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LA INTERVENCIÓN EXTRANJERA EN LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
Introducción.
El
hecho de que la guerra civil española fuese precisamente eso, una guerra, y no
una crisis interna provocada por un pronunciamiento militar con pocas
probabilidades de éxito, se debió a la actitud de las principales potencias
europeas, que con su apoyo sistemático unas (Alemania e Italia por un lado, la
URSS por el otro) y con su pasividad otras (Gran Bretaña y Francia),
favorecieron y alimentaron un conflicto que por sí mismo habría tenido muy
pocas posibilidades de acabar en un larga y sangrienta guerra, preludio de la
Segunda Guerra Mundial.
Es
indudable que las ideas que encarnaban ambos bandos, republicano y franquista,
estaban absolutamente encontrados, y difícilmente podrían converger en un
acuerdo. De hecho, el clima reinante en España pocas fechas antes del
alzamiento del 17 de julio era tenso y anunciaba un conflicto inmediato. Pero
¿qué tipo de conflicto se habría dado en España si determinadas potencias
europeas no hubiesen visto algo que les incitara a apoyar decididamente a uno
de los bandos, concretamente el franquista? ¿Con qué medios técnicos contaba
Franco para sostener una guerra contra la República española, dueña del oro del
Banco de España, dueña de la débil industria española, y dueña del ejército
español, salvo significados mandos?. Franco contaba con el apoyo de un
importante grupo de altos mandos militares propensos a la rebelión (algo
propio de la España de los últimos 100 años), con el ejército de Africa, y con
poco más. El material técnico-militar del que disponía era escaso comparado con
el del ejército republicano. Y aunque las dificultades internas que desde el principio
tuvo la República fueron sin duda muy importantes (regionalismo catalán,
ambiente revolucionario), la rebelión habría sido muy posiblemente aplastada,
como lo fue en su día la protagonizada por Sanjurjo en 1932 en Sevilla y
Madrid. Sanjurjo era el principal dirigente de la sublevación, pero murió en un
accidente de aviación el tercer día de la rebelión.
De
hecho el pronunciamiento militar fue un fracaso. Un pronunciamiento, un golpe
militar basado en la sorpresa (aunque muchos mandos militares rebeldes eran
sospechosos y habían sido "exiliados" en Africa) exigía controlar los
puntos neurálgicos del país, así como los órganos de mando, administración y
comunicaciones. Y esto no se logró. Fracasada la sorpresa, Franco se vio
obligado a buscar apoyo exterior para su causa, tanto técnico como económico, y
lo encontró en las potencias totalitarias de Europa: Alemania e Italia, que sin
duda advirtieron en España intereses económicos, estratégicos, y políticos,
amén de los ideológicos.
Por
su parte el principal bastión militar de la República española fue la URSS, y
posteriormente el apoyo de las Brigadas internacionales.
En
principio, las potencias europeas llegaron a un acuerdo para que el conflicto
español estuviese exento de la intervención de ningún país. Para esto se formó
el Comité de Londres, que apadrinó la política de No-intervención, a la que se
adhirieron numerosos países (incluyendo paradójicamente los que apoyaron más
firmemente a uno u otro bando). Pero la No-intervención, y la Sociedad de Naciones,
garante teórica de la paz mundial, demostraron su más absoluta ineficacia,
permitiendo que la contienda española tuviese una clara participación
extranjera, siendo el prólogo de la Segunda Guerra Mundial.
LAS DEMOCRACIAS OCCIDENTALES: LA NO-INTERVENCIÓN.
1) Coyuntura internacional previa al
conflicto.
Habría
que remontarse a la época de Felipe II para encontrar un importante peso
específico español en el concierto internacional. Ciertamente, tras los
Austrias mayores, el apogeo del imperio español había ido en progresiva
decadencia, pasando el dominio y la presencia en la política internacional de
nuestro país a un plano absolutamente secundario, casi marginal.
La
Revolución industrial llegó tarde a un país atrasado y básicamente agrario, que
vio como en 1898 los últimos vestigios de su antaño floreciente y poderoso
imperio caían hechos pedazos ante el auge del coloso norteamericano.
Una
de las características que posee España es su privilegiada posición
geográfica en el plano europeo, puente entre dos importantes mares, y lugar de
contacto entre dos continentes, uno de los cuales - el europeo- se había
expandido sobre el otro -el africano- durante el siglo XIX y buena parte del
XX.
De
hecho, las potencias europeas tenían intereses estratégicos en el Mediterráneo
occidental." A fines del XX, Inglaterra, Francia y España, desarrollaron
intereses imperialistas en el turbulento imperio de Marruecos. En 1904 un
acuerdo anglo-francés reconocía la primacía de los intereses políticos y
militares franceses en Marruecos"[1]
En
1912 Francia y España se repartieron dicho país. En 1914, con el advenimiento
de la Primera Guerra Mundial, España toma una actitud neutral, aunque en el
país, según palabras de Azaña "el ambiente parecía de guerra civil, menos
los tiros"[2] debido a la división de opiniones en
favor de uno u otro bando. Pero evidente debilidad del país, el aislamiento
internacional, provocado también por una buena dosis de orgullo español por el
trato recibido por las potencias europeas en los últimos 100 años (recordemos
el fracaso español en el Congreso del Viena, la pasividad franco-inglesa en la
guerra hispano-norteamericana de 1898), hicieron que España observase el
conflicto bélico al margen de la intervención activa..
El
final de esta guerra culminó con la firma del Tratado de Versalles y la escasa
benevolencia con que las potencias vencedoras trataron a las derrotadas.
Ello
generaría una serie de rencores y remordimientos, raíz y causa del ascenso del
totalitarismo hitleriano, y posteriormente de la Segunda Guerra Mundial.
Volviendo
al escenario del Mediterráneo occidental, hay que señalar que en el primer
tercio del siglo XX "durante décadas de acciones militares esporádicas,
los intereses financieros privados de Inglaterra, Francia, Alemania y España
invirtieron en el desarrollo de las minas de hierro del Riff"[3]
Está
pues, muy clara la incidencia que tenía esta zona en la política exterior de
las potencias europeas, y de alguna manera, los conflictos que pudieran
interferir en estos intereses debían preocupar, seguramente a los principales
interesados. "Así que tanto los intereses estratégicos en el Mediterráneo
occidental como los complejos intereses militares, económicos e imperialistas,
involucraron a todas las grandes potencias europeas tan pronto como el status
quo se vio amenazado"[4].
Pero
de lo que no cabe la menor duda era que España, en esta época, era un país
débil, tanto económica como política y militarmente, y por eso, a nivel
internacional, su importancia era más bien escasa. Bien es cierto que no
existían motivos claros de enfrentamiento con las potencias europeas, pero un
hipotético conflicto con alguna de ellas la situaría inmediatamente en clara
desventaja. Claro que ya entonces se había constituido la Sociedad de Naciones,
organismo internacional que garantizaría por vía pacífica la solución a
cualquier altercado. " La República española había tomado en serio a la
Sociedad de Naciones. Inscribió en la constitución de 1931 una declaración terminante,
adhiriéndose a los principios del Covenant, para ajustar a ellos su
política exterior. El sistema de seguridad colectiva y las obligaciones
derivadas del pacto parecían llamados a resolver para España un problema
capital: el de encontrarse garantizada contra una agresión no provocada sin
necesidad de montar una organización militar y naval que hubiese impuesto al
país una carga insoportable. Era la solución deseable para una nación
desarmada, débil económicamente, pero en vías de progreso y reconstitución
interior"[5]
El
problema estaba en que la diplomacia española no había más allá, confiando en
la Sociedad de Naciones, y de alguna manera, en Gran Bretaña y Francia, la
estabilidad internacional.
"Obsesionada
por sus problemas internos, la República no había desplegado una política
exterior demasiado activa. La colaboración con Francia e Inglaterra y el apoyo
al sistema de la Sociedad de Naciones no habían llevado a los gobiernos de
Madrid a apuntalar la posición propia con acuerdos militares con otros
países."[6]
Así
pues, según palabras del profesor Pierre Villar: "antes de julio de 1936
España apenas preocupaba a las diplomacias europeas".
Pero
la Sociedad de Naciones ya había mostrado signos de ineficacia en el conflicto
de Etiopía, protagonizado por Italia, anunciando de antemano, su ulterior
pasividad en la Guerra Civil.
Así,
"la guerra civil estalló sobre un orden internacional en cierta tensión.
Estaba centrado en torno a la desgarrada Sociedad de Naciones, que acababa de
salir con el prestigio muy quebrantado del conflicto de Etiopía, en el que se
había revelado impotente. El esquema de las relaciones internacionales en
Europa se veía convulsionado por la índole y el ritmo de las pretensiones
revisionistas alemanas que aspiraban a trastrocar las consecuencias de la paz
impuesta en Versalles al término de la Gran Guerra."[7]
"Como
tal el conflicto de España estuvo inexorablemente unido a los debates de las
potencias revisionistas del Eje y a la política timorata y miope, aunque
comprensible de los países democráticos, empeñados en preservar intereses
vitales nacionales (rutas de comunicación, imperios). Estos implicaban una
defensa no muy enérgica del status quo europeo frente a demandas alemanas o
italianas que no parecían del todo irrazonables."[8]
Sin
embargo, " la Europa de la primavera de 1936 no era un continente que
pareciese que fuese a enfrentarse en lo más inmediato con crisis
internacionales relacionadas con España. Es más, la escena general de los
comienzos del verano era relativamente tranquila.
