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2 Vientos alisios, C. de
Humboldt, afloramiento e inversión térmica
3 La cordillera no está en la Geografía
4 La cordillera tampoco está en la Historia
5 Fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur: un reto gigantesco.
6 El fenómeno en la historia antigua del Perú
7 El fenómeno en la historia moderna del Perú
8 Las principales manifestaciones del fenómeno
9 Lagos y lagunas en el desierto de Sechura.
10 “La
Niña”: la otra cara del fenómeno.
11 No
un extra, sino protagonista de la historia.
20000 años de irrepetible y asombrosa historia ha acumulado el hombre en el territorio andino.
Veinte millones de años de evolución habían llevado del Pliopithecus, al Homo erectus y, finalmente, al Homo sapiens que habita el planeta desde hace más de un millón de años. Ese largo proceso de hominización fue, sin embargo, sólo una pequeñísima fracción de los 4 500 millones de años de historia de la Tierra. La vida humana es, pues, una ex-presión muy tardía de la evolución.
Si,
comparativamente, la antigüedad de la Tierra fuera un año, la historia del Homo
sapiens sólo forma parte de lo ocurrido en la última hora. Y la historia
del hombre andino es la de los últimos dos minutos, pero tan intensos y
vitales, y tan llenos de vertiginosos y asombrosos cambios, que, sin duda,
concitan el mayor interés.
Con el tiempo, sin
embargo, la historia andina suscitará cada vez mayor interés. Y es que, como
veremos –objetivamente y sin chauvinismos ni etnocentrismos de ninguna índole–,
el vasto y complejo mundo de los Andes quizá ha sido el más rico de cuantos
crisoles ha dado la Tierra para la experimentación de la vida de la especie
humana.
En términos
generales, habremos de considerar territorio andino al vasto espacio americano
cuya vida e historia ha estado y está dominada por la cordillera de los Andes.
Con aproximadamente 10 000
kilómetros de longitud, es la franja occidental de Sudamérica que se extiende
desde las costas del mar Caribe hasta la Patagonia. Incluye una larga y muy
estrecha faja costera bañada por el océano Pacífico, el territorio cordillerano
propiamente dicho, y una franja de ancho variable que se interna en el bosque
amazónico hasta 100 y 200 kilómetros al este de las cumbres de las montañas.
Corresponde, pues,
a gran parte de los territorios actuales de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú,
Bolivia y Chile, pero también la faja occidental del territorio de Argentina.
Sin embargo, la historia que nos ocupa se circunscribe a lo que llamaremos el
territorio andino central, esto es, gran parte de Ecuador, la mayor parte del
Perú, el oeste de Bolivia y una parte del norte de Chile, que suman
aproximadamente un millón y medio de kilómetros cuadrados. No obstante,
habremos de referirnos a lo largo del texto, fundamentalmente, a lo ocurrido en
territorio del Perú.
Por su ubicación
latitudinal, entre la línea ecuatorial y poco más del paralelo 18º Sur, esto
es, en un área típicamente subtropical del planeta, el territorio central
andino bien diferentes, a las que ha denominado en
idiomas nativos (quechua y aymara). Sin duda es la Cordillera de
los Andes el factor preponderante en la definición de las diferencias
climáticas y ecológicas del flanco oriental del territorio peruano.
En él
las temperaturas ambientales oscilan entre –10 °C, en las cumbres de la
cordillera, y 41 °C, en la selva. Y los pluviómetros registran grandes lluvias
con precipitaciones anuales de 700 – 1 000 mm, en la zona cordillerana, 3 000 –
4 000 mm, en la franja de montaña, y hasta 8 000 mm en la Selva.
En el flanco occidental, en cambio, el estrecho y cálido rango de temperaturas ambientales (de 15 a 30 °C), y la virtual ausencia de lluvias (generalmente no más de 50 mm al año) con la consiguiente existencia de cuarenta desiertos entre uno y otro de otros tantos cortos y delgados valles, son la consecuencia de un complejo y extraño fenómeno hidro–atmosférico que se da en la franja del Pacífico adyacente a la costa, y al que bien corresponde denominar el “Fenómeno Humboldt”.
Según
expresa el científico peruano Ronald
Woodman,
la concurrencia de:
a) la dirección de los
vientos alisios del Pacífico Sur, que en parte de su recorrido circulan sobre
la costa peruana,
b) el sentido de
rotación de la Tierra,
c) la
corriente marina superficial a que da lugar el empuje de los vientos alisios,
dan lugar al permanente afloramiento de profundas aguas frías que, a la postre,
son las causantes de las característicamente frías aguas superficiales del mar
peruano. Así, éstas, con temperaturas de 14 °C en invierno y 21 °C en verano,
están significativamente (12–13 °C) por debajo de las que corresponderían a su
ubicación latitudinal en el orbe5.
Pues
bien, hablando siempre del flanco occidental del territorio peruano, las
finalmente frías temperaturas superficiales de las aguas costeras peruanas, no
sólo limitan severamente la evaporación, sino que dan a su vez origen a otro
fenómeno por igual extraño en el globo terráqueo. En efecto, son la causa de un
inusual caso de “inversión térmica” en la atmósfera. Ello impide la formación
de las grandes nubes (cúmulu-nimbus) que son normalmente las que dan origen a
las lluvias (precipitaciones de 60–150 mm en un día), formándose tan sólo
entonces escasas y delgadas nubes que a lo sumo dan lugar a pequeñas, breves y
esporádicas lloviznas (garúa).
De
allí que en la baja franja costera peruana las precipitaciones de todo el año
sean menores que las que se registran en un día en la cordillera, la montaña y
la selva. Pero también menores que las que se registran en las partes altas del
flanco occidental del territorio, ubicadas por encima del límite de inversión
térmica, donde entonces sí se forman grandes nubes que dan lugar a las lluvias.
Las
precipitaciones –cortas y esporádicas durante la mayor parte del año, e
intensas y prolongadas durante la estación lluviosa (octubre a marzo)– de las
partes altas del flanco occidental, así como los deshielos de la cordillera,
son la fuente de formación de los 40 cortos ríos que discurren atravesando la
costa peruana. Éstos alcanzan sus máximas descargas al océano precisamente
durante la temporada lluviosa de las partes altas. Pero es también durante ese
período que se registran los huaicos (avenidas de lodo y piedra) que
destruyen todo a su paso y enturbian las aguas que los ríos llevan al mar.
En la
costa –para seguir hablando todavía de ella–, el ya complejo espectro se
complica en función de la latitud. En efecto, en las áreas en torno a la línea
ecuatorial Tumbes, Piura y en general el norte peruano), la mayor
perpendicularidad de los rayos sola es calienta más tanto a la superficie del
océano, como al aire y el suelo. Esos mismos tres factores son más fríos al
promediar la faja costera (Lima, Ica, etc.) y todavía más fríos en el extremo
sur del Perú (Moquegua y Tacna).
Pero
otro tanto ocurre también en la Cordillera, en la Montaña y en la Selva.
Dominado
pues por los Andes y altamente influido por complejos fenómenos
océano–atmosféricos, el territorio andino central exhibe entonces cuatro
grandes zonas geográficas marcadamente distintas entre sí: la asoleada,
predominantemente desierta, plana y baja zona costera, adyacente al océano
Pacífico; la fría, abrupta, rugosa y
alta área cordillerana propiamente dicha y de la que forma parte el
Altiplano; una calurosa zona de montaña, que en gran parte incluye a la verde y
baja Cordillera Oriental, y, por último; la tórrida y boscosa zona occidental
de la Selva o llano amazónico.
Hasta
aquí, pues, cuatro deberían ser las grandes zonas geográficas y –siguiendo a Pulgar Vidal– ocho las grandes zonas naturales (climático–ecológicas) en
el territorio andino central. Mas no es así. Hay multiplicidad de zonas geográficas,
gran cantidad de climas y una aún mayor variedad de ecosistemas.
Pero no sólo –como
se ha visto– en función a las diferencias de latitud. Y es que, a diferencia
del único brazo que tiene la cordillera andina en su porción sur, allí donde se
constituye en la frontera entre Argentina y Chile, en el territorio andino
central se abre en dos, tres y hasta cuatro cadenas paralelas de montañas.
Este último es el
caso del área donde la cordillera
Occidental se divide en las llamadas cordilleras Negra y Blanca que perfilan
uno de los paisajes más hermosos y sobrecogedores del planeta: el bellísimo y
afamado Callejón de Huaylas, ante el que se yerguen majestuosos el Huascarán,
el Huandoy y el bellísimo Alpamayo –tres de las más altas cumbres nevadas de
los Andes centrales–, en cuyas faldas, desde la laguna de Conococha hasta
desembocar en el Pacífico, corre cada vez más torrentoso y caudaloso el río
Santa, uno de los pocos ríos de la cuenca del Pacífico con agua todo el año. Y
caprichosa y arbitrariamente, constituyéndose casi como punto neurálgico de los
Andes, las tres grandes cadenas de montañas se reúnen primero en el Nudo de
Loja (Ecuador) y luego en el centro mismo del territorio andino central. Allí
han dado forma al gigantesco Nudo de Pasco sobre el que se asienta una altísima
y gélida meseta a más de 4 300 metros sobre el nivel del mar, en cuyas entrañas
ha quedado depositada una de las mayores y variadas concentraciones minerales
del mundo.
En la zona sur,
tras reunirse nuevamente en el Nudo de Vilcanota, se abre sólo en dos grandes
brazos que dan forma a la altiplanicie del Collao, sobre la que se deposita el
mayor entre los más altos lagos de la Tierra: el Titicaca, cuyo espejo de agua
está a 3 800 metros sobre el nivel del mar.
