél dado por sí mismos y éste
impuesto por los romanos).
Así,
warihabría
sido un nombre surgido de dentro de la élite ayacuchana, muy probablemente
durante su apogeo imperial (entre los siglos VIII – XII dC), y quizá como
resultado del nombre del primero o de uno de sus emperadores; y chanka,
más remoto, muy probablemente fue impuesto por los nazcas, cuando
comercialmente dominaron desde la costa sur hasta el Altiplano (siglos III – VI
dC), y que fue el nombre que después volvieron a utilizar los inkas.
Por lo demás, el pueblo chanka o wari,
no sólo no ha sido exterminado, sino que vive y late hoy mismo en los valles
interandinos, adustas quebradas, y cientos de poblados y ciudades de todo el
departamento de Ayacucho.
Simultáneamente,
pero a la inversa de lo que ocurría con los kollas, que pasado el
“boom”
cada vez fueron perdiendo más poder, la influencia de los chankas fue
abarcan-do círculos cada vez más amplios, dominando territorios cada vez más
grandes.
Algunas
áreas, sobre todo al sur del Titicaca, quedaron totalmente libres de la
dominación kolla pero no llegaron a experimentar el dominio chanka.
Otras, en cambio, conocieron el dominio chanka sin haber estado
expuestos al empuje kolla.
Pero
hubos espacios que, sucesivamente, tras escapar de influjo de uno, cayeron de
in-mediato bajo el dominio del otro. Es decir, algunos rincones de los Andes
experimentaron una tras otra ambas dominaciones. El repliegue de una fuerza
facilitó el avance de la otra. El pueblo inka, situado geográficamente
entre chankas y kollas, fue quizá el que con mayor intensidad
experimentó la sustitución de un dominio por otro.
El proyecto nacional inka fue
desplazado y sustituido por el proyecto imperial chanka.
La hegemonía chanka acabó
temporalmente con los arrestos de autonomía inka.
De
ello han quedado como testimonio las construcciones chankas de
Choquepuquio y
Pikillacta
(o Piquillacta), a 25 y 30 Kms al sureste de la ciudad del Cusco, en la ruta
hacia el Altiplano.
Pikillacta “tuvo murallas de hasta 12
metros de altura y ocupó un área de casi dos kilómetros cuadrados”.
Ambos centros poblados albergaron a las
huestes chankas encargadas de administrar y dominar al pueblo inka.
Pudieron, además, servir de centro regional de acopio del tributo. Y pudieron
ser, por cierto, sedes de operación del ala sur de los ejércitos del Imperio
Wari, los primeros grandes ejércitos profesionales de los Andes.
El período de dominación chanka sobre
el pueblo inka fue considerable. Se prolongó por espacio de 300 o 400
años.
Mas no sólo fue prolongado. Fue, además,
intenso y violento. Porque el Imperio Wari se concretó con el avasallamiento
militar de los pueblos conquistados, en el que las autoridades locales quedaron
suplantadas. En el pueblo inka ello significó la destitución, y quizá
hasta la liquidación, del Inka gobernante. Quizá significó también la
defenestración de todo el grupo de poder, vale decir, de los herederos del ayllu
de Pacaritambo.
E incluso, y eventualmente –como ocurrió en
el caso de la nación ica, en que la pro-pia dominación chanka, al
cabo de liquidar el poder nazca, terminó inadvertidamente alentando la
formación del grupo de relevo, en Chincha–, también entre los inkas los
propios chankas habrían alentado –también inadvertidamente– la
constitución del grupo de relevo, quizá entre los inkas más dóciles y
proclives a la hegemonía chanka.
El Imperio Wari habría recurrido también al
desplazamiento masivo de mitimaes, desde y hacia múltiples espacios del
territorio dominado. Tanto de grupos de los pueblos conquistados que fueron llevados
a la ciudad Wari y otras áreas, como de grupos de campesinos chankas que
fueron desplazados a puntos estratégicos del imperio, como Choquepuquio y
Pikillacta, en el caso del Cusco por ejemplo.
Por otro lado, miles de hombres de los
pueblos conquistados fueron obligados a servir en los ejércitos imperiales. Y
los chankas habrían, además, impuesto mitas masivas destinadas a
construir ciudades, y a mejorar y ampliar el sistema vial andino, para que
pueda dar curso a contingentes numerosos de soldados y a las grandes tropillas
de auquénidos que transportaban hacia la ciudad Wari el tributo de los pueblos.
El
Imperio Wari sería así el responsable de haber profundizado, generalizado y
homogeneizado en el espacio andino muchas de esas prácticas ancestrales. Y, de
haber difundido prácticas propias y novedosas. Sin duda, ese proceso de
difusión y homogeneización fue más intenso en el área de influencia inmediata
de la ciudad Wari, es decir, en el área cordillerana sur, en la que
precisamente se ubicaba el pueblo inka.
En otros términos, por la proximidad
física, pocos pueblos como el inka recibieron –y soportaron– tanto el
impacto de la dominación chanka. Ya sea en lo que a extracción de
excedente se refiere, como en lo pertinente al proceso de difusión, influencia
y homogeneización cultural. Muy probablemente, por ejemplo, fue de los chankas
que los inkas aprendieron el uso de los quipus como
instrumento de cuentas y registro, pues ya formaban parte de la cultura Wari.
Dentro del vasto conjunto de influencias
culturales no estuvo precisamente excluido el idioma. De allí que en el haber
de la dominación chanka deba incluirse su contribución a la difusión
panandina del quechua que –como veremos más adelante–, no fue pues
mérito privativo de los inkas. Por el contrario, fueron más bien éstos
quienes vieron ampliarse y desarrollarse su quechua con el aporte del quechua
de los chankas.
Pues
bien, la conquista y sojuzgamiento, habiéndose prolongado por varios siglos,
permiten entender la profunda animadversión y rivalidad que incubó el pueblo inka
contra los chankas. Sin embargo, y fruto de las contradicciones que
incubó en su seno, hacia el siglo XI se produjo la caída y liquidación del
Imperio Wari. La mayor cercanía quizá impidió al pueblo inka ser de los
primeros en rebelarse e independizarse. Quizá, más bien, fueron los últimos.
Para ello, habrían capitalizado y aprovechado estratégicamente el serio
debilitamiento que para los ejércitos del Imperio Wari significó la guerra de
liberación de chimú, limas, cañetes y otros.
Es presumible, no obstante, que la guerra
de liberación del pueblo inka fuera larga. Que se libraran cruentas
batallas y que, por último, fuera el pueblo inka, precisamente, quien
diera el golpe de gracia, arrasara la ciudad Wari, y se apoderara de un enorme
botín, en ésa la mayor urbe andina de su tiempo.
Quienes en la historiografía tradicional
atribuyen el protagonismo del Imperio Wari a “guerreros waris”, ayacuchanos,
sostienen que chankas, también ayacuchanos, habrían sido los miembros
del presunto “pueblo bárbaro” que saqueó y destruyó la gran ciudad de Wari:
“hordas dedicadas al pillaje”–en palabras de María
Rostworowski que recoge Max Hernández –.
A nuestro juicio –y como extensamente
hemos desarrollado en Los abismos del cóndor, Tomo II–, esa
tesis
resulta absolutamente endeble, por decir lo menos.
El Imperio Wari de los chankas ayacuchanos
–los mismos de los que reiteradamente habla Garcilaso– no sucumbió por la
acción de “hordas dedicadas al pillaje”–.
Quede ello para la mito–historiografía.
Wari, en el contexto de una gravísima crisis climática que desató una hambruna
generalizada, sucumbió por la acción bélica, independentista y concurrente, de
todos los pueblos andinos que habían estado sojuzgados, incluidos ciertamente
los inkas.
Lo más probable –insistimos en este texto–
es que hayan sido los cercanos inkas, quizá en alianza con los más
aislados y primitivos ayllus de campesinos chankas, que también
sufrieron los rigores del imperio, quienes en acción postrera y definitiva
saquearon y destruyeron Wari, la sede central del imperio.
Pues bien, entre los primitivos ayllus
inkas, coetáneos del Imperio Chavín, y el pueblo inka que contribuyó
a la caída del Imperio Wari, habían transcurrido 2500 años de rica historia.
Sobrevendrían luego otros 400 años de desarrollo autónomo, y después la
centuria del propio Imperio Inka.
Tras
la derrota del Imperio Wari, el pueblo inka reemprendió la ejecución de
su propio proyecto nacional. Hasta ese momento, hacia el siglo XII, el poblado
más importante del pueblo inka era uno más entre la veintena de centros
poblados de cierta importancia en los Andes.
Nominada original y remotamente como
Acamama, era apenas un pequeño poblado de construcciones muy simples. Era un
pálido reflejo del esplendor que había tenido dos milenios atrás Chavín de
Huántar. Tampoco tenía aún las magníficas construcciones pétreas que, como la
Akapana, había lucido siglos atrás Tiahuanaco. Ni la magnitud de Wari, la
capital ayacuchana del recién liquidado Imperio Wari. De hecho, mientras el
pueblo inka estuvo dominado por kollas y chankas, sus
dispersos ayllus tuvieron vida predominantemente rural. Es probable que
sólo después de la caída de Wari, cuando se dio nuevamente la hegemonía desde
el valle del Cusco, empezó a crecer y consolidarse la ciudad.
Sin embargo, en los períodos que el pueblo inka
dependió de la nación kolla, y mien-tras estuvo sometido a la
dominación de los chankas, los habitantes de Acamama habían alcanzado a
adquirir dos importantes experiencias político–administrativas y técnicas.
De un lado, asistieron como espectadores
–pero también con su fuerza de trabajo– al gran desarrollo urbano de las ciudades
de los pueblos dominantes: la capital de Tiahua-naco, en el Altiplano; y Wari,
en Ayacucho. Y, por otro lado, simultáneamente asistieron también, como
testigos de excepción, al estancamiento de su propia ciudad.
Ese contraste no era una simple
coincidencia. Había, más bien, estrecho vínculo entre ambos hechos. Porque la
relación de dependencia, en un caso, y la completa hegemonía, en el otro,
habían ocasionado que el excedente producido por el pueblo inka fluyera
hacia el Altiplano, primero, y hacia Ayacucho, después.
Transfiriendo sus excedentes al extranjero,
el pueblo inka estuvo impedido de financiar el crecimiento de su sede
central, e impedido de solventar otros gastos e inversiones.
Contrariamente a lo que el pueblo inka esperaba,
su esfuerzo había estado finan-ciando el desarrollo del vecino, en un caso, y
de manera patética, el del propio enemigo, en el otro.
Es decir, cuando el pueblo inka estuvo
sometido a relaciones de dependencia y sojuz-gamiento, en lugar de alcanzar sus
objetivos, contribuyó para que kollas y chankas alcancen los
suyos. La dependencia frente a la nación kolla y el sojuzgamiento que
ejerció el Imperio Wari, proporcionaron muy claras lecciones al pueblo inka y
a su grupo dirigente. Una de ellas fue que, en la relación de dependencia o en
la relación de sometimiento, el beneficio de un pueblo, el dominante, se da,
necesaria e invariablemente, a costa del perjuicio de la contraparte, el pueblo
dominado.
De ello el pueblo inka logró colegir
–intuitiva pero nítidamente– dos conclusiones:
a) que
su independencia era requisito para la materialización de su proyecto nacional,
y; b) que el dominio y la hegemonía sobre otros pueblos, aceleran la captación
y acumulación de riquezas. Ambas conclusiones fueron bien asimiladas.
No obstante, en ello no se agotaron las
enseñanzas que el pueblo inka obtuvo de su relación de dependencia
respecto de kollas y chankas. En efecto, hubo otras.