La
remilitarización de Renania, en marzo, había supuesto, cierto es, una
convulsión muy importante,pero ni Londres ni París consideraron que esta nueva
infracción de Tratado de Versalles debía dar ocasión para el empleo de la
fuerza"[9]
Lo
que se estaba poniendo de manifiesto era que si había alguna potencia
interesada en alterar la balanza europea, incluso internacional, tras la firma
del Tratado de Versalles, esas eran las potencias fascistas alemana e italiana.
"
Un segundo momento de excitación se produjo tras la victoria electoral en
Francia del Frente Popular, que permitió al socialista León Blum asumir la
responsabilidad gubernamental. Podría haberse pensado en un endurecimiento
francés con respecto a las potencias fascistas, pero no fue así: Francia e Inglaterra
accedieron al levantamiento de sanciones contra Italia (impuestas por la
Sociedad de Naciones a raíz de la invasión de Etiopía)."[10]
Pero
la potencia europea que suponía un peligro práctico y real para las relaciones
intraeuropeas era, sin duda, la Alemania nazi. No parecía que Italia fuese
capaz de "representar por sí misma una amenaza al sistema de relaciones
emanado de Versalles".[11]
No
hay que olvidar que la revolución rusa de 1917 había implantado en aquel país,
ahora llamado la URSS, un sistema económico que socavaba todos los cimientos
del capitalismo predominante en toda Europa, y que por tanto, a los ojos del
mundo, Stalin representaba un peligro revolucionario claro.
"Indudablemente,
la postura británica estaba influida por el temor a la Unión Soviética. Para
ciertos círculos conservadores, una Alemania potente constituía el presupuesto
esencial de la salvación de Europa frente a Stalin, y para muchos ingleses el
dictador georgiano era más peligroso que el propio Hitler."[12]
2) El comité de Londres y la
No-intervención.
Estallada
la rebelión, Giral, presidente del gobierno, lo primero que hizo fue enviar un
telegrama el 20 de julio a su colega francés, León Blum, indicándole que en
España se había producido un pronunciamiento militar y que la República
española precisaba urgentemente suministros y material de guerra para
sofocarla.
En
Francia el partido en el poder era el Frente Popular, agrupación política de
izquierdas, de corte prácticamente similar al Frente Popular que gobernaba en
España, y su presidente era el socialista León Blum.
Así,
la República española lo que hacía era recurrir al país más cercano físicamente
e ideológicamente, pues Portugal estaba regido por la dictadura de Salazar y
difícilmente podría socorrer a la República. De hecho, sus dirigentes se
manifestaron en principio a favor de los insurgentes españoles.
Francia,
por otra parte, era una potencia en Europa capaz de socorrer de forma inmediata
las peticiones españolas.
"La
reacción inicial de León Blum fue completamente positiva. Sin embargo, en un
viaje a Londres el 22 de julio se dio cuenta de que el gobierno inglés
simpatizaba con el levantamiento."[13]
Por
otra parte a Blum no le faltaban impedimentos para realizar su, en principio
deseado apoyo a la causa republicana. Para comenzar, su propio gobierno se
encontraba dividido. No todos los ministros simpatizaban con la República.
Además
"Blum estaba sometido a una creciente presión no sólo de Inglaterra, sino
de los gobiernos polaco y belga. Sobretodo 4 meses después de que Hitler
hubiese ocupado Renania sin encontrar oposición, Blum no se podía permitir el
lujo de enfrentarse a un aislamiento de Francia frente a una Alemania
rearmada. Ni tampoco podía permitir que surgiera una aliado de Italia y
Alemania en la frontera meridional. Por tanto propuso la fórmula de la No-Intervención, a la cual
esperaba que se adhirieran todas las potencias y a que acabaría rápidamente con
la guerra por falta de armamentos. El 8 de agosto cerró la frontera francesa al
tráfico militar, sin esperar a conocer las verdaderas intenciones de las
potencias que respaldaban a los insurgentes."[14]
La
No-Intervención tenía el objetivo de aislar el conflicto español, con la
ventaja de que con esta acción Franco no recibiría suministros, y no podría
derribar a la República. Pero León Blum quizás no contó con que las potencias
fascistas apoyarían tan decididamente la rebelión.
Con
esta política se pretendía, en un primer momento, aislar el conflicto
consiguiendo la neutralidad de todas las potencias, y posteriormente dar un
segundo paso prohibiendo el envío de material de guerra a la península.
Francia
entonces prohibió la exportación de armas a España, y más tarde el tránsito de
ellas por el territorio.
"
De todas las naciones europeas, Francia era la más profundamente afectada, y
se halló profundamente dividida por el estallido de la guerra civil. Todos los
sindicatos, tanto socialistas como comunistas, pidieron el inmediato envío de
armas al gobierno Giral. La clase media liberal favorecía instintivamente la
causa de la República. Pero al mismo tiempo los monárquicos y clericales se
inclinaban por la causa de los insurgentes."[15]
Pero,
aunque estos últimos eran una gran minoría, "con la política de París
firmemente vinculada a la del Reino Unido, Blum no estaba en condiciones de
asumir audaces iniciativas en el terreno internacional sin contar con un mínimo
de apoyo británico"[16]
Así,
en cuestión de días, Francia decidió dar marcha atrás a su primera intención de
apoyar la causa republicana. "En un comunicado oficial, el gobierno
francés declaró que había decidido suspender las exportaciones de armas con
destino a España."[17]
El
gobierno francés propuso entonces la formación de un comité que se encargase de
aplicar la política de no intervención. " El 4 de agosto, los británicos
aceptaron, pero a condición de que lo mismo hiciesen alemanes, italianos y
portugueses. Berlín, por su parte, indicó que sólo se adhería si también lo
hacía la Unión Soviética, al cual reconoció el principio de no intervención el
6 de agosto, a la vez que Italia. En el consejo de ministros francés, reunido
en la noche del 8 al 9, se echó marcha atrás sobre los envíos a España,
prohibiendo incluso la exportación de aviones civiles.
Una
semana más tarde la sugerencia francesa se convirtió en propuesta formal
franco-británica.
A
comienzos de septiembre se habían adherido a la misma Albania, Austria,
Bélgica, Bulgaria, Checoslovaquia, Dinamarca, Luxemburgo, Noruega, Grecia,
Holanda, Hungría, Irlanda, Letonia, Lituania, Luxemburgo, Noruega, Polonia,
Portugal, Rumania, Suecia, Turquía y Yugoslavia, además de las cinco grandes
potencias.
El
9 de septiembre se celebró la primera reunión, en Londres, del denominado
Comité de No-Intervención."[18]
Los
EEUU tampoco tenían la intención de intervenir en la guerra de España. Deseaban
mantenerse al margen, a pesar de las simpatías democráticas que sus más altos
mandatarios ( el presidente Roosevelt, por ejemplo) tenían por la República.
"El 7 de agosto el departamento de Estado envió una circular a todos los
cónsules recomendándoles la más estricta imparcialidad"[19]
Pero
prevalecieron los intereses privados. El gobierno norteamericano no se opuso a
que la Texaco suministrara gasolina y combustibles al bando franquista, pues no
se consideraban como materiales de guerra.
"
El trabajo del Comité se desarrollaría en pleno y en subcomités. El más
importante fue el del presidente, compuesto por representantes de Francia y
Portugal, como países más próximos a España y de los principales productores de
armas: Reino Unido, Alemania, Italia, Bélgica, Suecia, Checoslovaquia y la
Unión Soviética."[20]
La
Sociedad de Naciones, por otra parte, delegó en el comité de Londres la
resolución del conflicto español. " El primer recurso ante la Sociedad
de Naciones fue presentado formalmente por el gobierno español en diciembre de
1936.
Tres
meses antes, en la reunión mantenida por la asamblea, los delegados españoles
habían expuesto los términos de la cuestión, pero sin demandar un acuerdo
concreto sobre ella. La reunión extraordinaria del Consejo, pedida por el
gobierno español, conforme al artículo II del Pacto, en vista de que la situación
exigente en España era una grave amenaza para la paz internacional, no pudo
ser denegada. La víspera de la reunión del Consejo, un comunicado de París y
Londres dio a conocer que el 4 de diciembre los dos gobiernos se habían
dirigido a los de Alemania, Italia, Portugal, y la URSS, pidiéndoles su
cooperación para impedir todo acto de intervención extranjera en el conflicto,
y de que dirigiesen a sus representantes en el Comité de Londres."[21]
Dada
la evidente presencia de fuerzas extranjeras en el territorio español, el
gobierno republicano siguió insistiendo ante la Sociedad de Naciones, pero lo
más que pudo conseguir fue que éste redactara una nota reconociendo la
intervención de elementos extranjeros en España, y amenazando con el desbloqueo
de la No-Intervención si esas fuerzas no se retiraban en "breve
tiempo".
Pero
la falta de unanimidad entre los componentes de la sociedad de Naciones, la
debilidad diplomática española en el ámbito internacional, así como su
debilidad política y militar, y la imagen de "terror revolucionario"
que existía en el mundo debido a la situación interna de la España republicana,
fueron factores que contribuyeron a que la República española fuese vista con
recelo en el ámbito internacional, contribuyendo a que los organismo
internacionales no se pusiesen de acuerdo sobre el caso español, delegando en
el Comité de Londres la situación del conflicto.
Pero
la política de no intervención "no tardo en convertirse en una mera farsa,
que lastró considerablemente los esfuerzos republicanos por conseguir armas y
dinero."[22] El comité de Londres sólo pudo lograr
uno de sus grandes objetivos: aislar la guerra, reduciéndola a los límites
españoles. En todo caso lo demás resultó un auténtico fracaso, pues Alemania e
Italia no cesaron de suministrar a Franco todo el material y la ayuda que
precisara durante todo el conflicto. Por otra parte, también la URSS realizó
importantes envíos de material bélico a la República muchos de ellos
realizados por mar.