Entre uno y otro
de los tres grandes nudos, en los grandes callejones que se forman entre las
cadenas de montañas y entre sus innumerables estribaciones (que en el caso de
la costa muchas veces llegan hasta el borde mismo del océano), han quedado
formados cientos de pequeños valles y mesetas en todas las altitudes
imaginables, entre mil y dos mil, o entre dos mil y tres mil y hasta a cinco
mil metros sobre el nivel del mar. A diferencia de las cuatro marcadas
estaciones que se presentan en gran parte del hemisferio norte (en casi toda
Norteamérica y Europa), sólo dos son los períodos estacionales claramente diferenciables
que se presentan en el territorio central andino, pero a su vez sensiblemente
distintos entre la Costa y el conjunto Cordillera-Montaña-Selva.
En la Costa,
habiéndose puesto como ejemplo el caso de Lima, en ausencia de lluvias (37,4 mm
de promedio anual en un período de 19 años), son las temperaturas ambientales
las que establecen la diferencia entre unas y otras estaciones, presentándose
en el período octubre–marzo (“primavera / verano”) las temperaturas más altas,
tanto en el día como en la noche. Y el período abril–septiembre (“otoño /
invierno”) es el de las temperaturas más frías y el de la eventual presencia de
finas garúas.
Por el contrario,
en la Cordillera (para el caso, Cusco) y en la Montaña (representada aquí por
Tingo María), pero también en la Selva, la diferencia estacional es claramente
establecida por la presencia de lluvias.
Octubre–marzo
(oficialmente “primavera / verano”) es paradójicamente el período lluvioso (¿efectivamente “otoño / invierno”?), concentrando el
85 y 65 % de las precipitaciones anuales, según se trate de la zona
cordillerana o de las zonas de montaña y selva.
La
difícil, compleja y hasta sorprendente definición de las estaciones en el Perú
fue advertida ya en 1548 por el cronista español Pedro Cieza de León:
En
las sierras –dice el cronista– comienza el verano en abril, y dura mayo, junio,
julio, agosto, septiembre, y por octubre ya entra el invierno (...) mas en
estos llanos junto a la mar del Sur es al contrario de todo lo susodicho,
porque cuando en la serranía es verano, es en ellos invierno, pues vemos
comenzar el verano por octubre y durar hasta abril, y entonces entra el
invierno; y verdaderamente es cosa extraña considerar esta diferencia tan
grande, siendo dentro de una tierra y en un reino...
En
fin, a sólo 100 kilómetros de distancia, coexisten la “primavera / verano” de
la costa con el “otoño / invierno” de la Cordillera. En la Montaña y la Selva
las temperaturas prácticamente no varían a lo largo del año. Las diferencias de
temperatura se dejan sentir sólo entre el día y la noche, pero con cambios de
apenas 10–12 °C entre el mediodía y la madrugada.
En la
zona cordillerana, donde las temperaturas del mediodía son prácticamente
estables a lo largo del año, lo característico es el mayor rango entre éstas y
las bajas temperaturas de la noche, acrecentándose significativamente la
diferencia en el período seco, y particularmente en los meses de junio y julio.
No
obstante, en el territorio central andino prácticamente en ninguna zona natural
es muy amplio el rango entre las temperaturas máximas del período lluvioso y
las mínimas de la estación seca.
Ése es, pues, el
territorio central andino.
En sus desiertos
costeños, donde se dan tormentas de arena, prácticamente no hay agua. Apenas
son siete los ríos que mantienen regularmente agua durante todo el año: El río
Piura, uno de los más largos y de mayor caudal de la costa peruana, apenas
tiene 243 kilómetros de recorrido, habida cuenta que hace una larga y extraña
curva desde sus nacientes hasta la desembocadura al mar. Normalmente arroja al
mar 1 000 millones de metros cúbicos de agua por año: 500 veces menos que el
aforo normal del Nilo.
En la cordillera,
donde se dan tormentas de agua, la piedra ha prevalecido ya sobre la tierra por
efecto de la erosión. Pero esa invencida cordillera, cuya mayor superficie es
poco propicia para la producción alimenticia, es, sí, generosa en minerales,
con enormes concentraciones de oro, plata, cobre, zinc, plomo y estaño.
Y el mar
adyacente, en mérito al permanente afloramiento de aguas frías pero
nutricionalmente muy ricas, abundantísimo en riqueza ictiológica, sobre todo en
especies pelágicas: anchoveta, sardina, bonito, pejerrey, etc.
Éstas, a su vez,
constituyen el principal alimento de grandes poblaciones de aves marinas cuyos
excrementos, depositados por siglos en la superficie de las islas costeras,
habrían de convertirse en una valiosísima fuente de fertilizantes nitrogenados.
La montaña y la
amazonía, a su turno, albergan innumerables especies madereras y de flora menor
así como la más rica y original fauna. Mas en su suelo habrá de explotarse
también el caucho. Y del subsuelo extraerse ingentes cantidades de recursos
energéticos no renovables (petróleo y gas).
En la costa, breves, discontinuas e insignificantes corrientes de agua.
En la cordillera, largos, permanentes y torrentosos ríos. Y en la Amazonía los
más largos y los más caudalosos cursos de agua del planeta. Aquí el exceso de
arena, allá el exceso de piedra y más allá el exceso de agua son siempre una
amenaza para la vida humana y freno para la producción alimenticia.
Cuando en un lado
la hostilidad a la permanencia y al tráfico la establece la brusca sequedad del
suelo, en otro lo hace la siempre abrupta topografía, el recio e imprevisible
corte de la montaña.
Cuando no es el
mar el que inunda la costa, toca a los volcanes incendiar los valles, o a la
montaña desprender huaicos devastadores. O a los temblores y terremotos
sacudirlo todo.
Los Andes son
pues, sin duda, el más grande desequilibrio vivible del planeta y, muy
probablemente, el último frente que toque vencer al hombre en la Tierra.
Mas ésas serían
las condiciones habituales que iba a encontrar el hombre al llegar a este
espacio. Y muy probablemente, aunque ya eran múltiples, durante mucho tiempo
habría de creer que eran todas las que tendría que enfrentar.
Pronto, sin
embargo, habría de caer en cuenta que, más allá de su voluntad, otro gran
fenómeno natural actuaba también interviniendo decisivamente sobre su mundo:
el gran fenómeno océano–atmosférico del
Pacífico Sur.
Éste, con el
tiempo, recibiría el nombre de “El Niño”, y en torno a él surgirían: “La Niña”,
“No–Niño”, “Anti–Niño”, y, en nuestros días, “ENOS”–por “El Niño – Oscilación Sur”– y su equivalente en inglés, “ENSO”–.
La importancia
fáctica de la Cordillera de los Andes para los pueblos del Perú –como está
visto–, es monumental y abrumadora.
Corresponde, sin
embargo, presentar aquí, pero en términos distintos, una síntesis de sus más
importantes implicancias, sin que el orden represente necesariamente que unas
sean más graves que otras, y en el entendido de que muchas de ellas interactúan
recíprocamente:
1) Contribuye a definir las
grandes regiones naturales del Perú.
2) Condiciona severamente la
dirección de los vientos y la magnitud de las masas de nubes que éstos
arrastran.
3) En función de la altitud
condiciona muy variados rangos de temperaturas y precipitaciones.
4) Contribuye a crear una enorme
variedad climático–ecológica en el territorio.
5) Divide el territorio en
innumerables porciones aisladas.
6) Sus múltiples áreas por encima
de 4 000 msnm, suman un espacio total muy grande, prácticamente inhabitable y agrícolamente
nulo.
7) Es enorme la suma de sus áreas
de gran pendiente en las que, tanto la inversión en infraestructura agrícola
como la explotación agronómica y pecuaria, son costosísimas.
Dificultando y encareciendo
también la aplicación de técnicas y equipos modernos de explotación.
8) Reúne en total más de 10 000
pequeños lagos y lagunas cuya explotación resulta costosísima.
9) Sus entrañas son repositorio
de un sin-número de riquezas minerales.
10)Reúne en su superficie
múltiples variedades nativas de riqueza de flora y fauna.
11)Genera cuatro grandes sistemas
hidrológicos significativamente distintos entre sí:
a)
El
del Pacífico, en el que la inmensa mayoría de los ríos son de brevísimo curso y
pobrísimas descargas anuales;
b)
El
cordillerano–atlántico, de ríos torrenciales y valles que en su mayoría son
abruptos y estrechísimos;
c)
El
amazónico-atlántico, de muy caudalosos ríos, casi sin pendiente, que en la
práctica impiden la formación de valles, y;
d)
El
altiplánico, de ríos muy fríos, breves y de escaso caudal. Por lo demás, muchos
de los ríos, sea por caudal o por torrente, contribuyen a agudizar el
aislamiento de muchas porciones del territorio.
12)Desata con regularidad
innumerables y muy destructivas avenidas de lodo y piedra.
13)Sus pendientes encarecen
significativamente la construcción de viviendas.
14)Alturas y pendientes encarecen
proporcionalmente aún más los proyectos viales y de transporte terrestre, con
concomitancia en mayores costos en todos los sectores productivos.
15)Alturas y pendientes dificultan
el desempeño y familiarización a muchísimos seres humanos habituados a tierras
planas y bajas.
Todas éstas, hasta
aquí, son pues las implicancias más obvias de la Cordillera de los Andes. Cada
cual más trascendente, cada cual más importante. Cómo dudar hasta aquí entonces
que ella es a todas luces el accidente natural más importante e inocultable de
la geografía física del Perú. Que es factor trascendental e insoslayable en su
geografía económica. Que si erróneamente se prescinde de su existencia no se
puede entender la geografía humana del Perú. Que si se desconoce su silueta
básica no se puede en tender ni conocer realmente su geografía política.
No obstante, ¡oh
sorpresa!, casi ningún peruano la conoce. ¿Por qué? ¡Por que no figura en
ningún mapa ni en ninguno de los atlas con los que estudian Geografía los
estudiantes peruanos! ¿Y por qué esto? Porque todos los “especialistas” y sus
editores –sin poner un granito arena adicional y originalidad–, siguen a pie
juntillas las exigencias “pedagógicas” de los programas oficiales del
Ministerio de Educación.