En ese sentido, aunque probablemente a
costa de grandes penalidades, el pueblo inka logró asimilar un sinnúmero
de conocimientos. Ya sea lo que aprendieron en el contacto
cotidiano
con los funcionarios y especialistas de esos pueblos, que residían o viajaban a
Acamama.
O lo que asimilaron de aquellos pueblos adonde, por decisión del Imperio Wari,
fueron desplazados en calidad de mitimaes. O, finalmente, todo lo que
conocieron como consecuencia de su incorporación al ejército chanka.
Al cesar la hegemonía kolla y
liquidado el Imperio Wari, el excedente, que primero había fluido a la hoya del
Titicaca y luego al valle del Huarpa, quedó en el territorio del pueblo inka.
Con ello se daba la condición básica e indispensable para el desarrollo
ma-terial y cultural.
Disponiendo libremente del excedente que
generaba, recién podía el pueblo inka financiar la materialización de
sus objetivos.
El botín que las huestes independentistas inkas
trasladaron a Acamama tras el saqueo de Wari en el siglo XII, habría sido,
además, y a manera de desquite parcial, un enorme aporte inicial, nada
despreciable.
No es pues una simple casualidad que sólo
cuando se dio esta necesaria condición de independencia, Acamama, en las nuevas
condiciones ya nominada como Cusco, y el resto del territorio del pueblo inka,
experimentaron, en los siglos XII, XIII y XIV, trescientos años de acumulativo
y sostenido desarrollo.
Las evidencias de ese proceso –en
particular en el Cusco–, fueron sin duda destruidas durante el explosivo
crecimiento urbano de la ciudad y, en particular durante la fase imperial. No
obstante, bajo los cimientos de la ciudad deben guardarse aún muchos secretos.
Pero, además, los conocimientos asimilados de
kollas y chankas potenciaron las fuerzas del pueblo inka.
No eran muy lejanas las lecciones de explotación ganadera, metalurgia del
bronce y trabajo de la piedra aprendidas de los kollas. Pero más frescas
estaban aún las lecciones de estrategia militar, organización de ejércitos y
expediciones, administración de nuevos territorios, ampliación y mejoramiento
de caminos y puentes, uso intensivo de sistemas de correo y quipus,
movilización de mitimaes, etc., aprendidas de los chankas.
En adelante, todo ello podía ser
implementado por los inkas, pero en beneficio propio.
La riqueza que se fue acumulando en esos
tres siglos en los valles del Cusco y Apurí-mac no correspondió, sin embargo, a
todos sus habitantes por igual. La distancia social entre la élite y el pueblo;
o entre los funcionarios gubernamentales y el pueblo campesino; o, si se
prefiere, entre orejones y hatunrunas, se fue haciendo cada vez
mayor.
Aunque a muchos siglos de distancia,
aquéllos, los miembros del sector dirigente, reproducían la situación del viejo
y dominante ayllu de Pacaritambo, acaparando be-neficios y privilegios.
Los hatunrunas, en cambio, concentrando obligaciones, reproducían la
situación de los remotos ayllus dominados.
Uno de los privilegios de mayor
trascendencia para el sector dirigente fue la educación. Sólo accedían a ella
los hijos de los orejones. Con esa discriminación, la brecha social que
existía en el siglo XII entre pobladores rurales y urbanos, fue agigantándose
en los siglos siguientes.
Porque con la segregación en la educación
los orejones monopolizaron la enorme cantidad de información que
controlaban los especialistas –amautas (maestros y/o técni-cos y
científicos), quipucamayocs (contadores, administradores, estadígrafos),
etc.– y con ello, subrepticiamente, alcanzaron otro objetivo de gran
significación: asegurar y
perpetuar
el privilegio del poder. Desde tiempos inmemoriales, los pueblos andinos, como
muchos otros, designaban por líder a quien más dotado parecía estar para guiar
al pueblo hacia la consecución de sus objetivos. En los más remotos tiempos,
las grandes fieras y los desastres naturales eran los mayores obstáculos que
debía enfrentar un pueblo.
No puede extrañar por ello que, en ese
contexto –y como afirma John Murra–, los kurakas fueran designados en
mérito a su valentía y fuerza física. Pero, sin duda, era exigida también una
cierta capacidad organizativa.
Más
tarde, los mayores obstáculos los pusieron otros pueblos. Así, cuando las
barreras más importantes fueron las guerras, eran designados kurakas aquellos
que, a más de fuerza, valentía y capacidad organizativa, poseían dotes de
estratega.
Posteriormente,
entrados en el estadio en que cada pueblo estaba conformado por miles y miles
de individuos, dispersos, conformando núcleos locales con complejos conjuntos
de problemas, incluso rivalidades; en que el espacio ocupado no sólo era vasto
sino dotado de un sinnúmero de recursos y carente de otros tantos; en que
alternaban trabajadores con muy variadas ocupaciones, completamente diferentes
unas de otras; en que con la agricultura coexistían múltiples y cada vez más
complejos procesos productivos; en que crecían las ciudades creando nuevos retos,
etc., el líder, sin duda, tenía que reunir una nueva e indispensable condición:
información.
Fuerza, valentía, capacidad organizativa,
dotes de estratega e, información, eran los mínimos requisitos que,
seguramente, debía reunir –como aprecia Rostworowski– el “más hábil y suficiente” de los individuos. Ése y otros que como él
reunían tales atributos, tenían derecho a acceder al liderazgo.
En esas condiciones, es de presumir que al kurakazgo
de un pueblo accedieran, indistintamente, individuos de cualesquiera de los
diversos ayllus del mismo. Porque era muy poco probable que los
individuos de uno solo de ellos monopolizaran esas aptitudes y condiciones.
Todo parece indicar, sin embargo, que, en el seno del pueblo inka, esa
tradición de alternancia en el liderazgo fue sustituida cuando empezó a
hegemonizar el ayllu de Pacaritambo. A partir de ese momento, sólo entre
sus miembros y herederos, a quienes se está identificando aquí como los orejones,
surgía el Inka. Con este primer cambio, sólo el más hábil y suficiente
de los orejones resultaba erigido Inka.
Más tarde, quizá como secuela del
sensacional triunfo independentista del siglo XII contra el Imperio Wari,
Sinchi Roca –que presumiblemente lideró tal epopeya– habría logrado imponer un
segundo cambio, aún más restrictivo.
Es decir, que la selección del más hábil y
suficiente se hiciera solamente entre los hijos del Inka. Ésa habría
sido la norma a través de la cual se ciñeron la mascaypacha casi todos
los Inkas hasta Pachacútec. La única excepción habría sido la de Huiracocha.
Pues –según dice Del Busto –, “no está claro que el Inca Huiracocha
fuera hijo de Yahuar Huácac”.
¿Cómo habría resultado elegido entonces
Huiracocha? No se nos dice. Pachacútec, fortalecido a raíz del segundo gran
triunfo sobre los chankas, esta vez en el siglo XV –que veremos en
detalle más adelante–, habría terminado de concretar un tercer cambio. A partir
de él, en efecto, los Inkas ejercitaron el derecho de designar e
imponer, entre sus hijos, a su sucesor.
Mas, en todos estos casos, desde que la
posibilidad de ser Inka quedó reservada a los orejones, y desde
que la educación era también derecho exclusivo de ellos, ésta, inexorablemente,
les aseguraba el monopolio de la información y, por consiguiente, el privilegio
de ser los únicos que reunían todos los requisitos para ser reconocidos como
los “más hábiles y suficientes”.
La
cultura urbana suponía para los orejones disponer de un amplio espectro
de bienes materiales y servicios de los que no podían usufructuar los pobladores
rurales: viviendas sólidas, amplias, iluminadas, ventiladas y suficientemente
adornadas; mobiliario, utilería y vajilla de la mejor calidad. Asimismo vestido
y adornos personales finamente acabados; alimento muy variado; algunos
disponían incluso de agua dentro de la propia vivienda; plazas, calles y
jardines; escuelas y centros religiosos.
Por lo
demás, cientos de diferentes oficios se daban cita en la ciudad, demandando sus
propios instrumentos, sus propios insumos y sus propias jergas: religiosa,
militar, médica, ingenieril, artesanal, contable, astronómica,
hidro–meteorológica, etc. Todo ello configuraba un espectro muy amplio de
intereses que, además, sólo podía ser referido con un conjunto también amplio
de palabras, o, mejor, con un universo vocabular muy rico. Todo ello
contrastaba, sin lugar a dudas, con las carencias, precariedades, discreción y
monotonía del mundo rural.
Mundo
que, por cierto, podía ser descrito con un reducido universo de palabras. Es
decir, a través de la amplitud del idioma, quizá también por medio de giros
idiomáticos y modismos, tonalidades, etc., se manifestaba, además,
ostensiblemente, el distanciamiento entre orejones y harunrunas.
A adquirir esa diferenciación idiomática contribuyó, seguramente, el hecho de
que los orejones actuaron, durante siglos, como interlocutores con los
comerciantes kollas y con los administradores chankas. A todo
ello debe pues referirse el testimonio de Garcilaso, según el cual los orejones hablaban distinto de como hablaba el
resto del pueblo inka–constatación que, por lo demás, se ha hecho en
casi todas las culturas y civilizaciones en la historia de la humanidad–.
Pero, además de los privilegios de
educación, del usufructo exclusivo de refinados bienes y servicios propios de
la vida urbana, y de multiplicidad de elementos diferencia-dores en casi todos
los aspectos de la cultura; es decir, además de esos intereses, clara-mente
diferenciados de los del resto de los miembros de la sociedad, los orejones gozaban
de otro privilegio: la poligamia. El Inka, por privilegio excepcional,
tenía derecho a tener muchos hijos en muchas mujeres (poliginia), la mayor
parte de las que, con sus hijos, permanecían en sus tierras de origen.
Los orejones, dependiendo de la
posición que ocupaban en la estructura jerárquica, podían llegar a tener 7, 15,
30 y hasta 50 mujeres –según refiere Huamán Poma–.
Y,
aunque con cifras probablemente exageradas, los cronistas han registrado que
Mayta
Cápac, Inca Roca y Yahuar Dacha tuvieron 40, 300 y 162 hijos respectivamente
–según
puede verse en Valcárcel –. Más tarde,
durante el imperio, Túpac Yupanqui,
“en su
esposa y hermana (...) tuvo varios vástagos, que añadidos a los bastardos
su-maron doscientos”–refiere Del Busto–.
Cossío del Pomar recoge, sin embargo,
la versión de que sólo fueron 92. Y Huáscar, en ocho años, y sólo en la ciudad
del Cusco, habría tenido 80 hijos –dice Murúa –. Ello implicaba, necesariamente, que para el sostenimiento de madres e
hijos, el Inka utilizaba una significativa porción del excedente que
producía la sociedad.
En la estratificación social, entre orejones
y hatunrunas se estuvo formando, desde antiguo, un grupo intermedio
constituido por los especialistas y por el personal subalterno ubicado en la
administración de la producción y en las esferas militar y religiosa.
Algunos
indicios muestran que, además de orejones, hatunrunas y del
sector interme-dio, el espectro social se completaba con un infeliz estrato de yanaconas,
mantenidos en estado de virtual esclavitud. A él pertenecían algunos individuos
de los ayllus dominados.
En esa subalterna condición debían estar,
presumiblemente, algunos alcabizas y culunchimas. Ello permitiría
explicar, por ejemplo, por qué el que llegaría a ser el Inka Mayta
Cápac, siendo aún niño, impunemente, lastimaba y hasta mataba a los hijos de
aquéllos –según refiere el cronista Sarmiento de Gamboa–.