"Es
fácil criticar la labor del comité de No-Intervención. Sin embargo, constituía
una nueva aventura en el terreno de la diplomacia internacional, y lidiaba con
una situación en la que un grupo importante de sus miembros perseguía objetivos
que no coincidían con los que debía salvaguardar. Sólo Gran Bretaña defendió la
no-intervención activamente"[23]
"La
no intervención tenía débiles fundamentos jurídicos: no resultaba de un tratado
o de un acuerdo multilateral, sino de la aceptación, en mayor o menor medida,
de las tres ideas centrales de la sugerencia franco-británica, y del acomodo a
ellas del las legislaciones nacionales. El Foreing Office no tardó en advertir
que carecía de fuerza legal internacional y no tenía ningún carácter
obligatorio para los participantes. De aquí que cualesquiera de éstos pudiera
retirarse del acuerdo sin violar principio alguno de Derecho
Internacional."[24]
El
primer plan de actuación que diseñó el comité de Londres fue el de desplegar un
cuerpo de observadores parciales que se encargarían de verificar que la
no-intervención se llevará a efecto.
"El
24 de octubre se acordó que los representantes consultasen con sus respectivos
gobiernos sobre la posibilidad de designar a un grupo de observadores
imparciales, estacionados en los principales puntos de entrada de España por
tierra y por mar, con el fin de que informasen, cuando el comité se lo pidiera,
acerca de casos específicos que supusieran vulneraciones de la no-intervención.
El
2 de noviembre las sugerencias fueron examinadas por el Subcomité del
presidente, que dio luz verde a un plan mucho más detallado, aprobado un mes
más tarde en la undécima sesión plenaria del Comité. Se comunicó a los dos
bandos en lucha, pero no se esperaba que fuese aceptado. Tras lo que ha pasado
a la historia como primer plan de control, aleteaba, simplemente, el deseo de
salvar al Comité. Se trataba, por lo demás, de un plan costoso que el Foreing
Office no tenía ningún interés en financiar. Las dos respuestas españolas
fueron suficientemente negativas y el plan fue abandonado."[25]
"Durante
1937, el agente más dinámico de la política de no-intervención fue, sin duda
Inglaterra, que continuó presionando a Francia para que no abandonara dicha
línea de conducta, aprovechándose del temor francés a quedarse sólo frente a
Hitler."[26]
"La
creciente evidencia de la masiva injerencia de las potencias del Eje y de la URSS
demuestra que la no-intervención sería letra muerta si no se ejercían también
restricciones sobre la llegada de efectivos a España, eufemísticamente
caracterizados como "Voluntarios".
La
idea se remontaba a agosto, pero no fue retomada formalmente hasta diciembre
por los gobiernos británico y francés, que chocaron con la oposición de otros
los tres países. Estos, en efecto, no estaban interesados en adoptar medidas
con respecto a los voluntarios hasta que no se estableciera un control sobre
los suministros bélicos extranjeros.
Tras
muchas dificultades, las distintas potencias se pusieron de acuerdo el 15 de
febrero para restringir la marcha a España de sus súbditos. El control entró en
vigor en la noche del 20 al 21 y abarcaba el reclutamiento, tránsito o salida
del territorio de los países signatarios de cualesquiera personas de origen no
español con el fin de participar en la guerra. Se dictaron las disposiciones
correspondientes que enrarecieron el reclutamiento de las Brigadas
Internacionales, pero que no afectaron al envió de las tropas regulares
alemanas, italianas o de "asesores soviéticos".
El
6 de marzo se creó un consejo internacional de observación que debía
administrar un segundo plan de control. Estaba compuesto por el Reino Unido,
Francia, Alemania, Italia, la URSS, Grecia, Noruega, Polonia y Checoslovaquia.
El control adoptaría tres modalidades: marítima, de vigilancia por patrullas
navales y observación terrestre.
La
primera se basó en un cuerpo de observadores de países neutrales (Estonia,
Noruega, Letonia, Holanda, Dinamarca, Turquía, Yugoslavia, Finlandia, Irlanda,
y Suecia. En la tercera participarían agentes de Suecia, Noruega, Finlandia,
Holanda y Letonia.
El
control marítimo entró en vigor el 19 de abril de 1937, aunque todavía no se
había reclutado la totalidad de observadores necesarios.
Las
dificultades de financiación acrecentaron aún más las deficiencias del
proyecto, entre las que destacaban su tardía implantación y la asignación de
responsabilidades a países como Alemania e Italia que no tenían, antes al
contrario, intención alguna de que el plan funcionara. Los británicos, por su
parte, no deseaban ofender a las potencias del Eje, y bajo la dirección de
Neville Chamberlain, que asumió la responsabilidad gubernamental desde el 28
de mayo de 1937, habían intensificado el acercamiento a Italia con la
esperanza de separarla de Alemania.
El
gobierno republicano se opuso resueltamente al control y pronto tuvieron lugar
incidentes que afectaron a barcos italianos y alemanes.
Entre
el 24 y el 31 de mayo de 1937 se desbarató el segundo plan de control en un
contexto de subida de tensión derivada de la creciente intervención en España
del Tercer Reich, Italia y la URSS. Los dos primeros países llegaron a
retirarse temporalmente de la patrulla naval, pero después lo hicieron de
forma definitiva el 23 de junio. Portugal anula las facilidades concedidas y
lo mismo hizo Francia a mitad de Julio.
Tampoco
parece que el plan de vigilancia terrestre parece que ofreciera mejores resultados.
Con ello, la no-intervención experimentaba uno de sus más rotundos fracasos sin
que pudieran impedirlo los sucesivos esfuerzos británicos y franceses."[27]
Sin
embargo, en el verano de 1937, se produjeron una serie de incidentes con
submarinos italianos, que atacaron buques que aprovisionaban a la República, en
especial barcos británicos. A tal efecto se convocó una conferencia en Nyon
(Suiza) del 10-14 de septiembre. En dicha conferencia se acordó que todos los
submarinos que atacasen buques mercantes no españoles sería atacado. Alemania
e Italia no había asistido a la conferencia, pero, curiosamente, después de
ella no se produjeron más ataques a mercantes.
"
Se ha afirmado que Nyon fue la única ocasión en que las potencias democráticas
occidentales dieron signos de firmeza, y quizás sea cierto. Pero Nyon ha de
situarse en el contexto de la enloquecida política de apaciguamiento de
Chamberlain y en particular, de sus intentos por llegar a algún tipo de
acomodo con Mussolini."[28]
"
La ineficacia del Comité de Londres se prolongó durante la segunda mitad de la
guerra civil. Los meses finales de 1937 y la mayor parte del año siguiente
transcurrieron discutiendo o tratando de poner en práctica distintas versiones
de la vieja noción de retirada de combatientes extranjeros. El enfrentamiento
entre las potencias del Eje y la Unión Soviética por un lado, divergencias
coyunturales entre Londres y París por otro, fueron factores que incidieron
sobre tal inoperacia."[29]
"Mientras
la ofensiva franquista alcanzaba incontenible, Negrín, en rápida visita a
París, del 12-14 de marzo de 1938, conseguía de León Blum (que formaba un
segundo gobierno efímero) la reapertura de la frontera franco-española. Pronto
grandes cantidades de material de
guerra, que veían obstaculizado su tránsito se vaciaron en la España
republicana."[30]
Sin
embargo Hitler comenzaba ya a mostrar sus verdaderas cartas. El 12 de marzo de
1938 se producía el Anschluss, o anexión de Austria por parte del Tercer
Reich. "El golpe del Anschluss se
había preparado sobre las base de actitud favorable de Italia y la creencia por
parte alemana de que las potencias democráticas no reaccionarían. Estas, en,
particular Reino Unido, habían emitido demasiadas señales apaciguadoras en los
meses precedentes como para que Berlín pensase lo contrario.
Sin
embargo, en una dramática sesión del Comité permanente de la Defensa Nacional
del 15, los dirigentes de París rechazaron la posibilidad de intervenir
directamente en España. El temor a una guerra contra Alemania e Italia, la
escasa preparación militar francesa y la inseguridad que generaba el quedarse
cortados del Reino Unido, desaconsejaron toda escalada de cara a la situación
española."[31]
Pero
el 13 de junio de 1938 la frontera franco-catalana dejó de ser permeable. En
esta época la atención internacional ya no estaba en España, sino en la
agresiva política exterior alemana.
Negrín
nunca perdió la esperanza de que, ante la evidente escalada alemana en Europa,
tarde o temprano las potencias europeas terminarían oponiéndole a Hitler una
oposición firme. Pero los acontecimientos se sucedieron a un ritmo vertiginoso.
El 29 de septiembre tuvo lugar la conferencia de Munich, que acabó con la
anexión del territorio de los sudetes.
"Para
la URSS losa resultados de Munich fueron importantísimos. En el plano general
implicaban, desde luego, que una vez más, y en esta ocasión con respecto a un
aliado de la Unión Soviética y de Francia, las potencias democráticas se
habían echado a atrás. Implicaban también un golpe casi mortal a la política de
seguridad colectiva e intensificaban el aislamiento del Kremlin ante una
posible agresión alemana.