Éste nunca ha
elaborado ni reclamado a nadie confeccionar un mapa de la Cordillera de los
Andes. Y, menos entonces, ese diverso conjunto de mapas en los que debería
aparecer ésta, en uno, con los límites políticos; en otro, con los valles
peruanos; en un tercero, con los sistemas hidrológicos; y así, en tantos como
veinte o veinticinco. No se requieren más. Y con las modernas técnicas de
edición gráfica digital de hoy, no se requiere más que “dos días de trabajo”
para hacerlos. ¿Cuándo llegará ese día?
Entre tanto, hay
que seguir trabajando con los libros y atlas que hay. Incluyendo ese de la
editorial Bruño que, como los de mi tiempo de estudiante en el colegio La
Salle, hace 37 años, teniendo veinticinco mapas del Perú no tienen ninguno de
los Andes. Y con este otro, del profesor Juan Augusto Benavides Estrada, que con sólo cinco mapas del Perú sirve de muy poco.
Debe tenerse
presente, sin embargo, que, además, hay otras implicancias profundas de la
Cordillera de los Andes en nuestro mundo, menos obvias, pero por igual
trascendentales.
Veamos entonces
unas pocas adicionales, que, como las ya citadas, están también estrechamente
vinculadas con la historia:
16)Sus valles, sus cumbres y sus
nevados; los ríos que la laceran y desgarran y los ojos de agua esmeralda que
la adornan; el Sol que mitiga sus fríos y la Luna que la enternece; las
gigantes nubes de algodón que engalanan sus cimas y las copiosas lluvias que la
desnudan; los relámpagos que la iluminan y los truenos que la despiertan; los
volcanes que la hacen rabiar y los temblores y terremotos que la atormentan y
desgajan; sí, todo en ella, convocó la arrobada pero también temerosa ideología
mágico-religiosa de los pueblos andinos.
17)Sus cumbres han definido
importantísimos límites fronterizos en el caso de la mayor parte de los pueblos
y grandes naciones e imperios del Perú antiguo –como reiteradamente veremos en
el texto–. De la misma manera que hoy también define límites en la mayor parte
de los departamentos y provincias del país. Una y otra son meridianas
constataciones históricas que, no obstante, la mayoría de los peruanos
desconoce.
Y por ello, el
estudiante, el trabajador y el profesional peruanos, desconocen asimismo que,
en la gran mayoría de los casos, los viejísimos límites internacionales de los
Andes preinkaicos, son sustancialmente los mismos de los departamentos de hoy.
Y ello prueba una
continuidad espacio-temporal o geográfico–histórica, en la que no se ha
reparado suficientemente bien en la Geografía, pero, con más gravedad aún, en
la Historia, lo que en este caso es de exclusiva responsabilidad de la historiografía tradicional. Los tallanes,
mochicas, moches, chavín, limas y nazcas; como
los cajamarcas, huánucos, tarmas, huancas, chankas,
inkas y kollas, y otros pueblos de hoy, siguen ocupando los
mismos ancestrales territorios que ocuparon sus remotos antepasados.
El desconocimiento
de ese profundo enraizamiento geografía–historia viene teniendo deplorables
consecuencias. Ha dado origen, por ejemplo. A las absurdas delimitaciones que
se han propuesto en los proyectos y/o los fracasados intentos de
regionalización–descentralización del país.
Incluso la famosa
propuesta de Javier Pulgar
Vidal, de regiones
transversales, cada una con costa, cordillera y selva, demuestra el
desconocimiento de la esencia de la realidad histórica del Perú.
Salvo el caso
especialísimo de la nación kolla –que dominó costa, área cordillerana,
Altiplano, y, según parece, también parte de su frontera de selva (en
Bolivia)–, ningún otro pueblo ni nación en la historia de nuestro país ha
dominado nunca las tres regiones naturales.
Así, cualquier
agregación forzada –por más buena fe que contenga– está condenada al fracaso:
porque pesa insoslayablemente la historia; ningún pueblo quiere aceptar que su
vecino, su ancestral rival del otro lado de la cordillera, sea sede de la
capital regional. Casi en ningún caso, nada ni nadie ha podido romper esa
continuidad fáctica que revelan los idiomas, los rostros, los usos y costumbres
cotidianos o los mitos subsistentes, distintos aquí y allá. Ni siquiera lo han
podido lograr los imperios más agresivos que se dieron en el mundo andino, ni
los nativos ni los foráneos. Apelaron sí todos ellos o concretaron de hecho
desestructuradores traslados masivos de población, y a la imposición tácita y
homogeneizante de su cultura imperial.
Los
conquistadores, nativos y foráneos, habiendo contribuido unos más que otros a
mellar esa larga y sólida continuidad geográfico–histórica, no han podido
destruirla.
Ahí está entre
nosotros, hoy, en el siglo XXI, viva y enhiesta: chimú distintos de icas,
chavín distintos de huancas, cajamarcas distintos de huánucos,
antis distintos de limas, chankas distintos de tallanes,
inkas distintos de kollas.
18) Las alturas y pendientes de
la cordillera –pero eventualmente también su pobreza agrícola concomitante–,
han marcado en muchos casos el límite de avance de ejércitos de invasión, tanto
costeños como cordilleranos: mochicas, chavín, nazcas, chankas
y chilenos, por ejemplo.
Es pues –como lo
demostraría una vez más Cáceres en la campaña de la Breña en el
siglo XIX–, un “balcón” de gran y eficiente “vocación natural y estratégica de
defensa”. No obstante, ha sido sistemática e inútilmente desperdiciado por las
sucesivas elites de poder civil y militar en nuestros casi doscientos años de
vida republicana. Con ello se han encarecido hasta el delirio los gastos de
defensa del país, en detrimento de recursos para el desarrollo.
19)La Cordillera de los Andes
estuvo en la mente de los estrategas político–económicos del imperialismo
español cuando, en función de sus intereses, segmentaron drásticamente las
actividades productivas del territorio peruano en:
a)
Un
área cordillerana eminentemente minera, o mejor, de grandes enclaves mineros,
técnicamente modernos, productivamente orientados en exclusividad a las
demandas del mercado externo, y con fuerza de trabajo casi esclavizada a la que
se le “garantizó”subsistencia enfermiza, trato físico y moral traumático y
vejatorio, y, en fin, vida efímera e infeliz, y;
b)
Un
área costeña eminentemente agrícola, esto es, de corregimientos” agrícolas,
también modernos, en los mejores valles, y con fuerza de trabajo permanente y
feudalizada, y braceros eventuales sometidos unos más que otros casi a
condiciones de servidumbre.
20)Patéticamente, también es la
Cordillera de los Andes la que nos ayuda a poner en evidencia el modelo
político–económico que –esta vez bajo la presión de los modernos imperios y sus
grandes empresas transnacionales–, vienen poniendo en práctica en estos últimos
casi doscientos años las elites gobernantes de nuestro país. Todos a una,
sistemática e invariablemente una después de la otra, pero siempre en función
de esos intereses y no los del resto del país, vienen reproduciendo
sustancialmente el mismo esquema imperial que impuso Carlos V hace casi
quinientos años: división especializada de enclaves mineros en la cordillera y
no mineros fuera de ella, y centralismo frágil, efímero y subdesarrollante.
No se puede pues
conocer y entender la historia del mundo andino –nuestro mundo–, si no se
conoce la Cordillera de los Andes: es consubstancial e indesligable de él. Así,
cuando en los textos de Historia se habla de todo lo demás pero no se la toma
en cuenta, ni se destaca su importancia y rol, en el fondo se está deformando y
caricaturizando nuestra geografía y nuestra historia. Siendo, pues, muy
largamente, el factor natural más importante de la historia peruana, es el que
más deberíamos conocer. Pero, ¡oh sorpresa!, tampoco aparece nunca en los
textos de Historia, ni siquiera en los de los especialistas.
Quizá para
compensar esa inaudita y recurrente omisión, es que aquí, en este texto –pero
también en el del Imperio Inka y en el que analizamos el imperialismo español,
eventualmente caemos en el extremo opuesto.
Quizá hasta la
hemos presentado allí donde no cumplía ninguna función. Apreciaremos su
tolerancia y comprensión.
El hoy ya conocido
y hasta familiar fenómeno habría de manifestarse, para los pobladores andinos
de la antigüedad, muy dinámicamente, apareciendo y desapareciendo
“misteriosamente”, como si actuara en función a la voluntad y estado de ánimo
de gigantescas fuerzas sobrenaturales.
Es quizá tan
antiguo como la formación misma de los Andes. O incluso quizá tan viejo como la
Tierra misma. En todo caso –como señala Nicholls –, un indicio de su remota
existencia nos la ofrece el hecho de que muchos de los animales nativos de
Australia parecen haberse adaptado a las grandes fluctuaciones del clima y en
especial a las significativas variaciones de las precipitaciones causadas por
el fenómeno.
Contra lo que se
creyó durante muchas décadas de este siglo, hoy se sabe que el fenómeno no es
“una corriente marina caliente”. Se trata, más bien, de un complejo fenómeno
océano-atmosférico de irregular recurrencia en el tiempo, de también irregular
intensidad y área de impacto, más o menos variable fecha de inicio y además de
muy distinta duración.
Así como se
presenta en dos años continuos, puede volver a manifestarse tras varios años de
ausencia. Los hay de baja, mediana, alta y muy severa intensidad. Pueden
iniciarse en febrero, mayo o septiembre, y durar
meses y hasta varios semestres continuos. Y así como en sus versiones más leves
pueden afectar con inundaciones exclusivamente a Ecuador y Perú, y
simultáneamente con sequías a Australia e Indonesia, o a la inversa; en sus
versiones más graves pueden afectar al mundo entero.