Esquemáticamente, en los albores del siglo
XV, la sociedad inka estaba compuesta pues por cuatro distintos
estratos, cada uno de los cuales tenía su propio conjunto de intereses por
defender, y a cada uno de los cuales correspondía a su vez un conjunto de
objetivos por alcanzar. Puede suponerse que en ese momento, posesionado sobre
un territorio de 30 000 Km2, el pueblo inka estuviera
constituido aproximadamente por 500000 habitantes. Es posible, en consecuencia,
estimar el orden de magnitud de cada uno de los estratos sociales. Es obvio,
sin embargo, que, arbitrariamente –aunque a la luz de la experiencia de las
sociedades subdesarrolladas más elitistas y diferenciadas–
La
concentración de privilegios y, en consecuencia, la concentración social de la
riqueza, pudo concretarse porque el excedente, que antes fluía al extranjero,
quedó en el pueblo inka, pero centralizado en el Cusco y, dentro de él,
sólo en manos de los orejones.
En esas circunstancias, inadvertidamente,
se había concretado pues un cambio de gran significación: los orejones dejaron
de ser grupo dirigente y se convirtieron en élite dominante del propio pueblo inka.
Repitiendo lo que había acontecido varias veces en distintos rincones del
territorio andino, administraron selectiva y discriminatoriamente el excedente.
Frente a siempre múltiples posibilidades, los orejones optaron de manera
sistemática y obstinada por realizar todo aquel gasto que les permitiera
alcanzar sus objetivos de grupo. Y postergaron las inversiones que habrían
permitido a los estratos restantes concretar sus propias aspiraciones. Así, la
élite dominante terminó por sustituir el proyecto nacional inka por su elitista
proyecto de grupo, centralista, urbano y excluyente. El fenómeno “excedente
–> apropiación –> riqueza” se repitió una vez más en el mundo andino. En
un caso, se había dado en la relación entre diferentes naciones. En la nueva
circunstancia, era, sin embargo, en la relación entre los distintos grupos de
una misma nación. El resultado, no obstante, fue siempre el mismo:
independientemente de qué sector social generaba el excedente, sólo se
enriquecía aquel que se apropiaba de él.
Cuando
los orejones, excluyendo al resto de la población, discriminándola, se
apropiaban de la mayor parte del excedente generado por toda la sociedad,
obtenían beneficio.
Y el
sistema total, en apariencia, producía ganancia. Pero, inexorablemente, hacían
también daño: la contraparte acusaba pérdida. Objetivamente, con la apropiación
excluyente del excedente, la élite perjudicó al resto de la población y, en
particular, a hatunrunas y yanaconas.
Así, aunque quizá de manera involuntaria,
pero efectiva, hubo grave daño. Y como éste se prolongó durante siglos, la
élite puso en evidencia que trataba a hatunrunas y ya-naconas, ni
más ni menos, que como a enemigos. Mas, en los siglos anteriores, durante la
hegemonía del Imperio Wari, los hatunrunas y yanaconas inkas habían
sido tratados también como enemigos por la élite chanka. Es decir, para
los hatunrunas y yanaconas in-kas, patéticamente, quedaba en
evidencia que, de manera coincidente, tanto la élite nacional inka como
la élite extranjera chanka los trataban como enemigos, perjudicándolos
sistemáticamente.
Las relaciones dentro del trinomio “élite
nacional – hatunrunas – élite extranjera” pueden ser vistas desde varias
perspectivas. Desde el punto de vista de la élite chanka, por ejemplo,
la élite inka era “el enemigo del enemigo”, esto es, un aliado
potencial.
Teniendo
un mismo enemigo, las dos élites ponían en evidencia que contaban, en eso, con
un importante interés común. Independientemente de que intentaran demostrarlo o no. Prescindiendo de si eran
conscientes o no de esa identificación de intereses. El hecho es que,
potencialmente por lo menos, ella se daba y establecía la condición necesaria
para que, en algún momento, pudiera concretarse que “el enemigo del enemigo es
un amigo”.
¿Qué
movía a los grupos a actuar en calidad de amigos, procurando mutuo beneficio,
o, alternativamente, en calidad de enemigos? O, mejor, ¿en función de qué
argumento, los grupos establecían relación amistosa con un grupo y antagónica
con otro?
¿Qué
argumento daba, además, coherencia al hecho de que se establezca en un momento
relación amistosa con un grupo y más tarde relación antagónica con el mismo?
¿Hay tal argumento? Sí: los grupos sociales –como los individuos– actúan buscando
obtener beneficio de las acciones que realizan; actúan tratando de alcanzar sus
objetivos. Así, descarnada y objetivamente: si hoy “conviene” ser amigo, se va
por ese camino; si mañana “conviene” ser enemigo, se vira en ese sentido.
Habiéndose transformado de dirigentes en
dominadores, los orejones, para poder al-canzar sus objetivos de grupo,
requerían apropiarse del excedente generado por los ha-tunrunas.
Era imposible concretar el perjuicio a la
luz de una relación amistosa. Para materializar la apropiación, para ejecutar
el perjuicio, se requería, necesariamente, establecer en la práctica una
relación inamistosa. No obstante, sólo esporádicamente esa relación de
oposición se hacía evidente, y con violencia. En manos de los hatunrunas y
yanaconas, cuando intentaban o ejecutaban un magnicidio, intentando el
asesinato del Inka o lográndolo. O a través de revueltas y asonadas,
huyendo de la leva, haciendo sabotaje, etc. Y, en manos de la élite, a través
del genocidio, de la represión violenta y masiva,
castigando
a poblaciones cuando correspondía sancionar a individuos, a través de
la
crueldad en el castigo, etc.
Quizá los orejones no eran
conscientes de que daban a los hatunrunas, cotidianamente, el mismo
trato que, sólo episódicamente, en las guerras, daban a sus peores enemigos. No
era una decisión consciente, pero sí un hecho objetivo que formaba parte de su
conducta cotidiana.
La mayor parte del tiempo, sin embargo, la
inamistosa relación orejones–hatunrunas estaba disimulada tras
formas no violentas, aunque igualmente perjudiciales para los intereses de la
mayoría. Así ocurría, por ejemplo, en la mita masiva de hatunrunas convocados
para erigir un palacio en el Cusco o para canalizar el río que pasaba por la
ciudad: sólo beneficiaba a la élite. Pero, además, impedía que, con el mismo
excedente, se construyera, alternativamente por ejemplo, un puente que acortase
las distancias que tenían que recorrer los hatunrunas, o un ducto para
incrementar el área agrícola.
Por otro lado, y en rigor, la élite
dominante, aunque poco numerosa, no constituía un grupo compacto. Y es que –más
allá de las abstracciones– no era en verdad un conjunto social perfectamente
homogéneo. Por el contrario, era un agregado de subgrupos o fracciones. Esa
existencia de fracciones daba cuenta de que no hubiese un solo conjunto de
intereses y su correspondiente conjunto de objetivos. Más bien, cada fracción
–y con prescindencia de que sus integrantes fueran conscientes o no– defendía
su propio subconjunto de intereses y objetivos.
La aparición de distintas fracciones se
había dado a lo largo de la historia. En efecto, los miembros del triunfante ayllu
de Pacaritambo y sus descendientes habían dado origen a una primera élite
dominante. La hegemonía chanka, sin embargo, al desplazarla del poder,
eliminó sus privilegios afectando así seriamente sus intereses. Entre otras
consecuencias, al quedar liquidado el ejército inka, los orejones de
Pacaritambo perdieron su condición de jefes militares. Pero como los
dominadores chankas necesitaron funcionarios que mediaran entre ellos y
el pueblo inka, crearon, sobre la base de funcionarios subalternos, una
fracción de reemplazo, adicta a los dominadores, y con intereses quizá
centrados en torno al ordenamiento productivo y la jerarquía religiosa. Ya para
ese momento, sordamente competían entonces dos fracciones dentro de la élite inka.
Y muy probablemente tras la guerra de
independencia contra el Imperio Wari, apareció una tercera fracción, la de los
líderes independentistas. Pero además de esas razones históricas, la poligamia
bien pudo acentuar el fraccionalismo al interior de la élite inka, desde
el momento en que, por lo general, las distintas esposas del Inka, en
particular, pertenecían a ayllus distintos. Así, los medio hermanos
hijos del gobernante no habrían sido sino la cabeza visible de disputas de
mayor envergadura. En ese contexto, los intereses comunes del conjunto de la
élite quizá sólo quedaban reducidos a uno: mantener la apropiación de la
riqueza extraída a los hatunrunas; y sus objetivos también a uno:
incrementar el territorio y la población a explotar.Tras la caída del Imperio
Wari, los tres siglos de autonomía que se habían sucedido fueron tiempo
suficiente para que las élites desplazadas reclamaran y eventualmente
obtuvieran el resarcimiento de parte de los privilegios y de los poderes
perdidos. El más importante de los cuales fue, sin duda, el control de la
organización militar.
Todo parece indicar que hacia el siglo XV
dos fracciones de orejones compartían el poder y la condición de
dominantes dentro del pueblo inka. Una con importantes intereses
administrativo–religiosos; y la otra con intereses estrechamente relacionados
al renovado aparato castrense.
Según claros indicios, ambos subgrupos se
disputaban la hegemonía total sobre el pueblo inka. Y recurrieron en
algunas ocasiones a los métodos más violentos, incluyendo el asesinato por
supuesto, para dirimir sus diferencias e imponer sus apetencias.
Al
cabo de tres siglos de vida autónoma, el pueblo inka no había podido
concretar pues su proyecto nacional. En su reemplazo se fueron incubando, por
lo menos e implícitamente, dos proyectos distintos: el de los hatunrunas y
el de los orejones. La mayor fuerza que fueron capaces de aglutinar y
concretar en torno a sí estos últimos, les permitió imponer el suyo. Las evidencias
de centralismo, énfasis en el desarrollo urbano, y elitismo, muestran que, en
efecto, el conjunto del pueblo inka fue movilizado para alcanzar,
prioritaria y selectivamente, los objetivos que persiguió la élite dominante.
No
obstante, y mientras la unidad interna fuera precaria, tanto al interior de la
sociedad
inka
como
dentro de la élite, el proyecto era intrínseca y estructuralmente frágil. Y en
algún momento, más temprano o más tarde, habrían de patentizarse las fatídicas
conse-cuencias. Sarmiento de Gamboa registra el levantamiento de los dominados ayllus
de alcabizas. Cabello de Valboa a su turno registró la invocacion
que realizó Cápac Yupanqui en la ceremonia en que se le reconoció como Inka,
pidiendo a sus hermanos que le guarden lealtad y no fuesen sus competidores y
perturbadores de la paz.
Yahuar Huaca murió asesinado. El propio
Túpac Yupanqui, el segundo Inka imperial, “en la flor de la edad”,
habría muerto envenenado –según refiere Del Busto–.
Murúa
por su parte consigna que el Inka no bebía en vasos de oro o plata, sino
en keros de madera que ponían de manifiesto el veneno cuando la bebida
había sido deliberadamente emponzoñada. El mismo cronista afirma que el Inka
no dormía de día, y que en las noches mudaba de cama para huir de las
acechanzas.
De allí que Hernández y otros enfaticen que
dentro del grupo dominante las intrigas eran cosa frecuente, las pugnas entre
facciones muy intensas, y la eliminación física de los rivales moneda
corriente.