Hay,
desde luego, razones lógicas que explican una gran disminución del interés de
Stalin por la causa republicana después de Munich. La guerra española ya no
sería el detonante que indujese a un postura más firme al Reino Unido o
Francia. Tampoco servía para que la atención del Eje se concentrase lejos de
las fronteras soviéticas. Y no, en último término, había mostrado que el apoyo
fascista a Franco no había debilitado el rearme alemán."[32]
Todos
los autores coinciden en que la solución de Munich fue el tiro de gracia que
acabó con las esperanzas de la República. Poco después, el 27 de febrero de
1939 Gran Bretaña y Francia reconocen oficialmente el gobierno de Franco. El 15
de marzo de 1939 Hitler ocupa Checoslovaquia. El 1 de abril de 1939, día en que
finaliza la guerra civil española, el gobierno de los EEUU también reconoce a
Franco, y unos pocos meses después, el 1 de septiembre, tras la invasión de
Polonia por parte de Alemania, se produce la declaración de guerra de Gran
Bretaña y Francia. Comienza la Segunda Guerra Mundial.
3 Causas y consecuencias de la No-Intervención.
Como
ya hemos visto, Francia y Gran Bretaña apadrinaron la denominada política de
no-intervención, encarnada en el Comité de Londres. El principal objetivo
original de esta política era aislar el conflicto español y tratar de ahogarlo
impidiendo la llegada de material bélico a la península. Quizás no se contaba
desde el principio con la firme y decidida ayuda que Alemania e Italia
prestarían a Franco, a pesar de suscribir también la política de
no-intervención.
Pero,
una vez visto que las potencias fascistas y la URSS estaban interviniendo
claramente en la guerra de España, ¿por qué las potencias democráticas no
tomaron cartas en el asunto y trataron de frenar la internacionalización de la
guerra civil española? ¿Cuáles fueron los motivos por los que dejaron pasar el
tiempo sin tomar determinaciones claras al respecto?
Gran
Bretaña era la potencia democrática más fuerte en Europa. Cierto es que su
gobierno era de corte conservador, pero "realmente, antes de la guerra, la
política británica no tenía motivos para mirar, no ya con hostilidad, pero ni
siquiera con antipatía a la República Española. Encendida la guerra, con el
cortejo de horrores y desmanes que asolaron a todo el país, los que ocurrieron
en el territorio republicano repercutieron, como era natural, muy
desfavorablemente para el régimen en la opinión británica. Con todas las
salvedades necesarias, parece que también cierto que la opinión pública
británica en general no llegó a interesarse por el aspecto político de la
cuestión española tan vivamente como la de otros países."[33]
Sin
embargo, destacados miembros del gobierno británico eran hostiles a la
República. Cierto es que la oposición laborista y liberal al gobierno británico
era favorable al final a la política de no-intervención y propugnaba claramente
la salida de los combatientes extranjeros de España, pero el peso específico
que la oposición británica podía tener en las decisiones políticas del gobierno
de Londres era relativamente pequeño.
"La
reacción de los ingleses ante la guerra civil fue menos emocional que la de los
franceses, pero dado que Inglaterra era más fuerte que Francia militarmente y
estaba más interesada en la economía española, su actitud pesaba más en la
balanza internacional. Los laboristas eran partidarios de los republicanos,
aunque se sentían inquietos por el "izquierdismo infantil" de los
socialistas de Largo Caballero y de los anarquistas.
Pero
el primer ministro, Stanley Baldwin, y la mayoría de los oficiales navales y
funcionarios consulares de quienes recibieron los primeros informes eran
instintivamente favorables a los insurgentes.
Los
círculos financieros de Londres tenían grandes inversiones en ambas zonas. Las
minas de Río Tinto y del Riff fueron ocupadas rápidamente por los insurgentes,
quienes también dominaban la zona de Andalucía desde donde se exportan los
vinos más importantes desde el punto de vista comercial. Pero las minas, los
altos hornos vascos, así como las instalaciones eléctricas de Cataluña que eran
propiedad de los ingleses, estaban en la zona del Frente Popular. Los ingleses
de todas las ideologías estaban horrorizados ante los informes de las
atrocidades cometidas, aunque daban más créditos a las historias sobre el
terror "blanco" o "rojo" según sus opiniones políticas. El
gobierno de Baldwin, en contraste con el de León Blum, contaba con el apoyo de
las clases adineradas y por eso estaba en libertad de tomar decisiones sin la
amenaza de disturbios en el país. Durante las primeras semanas, la política
oficial fue la de no comprometerse, junto con un disimulado deseo de una
victoria rápida y no demasiado cruel de los generales."[34]
Si
unimos al "temor revolucionario" el hecho de que Stalin apoyara
claramente la causa republicana, es perfectamente comprensible que la
"percepción del estallido de la revolución en Europa como factor que
pudiera hacer el juego de Moscú, explica en buena medida la actitud británica
hacia una república "roja" desbordada."[35]
Por
otra parte, " las informaciones que llegaba al Foreign Office estaban muy
sesgadas por preconcepciones antibolcheviques. Incluso Churchill, poco amigo de
los dictadores, mantuvo una postura contraria a la República.
Loa
asesinatos del verano del 36 en la zona republicana despertaron numerosas
simpatías hacia el gobierno de Madrid, con independencia del apoyo popular,
laborista y comunista, que pronto
recibió. Sin enbargo, las insinuantes conversaciones de miembros de la élite
conservadora partidaria de Franco en los elegantes clubes londinenses con
políticos y funcionarios tuvieron mucho más peso que las manifestaciones
masivas en favor de la república."[36]
Otro
hecho que también tuvo su incidencia fue la política de intimidación del Eje,
que hizo creer que cualquier medida encaminada a ayudar a la república podría
desencadenar una guerra, principal peligro a evitar por parte de franceses y
británicos. "El reino Unido quería, esencialmente, ganar tiempo y obstruir
las tendencias expansionistas de Alemania. Entre los países sensibles a las
mismas figuraban España, pero sobre tofdo y ante todo Checoslovaquia.
La
alta diplomacia británica nunca tuvo entre sus objetivos el apoyo a la
República, y los resutados de la horadada no-intervención dependieron
básicamente de las acciones de la Unión Soviética, el Tercer Reich, la Italia fascista
y Francia, aunque este último siempre a regañadientes."[37]
"En
el fondo, el interés del gobierno de la República no coincidía exacatamente con
los puntos de vista británicos en esa cuestión. Para la República era cuestión
de vida o muerte que la intervención cesara antes de que sobreviniera una
decisión militar de la campaña. Solamente así podría llegarse a una conclusión
de la guerra menos desastrosa. Al gobierno británico lo que en definitiva le
importaba era que los extranjeros no se quedasen en España por tiempo
indefinido. Después no faltarían medios de establecer una buena inteligencia
con el nuevo régimen español. Naturalmente, el conflicto de España era para los
británicos, una parte y no la principal, del problema europeo que aspiraban a desenlazar,
si era posible, dentro de la paz. Trámite utilísimo para el desenlace pacífico
parecía ser el debilitamiento del Eje, atrayéndose a Italia. Para ese fin se
transigió con las pretensiones de Roma. El "Gentlement Agreement"
condujo a eso: las tropas italianas se retirarían de España cuando se acabase
la guerra, o sea, cuando hubiera desaparecido la República." [38]
El
gobierno francés era, en principio, el más proclive -por lo menos en teoría- a
ayudar a la República. La afinidad ideológica de ambos regímenes debía
contribuir a ello. Sin embargo León Blum, que en principio aceptó socorrer con
un primer envío de material bélico a la República, pronto se vio presionado
dentro y fuera de su país.
Desde
dentro se encontró con un gobierno dividido por la causa republicana, no por
hostilidad a la República, sino porque se anteponían los intereses nacionales
franceses a la amistad con el gobierno de Madrid. Vistas las reticencias
británicas a intervenir en España, y dada la necesidad que tenía el gobierno francés
de no distanciarse del británico en política exterior para salvaguardar su
propia seguridad ante el avance y el auge de las potencias fascistas es
perfectamente lógico que Francia cambiara su inicial postura de apoyo a la
causa republicana por una política que no llevase a un enfrentamiento directo
con la Alemania nazi por la cuestión española.
Prácticamente
desde el final de la Primera Guerra Mundial, la política exterior de Francia y
Gran Bretaña había ido ligadas, como potencias vencedoras de la Gran Guerra.
Pero esa política se vinculó mucho más desde el asunto de la remilitarización
de Renania por parte de Alemania. Para Francia era fundamental no perder, en
ningún caso, el apoyo de Gran Bretaña. Para Francia era fundamental no perder,
en ningún caso, el apoyo de Gran Bretaña, y esto pesaba que sus simpatías
ideológicas por la República. "Por lo demás, desde Berlín el embajador
André François-Poncet hizo saber que, en la opinión de los dirigentes alemanes,
el gobierno francés asumiría una responsabilidad muy grande si secundaba en
España las maniobras de Moscú."[39]
"La
relativa inhibición francesa se explica por numerosos factores: estaba, en
primer lugar, la transposición casi mimética de las pugnas ideológicas y
políticas internas a la percepción de las realidades españolas. Estaba, en
segundo lugar, la oposición derechista al experimento del Frente Popular, cuyo
homólogo en Madrid apelaba al francés. Había, en tercer lugar, la imagen de una
España sumergida en un complot comunista y el "terror rojo". Existía,
en cuarto lugar, el temor a las consecuencias de la inmediata revolución
económica y social en la zona republicana. Y, finalmente, hay que destacar la
opinión generalizada en la derecha francesa de que el poder gubernamental
español era ilegítimo."[40]
Las
consecuencias que la política de no-intervención tuvo sobre la guerra civil
fueron muy distintas. Para la República española tuvo, desde luego,
consecuencias funestas. Impidió, por de pronto, a un gobierno legítimamente
reconocido internacionalmente, acceder a un mercado de armamento para
satisfacer las imperiosas necesidades de su mal equipado ejército. Sólo un
país, la URSS, estuvo dispuesto a ayudarla, lo que creó una dependencia militar
de Moscú.