El
último gran fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur manifestado hasta la
fecha, el de 1997, trajo como consecuencia, en un sentido, fuertes inundaciones
en el norte de Perú, sur de Ecuador, el sureste de Brasil y Argentina, África
oriental y en el oeste de Canadá y de Estados Unidos; y en otro, sequías en
Australia, Indonesia, Filipinas, el altiplano de Perú y Bolivia, el noreste de
Brasil, Centroamérica y África central. Asimismo aumentaron los huracanes en el
océano Pacífico, disminuyendo en cambio en el Caribe y en general en el
Atlántico. En uno y otro extremo del planeta, pues, fue sinónimo de destrucción
cuando no de muerte, con daños gigantescos, virtualmente incalculables. Cómo no
habría de serlo si su manifestación más ostensible, el anormal calentamiento de
las aguas del Pacífico ecuatorial– oriental, frente a las costas de Ecuador y
Perú, abarcó una longitud de casi 11 000 Km, entre los meridianos 180° y 80°
Oeste, o desde el norte de Samoa hasta las costas de Sudamérica, esto es, la
cuarta parte del perímetro terrestre.
Los
eventos de 1982–83 y de 1997–98 dejaron al mundo la vívida experiencia de cuán
enormes geográficamente alcanzan a ser los impactos de algunas de las versiones
del fenómeno y cuán devastadoras sus consecuencias. Resultan pues cada vez
más consistentes hipótesis que, en
otras circunstancias, pudieron parecer exageradas y hasta tremendistas. L.E. Moseley y otros, en 1981, y N.A. Mörner, en 1985, por ejemplo, han postulado la hipótesis
de “eventos El Niño extremadamente fuertes” (o “Mega–Niños”), y “eventos
Súper–ENOS”, respectivamente, que habrían tenido lugar en distintos momentos de
los últimos diez mil años, y que “habrían tenido duraciones de algunos decenios
a un siglo y medio (...) dando como consecuencia profundas modificaciones en el
paisaje y en las sociedades...”, en particular por cierto en las de la costa
central y occidental de Sudamérica: Ecuador y Perú.
En el territorio peruano, la referencia que por ahora parece más remota 10 000 años o más alude a la ocurrencia de una aluvión previa a la ocupación humana en las costas de Ancón, 30 kilómetros al norte de Lima.
Con
una datación de entre 10 000 a 7 500 años, la presencia de un molusco de aguas
calientes (Donax obesulus), entre los restos arqueológicos de Anillo, en
las proximidades de Ilo, cerca a Moquegua, casi en el extremo sur del Perú, “ha
sido citada como una evidencia probable de ocurrencias del fenómeno El Niño”. Y
también para este período pre-cerámico, pero esta vez en Asia, ligeramente al
sur de Lima, “la espectacular abundancia [de restos del molusco] Argopecten
purpuratus parece estar estrechamente relacionada con (...) episodios El
Niño fuertes”.
Una
vez más en las playas de Ancón hay indicios de otro evento de hace tanto como 4
500 años de antigüedad (pre Chavín), que eventualmente pudo ser el mismo que
destruyó y sepultó con una avalancha de lodo el Templo de Punkurí, en Casma,
300 kilómetros al norte Lima, y el primer gran edificio de Cerro Sechín en las
inmediaciones.
En el
mismo valle del río Casma, la investigadora L.E. Wells ha logrado rastrear indicios de fenómenos de hasta 3 200 años de
antigüedad. Para un pasaje menos remoto, el colapso de la Civilización Chavín a
la que, sin embargo, en el texto identificaremos como Imperio Chavín, de hace 2
500 años, la arqueóloga peruana Rebeca Carrión Cachot propuso la que Peter Kaulicke estima una “visión apocalíptica”.
Carrión postula que Chavín
colapsó víctima de, entre otros fenómenos naturales, “... aluviones, cuyas
huellas quedan en muchos sitios arqueológicos... [En la costa] se produjeron
lluvias torrenciales e inundaciones que asolaron zonas íntegras; valles antes florecientes con densas poblaciones y
vida económica próspera fueron sepultados o arrasados por violentos aluviones.
Ciertos valles sufrieron más que otros, entre ellos los de Lambayeque, Nepeña y
principalmente Casma”.
Chavín, pues, aunque por más razones que sólo
las de la naturaleza como veremos más adelante–, habría colapsado en el
contexto de un devastador evento océano-atmosférico.
No obstante, según
sólidas sospechas, los especialistas de Chavín habían sido precisamente los
primeros en empezar a conocer –en los Andes– los “secretos” del fenómeno.
En efecto, la
presencia en sus manos de la afamada concha spondylus (o mullu,en
quechua) –traída presumiblemente desde las costas de México, Panamá y
Colombia, pero también desde las costas de Ecuador, según Jorge Marcos les habría revelado valiosísima información
hidro–meteorológica relacionada con el fenómeno. No obstante, como puede colegirse,
ello no fue suficiente para que se vieran libres de sus gravísimas asechanzas. Peter Kaulicke, refiriéndose a la Cultura Vicús (Alto Piura,
Piura) habló de la ocurrencia de eventos importantes entre 250-300 dC y 550–600
dC.
Eventualmente el
primero habría sido uno de los cuatro o cinco eventos que, según el reputado
arqueólogo peruano Walter
Alva, habrían
afectado el Templo de Sipán, o, mejor –decimos–, a la población mochica de
Sipán, en las inmediaciones de Lambayeque. Puede además suponerse que el
segundo habría sido –como advierten Uceda & Canziani– el último de al menos
cuatro eventos sucesivos “que afectaron el Templo de la Luna en el valle del
Río Moche [...lo...] que habría causado el abandono definitivo del sitio”, o,
mejor también decimos, lo que habría marcado el inicio del colapso de la
Cultura Moche.
En la primera edición de Los
abismos del cóndor nos habíamos preguntado: “¿Fue Tiahuanaco la resultante
de una larga, espléndida e inusual centuria de bonanza agrícola y pecuaria”,
que sólo podría explicarse por una sustancial alteración de las condiciones
hidro-climatológicas? ¿Y cómo explicar su también enigmático colapso? Como bien
se sabe ahora, el anormal calentamiento de las aguas costeras del norte
peruano, al propio tiempo que genera inundaciones en esa parte del territorio,
da lugar a sequías en el Altiplano.
Josyane Ronchail, por ejemplo, refiere que en el
Altiplano boliviano “se verifica un déficit promedio de 30% [de lluvias] de
enero a abril” en siete de ocho eventos El Niño.
Pero mucho más
grave que ese déficit promedio de lluvias fue el que produjo el evento 1982-83
en Puno, en el lado peruano del lago. Allí en efecto, los promedios de
precipitación de diciembre a febrero de los años “normales” (346 mm), se
redujeron a sólo el 32 % (114 mm). Fue la peor sequía de Puno en 50 años: se
perdió el 93 % de la cosecha de papa y el 80 % de las cosechas de cebada y quinua,
resultando afectada el 95 % de la población. Una hecatombe. Pero tanto o más
grave es la conclusión que puede extraerse de los datos de precipitación en
Copacabana (al borde del Titicaca) que
proporcionan la propia J.
Ronchail y R. Maldonado & S. Calle: entre 1972 y 1992 se viene
registrando una notable tendencia decreciente de lluvias. Esto es, directamente
influido por el fenómeno oceánico, y probablemente también por otros factores
locales aún no precisados, el Altiplano estaría atravesando por un largo y cada
vez más grave período de sequía. ¿Advierte la actual larga crisis que el
Altiplano estaría atravesando por un “mega–evento” como aquellos de los que se
ha hablado líneas arriba?
En todo caso,
directamente relacionada con el fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur, y
eventualmente también con fenómenos atmosféricos focalizados en el Altiplano,
la más remota crisis de prolongadas sequías –de las que se tiene conocimiento
hoy–, habría ocurrido en torno a los años 700 dC. Y otras, quizá tanto o más
graves, habrían ocurrido en el período 1200 – 1300 dC, así como en torno a 1800
dC –según da cuenta el historiador arequipeño Eloy Linares Málaga. Coherentemente entonces, es lógico asumir que en el
Altiplano se hayan dado también grandes y
prolongados eventos de naturaleza opuesta: de excepcionales lluvias
generosas.
Y que hayan sido
precisamente éstos los que expliquen la extraordinaria e insólita capacidad de
generación de riqueza de la que hizo gala Tiahuanaco, sobre ese altísimo, frío
y poco hospitalario paraje del planeta. Sin duda aún no se puede dar respuestas
categóricas. Pero los indicios en pro de la hipótesis cada vez asoman con mayor
nitidez.
Es precisamente,
por ejemplo, el caso de los resultados de investigaciones realizadas en los
hielos de los nevados Quelcaya y Macusani de Puno. En ellos –según refiere Linares Málaga–, no sólo se ha encontrado evidencias de los
períodos de sequía citados en el párrafo precedente, sino, lo que es muchísimo
más importante, evidencias claras de “períodos de grandes lluvias en los años
650 y 800 dC”, donde este último coincide, precisamente y no por simple
casualidad, con el esplendor de Tiahuanaco.
Dichos fenómenos
se repitieron posteriormente en 1610, cuando ya el Altiplano formaba parte de
la conquista española, y mal pudo la nación kolla sacar partido del
fenómeno. Y en 1900, durante el período republicano, cuando el acusado
centralismo del Perú en torno a Lima impidió a los pueblos del Altiplano, una
vez más, sacar alguna ventaja de tan excepcional y ventajosa situación.
Revisando la historia del fenómeno océano– atmosférico del Pacífico Sur, hemos
venido acercándonos paulatinamente en el tiempo.
Estamos ya a las
puertas del surgimiento del segundo gran imperio de los Andes: Wari, con sede
en la zona surcordillerana del territorio peruano y protagonizado por la nación
chanka. Siendo un período bastante más reciente, 800–900 dC,
aproximadamente, deberíamos pues contar con más evidencias del impacto de la
naturaleza en los pueblos andinos de ese tiempo. Nada por ahora sugiere
directamente que el surgimiento del Imperio Wari y su expansión –como seguimos
suponiendo para el caso de Tiahuanaco– tuvieran algo que ver con el clima y en
general con la naturaleza. Mas la
existencia de depósitos y graneros en Ñawinpuquio –la primera gran ciudad chanka,
inmediatamente anterior al asalto imperial del territorio andino– nos advierte
de la existencia de una producción excedentaria, fruto de lluvias generosas.