Incluso en circunstancias difíciles, como
cuando los chankas volvieron a aparecer a las puertas del Cusco, en el
siglo XV, había disputas intestinas. Quizá la mejor evidencia es el hecho de
que Pachacútec, uno de los hijos de Huiracocha –el entonces Inka gobernante–,
“estaba desterrado del Cusco”–conforme refiere Pease–. Es probable, sin
embargo, que, siendo eventualmente Pachacútec de un ayllu distinto al
que gobernaba en el Cusco, la referencia a “destierro” no haga sino alusión al
hecho de que vivía con su madre en la tierra de sus ancestros maternos.Pues
bien, en ese contexto, cuando el pueblo inka cumplía tres siglos de vida
autónoma y en trance de consolidación territorial, pero con resquebrajaduras en
el frente interno, asomaron nuevamente los chankas sobre la ciudad del
Cusco. Este episodio, azarosamente, habría de constituirse en el detonante que
dio paso a la formación del Tahuantin-suyo.
Los ayllus
chankas que sobrevivieron a la caída del Imperio Wari habían estado constituidos
por campesinos pobres y rústicos de las áreas ayacuchanas más alejadas. Sin
duda tuvieron que subsistir en medio de las terribles restricciones que sobrevinieron
tras la derrota militar del imperio que había sido forjado y liderado por su
élite.
A partir
de esa población supérstite, la nación chanka se recompuso, encerrada
300 años dentro de sus fronteras, con una producción agrícola de subsistencia,
casi sin intercambio con sus vecinos. ¿Cómo solventaron el desarrollo de un
poder militar suficiente como para emprender una nueva aventura bélica y
expansionista? Es un misterio.
No obstante, es obvio que los estrategas chankas,
que sin duda ambicionaban reeditar las glorias –y dividendos– de su viejo y
recordado Imperio Wari, habrían evaluado a todos sus distintos vecinos. Quizá
no tanto para decidir en qué dirección expandirse como para resolver por dónde
comenzar. El primer golpe debía ser no sólo de rápida ejecución, sino poco
riesgoso y rentable.
Hacia el norte, suficientemente guarnecido
tras las caudalosas aguas del río Mantaro, moraba el pueblo huanca.
Hacia el occidente, en la costa, estaba asentada la nación
ica. Ésta, hegemonizada
desde Chincha, sustentaba su existencia en la agricultura y la pesca, pero,
sobre todo, en el comercio internacional. Tanto el marítimo, desde el centro de
Chile hasta México; como terrestre, enlazando casi todo el territorio andino.
Equidistante, en el sureste cordillerano,
se ubicaba el pueblo inka. Con su centro de poder en el Cusco, la
producción inka era básicamente agrícola y ganadera.
En esas condiciones, la costa resultaba un
hábitat desconocido a los nuevos estrategas chankas; el pescado, un
alimento sin mayor atractivo; la actividad comercial y el mar, dos grandes
enigmas; y la producción agrícola ica quizá no dejaba satisfechas sus
ambiciones. Por lo demás, bajar a la costa era librar peligrosamente la
retaguardia a los inkas, con los que se venían dando permanentes
conflictos fronterizos. Resultaba pues una empresa riesgosa que, por añadidura,
no reportaría grandes beneficios inmediatos.
El
sureste cordillerano de los inkas tenía, en cambio, un territorio y un
clima que les resultaba enteramente familiar. Lo mismo que su producción
agrícola y pecuaria. Y si optaban por tomar esa dirección, pequeños contingentes
en las agudas gargantas que comunicaban con la costa eran suficientes en ese
caso para controlar la retaguardia. La división en el frente interno inka –de
la que sin duda estaban bien enterados– fue quizá otro elemento que facilitó la
decisión. Los chankas, en efecto, asomaron a las puertas del Cusco,
vencieron transitoriamente a los inkas y saquearon y destruyeron la
ciudad según refiere Pease. Siglos atrás,
durante la expansión del Imperio Wari, cuando por primera vez se dio una
situación de esa naturaleza, nada pudo impedir el torrente
chanka. Esta vez, sin
embargo, las cosas fueron distintas. Entre los inkas, bajo el gobierno
de Huiracocha, la victoria inicial de los chankas precipitó la solución
de conflictos que se venían gestando desde tiempo atrás.
Frente a la agresión e invasión chanka,
la fracción de orejones a la que pertenecía Huiracocha se mostró
partidaria de la rendición: huyó y se refugió en el valle de Yucay, entre Cusco
y Ollantaytambo. La otra, liderada por Pachacútec, uno de sus hijos, optó en
cambio por enfrentar a los invasores. Pachacútec desplazó de hecho del poder a
Huiracocha.
Asumió la conducción de la guerra y lideró las tropas que finalmente derrotaron
y expulsaron a los invasores chankas. Y tras superar emboscadas,
acciones sediciosas y ataques armados de la fracción rival, Pachacútec obtuvo
un segundo triunfo, derrotándola. En uno de los enfrentamientos murió Urco o
Urcón, máximo exponente de aquélla, hermano y rival de Pachacútec, e hijo
predilecto y “heredero”de Huiracocha.
Pachacútec
–dice Rostworowski –,expropió
finalmente los bienes de la fracción competidora, con lo que terminó de
liquidar su poder.
No debe estar muy distante de la realidad
–insistimos– la hipótesis de que, en el con-texto de la ya mencionada poliginia
imperante entre los Inkas, Pachacútec y Urco fueran hijos de madres
distintas de ayllus también distintos. Muy posiblemente, pues,
pertenecían a fracciones de la élite que, directamente a través de ellas o
escudados en ellas y sus hijos, se disputaban la hegemonía.
En
general, y las más de las veces por omisión, la historiografía tradicional
sigue minimizando el papel de la mujer en la historia andina. En el terreno
económico –como veremos más adelante–, su rol fue descollante: aportó tanto
como el hombre. En la esfera militar su apoyo logístico fue sustancial. Y,
aunque absolutamente anónimo, su apoyo anímico a uno y otro lado de las líneas
de combate debió ser importantísimo.
En el terreno político, a su vez, más allá
de lo que simplemente puede sugerir el párrafo anteprecedente, hay serios
indicios de que dentro de la élite las mujeres llegaron a tener un rol
trascendente. Tal habría sido por ejemplo –adelantándonos a las postrimerías
del imperio– el caso de Paccha, la principal mujer quiteña de Huayna Cápac.
Todo parece indicar que tuvo participación definitoria en la decisión del Inka
de “convertir a Quito en otra capital del Imperio, con igual categoría
política a la del Cusco”–según refiere Cossío del Pomar–.
Paccha –agrega el historiador –, será “el
instrumento conciente” de la fracción quiteña de la élite imperial para empezar
a quebrar la hegemonía de la mayoritaria fracción inka cusqueña.
Las distintas esposas del Inka de
turno, pero en especial las que estaban más cerca de él, debieron tener mayor o
menor conciencia de que, de hecho, participaban en las luchas por el poder. Más
aún cuando a tal efecto eran objeto de las ambiciosas presiones de sus
familiares. Éstos y ellas tenían la convicción de que desenlaces favorables
podían cambiar radicalmente sus vidas, obteniendo beneficios que de otra manera
eran inalcanzables. Así, cuando Túpac Yupanqui, relegando a muchos de sus
hijos, escogió como sucesor a su hijo Titu Cussi Huallpa –que la posteridad
conocería como Huayna Cápac
–, la
madre de Cápac Huaira inició una conspiración, aunque finalmente fracasó.
Pero no sólo una sino varias ambiciones se
encresparían en tales –y similares– circunstancias. De allí, por ejemplo, que
Huayna Cápac admitiría más tarde que varios de sus hermanos “habidos de otras
mujeres pretendían” su cargo.
Quizá pues directas o indirectas
participaciones femeninas estuvieron también presentes durante la feroz disputa
final entre Huáscar y Atahualpa.
Por otro lado, corresponde resaltar aquí
que la historia inka, preimperial e imperial, muestra reiteradas
evidencias de que el flagelo de división fratricida ha estado muy presente al
interior del grupo dirigente inka. Pero, además, sorprendentemente,
siempre en los capítulos estelares de su historia:
• En
sus mitos fundacionales, y específicamente en los célebres conflictos entre los
hermanos Áyar.
• En
el momento dramático en que se inicia la construcción del imperio, es decir, en
la disputa entre Urco y Pachacútec.
•
Durante la crisis final: la guerra civil imperial que enfrentó a Huáscar y
Atahualpa, en la que las intrigas de los consejeros juraron un rol decisivo.
Para terminar este capítulo de la historia
inka pre-imperial, habremos de recordar –a partir de un dato
proporcionado por María Rostworowski en su Historia
del Tahuantinsuyu –que “Pachacútec” (“el que renueva el mundo” 64 ), fue en realidad el
apelativo que habría tomado Cusi Yupanqui, o, simplemente, Yu-panqui, siguiendo
la tradición de cambiar de nombreal asumir el poder.
¿Habían acaso razones especiales para
escoger ese nombre –podemos preguntarnos con María Rost-worowski–? Si bien el
asunto no nos parece en sí mismo relevante, en su discusión surge, sin embargo,
un dato de gran importancia.
Veamos. Rostworowski hace la siguiente
conjetura, que nos permitimos desagregar en varios supuestos:
1) “en
el caso de ser los chancas y tribus emparentadas los destructores de la
hegemonía wari...”;
2) la
victoria inca (de Pachacútec) sería –entonces– una remota revancha por un
suceso legendario acaecido siglos atrás (p. 59), y;
3)
“nos permitimos aventurar que algunos soberanos waris llevaron el apelativo
Pachacútec”. Con todo ello llega a la siguiente conclusión:
“Cusi
Yupanqui optó por el nombre que le recordaba antiguas grandezas de aquella
hegemonía, y que posiblemente se sintió heredero de los legendarios señores
waris y deseó emularlos” (p. 60).
Al no
tener en cuenta Rostworowski que aquel “suceso legendario acaecido
siglos atrás”–al que con
impresición
refiere–, no habría sido otro que el sometimiento inka al Imperio Wari,
llega entonces a la insólita conclusión de que Cusi Yupanqui habría adoptado
nada menos que un apelativo caro a quienes fueron los conquistadores,
sojuzgadores y mayores enemigos de su propio pueblo. Y ello –francamente–, nos
parece muy poco probable, adolece de inconsistencia. Alternativamente, es
posible construir una hipótesis más verosímil y coherente con la historia. Para
ello deberá tenerse en cuenta los siguientes
supuestos:
A) la
relación chankas–inkas tenía, hacia aquel 1400 dC, ya muchos
siglos de vigencia: vecindad territorial, comercial, cultural, militar, idiomática,
etc.;
B) esa
relación incluía un periódo de 3 a 4 si-glos en que los chankas, bajo el
Imperio Wari, habían sojuzgado a los inkas, y bajo el que,
C)
inexorablemente se formó un vasto campo de mestizaje étnico e identidad
cultural entre uno
y otro
pueblo; al fin y al cabo, 3 o 4 siglos de historia común son argumento demás
suficiente para ello (como después ocurriría durante la Colonia, por ejemplo),
y;
D)
nada de ello obsta, sin embargo, para que entre ambos pueblos se mantuviera
vigente una enorme rivalidad, dentro de la que el sentimiento inka anti chanka
guardaba una gran dosis de anhelo revanchista (equivalente al sentimiento
independentista criollo anti es-pañol).
Pues
bien, si como parece lógico el nombre “Pachacútec” tenía origen wari,
esto es chanka, es harto razonable que, en el intenso y complejo
mestizaje chanka– inka, hubiera sido desde muchos siglos atrás
asimilado como propio por el pueblo inka (así como los crio-llos y
muchos otros mestizos peruanos asumieron como propios nombres de la cultura
hispana).