Por
otro lado, el cierre de la frontera obligó a que los suministros tuviesen que
venir, principalmente, por vía marítima, lo que les hacía mucho más vulnerables
a los ataques del enemigo.
Por
otra parte, para el bando franquista,la política de no-intervención supuso un
auténtico balón de oxígeno, puesto que significaba que su enemigo republicano
tendría serias dificultades para conseguir el armamento necesario para
combatir, mientras que el sabotaje de las potencias fascistas al Comité de
Londres significaba el tener garantizados los abastecimientos de material y
ayuda que necesitase durante el conflicto.
"No
fue sólo que en la práctica la política de no-intervención impidió a la
República comprar armas mientras que las potencias del Eje abastecían a Franco
sin interrupción ni obstáculo de ninguna clase. Fue que la práctica de la
política de no-intervención negaba implícitamente la legitimidad de a
autodefensa de la República y con ello contribuyó a su descrédito ante los ojos
de la población española."[41]
"En
su retroceso ante las embestidas del Eje, las democracias sacrificaron a la
República Española. Harían, después, lo mismo con Checoslovaquia."[42]
El caso estadounidense.
El
país norteamericano adolecía de una legislación sobre la pauta a seguir en
estos casos, como el que, en julio de 1936, se presentaba al mundo entero.
Las
opiniones (sobre la intervención o no en el conflicto hispano) dividas desde el
principio de la conflagración, se vieron exaltadas considerablemente tras el
anuncio de la posible venta de aviones al gobierno de Madrid, la cual
finalmente se realizó.
Esta
tensa situación hizo que la Casa Blanca se decantase a favor del denominado embargo moral, semejante a la
política seguida por el gobierno de Londres.
Esta
decisión fue tomada debido a que la "subversión bolchevique", como
ha sido denominada por LITTLE la idea existente sobre la ayuda rusa al gobierno
español, podría hacer peligrar los intereses norteamericanos en la Península.
Existían
algunos productos que no fueron englobados en la lista del embargo y que se
utilizaron para traficar, vendiéndolos (hay que hacer referencia al comercio de
la Texas Oil Company,TEXACO,) a los sublevados.
La postura de México.
Puede
considerarse como singular el comportamiento del gobierno mejicano, con su
presidente Lázaro Cárdenas a la cabeza.
Desde
el principio se mostró partidario de proporcionar ayuda a los republicanos,
como lo demuestra el embajador de español en Méjico, Félix Gordón Ordás, en el
que comunicaba a Madrid la excelente predisposición del gobierno iberoamericano
a proporcionar suministros a las autoridades de Madrid.
Aunque
en principio se pensó en la posibilidad de adquirir aviones, finalmente se
decidió, debido a su mayor disponibilidad por fusiles y municiones.
Esta entrega se hizo dentro de un clima de
"entusiasmo" tal que ni siquiera se estableció un precio para el
material (25.000 fusiles de 7,5mm y veinte millones de cartuchos).
México
anunció públicamente la obligación que existía de ayudar a la República:
"...vender pertrechos y prestar ayuda moral -e incluso material- a un
gobierno amigo, legítimamente constituido, está perfectamente ajustado a las
normas de ética que presiden la vida de relación internacional, obrar de otro
modo equivaldría a conceder implícita beligerancia a una insurrección
militar."
El caso ruso.
A) Introducción.
Tras
la anterior y breve relación de las posturas de diversos países en relación con
la posibilidad de suministrar ayuda a la República, quiero referirme más
detenidamente a la actuación soviética en el suelo español.
El
estallido de la insurrección cogió tan desprevenido a la Unión Soviético como
lo había hecho con las restantes potencias europeas.
Debido
a la pronta intervención en el conflicto de las potencias fascistas, las
autoridades soviéticas no parecían dispuestas a entrometerse en un conflicto
que no podría ocasionarles más que problemas. Las razones que les invitaba a
tomar esta decisión eran varias:
-
Preferían que fuesen las potencias democráticas las que, con su intervención,
fuesen blanco de una futura agresión por parte de la Alemania nazi.
-
El conflicto interno que se estaba produciendo en la cúpula del poder soviético
y que, poco tiempo después, daría lugar a las cruentas purgas de 1937.
-
También existían problemas diplomáticos, no en el sentido de que hubiesen malas
relaciones entre ambos países, sino que no existían relaciones entre ambos.
Esta situación se resolvió en agosto de 1936.
-
Miedo que les producía a los soviéticos las dificultades que tendría el gobierno
de Madrid para pagar los suministros. Este problema será resuelto de la forma
que será descrita con posterioridad.
-
Un triunfo republicano haría aumentar las antipatías hacia los bolcheviques.
-
Los esfuerzos realizados por Litvinov, ministros de asuntos exteriores, para
crear un frente antifascista se quedarían en nada.
Sin
embargo, a pesar de este deseo de neutralidad, existía en el Kremlim una cierta
preocupación, captada hábilmente por los representantes occidentales destinados
en Moscú, sobre los acontecimientos españoles, que les obligaba a escoger
entre ayudar al PCE o mantenerse al margen ( lo que era sinónimo de
condenarles).
La
URSS tenía varios argumentos para la intervención que se oponían a los
anteriores:
-
Supondría el poder acallar las acusaciones, que se hacían en círculos
troskistas, de que Stalin había traicionado a la revolución.
-
Podría existir la posibilidad de que mantenerse al margen de la contienda
española produjese una pérdida de credibilidad de las izquierdas.
-
La creciente ayuda de Italia y Alemania a los rebeldes implicaba una respuesta
"inmediata".
Las
razones a favor de la intervención pesaron más que las que proponían la
neutralidad, por lo que puede decirse, sin temor a equivocarse, que la Unión
Soviética ayudó a la República, no por mero altruismo, sino a causa de unos
intereses bien definidos.
Este
cambio de actitud queda claramente expresado en el telegrama que Stalin envió a
Díaz, secretario general del PCE, el 15 de octubre de 1936:
"
Los trabajadores de la Unión soviética sólo cumplen con su deber cuando prestan
ayuda a las masas revolucionarias españolas. Son conscientes de que la
liberación de España de la persecución de los reaccionarios fascistas no es
asunto privado de los españoles, sino causa universal de toda la humanidad
avanzada y progresista. Saludos fraternales."
B) Ayuda material.
Tras
unos meses de inestabilidad política y de continuos avances nacionales, se
constituye en septiembre de 1936 un gobierno presidido por Largo Caballero, en
el que, por primera vez en España había varios comunistas entre sus miembros.
Las
inmediatas medidas que se tomaron estaban encaminadas a la reorganización del
ejército, aunque dando por supuesto que serían insuficientes para poder
equipararse al ejército del general Franco, sobre todo en equipamiento bélico.
Apelaron
al único país que podía concederle la ayuda necesaria, la URSS.
Contar
con la mayor parte de las reservas de oro constituyó una importante ventaja
para la República. Pudo enviar como medida de seguidad importantes cantidades
de oro a Francia. Posteriormente enviaría otros cargamentos a Rusia, que
serían utilizados para pagar los suministros soviéticos, tema del que haré más
amplia mención en otro apartado.
Estas
importaciones se hicieron sin tener en cuenta el recién creado comité de
no-intervención, que prohibía la venta de armas a cualquiera de los dos
contendientes. Las entregas de material provocaron el desagrado de potencias
como Italia y Alemania, que acusaron a la Unión Soviética de violar las normas
establecidas por el comité. Esta claro que, con esta acusación lo único que se
intentaba era desacreditar a la nación eslava, pues existen pruebas fehacientes
de que la ayuda de las potencias totalitarias habían comenzado con anterioridad
a la rusa.
La
noticia de la llegada de suministros provenientes del país comunista fue
conocida rápidamente por el mando nacional, quien, a fines del año 36 anunció
que se reservaba el derecho de hundir los convoyes provenientes de Rusia con
ayuda para el gobierno de Madrid.
Hacia
mediados de octubre las adquisisciones a la URSS aumentaron considerablemente,
como lo deja patente la carta del encargado de negocios alemán, Sr Voelckers,
al director interino del departamento político, Von Weizsëker, fechada el 16 de
octubre, en la que le anunciaba la llegada al puerto de Cartagena de un
cargamento de cincuenta tanques de cuatro plazas con sus correspondiente
tripulaciones y personal técnico.
Este
aumento hizo pensar a los representantes alemanes (y no sólo a los alemanes)
que Rusia manejaba la política española y pretendía hacer del territorio
peninsular una "provincia" más englobándola dentro de su esfera de
influencia.
A
estos datos hay que añadir los proporcionados por el embajador de Francia en
España, Monsierur Herbette; derivados de un telegrama que envió a Monsierur
Delbos, ministro de asuntos exteriores, en el que notifica la llegada masiva, a
partir de la segunda mitad de septiembre de cargamentos soviéticos:
"El
cargamento de los barcos enviados desde el 15 de septiembre al 12 de octubre
contenía, según Lessuyer, 6000 toneladas de material de guerra, alrededor de
44 toneladas de carburantes, 8000 toneladas de trigo y 2747 toneladas de otros
artículos alimenticios".