Pero también de las reservas que se tomaba en relación con los ya conocidos e
intermitentes períodos de sequía. Eran –en el lenguaje de los primeros cronistas
que vieron ese tipo de construcciones–, las precauciones en los períodos de
“hartura”, para cubrir la escasez de los períodos de “esterilidad”.
Hay, sin embargo, como veremos bastante más
adelante, otras razones como para suponer que la naturaleza habría representado
un papel decisivo en el surgimiento del segundo gran imperio andino. Tanto
porque habría beneficiado directamente a sus protagonistas, como pueblo
típicamente cordillerano, como porque habría perjudicado con gravísimas
inundaciones a los territorios costeños que luego fácilmente conquistó.
Durante la
dominación Wari, que incluyó prácticamente toda la costa norte, un evento de
grandes proporciones habría afectado gravemente el Alto Piura –según refiere Kaulicke. Habría sido el mismo fenómeno que según propusieron Nials y otros, bautizádolo, además, como “Chimu flood” (El
Niño de Chimú) dio origen a una enorme
inundación ocurrida alrededor del año 1100 dC” en Trujillo.
Si así fue
exactamente, es obvio que no sólo afectó pues a los dominados, sino también a
los dominadores. No sólo porque la crisis político social que se habría
desatado habría sido enorme, sino porque dejaba al poder imperial sin su más
importante fuente de generación de riquezas: los valles de Moche, Chicama y
Reque. Ése, quizá, fue el inicio del fin de Wari.
Directamente
relacionado en el tiempo con el colapso del Imperio Wari, está el “mega evento”
de sequía –citado en párrafos anteriores–, registrado en el Altiplano en el
período 1200–1300 dC. ¿Alcanzó a afectar a los territorios inka y chanka?
Aún no se sabe.
Pero sí se ha
encontrado evidencias arqueológicas de que, cronológicamente en torno a la
caída de Wari, se produjo en el territorio ayacuchano una gran sequía.
Y –según sabemos
hoy–, el fenómeno fue muy probablemente panandino, desde que puede presumirse
que fue de dimensiones planetarias. En efecto, se sabe con certeza que desde
1230–1240 dC Europa atravesó por graves crisis climáticas que desembocaron
hacia 1270 dC en una “pequeña edad glacial” con obvio decrecimiento de lluvias y desertificación, agregamos. Y como
resultado de la cual la tasa de crecimiento de la población europea descendió de 27,1 a 19,7 % por siglo.
Aún no está del
todo claro si el evento de 1100 dC que afectó Trujillo, es el mismo que
bautizado como El Niño de Naylamp (“Naylamp flood”) por Craig & Shimada inundó también Batán Grande, a 30
kilómetros al este de Lambayeque. O si El Niño de Naylamp fue el que ocurrió
alrededor de 1330 dC. Definir con precisión la fecha de ocurrencia de este
último evento y el ámbito geográfico que afectó, podrían contribuir a explicar
el proceso de expansión imperial chimú. Bien podría haber ocurrido
postulamos a manerade hipótesis, que afectando sólo a Piura y Lambayeque, El
Niño de Naylamp habría sido decisivo para facilitar la expansión imperial chimú
hacia los territorios al norte de Trujillo. Nada se ha dicho del papel que
eventualmente desempeñó la naturaleza en el arrollador surgimiento del Imperio
Inka, en las primeras décadas del siglo XV.
Sólo para casi
tres décadas después de haberse iniciado el proceso imperial de conquistas, una
aislada referencia nos habla de un evento océano– atmosférico alrededor del año
1460 dC, cuando todavía seguía en el poder el Inka Pachacútec, el primer
emperador del Tahuantinsuyo, es decir, casi setenta años antes de que asomaran
los primeros conquistadores europeos en las costas del Perú.
Desconociéndose la fecha exacta de la conquista de Chimú, eventualmente ese
evento habría podido facilitar su caída.
La historia
precolombina –hasta hoy conocida– del fenómeno océano atmosférico del Pacífico
Sur termina con las referencias que proporciona W.H. Quinn sobre eventos
ocurridos en 1525–26 y 1531–32 42. Por azarosa
casualidad, los primeros viajes exploratorios de los conquistadores europeos
en las costas del Perú en los que capturaron frente a Tumbes a los niños tallanes
que habrían de ser sus valiosos intérpretes 43 se realizaron entre uno y otro evento, sin que alcanzaran pues todavía a
vivir la experiencia.
Y cuando estaban
ya en el viaje que definitivamente los condujo a la conquista de los pueblos
del Perú, viniendo de los tórridos climas de Centroamérica, ninguno de los
conquistadores pudo percatarse –en la isla de Puná, frente a Guayaquil, en la
Navidad de 1531 –, que estaban en la plenitud de un gran evento océano
atmosférico. Y cuatro meses más tarde, en abril de 1532, cuando arribaron a
Tumbes, seguramente tampoco fueron concientes de que los estragos causados en
la agricultura por el fenómeno océano atmosférico y los destrozos que
habían causado los ejércitos de Atahualpa, en represalia por la supuesta
alianza de los tallanes con Huáscar se habían confabulado para facilitar
la conquista de Tumbes y Piura, abriendo así al Viejo Mundo las puertas de los
Andes. Resulta harto evidente, pues, que como bien observan Macharé y Ortlieb, “los datos arqueológicos parecer
ser útiles para documentar eventos muy fuertes del fenómeno El Niño (...)
cuyo impacto afectó en alto grado el normal desarrollo de las sociedades [del
antiguo Perú]”. Hoy resulta muy claro que mientras más al sur llegan los
efectos tanto más grave es el fenómeno. Puede entonces colegirse aunque con
cargo a comprobación que aquellos que impactaron desde Piura a Trujillo habrían
sido de magnitud devastadora. ¿Y qué decir como se ha visto de los que
afectaron hasta Casma? ¿Y fue aún peor o, como se supone alternativamente, sólo
de impacto local, el evento que afectó Nazca, 450 kilómetros al sur de Lima, y sobre el que han reportado Orefici y Grodzicki ? En todo caso, y como otros, el
colapso de la afamada civilización de las Líneas de Nazca sigue siendo un gran
misterio. ¿Y qué decir de aquel otro que llevó especies de aguas calientes
hasta Ilo, en el extremo sur de la costa peruana? ¿Habría que denominarlo
“híper ENOS”? ¿Puede entonces seguirse
afirmando que la de Carrión Cachot es una visión apocalíptica, al cabo de lo que hoy conocemos del fenómeno?
Ciertamente no. Menos aún considerando que, con la tecnología de entonces,
cuando la inmensa mayoría de las viviendas y demás edificios eran
exclusivamente de adobe con techumbres poco sólidas y permeables, las poblaciones
del Perú antiguo eran inmensamente más
vulnerables que hoy.
Sin duda, los que
hoy se considera fenómenos “moderados” debieron tener consecuencias
devastadoras en el Perú precolombino.
Mal puede extrañar
entonces que –como admite Kaulicke–, muchas de las catástrofes
aluviónicas, y/o las sequías con las que se alternan, originadas por el
fenómeno océano– atmosférico del Pacífico Sur, hayan dado lugar a sustanciales
cambios en los cursos de los ríos. Y, consecuentemente, al “abandono” temporal
o definitivo que muchos pueblos de la antigüedad se vieron obligados a hacer de
su territorio. Ello permitiría explicar, entre otros, los innumerables casos en
la costa peruana de restos arqueológicos en áreas hoy completamente secas y
desérticas. Así, por ejemplo, en el extremo occidental de Piura (península de
Illescas), en lo que hoy es el extremadamente seco desierto de Sechura, hasta
el siglo XVII existió el cacicazgo de Nonura. Y muchos testimonios
arqueológicos insinúan cuán habitado estuvo el que hoy es el habitualmente seco
cauce del río Cascajal que atraviesa el desierto.
En general, a
estos respectos, la historiografía tradicional lamentablemente ha dejado de
explicitar que, durante la mayor parte del tiempo de la historia precolombina,
el territorio andino estuvo ocupado por muchos pero demográficamente pequeños y
medianos grupos humanos, en igualmente pequeños y medianos valles, que, en
presencia de eventos de grandes proporciones, resultaban territorial y
demográficamente totalmente asolados, sin que nadie quedara a salvo para acudir
en auxilio de los siniestrados. Sólo cabía la migración forzada de los
sobrevivientes.
Las naciones
vecinas, con las que por lo general había conflicto, si acaso no habían sufrido
los embates de la naturaleza, no estaban precisamente para acudir en ayuda,
sino, por el contrario, para capitalizar el drama de las inmediaciones. Ellas
eran generalmente las que terminaban expandiendo su territorio ocupando el que
acababa de ser abandonado. De allí que Kaulicke admite que muchos de los
territorios precipitadamente
desocupados fueron reocupados posteriormente por poblaciones distintas a las
originales. ¿Pero quiénes pues, sino fundamentalmente las de la vecindad? En
innumerables ocasiones el territorio andino ha sido escenario de esas y otras
modalidades de despiadado canibalismo territorial.
Hoy puede
sostenerse pues que el larguísimo período que va desde la primera ocupación
humana del territorio andino, hasta los primeros triunfos militares de
conquistadores europeos, ha estado estrecha y dramáticamente afectado por el
fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur. La intervención de éste en la
historia ha sido un factor recurrente e importantísimo, decisivo y
trascendental, inmensamente más relevante que cientos de los datos de que está
atiborraba la historiografía tradicional.
Pues bien, aunque
reconociendo razonablemente una menor confiabilidad a los datos más antiguos, Quinn ofrece, además, el recuento de los fenómenos
océano–atmosféricos del Pacífico Sur (de aquellos que tradicionalmente se viene
reconociendo como “El Niño”) ocurridos entre 1535 y 1992.