Así, para Cusi Yupanqui, no habría sido
entonces un nombre ajeno sino familiar. Y su adopción, pues, no habría
representado ninguna ambición de emular a los viejos conquistadores de su
pueblo. Parece pues razonable asumir que “Pachacútec” habría sido un nombre
mestizo chanka-inka. Es decir, de gran significación para uno y
otro pueblo. Y Cusi Yupanqui necesariamente lo sabía. Como sabía cuán simbólica
y sicológicamente útil podía y habría de serle para cuando, derrotados,
conquistados e incorporados al ejército imperial inka, los soldados chankas
de una u otra manera compartieran los éxitos militares con que se formó el
tercer y último imperio andino.
Así, pues, el análisis de un asunto tan
aparentemente irrelevante como el cambio de nombre de un
Inka
–pero
sobre el que no obstante volveremos más adelante–, nos está permitiendo
afianzar la presunción de cuán sólida e intensa debió ser la relación histórica
entre chankas e inkas.
La historiografía tradicional, sin
embargo, dista mucho de compartir dicha hipótesis: virtualmente ignora por
completo la larga e intensa relación inkas-chankas. Una muy elocuente
prueba de ello nos la ofrece la Gran Historia del Perú, de reciente
edición, en la que dicha relación apenas se insinúa haciéndose pobre y
superficialmente referencia anecdótica a la extensión geográfica y altura de
las paredes de Pikillacta, el asentamiento administrativo–militar que los chankas
construyeron en el Cusco para controlar y sojuzgar al pueblo inka.
Pero más patético resulta el caso de la
aún más reciente edición de Culturas Prehispánicas. Son
penosas
y ostensibles las contradicciones en que incurren sus múltiples autores.
Veamos.
– Denise Pozzi-Escot reconoce
explícitamente la existencia del Imperio Wari, en el que, entre o-tros
pueblos,
fue conquistado el pueblo inka (p. 130).
– Pero
Ruth Shady pone en tela de juicio la existencia del
Imperio Wari. El “Horizonte Medio”
se
habría caracterizado, más bien –afirma–, por la existencia de múltiples
“emporios regionales”(¡?), “una serie de naciones y estados regionales
independientes y prósperos que ejercen control político, económico y cultural
sobre sus propias áreas...” (p. 136).
¿Cuál
fue –nos preguntamos entonces– el próspero “emporio” y estado regional del
Cusco durante tal Horizonte Medio? ¿Y cuáles las evidencias culturales y
materiales del mismo? ¿Acaso Piquillacta, por ejemplo?
–
Sorprendentemente, entre una y otra página un autor anónimo afirma que
Piquillacta “es uno de los sitios más grandes del Horizonte Medio (...y...) se
piensa que era la residencia de una élite política y religiosa que administraba
[el territorio del Cusco] según los intereses de los huari” (p. 135).
Y, convalidando este último concepto,
antes otro autor ha dicho (pág. 131) que uno de los tres caminos más importantes,
y, por consiguiente, más costosos de la época era, precisa-mente, el de casi
600 kilómetros que unía Wari con Piquillacta, esto es, la sede de la nación chanka
con una de las áreas más importantes de la nación inka.
¿Puede, ingenua e idealistamente,
imaginársele una gran vía internacional, construida de común acuerdo por ambas
naciones que presuntamente en dicha época habrían sido independientes,
ateniéndonos al criterio de Ruth Shady? No, sin duda. Bastante más verosímil –como ha ocurrido en todos los
imperios en la historia de la humanidad–, es que fuera una vieja vía
internacional, ampliada y mejorada por decisión del poder imperial chanka,
para unir su sede y el territorio del Cusco.
Esto es –como razona Denise Pozzi-Escot–, para “el
control”–y extracción de riquezas– de la nación inka, no sólo la
geográficamente más próxima, sino una de sus colonias y despensas alimentarias
más importantes.
El gran camino debió servir pues para el
transporte anual a Wari de miles de toneladas de tubérculos, en cientos y miles
de animales de carga. Y para el desplazamiento incesante de los destacamentos
de control administrativo y sojuzgamiento militar.
Pero el texto de Culturas Prehispánicas
habrá de sorprendernos nuevamente más adelante (p. 172),
cuando
un autor innominado nos dice que “hay estudiosos que cuestionan (...) la
existencia de los chancas...” (los que asaltaron el Cusco en las primeras
décadas del siglo XV –3ª guerra en el Gráfico Nº 6a–), “sugiriendo más bien que
fue una fabricación de la historia oficial del estado incaico...”. “De
cualquier forma –dice acto seguido asombrosamente el autor anónimo– la
derrota de los chancas y la ascensión de Pachacútec” marcaron el inicio del Tahuansintuyo.
¡Cómo “de cualquier forma”¡
¡Existían
o no existían¡ No hay otra posibilidad. Si no existían no podía derrotárseles.
Pues bien, María Rostworowski sale al paso de los
escépticos y, enmendando además, la
plana a nuestro anónimo autor, cree que la imponente y costosísima fortaleza de
Sacsahuamán fue –nada más y nada menos– que “un monumento a la victoria sobre
los chancas” (p. 183). Y Luis Millones abunda precisando
que la pequeña pero principal estatua de oro en el templo de Coricancha, en el
Cusco, conmemoraba “la legendaria victoria sobre los chancas” (p. 186).
Es obvio, pues –para Rostworowski y Millones, como para nosotros–, que existieron los chankas.
Y que en aquel siglo XV debieron constituir un pueblo grande y poderoso, con un
ejército igualmente grande y poderoso, como para que el memorable golpe que le
infligió el ejército inka fuera celebrado con un gigantesco y costoso
monumento, como jamás se había erigido en los Andes; y con una imagen
mítico-religiosa cargada del más alto simbolismo y significación; a menos que
se asuma que Pachacútec era un megalómano que, tras una victoria
insignificante, ordenó tan desproporcionados y onerosos recordatorios). María Rostworowski, sin embargo, debería contribuir a
desentrañar el “misterio” de cómo las que denomina“hordas chankas dedicadas
al pillaje”, que saquearon la gigantesca ciudad Wari en el siglo XII dieron paso, tres siglos más tarde, a un
ejército suficientemente grande como para que su derrota justificara un
monumento tan imponente como Sacsahuamán.
Entre tanto, parece razonable asumir,
cuando menos,una mínima coherencia entre la magnitud del monumento y la
magnitud del ejército al que derrotaron las huestes dirigidas por Pachacútec.
Pues
bien, avalando esa coherencia, María Rostworowski afirma que el trascendental triunfo militar de Pachacútec representó al
pueblo inka apoderarse de un “cuantioso botín”.
Sin embargo, la razonable y rotunda
afirmación de Rostworowski sobre la magnitud del botín
captura-do a los chankas, coloca en serios aprietos a la historiografía
tradicional, pero por cierto también a la propia historiadora. Porque ella
misma define a esos chankas que derrotó Pachacútec como rústicos
guerreros “con sus caras pintadas de negro y ocre, sus largos cabellos
aceitados y menudamente trenzados”.
¿Idénticos –nos preguntamos– a las
“bárbaras hordas de pillaje” que saquearon Wari tres siglos antes? Tal parece
que sí,o –debemos admitirlo–, ésa es cuando menos la imagen que nos queda de
dichos guerreros.
Resulta, sin embargo, muy difícil imaginar
a esos rústicos y casi primitivos guerreros como poseedores de una riqueza que
para el pueblo inka constituyera un enorme botín. Ante la ostensible
inconsistencia –de la que obvia e implícitamente se hace eco–, Rostworowski explica entonces que dicha riqueza habría sido la suma de “los bienes
logrados anteriormente por [las hordas chankas de pillaje] en acciones
de rapiña”. El parche, sin embargo, resulta todavía menos feliz. No sólo porque
no parece históricamente sólida esa imagen de “Uscovilca y sus 40 ladrones”, en
la que por ningún lado aparecen –ni habremos de encontrar– los ricos pueblos
del entorno ayacuchano que habrían sido víctimas de dicha rapiña. En las
fronteras del área ayacuchana la única población donde podía considerarse que
había riqueza era la costeña Chincha.
Pero no hay la más mínima evidencia de que
los chankas hubieran estado acosando y saqueando a los chinchas antes
de arremeter contra el pueblo inka. Así las cosas, ¿de dónde reunieron
entonces los
presuntamente
rústicos, rapaces y carapintados chankas la enorme riqueza con la que se
terminó alzando
Pachacútec?
¿Será necesario explicitar que robando sistemáticamente a los campesinos pobres
del entorno inmediato de Ayacucho, que por cierto también eran chankas,
mal podía reunirse riqueza, y menos todavía riqueza considerable?
El artificioso recurso de la rapiña tribal
o “bárbara”, grotescamente deja de reconocer la verdad his-tórico– social e
histórico–económica. Esto es, que el pueblo chanka que en el siglo XV
arremetió contra los inkas, tenía un territorio, una población y una
riqueza agrícola y ganadera tan grande como la de los éstos.
Así, el botín material, territorial,
agrícola y ganadero –porque difícilmente puede imaginarse de otro género–,
apareció aún más cuantioso de lo que efectivamente debió ser. Porque siendo
poblaciones numéricamente equivalentes, la riqueza de los triunfadores quedó
virtualmente duplicada. Y de la noche a la mañana, lo que todavía era más
significativo. Y a ello debe agregarse que el triunfo militar permitió a los inkas,
además, apoderarse de miles y miles de prisioneros de guerra, hombres y mujeres
que, de suyo, por mil razones, constituían una enorme riqueza efectiva. Y,
potencialmente, generadora de más riqueza.
Por si no estuviera del todo claro, las
conjeturas históricas se plantean allí donde hay vacíos de información
–económica, social, etc.–. Pero allí donde está a la vista, y con contundencia,
¿para qué plantear in-útiles hipótesis de ficción cinematográfica?
En este gran capítulo de la historia
andina, el grave desaguisado de la historiografía tradicional se origina desde
que:
1)
no se quiere admitir que el Imperio Wari, él sí, como todos los imperios en
la historia de la humanidad, fue rapaz con los pueblos a los que sojuzgó;
2)
que éstos, con legítimo derecho,
acometieron contra él una gran guerra revolucionaria de liberación, y;
3)
entre los pueblos que se liberaron de la hegemonía de la élite imperial chanka
estuvieron pues los propios campesinos chankas.
Negándose
a admitir esto y aquello, la historiografía tradicional ha tenido entonces que
“inventar” “bárbaros” para explicar la caída del Imperio Wari. Y, para tres
siglos más tarde, ha “inventado” que, a pesar del tiempo que había
transcurrido, ese mismo pueblo de “bárbaros”, sin un ápice de progreso, fue el
que asomó ante el Cusco en el siglo XV.
No, las cosas han sido bastante más
coherentes, y bastante más simples:
–
miles de campesinos chankas contribuyeron a la liquidación del imperio
que construyó su élite, y participaron
del saqueo de la sede imperial.
– tres
siglos después, sus herederos –que constituían una nación tan grande y rica
como la inka– intentaron conquistarla pero, contraproducentemente,
fueron derrotados y luego conquistados, contribuyendo con su patrimonio
territorial, material y humano, a duplicar la riqueza del pueblo inka,
catapultándolo así a la conquista de todo el territorio andino.
En otro orden de cosas, vale la pena
recordar aquí, además, que en Los abismos de cóndor, Tomo I, hemos
advertido del muy probable remoto origen geo-gráfico del nombre “Pachacútec”,
tanto por la presencia de la “ch” como de la terminación en “ec”.