Por
último quisiera hacer un recuento, a modo de ejemplo, de varios cargamentos
rusos llegados a los puertos de la costa valenciana y levantina, unos de los
pocos que se mantuvieron en poder del gobierno republicano hasta el final de la
contienda.
De
un telegrama enviado por el cónsul alemán en Barcelona, se han obtenido datos
sobre la llegada a un puerto de Cartagena de veinte aviones rusos, entre cazas,
que son denominados "de combate" y bombarderos, con sus
tripulaciones, amén de técnicos y montadores. Asimismo se sabe de la existencia
de un tanque. Como anécdota hay que señalar la mala disposición del personal
ruso a aceptar la colaboración del gobierno español, razón por la cual vinieron
con sus propios vehículos y su personal especializado.
Los
documentos alemanes constituyen una fuente de información sobre los
suministros que se hicieron por parte de las autoridades soviéticas para las
fuerzas gunbernamentales. Keller, emabajador alemán en Ankara, nos facilita una
interesante relación:
Hace
mención del "Karl Lepin" con veinte camiones blindados, cuatro
cañones, quinientas toneladas de munición, mil toneladas de víveres. El
"Transbal" transportba de camino a Cartagena y Barcelona cuarenta
camiones, doce coches blindados y diez cañones. Menciona también al "Shalter",
"Kubán"al "Vaarlam Avasanov" entre otros.
Hubo,
por supuesto, más transportes de víveres y material bélico desde los puertos
rusos hasta los españoles, pero no quisiera hablar de ellos para no parecer
demasiado descriptiivsta en el estudio que me propongo realizar.
El problema de los pagos. (El envío de oro a Moscú).
Durante
estos envíos se produjo el transporte de buena parte de las reservas del oro
que poseía el estado español a Rusia, para prevenir que cayesen en manos de los nacionales. Fueron en total
quinientas diez toneladas de oro aleado. Estos fondos fueron utilizados para
pagar los suministros rusos.
A partir de 1937 comenzaron los pagos de la
República a Rusia por los abastecimientos bélicos.
El
contrato con la Unión Soviética estipulaba que los pagos debían realizarse al
contado y con divisas; sin este requisito se interrumpirían las entregas. Esta
medida era obviamente desfavorable a la República, pero en la situación en que
se encontraba no tenía otra oportunidad mejor.
La
amortización de las entregas que se realizó con el oro enviado a Moscú, cubría
el espacio de tiempo correspondido desde el comienzo de la ayuda rusa hasta
1937.
El
primer pago ascendió a 35,84 millones de dólares y se abonaron al Gosbank, y se
referían a los suministros entregados en el último trimestre de 1936.
Hay
que anotar, asimismo, según el archivo de Negrín, ministro de economía, un
segundo pago de 22,6 millones de dólares, que parecen estar asociados con las
entregas soviética efectuadas hasta la segunda mitad de 1937.
Todos
estos pagos, así como los posteriores, hasta agosto de 1937, se fueron
realizando conforme a las órdenes de venta de oro efectuadas por Negrín.
Las
dos primeras órdenes dieron como consecuencia los tres primeros pagos de 35,84,
22,6 y 15,32 millones de dólares respectivamente.
Las
tres siguientes corresponden a 31,8 millones de dólares y están fechadas el 20,
21 y 26 de mayo.
Por
último hay que hablar de las órdenes de 15 de agosto y de 15 de septiembre en
las que se destinaron al pago más de 24 millones de dólares.
Todos
los abonos de los restantes envíos se realizaron gracias a unos créditos. que
después de grandes esfuerzos, se consiguieron de las autoridades moscovitas,
aunque existen autores, como Jesús Salas
Larrazábal, que niegan la existencia de estos créditos, que se
consiguieron, según Ángel Viñas,
para evitar desprenderse de la totalidad de las reservas auríferas depositadas
en la capital moscovita.
Durante
el período anteriormente citado (último trimestre de 1936 hasta agosto de 1937)
la ayuda rusa puede ser definida como importante, o quizás, mejor, como
considerable, pues en algunos productos, como fusiles y ametralladoras, recibió
un 60% y un 70% del global que se recibiría en toda la contienda.
El
descenso del apoyo soviético ha sido visto por los historiadores como
consecuencia de tres actitudes por parte del Kremlim:
- Rusia se dio cuenta de la
imposibilidad de desprenderse de más equipo bélico sin correr el riesgo de que
se resintiese su aparato defensivo.
- Existe la posibilidad de que Stalin
hubiese considerado que su ayuda se hizo para tapar el vacío dejado por Francia
e Inglaterra, y detuvo sus envíos en el momento en que ambas potencias
estuvieron en condiciones de ayudar a la República.
- Existía la generalizada creencia,
dentro del entorno internacional, de que Franco, gracias a las ayudas de los
países fascistas, iba a ganar pronto la guerra; por lo que parecería una idea
inteligente el no malgastar material en una causa que estaba abocada al fracaso
casi desde el comienzo de conflicto.
Sin
embargo, como he dicho anteriormente, la ayuda rusa no desapareció, sino que
disminuyó.
Balance de la aportación económica de la Unión Soviética.
La
Unión Soviética puede considerarse como el único suministrador de material
militar del ejército republicano, debido a que, aunque también existieron
aportaciones de otros países, no se pudieron comparar con la ayuda de aquella.
A modo de "disculpa" hay que hacer mención del cuantioso esfuerzo
que realizaron otros países para la creación de las Brigadas Internacionales.
Además
de superar a los suministros enviados por los diversos países en ayuda a la
República, es de destacar que también superaron a los de los países fascistas,
sobre todo en el campo de la aviación.
El
número de aparatos italianos es inferior al ruso, así como los de procedencia
alemana, sólo si se suman las cantidades de las potencias fascistas el número
sobrepasa al de aparatos soviéticos. Sin embargo, si hacemos un recuento de los
totales, añadiendo las aportaciones de otros países, el resultado es favorable
al gobierno republicano: 1324 frente a 1253.
A
pesar de esta diferencia, la mayor experiencia del bando nacional y su mejor
equipo hicieron que la victoria se decantase a su favor.
Ayuda humana.
La
Unión Soviética envió también, además de suministros bélicos, personal
especializado que se puso bajo las órdenes de la República.
Dentro
de este personal hay que destacar los denominados asesores militares.
Este
colectivo estaba formado por militares de alta graduación, principalmente
generales.
Su
actuación ha sido exagerada en muchas ocasiones, ya que hay autores que
consideran a los consejeros soviéticos como los principales organizadores de
las más importantes ofensivas republicanas (como Brunete, en la que Gunther
Dhams afirma que había más extranjeros que españoles), o en la batalla de
Guadalajara, en la que se concede el mérito al general Pavlov.
Contrariamente
a esto, esta demostrado que varias ofensivas gubernamentales fueron canceladas
debido a las reticencias de los asesores rusos.
La
idea, ampliamente extendida, de que hubo una mala convivencia entre soviéticos
y españoles es falsa, aunque hubo alguno de ellos que se hizo antipático, como
Kulic, debido a su intransigencia y su incapacidad.
Esta
buena convivencia era inexistente a la hora de relacionarse con un colectivo
integrante de las milicias populares, los anarquistas. Existía un odio feroz
entre ambos grupos. Los rusos nunca intentaron esconder estos sentimientos, e
iniciaron contra ellos un campaña destinada a desprestigiarlos. Llegaron
incluso a negarse a facilitarles material, a pesar de que podían poner en
peligro alguna operación.
Los
anarquistas, por el contrario, más que odio sentían desprecio (no comprendían
como teniendo un carácter tan ordenacista pudieran integrar el "Ejército
del Pueblo") y se dedicaban a gastarles bromas pesadas, como conducirles
hasta las líneas enemigas en el frente. Se ha llegado a decir, y existen casos
no aclarados y dudosos, de asesores rusos asesinados por los anarquistas y
jefes o dirigentes de este grupo muertos por orden de aquéllos.
Los
generales soviéticos pueden encuadrarse en dos grupos: los inteligentes, que se
aprestaron a colaborar sin reticencias con las autoridades españolas, y
aquellos que, guiándose por una soberbia y tozudez inútiles, que les hacía
creerse unos grandes generales capaces de resolver todo sin ayuda, desdeñaban
el ofrecimiento de los mandos republicanos.
El
resultado es obvio: las acciones realizadas por el primer grupo fueron mucho
más brillantes y alcanzaron el éxito en un porcentaje mucho mayor que las del
segundo, que cuando se enfrentaba al enemigo no coeschaba más que rotundos y
humillantes fracasos.
El
idioma era el mayor obstáculo que les impedía relacionarse con sus colegas.
Muy pocos consiguieron aprender correctamente el español y muy escaso era el
número de ellos que dominaba otras lenguas más comunes, como el francés o el
inglés. Era necesario el concurso de los intérpretes, conocidos como
"preiboches". Solían ser mujeres y su número era elevado.
Muchos
de los asesores trataron de pasar desapercibidos. Para ello vestían de paisano
o con uniformes españoles. Era muy corriente verlos con boina tanto es así que:
"Siempre
que se ven fotografías de jefes republicanos hablando con alguien de aspecto
militar y que lleve boina debe sospecharse que se trata de un militar
soviético, mientras no se demuestre lo contrario.".
Otra
forma de pasar inadvertidos era hacer creer que procedían de otro país distinto
al suyo, eligiendo preferentemente los iberoamericanos. Utilizaban como
seudónimos diminutivos españoles, tanto es así que muchos de ellos fueron
conocidos como "mejicanos".