De acuerdo con la información hoy disponible, entre 1535 y la actualidad, y con diversas magnitudes, han ocurrido 122 fenómenos océano atmosféricos del Pacífico Sur (del tipo conocido como “El Niño”):
Magnitud Eventos
Moderada 67
Fuerte 45
Muy fuerte 10
Por distintos
tipos de evidencias (paleontológicas, arqueológicas y fuentes escritas) hoy por
fin reunidas, se ha logrado concluir que los diez que más graves consecuencias
produjeron en Ecuador y Perú fueron los de 1578–79, 1720, 1728, 1791, 1828,
1877–78, 1891, 1925–26, 1982–83 y 1997–98. Es decir, sólo en los siglos XVIII y XX
se han presentado eventos muy fuertes con 15 o menos años de diferencia.
Como consecuencia
del fenómeno de 1578, la población de Piura se vio obligada a trasla-darse a
Paita, viéndose, además, afectada por el “diluvio” la ciudad de Lambayeque. En
1720 las copiosísimas lluvias y el desborde del río inundaron el entonces
importante poblado de Zaña, a 30 kilómetros al sureste de Lambayeque, llegando
las aguas en la ciudad a más de 3 metros de altura, de lo que dan testimonio
los restos de tres grandes iglesias construidas por los conquistadores, que tuvieron que ser abandonadas junto con el bello balneario
que allí había sido erigido desde las primeras décadas de la Colonia. En 1728
Sechura, en la costa de Piura, se vio
sucesivamente siniestrada por un maremoto y copiosísimas lluvias. Pero
éstas afectaron también otra vez a Zaña, En 1791 el río Piura volvió a destruir
parte de la ciudad, y nuevamente en Lambayeque los desbordes del río arrasaron
sembríos. El fenómeno de 1828, además de afectar Piura, produjo inundaciones en
Motupe (70 kilómetros al noreste de Lambayeque) e incluso el valle del río
Santa (185 kilómetros al sur de Trujillo). Tuvo
pues un singularmente gran radio de impacto. Y tanto o mayor fue el de 1891: se
desbordaron los ríos Tumbes y Chira; las lluvias en Piura se prolongaron por 60
días, alcanzando a tener el río Piura 150 metros de ancho y hasta 7 de
profundidad (cuando la mayor parte del año no supera los 30 y el metro, respectivamente); Trujillo y
la zona del río Santa fueron una vez más afectados; y el 20 de marzo se
registró también el desborde del río Rímac, en Lima. El fenómeno de 1925 debe
ser recordado por ser el primero sobre el que se tiene información
meteorológica precisa: en Piura se registró 1 200 mm de lluvias, con un récord
de 375 mm el 16 de febrero en el pueblo costeño de Zorritos (30 kilómetros al
suroeste de Tumbes).
Aquel
día, pues, se precipitó en Zorritos el equivalente de 3 a 5 grandes lluvias, o,
si se prefiere, el equivalente a todas las lluvias de 8 años “normales” en la
zona, o, por último, casi el equivalente a las lluvias de un siglo en Lima.
A fin
de que tengamos un mejor conocimiento del fenómeno océano-atmosférico del
Pacífico Sur, veamos pues un resumen de sus manifestaciones más obvias.
Quizá
la primera de todas es la significativa elevación de la temperatura superficial
del mar (TSM), como consecuencia de la incursión en el litoral
peruano–ecuatoriano de la gigantesca masa de aguas cálidas que llega desde el
Pacífico Occidental.
Dependiendo
de la latitud, las temperaturas “normales” de las aguas costeras peruanas
fluctúan de 14, 16 y 18 °C, en invierno, a máximos de 16, 18 y hasta 21 °C en
verano, según se mida frente a los puertos de San Juan, el Callao o Lobitos, respectivamente.
A partir de esas condiciones, el acercamiento de grandes masas de aguas
calientes provenientes del oeste, no sólo es la causa de la anormal elevación
de temperatura de las aguas costeras peruanas y de la atmósfera de la costa,
sino que generalmente también contribuye a quebrar el fenómeno de inversión
térmica y consecuentemente a desatar grandes lluvias. Según anota Woodman, basta un incremento anómalo de temperaturas
de sólo 2 °C para definir la presencia del fenómeno océano–atmosférico del Pacífico
Sur, aunque débil. Puede calificarse como eventos “medianos” los que sobrepasan
los 3 °C de anomalía, e “intensos” aquellos en que la temperatura superficial
del mar muestra anomalías de más de 4 °C.
En
este sentido como nítidamente muestra el gráfico “intenso” o “fuerte” fue el
fenómeno océano atmosférico observado entre finales de 1991 e inicios de 1992.
Estrechamente
vinculada con el incremento anómalo de la temperatura superficial del mar, está
pues la segunda de las más obvias manifestaciones de la presencia del fenómeno
océano–atmosférico del Pacífico Sur: el incremento de las precipitaciones.
El
primero en realizar un escrupuloso y meritorio recuento de las precipitaciones
en Piura Piura fue Víctor Eguiguren, quien en una
publicación de 1894 reunió una vasta información sobre las
lluvias ocurridas entre 1791 y 1890.
No
menos valiosas son las recopilaciones realizadas por Santiago Távara, de 1791 a 1845, y Juan de Helguero, desde 1839 hasta
1864. Aunque dependiendo mucho de los años que se tome en consideración, en
general se acepta que el promedio de precipitaciones en la ciudad de Piura
(incluyento los años en que se presenta el fenómeno) es de 50 mm anuales
(medidos en la estación meteorológica de San Miguel, Bajo Piura, en las
inmediaciones de la capital del departamento).Pues bien, la presencia del
fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur, en su versión más leve,
virtualmente triplica el volumen de las precipitaciones en el área del
departamento de Piura, elevándolas por encima de 135 mm anuales. Ello ocurrió,
por ejemplo, en 1941, cuando la temperatura superficial del mar que se registró
en Chicama fue apenas de 23 °C, y sólo en el mes de marzo, habiendo llegado
probablemente en las costas de Piura a 25–26 °C.
Sin
embargo –sostiene Woodman–, cuando la TSM se
eleva hasta 29 °C, “esperamos precipitaciones cercanas a los 800 mm por mes”,
como en efecto ocurrió en 1983. Así, fueron registradas extraordinarias
precipitaciones anuales de 1 761 mm, en la estación de San Miguel; 2 340, en la
del aeropuerto de Piura; 2 957.7 mm en la población costera de El Alto; y un
récord de 4 167 mm en el distrito de Chulucanas, a 60 kilómetros al este de la
ciudad de Piura. En ésta, pues, llovió en 1983 tanto como en casi 50 años
“normales”.
“Dudo
exista un lugar en el mundo en el que se haya presentado una precipitación que
difiera tanto del comportamiento normal” –ha expresado Woodman –.
Sin
duda, pues, los pobladores del departamento de Piura asistieron a un verdadero
diluvio en 1983. Y en 1998, aun cuando no se alcanzaron los récords anotados,
las precipitaciones fueron también extraordinarias.
Relacionada
a su vez con las dos anteriores, la tercera manifestación de la presencia del
fenómeno océano-atmosférico del Pacífico Sur es el consecuente y significativo
aumento de la descarga de los ríos. Diversas investigaciones “han encontrado
que existe una relación significativa entre la ocurrencia de El Niño –
Oscilación del Sur (ENOS)
y la hidrología de los países de la cuenca del océano Pacífico”.
Avalan
esa relación causa efecto las muy diversas referencias que se ha hecho en
páginas anteriores sobre las inundaciones causadas por los ríos La Leche (a
Lambayeque y Batangrande), Reque (a Sipán), Zaña (a Zaña), Moche (al Templo de
la Luna y Trujillo), etc.
El
caso de los ríos peruanos Tumbes (o Puyango Tumbes) y Chira, pero sin duda
también el Piura, es muy especial y significativo. No sólo se cuentan entre los
de más largo curso y más amplia cuenca de toda la costa peruana sino que se encuentran
ubicados en el área geográfica de mayor impacto del fenómeno océano-atmosférico del Pacífico Sur.
Habida cuenta de
esas dos poderosas razones, alcanza a entenderse porqué muestran una altísima
relación entre sus descargas anuales y la ocurrencia del fenómeno, cualquiera
sea la magnitud de éste. Sin excepción,
en 48 años de registro, el Tumbes y el Chira han incrementado
significativamente sus descargas en todos y cada uno de los once fenómenos
experimentados. La cercanía física del Chira con el Piura permite suponer que
éste también responde con gran sensibilidad a la presencia del fenómeno
océano–atmosférico del Pacífico Sur. Hay en todo caso la evidencia de cuánto se
agigantó durante la ocurrencia del intenso fenómeno de 1983. En efecto,
mientras su descarga anual alcanza en promedio 1 000 millones de metros
cúbicos, ese año, sólo en el período enero junio, afloró 10 955 millones de
metros cúbicos.
Pues bien, como
también ocurre en el caso de las lluvias, en el de las descargas de los ríos
resulta también de enorme importancia conocer sus picos máximos de descarga
diaria, pues son éstos y no tanto la magnitud del volumen anual que
transportan, los que dan lugar a los catastróficos desbordes que inundan campos
de cultivo y ciudades.
Se sabe por
ejemplo que el río Piura registró una descarga extraordinaria de 3 500 m3/seg en 1983, que, sin embargo,
fue superada por la de 4 424 m3 /seg que se
registró el 12 de marzo de 1998. Y fue precisamente en esas circunstancias que
se llevó de encuentro el tercio central de un enorme puente de concreto,
inutilizándolo del todo.
Puede suponerse
que ese mismo año en las riberas del Chira debió experimentarse una similar
zozobra, en tanto que de enero a abril fluyeron 17 500 millones de metros
cúbicos y apenas 1 288 en los otros seis meses del año.