.Decimos allí, en efecto (pág. 119), que:
a) la terminación “ec” es característica
de innumerables topónimos de México, y en general del área
meso-americana,
pero sobre todo del entorno inmediato a Oaxaca, como Teotopec, Ometepec,
Zacatepec, Jamiltepec, entre otros; estando además la “ch” presente en nombres
tan característicos de la historia centroamericana como “Tenochtitlán” y
“Chichén Itzá”, y ambos fonemas en el no menos emblemático “Chapultepec”.
b) que Sechín habría sido fruto de una
remota migración, precisamente del entorno de Oaxaca, a la costa del Perú (ver
Mapa Nº 10, pág. 108);
c) que la impronta de sechín,
siguiendo la ruta Casma – Lima – Ica – Nazca se habría simultáneamente
esparcido desde Nazca, tanto en Ayacucho, cuando el pueblo chanka desarrollaba
la Cultura Huarpa; como en el Altiplano, cuando el pueblo kolla desarrollaba
aún la Cultura Pukara, de donde pasó a Tiahuanaco; y siglos más tarde, de allí,
pasando por el Cusco, volvió nuevamente a impactar en Ayacucho, cuando ya el
pueblo chanka desarro-llaba la cultura Wari y estaba a las puertas de la
formación del Imperio Wari, y;
d) que además de innumerables topónimos en
el norte y centro del Perú, la presencia de la partícula
“hua”
y la “ch” en “Cahuachi”, la capital de los nazcas; la partícula “hua”,
esta vez en “Tiahuanaco”
y
muchos topónimos del Altiplano y del te-rritorio del Cusco; la “y” y la “ch”,
en “Ayacucho”; y esta última en el propio y emblemático gentilicio “chankas”; y
la partícula “hua” y la “y” nada menos que en “Tahuantinsuyo”, insinuarían
origen mesoamericano impuesto a través del pueblo sechín y su diáspora
en los Andes, tal como también hemos planteado en Los abismos del cóndor,
Tomo I.
Pues bien, de lo que acabamos de terminar
de plantear, y de la valiosa aunque parcialmente conver-gente presunción de María Rostworowski, en el sentido de que “Pachacútec”
habría sido un nombre frecuente y prestigiado en Ayacucho durante el Imperio
Wari, nos queda aún más clara la sospecha de que el nombre el primer emperador
del Tahuantinsuyo tendría en realidad un origen aún más remoto que el
del Imperio Wari.
Habría llegado a la Cultura Wari a través
de la Cultura Huarpa pero también de Tiahuanaco, a éstas a través de la Nazca,
a ésta a través de la diáspora andina de los sechín que a su vez la
trajeron desde Amé-rica Central. De confirmarse la hipótesis, quedaría
plenamente demostrada la enorme y trascendente influencia que las viejas
culturas centroamericanas tuvieron en la historia andina. Con otros elementos
de juicio y razonamientos, habremos sin embargo de abordar nuevamente la
relación sechín – Pachacútec algo más adelante.
Muchos debieron ser pues los personajes que
tuvieron la responsabilidad de dirigir al pueblo inka en esos casi 3 000
primeros años de su historia. Y varios otros los que la tendrían en el período
siguiente.
En el transcurso de la ocupación inicial
del territorio, de aproximadamente 1 000 años de duración, habría correspondido
el encargo a los numerosos y anónimos kurakas de los primitivos ayllus
que, desperdigados, se asentaron en los valles de lo que hoy son los
departamentos de Cusco y Apurímac.
A partir del proceso de conquista y
unificación que se habría iniciado inmediatamente después –bajo la hegemonía
del ayllu de Pacaritambo–, es decir, en los siguientes 2000 años de
historia, más de 100 otros gobernantes habrían tenido entonces esa misma
responsabilidad. Según el cronista Pedro Gutiérrez de Santa Clara, el pueblo inka
reconoció a la inmensa mayoría de sus gobernantes simplemente como
“curacas” “señores”). Y, de entre los que vendrían después, sólo los últimos,
Túpac Yupanqui,
Huayna
Cápac, Huáscar y Atahualpa, habrían sido denominados “Inkas”68.
Las consecuencias de un grave error
historiográfico La historiografía tradicional, en sus ya centenarias y más
difundidas versiones, sigue empecinada en inculcar la idea de la existencia de
14 Inkas. Nos la ofrecen, por ejemplo, el reputado historiador Luis G. Lumbreras,en la novísima y
costosa edición de Mi tierra, Peru 69 ; y, en Los Incas
70, el
no menos renombrado historiador Franklin Pease.
Sin embargo, algunas versiones menos
recientes ya habían restringido a 13 el nú-mero de ellos. Así, Amaru Inca
Yupanqui, que figura en innumerables textos, no apa rece ya en Perú Incaico 71
de José A. Del Busto. Como –recogiendo al historiador John Rowe– no aparece tampoco en la recientísima edición de Culturas rehispánicas.
Pues bien, la reiterada relación de
presuntamente sólo poco más de una docena de In-kas, que sin excepción
se inicia con el nombre de Manco Cápac, ha tenido implícitas aunque lamentables
consecuencias para la cabal comprensión de la historia andina, en general, y la
inka, en particular.
Por de pronto, y durante muchísimo tiempo,
coadyuvó a dificultar grandemente la distinción entre la “historia del pueblo inka”
y la “historia del Imperio Inka”. O, más precisamente, cuándo el pueblo inka
pasó a convertirse en el protagonista del tercer imperio de los Andes.
Diversos textos en circulación siguen
diciendo, por ejemplo, que el imperio quedó constituido casi desde el momento
en que Manco Cápac llegó al territorio del Cusco.
Es
explícitamente, por ejemplo, el caso del ya citado texto de Cossío del Pomar. Y
nada
menos que el de la Gran Historia del Perú, en tanto plantea la
existencia del Ta-huantinsuyo desde los tiempos de Manco Cápac, que, por
añadidura, sorprendente-mente ubica “recién” en el siglo XIII. Del Busto, en su también referido texto, a este respecto no es precisamente claro.
Su distinción entre Inkas legendarios, pro–históricos e históricos, no
resulta esclarecedora. Y tampoco dilucida mejor las cosas el historiador inglés
Geoffrey Barraclough en el Atlas de la Historia Universal.
Cómo puede extrañar entonces que, todavía
hoy, la inmensa mayoría de los peruanos desconozca la verdad sobre un asunto
tan sustantivo. Incluso, como nunca fue bien precisado cuándo habría ocurrido
la legendaria epopeya de Manco Cápac, muchos siguen teniendo la absurda idea
del “milenario imperio incaico”. Y –como en el caso de Del Busto –, mientras los autores más difundidos sigan sosteniendo el trillado lugar
común de que “como siempre ha sucedido con las grandes civilizaciones de la
antigüedad, el origen del Imperio de los Incas también se pierde en la
leyenda”, poco estaremos avanzando hacia el cabal conocimiento de nuestra
historia.
Es inobjetable, sin embargo, que en las
últimas dos décadas se ha producido un notable progreso en la definición de a
partir de qué fecha puede realmente hablarse del Imperio Inka.
Federico Kauffmann Doig, quizá el más renombrado y leído de los modernos
arqueólogo– historiadores peruanos, publicó en 1983 su célebre Manual de
arqueología peruana.
Ya en dicha valiosa fuente precisaba que,
en rigor, el Imperio Inka sólo habría empezado a formarse en una fecha tan “reciente”
como1438 dC , cuando, tras la victoria sobre los chankas y la conquista
del territorio de éstos, Pachacútec accedió al poder.
En tal virtud, el Imperio Inka apenas
habría tenido 87 años de vida.
El historiador sueco Carl Grimberg, en su extensa Historia Universal, específicamente para lo que
denomina “Tawantinsuyo o Imperio de los Incas” recoge exactamente el mismo
dato, de manera, además, bastante destacada. Podría pues creerse que ya hay
unanimidad en la materia. Nada más lejos de la ver-ad.
Porque no sólo hay discrepancias
cronológicas que dejan aún mucho que desear, sino también serias discrepancias
conceptuales.
Veamos.
Lumbreras habla de 100 años de “gobierno Inca”. Pease da los mismos 100 años de
duración, pero al Tahuantinsuyo. La GranHistoria del Perú plantea
de manera imprecisa y ambigua que la “gran expansión incaica se llevó a cabo
durante el siglo XV”.
Sin
ambigüedad pero con la misma imprecisión en Mi tierra, Perú, se dice que
“los
Incas
empezaron a construir su imperio en el siglo XV dC”. Pero, penosamente, páginas
más adelante dice que el imperio “tuvo en realidad sólo 250 años de vida”.
Barraclough, por su parte, precisa la fecha de 1438 dC, pero para el momento en
“que
se estableció el estado inca fuertemente centralizado”, cuando –según él –el
imperio tenía ya casi un siglo de existencia. El CulturasPrehispánicas,
por último, puede leerse: “Los incas conquistaron el Tahuantinsuyoen un
lapso aproximado de 100 años”.
Conceptualmente, ¿puede considerarse que
significan lo mismo:
– gobierno Inca (Lumbreras),
– Tahuantinsuyo (Pease, Rostworowski, etc.),
– estado inka fuertemente
centralizado (Barraclough); e,
– Imperio de los Incas o Imperio
Inka (Kauffmann, Espinoza, Del Busto, Grimberg, etc.)?
¿No es evidente la necesidad de una
dilucidación definitiva, y de una convención?
A nuestro juicio, el fenómeno histórico que
definimos como: hegemonía –militar, organizativa, económica y cultural–
absoluta de la élite de la nación inka, sobre el vasto conjunto de naciones que
conquistó y sojuzgó en el territorio andino entre 1438 y 1532 sólo
corresponden dos nombres, que debemos entender como exactamente equivalentes:
– Tahuantinsuyo, o – Imperio Inka.
Tahuantinsuyo, por su legítima y remota
prosapia andina –sin desconocer que la partícula “huan” se insinúa como de aún
más remota raíz mesoamericana–; y porque es la versión castellanizada
largamente más difundida; Tawantinsuyu, en cambio, es una relativamente
nueva, legítima y erudita versión quechua (que sin embargo no aporta
nada a desentrañar los aspectos esenciales del tema).
E Imperio Inka, porque en sus dos términos
define exactamente el fenómeno histórico en cuestión:
• el
dominio absoluto de una élite sobre muchas naciones, y,
• el
sujeto protagónico fue específicamente la élite de la nación inka.
Sólo por una ya vieja –e implícita–
convención no nos parecen adecuadas las
versiones “Imperio de los Inkas” e “Imperio de los inkas”. Porque, en
equivalencia, casi ningún texto dice “Imperio de los Césares” ni “Imperio de
los romanos”. Como casi nadie dice “Imperio de los Faraones” ni “Imperio de los
egipcios”.
Por otro lado, ¿qué decir respecto de las
hipótesis de que el Tahuantinsuyo o Imperio
Inka
surgió con Manco Cápac –ya fuera en el siglo IX o en el XII o XIII–, y la que
postula que surgió con Pachacútec en el año 1438 dC?
Sin duda –por lo menos con la información
que hasta hoy se maneja–,sólo la última hipótesis merece seguirse postulando. Y
esgrimirla supone, necesariamente, descartar la
endeble
y vetusta hipótesis de que el presunto pequeño imperio que nació con Manco
Cápac,
se agigantó en el siglo XV.