Tuvieron
un gran apoyo por parte del Partido Comunista Español (PCE), que les trataba
con deferencia y humildad, rayando en ocasiones el servilismo, sobre todo
cuando se encontraban ante alguien que había atacado el Palacio de Invierno de
los zares o había intervenido en alguna acción importante en la guerra civil
rusa. Esta actitud se reflejó en acciones que realizaron los comunistas
españoles en contra de su voluntad, como por ejemplo en el caso Nin.
Nin,
que fue secretario de Troski, y posteriormente jefe del POUM (Partido Obrero de
Unificación Marxista), partido considerado troskista, fue detenido y conducido
a paradero desconocido (fusilado). En un principio el partido comunista, en
especial José Díaz en calidad de secretario general, se interesó por su paradero.
Sin embargo, cuando la noticia llegó a oídos de los ministros comunistas, y
asimismo a la jerarquía del partido, no intentaron hacer llegar la verdad, no a
la opinión pública, que ya tenía una somera idea de lo estaba sucediendo, sino
a sus compañeros de gabinete ( a esto me refiero cuando decía que hubo momentos
en los que el PCE ayudó a los consejeros rusos en contra de su propia
voluntad).
Para
concluir he de decir que la aportación rusa en el plano estratégico fue escasa.
Su excesivo conservadurismo y sus reticencias a emplear grandes masas de
reservas no constituyó una buena política. Uno de sus mayores equívocos fue el
de no utilizar en su máximo rendimiento a las grandes masas de tanques, pues
consideraban que la orografía española constituía un obstáculo para ello. El
ataque alemán contra la Unión Soviética en 1941 les demostraría su
equivocación.
A
pesar de todo lo que hicieron a favor del comunismo y de las izquierdas, los
enviados de Stalin a España perdería pronto su confianza. La mayor parte de
ellos, incluidos miembros del cuerpo diplomático perecieron en las purgas
stalinistas.
Méjico y su aportación.
El
gobierno mejicano siempre estuvo dispuesto a colaborar con la República en su
lucha contra los rebeldes.
Así,
a la petición formulada desde Madrid para la compra de material bélico,
respondió afirmativamente, aduciendo que sería injusto no hacerlo.
No
se integró, evidentemente, en Comité de No-Intervención, basándose en que dicho
comité no constituía más que una ayuda indirecta a los rebeldes; asimismo se
apoyó en el tercer artículo de la "Convención sobre derechos y deberes de
los estados en caso de luchas civiles", suscrito en la VI conferencia
iberoamericana (La Habana, febrero de 1928).
Dicho
artículo estipulaba lo siguiente:
"Prohibir
el tráfico de armas y material de guerra, salvo cuando fueran destinadas al
gobierno, mientras no esté reconocida la beligerancia de los rebeldes, caso en
el cual se aplicarán las reglas de la neutralidad".
Méjico,
tomando como base el anterior artículo, no reconoció la beligerancia del
ejército del general Franco, y resolvió ayudar en todo lo posible al gobierno
presidido por Manuel Azaña.
Para
refrendar esta política de ayuda y amistad se pidió al gobierno de Madrid que
derogase el decreto que prohibía la importación de garbanzo. También consiguió
del gobierno español que se retirase de diversos productos mejicanos, como el
café, los recargos sobre derechos de importación, que se había fijado en el
10%.
Aparte
de suministrar armas ligeras con sus respectiva munición, el país
iberoamericano se convirtió en una especie de intermediario entre países
acogidos al comité de No-Intervención y que deseaban comerciar con la España
republicana, como Estados Unidos y Francia.
A
este respecto hay que hacer mención de la carta enviada por el presidente
Cárdenas al embajador en su país, Félix Gordón Ordás, en la cual se afirmaba el
deseo de su nación de servir de intermediario, pero sólo en el caso de que el
país vendedor supiese el destino final de sus productos.
Se
refería concretamente a 18 aviones americanos, que por lo que parece
desprenderse del documento son aquellos que dieron lugar a que Estados Unidos
adoptase una posición de embargo moral para combatir la subversión bolchevique.
Otros
de los aspectos en que colaboró Méjico con el gobierno republicano fue con su
apoyo moral, a base de defender la causa gubernamental española en las esferas
mundiales (baste recordar las diversas intervenciones del secretario de estado
mejicano para la Sociedad de Naciones en el citado organismo).
Por
último quiero hacer mención de la ayuda humanitaria mejicana acogiendo a
exiliados españoles.
Esta
iniciativa, como dice Lázaro Cárdenas, no partió de él ni de su gobierno, sino
de: " ... un grupo de damas mejicanas que entienden como hacer patria y
que consideran que el esfuerzo que Méjico debería hacer para aliviar la
situación de millares de huérfanos no debería detenerse entre las dificultades
que se presentasen.".
Los
primeros niños, en número de 500 llegaron a Veracruz el 7 de junio de 1937, a
bordo del vapor "Mexique".
El
general Cárdenas, en su discurso de bienvenida, les ofreció su afecto y les
instó a ser felices en su nuevo país para que cuando fuesen mayores regresasen
a la patria que les vio nacer pero llevándose el hermoso recuerdo del México
que les vio crecer.
El
gobierno mejicano dio importantes facilidades a aquellas empresas o
instituciones que trabajasen a favor de una mayor comodidad de estos huérfanos.
Se
crearon escuelas, sufragadas totalmente por el estado iberoamericano, como la
Escuela Industrial "España-Méjico", destinadas a la formación
cultural y profesional de los refugiados.
Las Brigadas Internacionales.
Inicios.
Hasta
hace pocos años ha existido una polémica sobre si el movimiento brigadista
nació de forma espontánea, o si, por el contrario, fueron creadas a instancia
de un país o de un organismo internacional (concretamente la URSS y la
Internacional Comunista, conocida por Komitern).
Como
defensor de la primera postura nos encontramos a André Marty, jefe supremo de
los brigadistas, que en el discurso de despedida del contingente internacional
(noviembre de 1938) declaró:
"...
la corriente de voluntarios surgió espontáneamente, como fruto de la admiración
de la lucha del pueblo español y de odio al fascismo".
Sin
embargo, estudios más recientes y detallados, como los de Hugh Thomas,
demuestran la paternidad del Komitern en la idea de crear un colectivo de
personas de todos los países que quisieran ayudar a la República en su lucha
contra los nacionales. Esta idea constituyó el embrión de las futuras Brigadas
Internacionales.
El
hecho concreto tuvo lugar con el denominado acuerdo de Praga (21 de junio de
1936).
El
primer paso antes del acuerdo consistió en una reunión que se celebró en Moscú,
a la que asistieron representantes del Komitern y del Profitern (rama sindical
de la Internacional Comunista), en la que se tomó la decisión de ayudar a la
República de una manera encubierta, como quiere indicar la frase
"Poddalshe ot artilleriskovo ognial" (mantenerse fuera del alcance de
los cañones).
Tras
esta primera sesión se aceptó la propuesta de volverse a reunir, pero en una
ciudad diferente; en esta próxima reunión se adjudicaría la misión de organizar
todo el proyecto al Profitern. La ciudad escogida para ello fue Praga, y tuvo
lugar el 26 de julio.
Una
de sus disposiciones estipulaba que se crearía un fondo de ayuda para la
República española, compuesto por mil millones de francos franceses.
Se
eligió un comité organizador, compuesto por los secretarios de los partidos
comunistas de Italia, Francia y España, a los que se unieron Dolores Ibarruri,
más conocida como la "Pasionaria", destacada dirigente comunista, y
Largo Caballero, quien iba a ser elegido presidente del gobierno republicano
español poco tiempo después (es significativa la frialdad que mostrará
posteriormente con los jefes y representantes de las Brigadas Internacionales).
Este
proceso continuó con una intensa campaña para conseguir ayudas de la comunidad
internacional. Como consecuencia de ella el 20 de agosto de 1936 se pudo poner
a disposición del gobierno de Madrid 35 millones de francos franceses.
También
comenzó a trabajar en el empeño el movimiento antifascista internacional, que
envió a varios de sus dirigentes a suelo español.
En
la Península, el recientemente nombrado embajador soviético en España, Moses
Rosemberg, afirmó, dada la situación en que se encontraba el país, que sería
más conveniente la formación de un ejército propiamente dicho, bien organizado,
que la de un pequeño contingente de tropas (había salido a relucir la cifra de
5000 hombres), adiestrado por el Komitern. A principios de septiembre dio una
respuesta afirmativa a la propuesta.
Se
eligió a Maurice Thorez, secretario del Partido Comunista francés, como
representante de la Internacional comunista en las conversaciones con las
autoridades españolas, que por supuesto debían estar informadas de todos los
detalles en todo momento.
La
idea tropezó en un principio con la oposición de Largo Caballero, pues el
político español anhelaba que las tropas extranjeras fueran englobadas en las
milicias populares, bajo el mando directo de militares españoles. Tras una
larga pugna se acordó que las futuras Brigadas Internacionales podrían organizarse
con autonomía propia y con mandos extranjeros, que, sin embargo deberían estar
en contacto con el Estado Mayor del ejército gubernamental.
Fue
elegido como jefe absoluto de las Brigadas Internacionales André Marty,
secretario del Komitern y miembro comunista en el parlamento francés.
Igualmente se designó como base en España de los voluntarios la ciudad de
Albacete, ya que estaba "fuera del alcance de los cañones.".
En
el tema de la aviación Moscú no tuvo, en un primer momento, reparo alguno en
aceptar como jefe de las fuerzas aéreas a André Malraux, el célebre escritor
francés, que ya estaba operando en España, pero posteriormente se adjudicará
este cometido a pilotos de nacionalidad rusa.