Considerando siempre lo que ocurre en la vertiente occidental de los Andes, la
descarga de los ríos de la costa peruana es producto tanto de las
precipitaciones que se dan en las partes bajas de los valles (cuando el
fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur rompe el fenómeno de inversión
térmica), como de las que se dan en las partes altas (por encima los 1 000
metros de altitud sobre el nivel del mar, donde no se da esa anomalía en la
gradación térmica). Y estos últimos son precisamente los territorios donde se
forman y adquieren mayor caudal esos cursos de agua.
Woodman afirma que, en presencia del
fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur, cuando a nivel del mar aún faltan
1–2 °C en la temperatura superficial del mar para que se desate el proceso de
lluvias, se dan ya precipitaciones en las partes altas de los valles, entre los
1 000 y 3 000 metros sobre el nivel del mar, que es donde forman su caudal los
ríos de la costa y donde se generan las grandes y destructivas avenidas de
piedra y lodo (huaycos). Por lo demás, en los últimos y más intensos
eventos de este siglo (1971–72, 1982–83 y 1997–98), tanto por las lluvias de
las zonas bajas como por las de las zonas altas de la costa, se forman pequeños
y medianos nuevos cauces transitorios
(como el que resultó denominado “río Loco”, que en 1983 inundó el bosque de
Batangrande, en Lambayeque), se llenan de agua muchos de los que se daba por
secos para siempre (como el Cascajal, en Piura), y llegan al mar otros que
durante mucho tiempo habían dejado de hacerlo (como el río La Leche, en
Lambayeque).
La
cuarta de las más obvias manifestaciones circunstanciales y transitorias del
fenómeno en las costas tropicales sudamericanas es la elevación del nivel del
mar. No sólo por la adición de las grandes masas de agua que llegan desde el
Pacífico occidental, sino porque siendo calientes tienen mayor volumen que las
aguas frías.
Es
durante la ocurrencia de los fenómenos más severos cuando más se eleva el nivel
medio del mar. En el caso del Callao llega pues a estar hasta 35 cm por encima
del nivel “normal” y hasta 50 cm por sobre el nivel más bajo registrado (en
1975).Y como ya puede suponerse, la elevación del nivel medio del mar es aún
más pronunciada en la zona norte del Perú, allí donde el fenómeno se presenta
en su máxima intensidad.
Así,
entre septiembre de 1982 y enero de 1983 y de marzo a junio de 1983 el nivel
medio frente a Paita se elevó hasta llegar a estar 50 cm por encima de su nivel
normal”.
No es
difícil advertir que la elevación del nivel medio del mar constituye también
una seria amenaza. No sólo porque queda inundada una amplia faja que
normalmente está descubierta, acercándose peligrosamente el mar a muchas
instalaciones, sino porque, al ser rebalsados los taludes naturales, llegan a inundarse
grandes áreas cuyas cotas quedan por debajo del nivel del mar. Así ha ocurrido
en diversas ocasiones en el litoral de Tumbes y Piura, y en particular en el
desierto de Sechura.
La
elevación del nivel del mar representa, además, un grave riesgo contra las
instalaciones portuarias, que quedan expuestas a empujes significativamente
mayores. Y muchos muelles artesanales y de recreo corren incluso el riesgo de
quedar bajo las aguas.
La
quinta de las manifestaciones más evidentes del fenómeno, y específicamente en
las costas peruanas, es la formación de lagos y lagunas de vida más o menos
corta en el desierto de Sechura.
Son el
resultado de las anómalas y copiosas precipitaciones en el desierto, de la
formación de nuevos cursos de agua y/o el llenado de quebradas y viejos cauces
que llegan desde las faldas de la cordillera y que sólo en estas excepcionales
circunstancias llegan hasta el mar (como en el caso de los ríos Cascajal,
Olmos, Motupe y La Leche), e incluso del desborde de los taludes de arena y
consecuente incursión de aguas del océano.
Al
iniciarse el proceso de lluvias durante el fenómeno puede percibirse hasta 9
lagunas distintas: Ñapique y Ramón, en el extremo sur del valle del Bajo Piura;
Salinas de Sechura, Chocol, Sapayal y Namuc, en pleno desierto; Reventazón y
Salinas de Mórrope en la misma costa; y la que se forma en la Gran Depresión del desierto de
Sechura cuyo fondo está a 34 metros por debajo del nivel del mar.
En los grandes
eventos de 1983 y 1998, salvo la de la Gran Depresión, que quedó aislada, el
resto de las lagunas dio paso a la formación de un gran lago de hasta 200
kilómetros de longitud y 25 de ancho, por lo que se constituye, transitoriamente,
en el segundo lago más grande de Sudamérica (después del Titicaca). La
evacuación de las aguas a través del estuario de Virrila impide que el lago
adquiera aún mayores dimensiones.
Salvo las lagunas
San Ramón y Ñapique, de vida más prolongada, la del gran lago, primero, y la de
las pequeñas lagunas que van quedando, después, a lo sumo se prolongan entre 12
y 24 meses. Y es que la evaporación mina el nivel de las aguas hasta en un
centímetro por día en las jornadas más ventosas del verano.
No puede, sin
embargo, concluirse este recuento sin hacer mención de la sexta de las más visibles manifestaciones
del fenómeno océano atmosférico del Pacífico Sur: la simultaneidad de lluvias y
sequías en áreas distintas del territorio andino y, como se ha adelantado, del
planeta. Pero aun cuando el fenómeno es de viejísima data y en consecuencia
tiempo es lo que más ha habido en el Perú no existen todavía estudios que
demuestren bien el irregular impacto del fenómeno en todo el territorio.
“Con excepción de
Puno –reconoce Woodman–, no existe una relación estadística
clara entre El Niño y la precipitación en la zona central y en la vertiente
oriental de los Andes”. “En el caso de Puno agrega más adelante, se notó una correlación
negativa (sequía) con El Niño de 1983...”. Y en efecto, como se ha visto en
páginas anteriores, en diciembre febrero 1982 83, las precipitaciones en Puno
se redujeron al 32 % de lo normal”, constituyéndose en la peor sequía en 50
años: 2 millones 600 mil cabezas de ganado tuvieron que ser sacrificadas en la
dramática escasez de agua.
Sin duda la
relación “lluvias en la costa norte sequías en la Cordillera” durante el
fenómeno amerita ser profundamente estudiada, porque mal pueden desconocerse
los datos que ofrecen las propias estadísticas oficiales:
Evento Sequías
1969 48% de
precipitaciones bajo lo normal de Cajamarca a Huánuco y 40% bajo lo normal en
el resto del área cordillerana.
1982 83 50% de
lluvias bajo lo normal en toda la zona surcordillerana.
1986 87 Déficit de
20% de lluvias en toda la Cordillera.
1989–90 40% de
lluvias bajo lo normal de Cajamarca a Huánuco; 40% en Cusco; 75% en Arequipa y
Puno.
1991–92 Sequía
general en la Cordillera del orden de 40% de lluvias bajo lo normal.
Pues bien, todo lo
que venimos revisando en las últimas páginas es el resultado de la utilización actual,
tanto de modernos criterios científicos, como de los sistemas de control y
evaluación más sofisticados. ¿Pero algo alcanzaron a comprender acaso los
antiguos habitantes de las costas ecuatoriales suramericanas, en Ecuador y
Perú? Tal parece que sí, y en torno a la afamada
concha Spondylus giraría precisamente la cuestión. No obstante, casi
toda la historiografía tradicional ha atribuido la sistemática presencia del Spondylus
en el territorio andino, incluso durante la vigencia del Imperio Chavín, a razones
que supuestamente tendrían un carácter exclusivamente religioso. Así, hoy,
científicos como Díaz &
Ortlieb
textualmente expresan “la presencia de ejemplares de esta especie en sitios
arqueológicos refleja el valor cultural de estas conchas...”.
El historiador
ecuatoriano Jorge Marcos, sin embargo,
postuló ya en 1979 una tesis sumamente distinta y por demás
sugerente, observando el trabajo de los antiguos y tradicionales pescadores
submarinos del golfo de Guayaquil, que se sumergen sin otro auxilio que el de
sus pulmones. Marcos “descubrió” como
también mostramos en la primera edición de Los abismos del cóndor que
sólo alcanzan a extraer piezas de Spondylus cuando la temperatura
superficial del mar se manifiesta anormalmente alta.
Ésa,
pues, la constatación objetiva y sustancial. Y dedujo que, en razón de las
mayores temperaturas a que da origen el fenómeno “El Niño”, el Spondylus migra
desde las partes más
bajas del océano hacia capas que están al acceso de los buceadores.
Seguramente los
especialistas observarán –u objetarán– que, en todo caso, se trataría, más
bien, de una migración horizontal, desde las siempre más cálidas costas
panameñas, colombianas e incluso del norte de Ecuador. Lo sustancial, sin
embargo, sigue en pie: el Spondylus sólo está al alcance de la mano
durante el anormal calentamiento del océano (que genera las condiciones para
las lluvias en el área).
No obstante, la
principal conclusión de Marcos fue que los especialistas
hidro-meteorólogos de la antigüedad, incluso de Chavín, habrían también
advertido esa importantísima relación.
Así, con el Spondylus
en la mano, o en ausencia de él, estaban en condiciones de advertir, con
meses de anticipación, si habría lluvias o sequía, sobre todo en los valles de la
costa. ¿Podrá algún día probarse esta hipótesis histórico–científica? ¿Vamos a
seguir creyendo que los antiguos peruanos simplemente rezaban al Spondylus clamando
por lluvias? La temperatura superficial del mar (TSM) resulta, por sí sola –sin
mediar sofisticadas boyas electrónicas y menos costosísimos satélites
artificiales– una importantísima advertencia temprana sea de lluvias o de
sequías. Hasta podría decirse: el fenómeno se advierte en septiembre. De ese
gráfico se deduce también que el 71% de los años la TSM (en Chicama) “advierte”
certeramente, ya en septiembre, cuál será la correspondiente en el mes de
febrero que se avecina, o, si se prefiere, en el verano siguiente. Ya sea
porque cuando es baja, más baja de lo “normal”, tempranamente advierte de un
verano frío y con pocas lluvias; o porque cuando es alta, más alta que lo
“normal”, anticipa uno caliente y con lluvias. E incluso de las probables
gradaciones que habrán de presentarse. En octubre y noviembre son incluso más
certeros los anuncios. Y resultan, no obstante, “advertencias todavía
tempranas”.