Por último, en relación con la propuesta
que se hace en Culturas Prehispánicas, es equívoco sostener que “los
incas conquistaron el Tahuantinsuyo”. No, no podían conquistar lo que no
existía. Recién con las primeras conquistas militares inkas empezó a
constituirse el Tahuantinsuyo. Y como ello ocurrió recién a partir del gobierno
de Pachacútec, es a éste, en rigor, a quien la Historia debe considerar el
primer Inka, el primer “emperador” del Tahuantinsuyo. Sin embargo, dando
pie a incomprensión y confusión, la historiografía tradicional, al seguir
haciendo suya la mítica relación de “13–14 reyes o emperadores del Cusco”,a la
que dio pie Garcilaso de la Vega, nos sigue presentando como noveno Inka al que, con rigor histórico
y científico, fue objetivamente el
primero. La mítica relación de 13–14 Inkas –como la leyenda de Manco
Cápac y la de los hermanos Áyar–, forman parte del milenario, vasto, noble,
legítimo e incuestionable acervo cultural del pueblo inka. En
perspectiva antropológica, como creación de un pueblo, son irreprochables
“datos de la realidad”, con total prescindencia de cuánta verdad encierran.
Para la que ahora nos convoca, no está en
cuestión si la mítica relación de 13–14 Inkas refleja o no la verdad. La
ciencia tiene la certeza de que las leyendas y mitos de la antigüedad son
“recreaciones” de la verdad histórica, formuladas en función de los
conocimientos que se había alcanzado en la época en que fueron primigeniamente
elaboradas y de las épocas en que fueron reprocesadas.
Así las cosas, cabe sucesivamente a la
ciencia tres responsabilidades: recopilar, di-fundir y analizar los mitos y
leyendas; siendo objetivos del análisis distinguir lo verosímil de lo
inverosímil, la fantasía de la verdad. En tal virtud, sí está en cuestión el
hecho de que la historiografía tradicional andina no haya asumido a cabalidad
el exhaustivo análisis de los mitos y leyendas y, en la que aquí nos concierne,
específicamente, la mítica relación de presuntos 13–14 Inkas.
Prescindiéndose del análisis
correspondiente, y habiéndosele asumido casi a raja-tabla como verdad, se ha
inoculado en la Historia, como defectos, la imprecisión, la ambigüedad e incluso
la ambivalencia, que más bien son virtud en la Leyenda.
Así, el estereotipado cliché del
“milenarismo” no se condice en nada con una lista de
13–14 Inkas
que, inexorablemente, nos remite más bien a una historia dos a tres siglos.
Por lo
demás, y a pesar del “apasionamiento”– que Pease reconoce que pusieron
los
especialistas–, la historiografía tradicional no ha llegado nunca a definir
bien cuán-do –en qué época –habría míticamente “surgido Manco Cápac de las
aguas del lago Titi-caca”, o, mejor, en palabras de Garcilaso, cuando habría llegado Manco Cápac al Cusco
procedente de Tiahuanaco.
Así, el supuesto origen, y, en
consecuencia, la duración de la trayectoria histórica del pueblo inka,
se han mantenido durante muchísimo tiempo en la más notoria indefinición.
Pero a
su vez, la implícitamente corta trayectoria histórica a la que remite la
relación de 13–14 Inkas, inadvertidamente insinuaba también que el
pueblo inka había sido el último pueblo en “aparecer” o en “hacerse
presente” en el territorio andino.
En –inaudita– pero absoluta coherencia con
esa presunta “tardía presencia”, las versiones historiográficas más conocidas
no mencionan nunca al pueblo inka sino hasta después de la caída del
Imperio Wari, en torno al siglo XII dC.
Del Busto, con su extenso texto Perú Preincaico,
ofrece un magnífico ejemplo. Conforme
a él, no hubo inkas contemporáneos con el Imperio Chavín, ni coetáneos
con los paracas, ni con los nazcas y mochicas y tampoco
con Tiahuanaco. También según él, el Imperio Wari conquistó, entre muchos
otros, a los mochicas de la lejana costa norte, a los huancas de
la zona cordillerana central y a los nazcas de la costa sur. Pero en la
vecindad de su sede central, en dirección sureste, conquistó “el Cusco”.
¿Qué
pueblo o nación ocupaba ese agrícolamente rico territorio? No lo dice. En la Cronología
prehispánica de la Gran Historia del Perú, los nombres “Cuzco” e
“Inca” son aún más postreramente cita-dos.
Sólo se les ubica en el “Horizonte
Tar-dío”, para los años 1400 y 1500 dC. No obstante, el mismo texto dirá más
adelante “a fines del siglo XII, el antiguo Cuzco se con-vertía en la ciudad
más importante de ese entonces”. ¿Quién ha podido imaginar tan
inverosímil
“prodigio histórico”? Por su parte, el renombrado historiador inglés Geoffrey Barraclough, en el Atlas de la Historia Universal, afirma que “la tribu”que dio
origen al “más grande de todos los estados precolombinos” se asentó en el Cusco
“alrededor
de 1300”. ¿De dónde llegaron? No nos lo dice.
Nos responde en cambio la Gran Historia
del Perú. Mas veamos cómo lo hace: “es probable que los incas hayan hecho
un recorrido de varios años antes de llegar [al Cus-co].
Habrían pasado por distintos lugares como
Pacaritambo, Guainacancha y Guanacaure, y dominado, a su paso, territorios y
poblaciones”.
¡Pero si esos territorios están en el área
del Cusco, a sólo 30 kilómetros al sur de la ciudad! ¿Puede esa corta caminata
reputarse como la gran migración originaria? Sin embargo, y más allá de tan
poco significativa referencia geográfica, ¿cuál fue el punto de partida de
tales emigrantes? Tampoco se nos dice.
¿Cómo explicar que la historiografía
tradicional, durante siglos, haya hecho oídos
sordos
del tan valioso y preciso dato de Garcilaso de que Manco Cápac llegó al Cusco procedente de Tiahuanaco? ¿Qué ha
impedido que los historiadores asuman ese dato como hipótesis, para tratar de
contrastarlo con los datos de la realidad, y eventualmente
hasta
precisar la fecha de tan célebre acontecimiento?
Quizá nunca lo sepamos. Mas nos aventuramos
a postular una conjetura que, por lo menos en parte, podría ayudar a resolver
el enigma de tan gran tozudez: el chauvinismo a ultranza. A ese respecto Del
Busto nos ofrece una buena pista. Dice él en efecto que “en la actualidad la version
boliviana acepta que Tiahuanaco fue la cuna indiscutida de los Incas (...)
La tesis peruana, por el contrario, prueba que los Incas fueron quechuas...”.
¡Oh sorpresa, rebasándose los límites del
lenguaje científico, se nos habla del enfrentamiento entre la versión
boliviana y la tesis peruana de tan importante cuestión (como si
también pudiera hablarse de discrepancias entre la versión boliviana y la tesis
peruana de la ley de la gravedad)!
La hipótesis de que la cultura Tiahuanaco,
en las proximidades de la orilla sur del
Titicaca,
fue la cuna de los inkas, es objetivamente insostenible por el solo
hecho de que, en efecto, éstos hablaban quechua en tanto que hablaban aymara
los protagonistas de aquélla. ¿Pero acaso ello justifica que –como viene
ocurriendo–, tercamente se desconozca también el importantísimo vínculo
histórico que a todas luces hubo entre uno y otro pueblo?
¿No se han percatado los historiadores
bolivianos y peruanos de que, en su esencia, sus postulados no son
incompatibles, sino más bien consistentes, y consistentes, además, con la ya
vieja propuesta que hizo llegar Garcilaso?
¿Acaso la hipótesis que hemos formulado
antes, en el parágrafo sobre la procedencia
altiplánica
de los inkas, no muestra cuán congruentes son los aportes de Garcilaso, y de los historiadores peruanos y bolivianos?
¿No parece obvio que, en una especialísima coyuntura histórica, buena parte del
pueblo inka habría vivido siglos, aunque transitoria-mente, trabajando en
Tiahuanaco?
¿Puede alguien a partir de esa estadía
episódica seguir sosteniendo que Tiahuanaco fue la cuna del pueblo inka?
Por analogía, ¿puede acaso afirmarse que el pueblo judío es oriundo de
Egipto, por el hecho de que por siglos buena parte de sus integrantes estuvo en
esa tierra? ¿Denigra acaso ésto a los judíos y aquéllo a los inkas?
¿Enaltece especialmente esto a los egipcios y aquello a los bolivianos?
Pues bien, más allá de sus clamorosos
vacíos, inconsistencias, deplorables argumentos y eventuales chauvinismos, el
común denominador de la historiografía tradicional es pues seguir presumiendo
como “tardía” la aparición del pueblo inka en el escenario andino.
Y de
ella se deriva una segunda y antihistórica consecuencia. En efecto,
constatándose que los inkas alcanzaron el pináculo de su poderío en el
siglo XV, invariable e implícitamente ha sido presentada entonces, por
añadidura, la imagen de una asombrosa “precocidad” como característica
especialísima de ese pueblo.
¿Pero puede acaso esa presunta y asombrosa
precocidad explicar sólida y consistentemente que –como afirma Barraclough –, “el Imperio inca se basó en antiguas
tradiciones” incluyendo Chavín, Tiahuanaco y Wari?
¿Cómo y cuándo las aprendió, y de quién, si
cuando supuestamente llegaron los inkas al Cusco sus vecinos más
próximos, chankas,al norte, y kollas, al sur, estuvieron entre
los siglos XII y XV en franco estancamiento?
¿Y cómo explica la historiografía
tradicional que, viniendo de “afuera”, los inkas también hablaran quechua,
que –como se verá extensamente más adelante– era ya el idioma que más se
hablaba en los Andes, desde épocas probablemente tan remotas como Chavín?
A nuestro juicio, el cúmulo de
inconsistencias y desaguisados en que con empecinamiento sigue incurriendo la historiografía
tradicional a estos respectos, es una lamentable consecuencia de haber aceptado
a rajatabla la tradición “oficial” inka de la existen-cia de 13–14 Inkas.
Asumiendo
en cambio que, como todos los grandes pueblos y naciones de los Andes,
la inka
tuvo también un milenario enraizamiento en este territorio, adquiere gran
vero-similitud la versión de 103 Inkas que, casi –solitariamente–,
sostuvo el cronista Fernando
de Montesinos.
A la hipotética cifra de poco más de cien Inkas
se llega, por ejemplo, asumiendo que:
a) se
denomina Inka a quien ocupó el punto más alto de la jerarquía de poder
en el pueblo inka;
b) que
se considera sólo como tales a quienes gobernaron desde el período de
con-solidación territorial del pueblo inka;
c) que
de dicho período en adelante, y hasta 1532 en que fue capturado Atahualpa, el
pueblo
inka tuvo una vida de 2 000 años;
d) que
el promedio aproximado de gobierno de tales Inkas fue 20 años.
En tal virtud, el primer grupo de
gobernantes correspondería entonces a los legendarios e innominados Inkas
del triunfante ayllu de Pacaritambo y sus sucesores. Ellos, con
autonomía y durante un período muy dilatado, habrían liderado entonces el
inicio de la materialización del proyecto nacional inka.
Una segunda generación de Inkas, si
bien habrían estado dotados de poder formal, habría gozado de un poder efectivo
muy limitado: a gran parte de ellos les cupo ser intermediarios entre su pueblo
y los poderosos dirigentes de la nación kolla de Tiahuanaco de la que
virtualmente dependieron, ya sea residiendo en los valles del Cus-co, o como
parte del enorme contingente inka que temporalmente migró al Altiplano.
Es en relación con ese contexto que
adquieren gran significación las palabras de Simone Waisbard cuando dice: “estoy convencida de que entre
el primer Manco y la aparición del inca del Lago Titicaca (...) se sucedieron
en los Andes numerosas generaciones de reyes que llevaban un mismo nombre
patronímico hereditario: Manco”.