En
la Península existió desde un principio un gran rechazo por parte de los
anarquistas hacia los voluntarios internacionales (quizás debido a que la URSS
tenía gran parte de culpa de su creación, o por su conocida y abierta rivalidad
que existía entre comunistas y anarquistas, que comenzó desde tiempos de
Bakunin y Marx, a raíz de la I Internacional Socialista)
En
las zonas cercanas a la frontera francesa, una de las principales vías de
acceso de los brigadistas, que estaban en manos anarquistas, se llegó incluso a
detener a parte de aquellos acusándoles de espionaje. En otra ocasión,
concretamente durante la ofensiva de Belchite, dispararon contra ellos,
alegando después que les había confundido con el enemigo.
Francia, base de coordinación y recluta.
La
organización central de las Brigadas se estableció en París. Se crearon
diversos centros para diversificar el trabajo y hacer que no estuviera
concentrado en un mismo lugar.
Por
ese motivo nació el comité de París, y el llamado comité de Coordinación, que
fue miras de sospechas y críticas.Parece ser que su misión consistía en
confundir al comité de No-Intervención, falsificando documentación destinada a
los voluntarios. Poseía como es lógico, unos archivos en donde se guardaban los
documentos verdaderos de cada miliciano.
El
principal centro de reclutamiento estaba ubicado en la Maison des Sindycats
(Casa de los Sindicatos), que funcionaba como Foyer du Comite de Defense du
Peuple Espagnol (Hogar del comité Nacional de Defensa del pueblo español).
A
la hora del reclutamiento, los voluntarios solían acudir con sus familiares,
llevando incluso a sus hijos. Los que habían conseguido algo de material
también lo llevaban consigo.
El tráfico de voluntarios.
La
enorme campaña propagandística antes mencionada dio lugar a que hubiese una
gran afluencia de hombres dispuestos a luchar en España.
En
un primer momento el paso a la Península se hizo abiertamente, dentro de la
legalidad, para que, debido a las normas del Comité de No-Intervención, se
pasase a hacerlo de una forma encubierta y clandestina.
Entre
los voluntarios, la mayoría de los cuales eran de nacionalidad francesa,
abundaban los fuera de la ley, los exiliados y los perseguidos por la justicia
de sus países. Dentro de este grupo hay que hacer especial mención de los
procedentes de las dictaduras totalitarias. Estos hombres pasaron por verdaderas
odiseas para, primero salir de su país, y luego llegar a Francia.
Una
vez hecha la recluta se dividía a los brigadistas en pequeños grupos y eran
enviados a España siguiendo una de las dos vías de acceso que había elegido
para ello: por mar, partiendo de Marsella, o por tierra, pasando por Perpignan
y Portbou. En esta última vía se puede añadir como paso el lugar llamado El
Pertús.
Al
comienzo de la guerra este paso estaba dominado por los anarquistas, y debido a
las tensiones con el movimiento brigadista se eligió al anteriormente citado
de Portbou. Cuando los comunistas se hicieron dueños de la zona fue utilizada
de la misma manera como vía de acceso.
Tras
atravesar la frontera, se reunían los grupos dispersos en el Castillo de
Figueras, para ser trasladados posteriormente a Albacete, lugar elegido como
base general en suelo republicano.
Albacete base general.
A
partir del 15 de octubre se empezaron a organizar, bajo la supervisión de Luigi
Gallo (comisario general de las Brigadas Internacionales) las primeras
compañías. Para esta misión se creó un comité compuesto por el militar alemán
Khele, y varios políticos entre otros.
Una
vez creado este comité fueron a presentarse al gobierno, pero debido a las
reticencias de Largo Caballero sobre la creación de este contingente militar,
la reunión se celebró dentro de un gélido ambiente. La sesión terminó con la
notificación del jefe de gobierno español de que en adelante cualquier asunto
referente a las Brigadas Internacionales debería ser tratado con el delegado de
gobierno en Levante, Diego Martínez del Barrio.
Dada
la gran afluencia de voluntarios, el comité organizador se vio desbordado por
la situación y obligado a transformarse en comité militar.
Este
nuevo organismo estaba compuesto por las mismas personas que el anterior, amén
de la incorporación de André Marty. La primera tarea del comité fue la de
organizar el Estado Mayor, nombrando como comandante del mismo a Vidal, hombre
de su confianza, que se ocupó directamente de la disciplina y de la
instrucción militar, aspectos que se echaban de menos en los voluntarios.
Estos,
antes de la creación de cuarteles propiamente dichos, fueron alojados en la
plaza de toros, que estaba a las afueras de la ciudad, para pasar finalmente al
edificio de la Guardia Republicana (nombre que se le había dado a la Guardia
Civil).
La
artillería tuvo su sede central en Almansa. Utilizaban la iglesia parroquial
como almacén de cañones, y a la de los franciscanos, que había sido abandonada
tras la proclamación de la república en 1931, como garaje.
El
cuartel estaba ubicado en la capilla de las agustinas. Como comandante de la
plaza fue nombrado el francés Etienne. En
1938, debido al peligro que existía de
un posible corte de comunicaciones que existía de un posible corte de
comunicaciones con la zona catalana, la base de artillería fue trasladada a
Barcelona.
La
caballería, aunque su importancia había disminuido tras la 1ª Guerra Mundial
(1914-1918) continuaba teniendo unidades en la mayoría de los ejércitos, y fue
concentrada primero en el edificio de la Guardia Republicana para pasar después
a la localidad de La Roda. Sus primeras unidades (animales) eran desechos de
otros grupos, posteriormente recibirían caballos en mejores condiciones.
El
entrenamiento nunca fue bien visto por los voluntarios, que argumentaban contra
ello que estaban allí para luchar y no para marcar el paso. Algunos ni siquiera
tenían conocimientos militares, y los que los tenían procedían de diferentes
ejércitos. Se luchó mucho para convencer a los más recalcitrantes de la
necesidad de la instrucción. Los ejercicios eran supervisados por Luigi Gallo,
André Marty, y el comandante Vidal, encargado de clarificar y distribuir a cada
recluta en las diferentes armas.
Los
jefes, tras haber sido desechada la idea de que fueran elegidos por los propios
soldados, se nombraron sopesando su cualificación y preparación. Como ayudante
de cada jefe de Brigada se nombró a un comisario, de entre los que destacaba
Luigi Gallo, uno por cada jefe.
Tenía
la obligación de mantener la moral de sus hombres, recordar los objetivos de la
guerra, y ayudar a resolver los problemas cotidianos que pudieran surgir.
Cuando
ya había comenzado las acciones de los brigadistas, se estipuló que para
ingresar en el colectivo internacional era necesario que cada candidato hiciese
un juramento, en francés (que había sido elegido, dada la poca aptitud de los
soldados para aprender español, idioma oficial de las Brigadas Internacionales),
cuya primera estrofa decía:
"Soy
un voluntario de las Brigadas Internacionales porque admiro profundamente el
valor y el heroísmo del pueblo español en su lucha contra el fascismo
internacional".
Respecto
a la paga, no está muy claro cual era la cuantía del sueldo que recibían,
aunque parece que era similar a la del gobierno gubernamental.
Al
principio existía en este aspecto igualdad entre soldados y oficiales, pero a
partir de la batalla de Torrelodones se abandonó esta medida, recibiendo los
oficiales otras compensaciones (uniformes), lo que dio lugar a revueltas que
fueron acalladas con amenazas.
Continuando
con el tema monetario, hay que decir que aparte de la ayuda proveniente de los
diversos países, el movimiento brigadista aceptó el dinero ofrecido por el
gobierno republicano, una amplia donación, y que contó, como venía sucediendo
cuando se tocaban asuntos referentes al contingente extranjero, con la oposición
del presidente largo Caballero. Aparte de lo que hicieron llegar al movimiento,
como organismo, se hizo llegar una cantidad, un sueldo supletorio, a cada
voluntario, aunque nunca era recibida entera.
Conclusión.
Las
Brigadas Internacionales surgieron debido a dos motivos:
- El interés de la URSS.
- El deseo de los voluntarios de
luchar contra el fascismo.
Su
gesto, al que algunos historiadores han calificado de ejemplar, no obtuvo el premio
que deseaban, arrancar de España esa lacra que comenzaba a extenderse por
Europa. No consiguieron más que ayudara contener algo que si no desde el
principio, si al poco tiempo, todo el mundo sabía pero que muy pocos querían
admitir: la victoria del general Franco.
La
ofensiva de Madrid y la batalla de Gudalajara, de la que algunos autores dicen
que se trata de una batalla casi exclusivamente entre italianos, sirvieron
para que quedasen esperanzas, Teruel fue el canto del cisne.
Para
muchos de ellos España fue un excelente campo de entrenamiento para una
guerra, mucho más dura y cruel, que iba a estallar poco tiempo después.
Para
otros un lugar donde vinieron a luchar y a morir.
Bibliografía
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SIGLO XX DE HISTORIA UNIVERSAL
(Madrid, Historia 16) vol 14, escrito por Rosario de la Torre, Julio Gil
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Martínez Carreras.
TUÑÓN DE LARA, ARÓSTEGUI, VIÑAS,
CARDONA Y BRICALL. La guerra civil
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VILAR, P. La guerra civil española. Barcelona, 1988.
[6] TUÑON DE LARA, ARÓSTEGUI, VIÑAS,
CARDONA Y BRICALL, La Guerra Civil Española 50 años después. Barcelona,
1985, pág 125.