No obstante, es verosímil suponer que,
entre muchos o varios, a un Manco Cápac habría correspondido el privilegio de
ser el Inka que lideró el retorno a los valles del
Cusco
del pueblo inka que durante varias generaciones estuvo asentado a
orillas del lago Titicaca.
Así Manco Cápac habría dado inicio a un
nuevo período de autonomía que, sin embargo, sería brevísimo pues casi inmediatamente
después sobrevino la conquista chanka que sojuzgó al pueblo inka como
parte del Imperio Wari.
Tanto la Leyenda de Manco Cápac como la de
los Hermanos Áyar hacen referencia a la mítica “fundación del Cusco por Manco
Cápac”. Ésta pues –como estamos conjeturando–, habría sido “fundada” inmediatamente
después del arribo de Manco Cápac y los suyos desde el Altiplano, e
inmediatamente antes de que el pueblo inka volviera a sucumbir, pero
esta vez bajo la férula militar del Imperio Wari.
Pues bien, a diferencia de la pacífica
Leyenda de Manco Cápac (migratoria y fundacional del Cusco), la de los Hermanos
Áyar –Cachi, Uchu, Auca y Manco (Cápac)– sugiere un muy acusado clima de
violencia.
¿Será un reflejo de la violencia con que,
casi inmediatamente después de la “fundación” del Cusco, se concretó la
conquista imperial chanka y el consiguiente inicio del sojuzgamiento del
pueblo inka?
¿Será
ella, en definitiva, una forzada versión mestiza chanka–inka, en la que
los conquistadores chan-kas se retrataban como “hermanos” de los
conquistados inkas?
Confirmando la pertinencia de la
hipótesis, ¿acaso los nombres “Áyar”, “Cachi”, “Uchu” y “Auca” no
nos
remiten a la geografía del territorio ayacuchano de los chankas? Porque
en efecto no es difícil asociar
“Ayar
” con “Ayacucho”; ni probablemente sea una simple coincidendia que en ese
territorio haya poblados de nombre “Cachi”, “Uchuraccai” y “Aucayacu”.
Convergente y sorprendentemente, según Garcila so de la Vega –cuya información a este respecto puede considerarse muy autorizada–:
Áyar no tiene significación en [el
quechua]. ¿No resulta ello de veras extraño e intrigante, tratándose del
nombre más importante de la presunta segunda Leyenda más importante de la
historia inka?
También
según Garcilaso Cachi, es la “sal”; Uchu,el
“pimiento”; y Sauca [sic], quiere decir “regocijo”.
Y
líneas después, refiriéndose a los pobladores inkas, dice muy
sugerentemente nuestro cronista:
de
los otros tres hermanos no hacen mención, [y en cambio] por la vía alegórica
los deshacen
[–¿critican, ridiculizan?, nos preguntamos–] y
se quedan con sólo Manco Cápac.
Y agrega de manera todavía más
significativa:
nunca después [Inka] alguno ni hombre de
su linaje se llamó de aquellos nombres...
¿Por qué tanta aprensión, cómo explicar
tan poco simpatía o indiferencia, e incluso hasta desprecio hacia esos cuatro
vocablos?
¿Serían efectivamente –y como entonces
cada vez más sospechamos– nombres no inkas impuestos en la Leyenda de
los Hermanos Áyar por los odiados y despreciados conquistadores chankas?
Asumamos pues por un
instante que, siglos más tarde, liquidado el Imperio Wari, el pueblo inka y
en particular la élite que lideró la guerra de independencia contra aquél,
efectivamente se negó a usar nombres a los que atribuían origen chanka.
Asumamos también que esa comprensible
actitud anti chanka del pueblo inka fue coherente y
consistentemente mantenida durante décadas.
Así las cosas, la presunción de María Rostworowski –como creemos– estaría errada: el
nombre
“Pachacútec”,
adoptado sin reservas por el Inka victorioso, que se tomó
precisamente la revancha contra los chankas, no habría tenido para el
pueblo inka ni la más mínima sombra de un aborrecido origen wari –en
la terminología de Rostworowski–,o chanka –en la nuestra–.
Tendría pues un origen y una significación
que al pueblo inka no le significaba rechazo alguno y, por el contrario,
le suscitaba enormes simpatías. Habría pues llegado –postulamos–, de la
legendaria y reputada mano de Manco Cápac, desde las orillas del Titicaca.
Allí habría sido adoptado por el pueblo inka
con la misma simpatía que se adoptó el mítico origen inka de las
espumas del lago.
Es decir, “Pachacútec” sería un nombre
asumido y prestigiado entre los inkas desde siglos antes de que fueran víctimas
de la opresión chanka o wari.
Habría sido pues adoptado, en el
Altiplano, por el pueblo inka que migró y trabajó allí durante el
esplendor de Tiahuanaco
Y, como se vio, habría llegado a su vez a
Tiahuanaco vía Nazca (y la Cultura Nazca), y a ésta vía los
sechín
que,
en su diáspora panandina, recalaron allí.
Pero como vía Nazca, e independiente y
paralelamente a Tiahuanaco, también había llegado a la Cul-tura Huarpa –que
allí en el territorio de Ayacucho luego lo tomó la Cultura Wari–, “Pachacútec”
era entonces también un nombre largamente prestigiado entre los chankas.
Era, pues, desde siglos antes de la
formación del Imperio Wari, un nombre por igual e independiente-mente apreciado
entre chankas e inkas, a quienes, por distintas vías, les llegó
pues por terceros: kollas y nazcas, entre quienes, lógica y
necesariamente, era también muy acreditado. Y antes, pues, por quienes
primigeniamente lo habían difundido: los sechín.
Mas como la diáspora de éstos también
incluyó el norte del territorio andino, debió pues también adquirir prestigio
entre los moches y mochicas y luego entre los chimú. Mal
puede considerarse una simple casualidad que “Pachacútec” tenga precisamente la
misma terminación que algunos de los nombres más emblemáticos de estos pueblos
de la costa norte: “Fempe-llec”y “Aiapaec”.
Quizá recién ahora estemos pues en
condiciones de comprender porqué el nombre “Pachacútec”, como ningún otro,
tiene tanta significación y resonancia en la toda la cultura y el territorio
andino –hasta nuestros días–. Es un nombre de milenario origen y milenaria
vigencia.
¿Puede considerarse una simple casualidad
que, como los nombres más emblemáticos de la historia
centroamericana
–Tenochtitlán y Chichén Itzá–, casi todos sus correspondientes de la historia
andina –Chavín, Moche, Mochica, Chimú, Chan Chan, Pachacá-mac,
Cahuachi, Chancay, Chincha, Chachapoyas,
así como Sinchi Roca, Wiracocha y Pachacútec, tengan el
sonido
de la “ch”? ¿Será también una simple coincidencia que entre las extraordinarias
historias de México y Perú, el que presumiblemente es su gran aunque único
vínculo histórico–cultural, Sechín, también tenga el sonido de la “ch”?
En fin, dejamos pues planteadas la
hipótesis, que quizá los antropólogos y lingüistas tengan mucho por decir.
Entre tanto retornemos a lo nuestro.
Durante la dominación chanka,
defenestrado el grupo dirigente inka, el poder fue asumido por
representantes de la nación hegemónica. En virtud de ello, el tercer
contingente de máximas autoridades del pueblo inka lo formaron aquellos
funcionarios cusqueños que sirvieron de nexo entre la autoridad chanka
y el pueblo inka.
Sin autonomía, su autoridad fue muy
restringida. Quizá, por concesión de la autori-dad imperial chanka, las
atribuciones de esos funcionarios estuvieron circunscritas, u o-rientadas con
preeminencia, a menesteres religiosos y cargos administrativos subalternos.
Ésa habría sido, eventualmente, la cantera
de donde surgió el grupo dirigente de relevo del pueblo inka que gobernó
en el período siguiente. Alternativamente, e incluso con más razón, puede
pensarse que fueron más bien otros, aquellos que más se opusieron a la
dominación chanka, y que precisamente habrían liderado la guerra de
liberación, los que gobernaron luego de la caída del Imperio Wari.
Todo parece indicar que en este cuarto
grupo deben incluirse nuestros conocidos In-kas Sinchi Roca, Lloque
Yupanqui, Mayta Cápac, Cápac Yupanqui, Inca Roca, Yahuar
Huaca
y Huiracocha.
En relación con ese estadio de la historia,
adquiere gran significación un dato también solitariamente sostenido por el cronista
Fernando de Montesinos. Éste, en efecto, atribuye a Sinchi Roca, precisamente
el primero de los nombrados, una gran victoria sobre los chankas ¿Fue
Sinchi Roca, entonces, quien lideró la independencia del pueblo inka y
reinició la ejecución autónoma del proyecto nacional inka? Puede
presumirse que sí. Porque, abundando en favor de la hipótesis, en este mismo
contexto encajan, además, y consistentemente, otros datos de no poca
importancia.
Del Busto aporta los siguientes: Sinchi Roca habría
sido, ni más ni menos, que el primero en ceñirse en la frente el máximo símbolo
de poder del pueblo inka, la mascay-pacha. Y, tanto o más
significativo, fue quien impuso el nombre de “Cusco” al centro poblado más
importante del pueblo inka. Tales atribuciones, sin duda, sólo las podía
asumir alguien de extraordinaria importancia, un victorioso libertador, por
ejemplo.
Es posible –como se ha dicho
anterior-mente–, que la victoria independentista sobre los chankas significara
para los inkas la obtención de un enorme botín. En relación con
esta
hipótesis, es harto sugerente que los cronistas sindiquen también al mismo
Sinchi
Roca
como el que se encargó de ampliar el Templo del Sol. Y como el que, para poder
seguir erigiendo edificios, desecó la zona pantanosa del valle sobre el que se
asienta la ciudad, canalizando los ríos Huatanay y Tullumayo que lo atraviesan,
obras, sin duda, de gran envergadura –y costo–. El templo presumiblemente fue
adornado con tesoros extraídos de Wari. Al fin y al cabo –siguiendo el rastro
del dato que proporciona el cronista Montesinos–, después de liquidar la última
resistencia del ejército imperial chanka, las huestes triunfantes de
Sinchi Roca regresaron al Cusco ataviados de oro y plata, obviamente como
resultado del saqueo de la ciudad. Por lo demás, es comprensible que la
ejecución de las primeras grandes obras públicas del Cusco debía esperar hasta
que se dispusiera del excedente necesario para solventar una mita masiva.
Presunta y coherentemente, Sinchi Roca
fue, entonces, el primero que pudo disponer de esa riqueza con el botín
capturado en Wari.
De Sinchi Roca en adelante, ese cuarto y
pequeño grupo de gobernantes se erigió en conductor y reiniciador del proyecto
autónomo del pueblo inka, liderándolo en el transcurso de los siglos
XII, XIII y XIV.
El quinto grupo de Inkas estuvo
compuesto por Pachacútec, Túpac Yupanqui y
Huayna
Cápac. Con su liderazgo constituido el Tahuantinsuyo o Imperio Inka.
Es
decir, con la direción de esos tres inkas se materializó, durante el
siglo XV el proyecto imperial de la élite dirigente del pueblo inka.
El sexto y último grupo de Inkas,
integrado sólo y simultáneamente por Huáscar y Atahualpa, cumplió la paradójica
tarea de precipitar la caída del tercer imperio de los Andes, y asistir a su
derrota militar y liquidación. Derrota que, como había ocurrido primero con el
Imperio Chavín y luego con el Imperio Wari, también corrió a cargo del conjunto
de pueblos dominados. Esta vez, sin embargo, en alianza con la poderosa fuerza
conquistadora española.