¿No habrían
dominado también los antiguos peruanos ese simple y empírico método de
anticipación hidro–meteorológica, que “sólo” falla en tres de diez casos? ¿No
era suficiente termómetro la piel de los navegantes de los caballitos de totora
de Trujillo, o la de los navegantes en balsa de Piura y Tumbes? ¿Y no bastaban
sus observaciones en torno a las poblaciones de aves, tanto de las playas como
de las islas cercanas que frecuentemente visitaban? ¿Y la pesca de especies que
sólo aparecían cuando se incrementaba la calidez de las aguas? En fin, quizá la
arqueología pueda finalmente acoger o desechar la hipótesis.
Pues bien, como
muestra la historia, en la costa norte las lluvias torrenciales y las
inundaciones subsecuentes producidas por el fenómeno océano–atmosférico del
Pacífico Sur, se han intercalado con períodos de sequía de también irregular
duración y escasez de agua, pero también de muy diversa área de impacto.
A todas luces, sin
embargo, esta cara del problema ha sido muchísimo menos estudiada. Quizá porque
prevalece la errónea idea de que es un asunto menos grave.
Del recuento que
realizó Santiago Tabarra se extrae, por ejemplo, que
Piura ha sufrido sequías en los períodos 1791–1802, 1805- 1814, 1829, 1838–1843. Y Juan Helgüero agrega que se sufrió sequías en
1847–49, 1851, 1853, 1855–56, 1858–1861, 1863, 1865, 1867–70, 1872–76, 1879,
1881–1883, 1885, 1890, 1892–98, 1900–1901 y 1903.
De
declaraciones recogidas por Jorge
Moscol
al ex prefecto de Piura, Leguía y
Martínez, se desprende, además, que la sequía se prolongó de 1904 a 1911. Esto es,
fueron secos 76 de 120 años en Piura. Así, entre 1791 y 1911, como consecuencia
de las predominantes sequías, el 63% de las campañas agrícolas fueron pobres y
empobrecedoras, habrá que recalcar–. En algunos de esos períodos secos se
vivieron situaciones realmente dramáticas.
Así
–como anota Moscol–, en los 12 años de
sequía que se dieron entre 1791 y 1802 “se secaron los algarrobos, alimento del
ganado”.
En
1883 la escasez de lluvias en la costa y en las partes altas del valle fue tal
que las aguas del río Piura ni siquiera llegaron a discurrir por el cauce que
cruza la ciudad, y menos pues llegaron al océano. Y citando al prefecto Leguía y Martínez, “la sequía más
larga que se recuerda en el Bajo Piura es la que se presentó después de las
terribles lluvias del año 1891. La sequía duró veinte años”. A partir de 1932,
en que empezó a hacerse registros meteorológicos, y hasta 1992, las lluvias
fueron iguales o menores a 25 mm/año en 24 campañas agrícolas, y en otras 11
iguales o menores a 50 mm/año. El 40 % del tiempo fue pues de grave sequía,
siendo el período más prolongado y crítico el de 1960–64. ¿Puede con esos
antecedentes seguirse creyendo que el asunto no es grave o es poco grave? No,
lo es y en extremo. Y, con menores recursos tecnológicos disponibles, tanto o
más grave aún fue en la antigüedad.
Debemos,
sin embargo, preguntarnos, ¿cuál es la causa de estos recurrentes y costosos
períodos de sequía que agudizan la escasez de agua en la costa peruana, y en la
zona norte en particular? La ciencia en estos últimos años ha empezado a hablar
de un nuevo fenómeno al que se ha dado en denominar “La Niña”, pero también
“ENOS–fase fría”.
Según
la National Oceanografic and Atmospheric Agency de los Estados Unidos –NOAA–, “La Niña está
caracterizada por inusuales temperaturas bajas en el océano Pacífico
Ecuatorial”. Y debemos agregar, por la concentración de las masas calientes del
océano en el extremo occidental del Pacífico.
El “ENOS fase fría” (“La
Niña”) por lo general se presenta inmediatamente después del “ENOS fase caliente” (“El Niño”).
Todo parece indicar que también hay una estrecha relación, pero esta vez entre
valores positivos del Índice de Oscilación Sur (“La Niña”), y las anormalmente
bajas temperaturas superficiales del mar, las escasas precipitaciones en Piura
y las bajas descargas de río Chira en la misma área del norte del Perú. Así
como en el caso de “El Niño” con los valores negativos del IOS, aquí también la
correspondencia, sin ser absoluta, es muy alta. En efecto, puede apreciarse
que, desde 1958 a la fecha, 12 episodios con valores positivos del IOS están
relacionados con hasta 18 años de escasas precipitaciones en Piura y menores
descargas del río Chira que corre a pocos kilómetros de esa ciudad.
Habida
cuenta de la larga recopilación que hemos realizado de siniestros ocasionados
por el fenómeno “El Niño” en el territorio peruano, es altísimo el porcentaje de años de sequía
cuyo origen, mayoritariamente y durante milenios, hay que atribuir a “LaNiña”.
Mal puede por ello deducirse –como erróneamente aprecia Woodman– “que el fenómeno [La Niña] felizmente no acarrea
ninguna amenaza”.
Sin duda, el
fenómeno océano atmosférico del Pacífico Sur, en sus dos versiones, ha sido un
gravísimo lastre para el desarrollo de los pueblos del Perú. Ese fenómeno
natural ha sido, sin ápice de duda, uno de los grandes “protagonistas” de la
historia peruana: un día determinó grandes cosechas y enriquecimiento, y en el
siguiente sequías, hambruna y pobreza; aquí impulsó el crecimiento y expansión
de un pueblo, allá la caída y el colapso de una civilización. Mal puede por
ello seguir dejándoselo de lado.
Por obvio que
pueda parecer, debe explicitarse que en el remoto pasado que habremos de
revisar, la vida y la obra humana fue muchísima más vulnerable frente a
cuales-quiera de las versiones de ese fenómeno natural que en nuestros días. Y
por obvio que también pueda resultar, es igualmente pertinente poner de
manifiesto que en el pasado –como incluso en el presente– absolutamente ningún
fenómeno, ni natural ni humano, ha tenido tanto impacto y trascendencia como
esos fenómenos climatológicos. Ha sido –y es– suficiente una gravísima
alteración climática durante un “corto” período de tres años continuos, por
ejemplo, para destruir, íntegras y sin remedio, costosísimas realizaciones
logradas en tres “largos”siglos. Nada que haya salido hasta ahora de la mano
del hombre ha tenido resultados tan nefastos y devastadores.
Permítasenos aquí una primera digresión. Las grandes
catástrofes climáticas y de órdenes equivalentes, y su devastador impacto en la
vida de los pueblos, no son por cierto fenómenos privativos del territorio
andino. Han sacudido también la historia antigua del hombre de Oriente y
Occidente. Las “plagas de Egipto” y otras pestes son magníficos ejemplos. Pero
si no se considera a ésos como los mejores ejemplos, tienen la palabra los
científicos de la Universidad de Yale, que llevan años investigando y tratando
de probar la muy probable relación entre el colapso de alguno de los imperios
de Mesopotamia y la coincidente ocurrencia de una grave conmoción climatológica
en dicha área.
La Historia es,
sin duda, una de las áreas de conocimiento más antiguas de la humanidad. ¿Cómo
entender, sin embargo, que la ciencia recién en este siglo se haya planteado
como hipótesis que la naturaleza (el clima en este caso) habría jugado roles
fundamentales en la historia de las civilizaciones? ¿Es que nunca hubo pistas
que lo sugirieran? Pues claro que las hubo. Y la historiografía de Occidente es
la única responsable de haber cerrado los ojos –¡durante cientos de años¡–
despreciando valiosísima información de ese género. El historiador
norteamericano Robert López, por ejemplo –y hace nada menos
que 34 años–, ha llamado seriamente la atención sobre “cuán ridículas” han
venido han sido –y siguen siendo– estimadas por la inmensa mayoría de los
historiadores las palabras de San Cipriano,
obispo de Cartago contemporáneo de la debacle del Imperio Romano, cuando dijo: “...el
invierno ya no tiene bastante lluvia”.
¿Puede acaso
ponerse en duda hoy que la “sequía de San Cipriano” como bien podría ser
denominada, representó un papel
decisivo en la caída del Imperio Romano? ¿Cuáles son, sin embargo, los textos
de Historia que dan cuenta de un hecho tan significativo y relevante como ése?
¿No deberían acaso decirlo todos los textos, sin excepción, dedicándole como
correspondería muchísima más importancia que la que se dedica a los
intrascendentes devaneos melódicos de un innombrable emperador romano, por
ejemplo?
¿Pero fue acaso la
de San Cipriano la primera advertencia escrita de la que se pudiera derivar una
estrecha relación entre el clima y las grandes crisis políticas y sociales de
la historia? No. El propio Herodoto –el “padre de la Historia”–,
hace dos mil quinientos años, en su relato sobre la asombrosa pirámide de Khefrén,
dio pistas equivalentes a las que siglos más tarde daría pues San Cipriano.
Pues bien, parecen
haber sido también alteraciones de origen climático las principales gestoras
del fenómeno exactamente inverso, esto es, de períodos de bonanza y enriquecimiento
en los que el hombre, sin haber representado
papel activo alguno en su gestación, habría sí usufructuado grandes
beneficios. Si –como seriamente sospechamos–, esa relación entre climas particularmente
benéficos y la concretización de grandes realizaciones humanas en los Andes es
correcta, también a este respecto puede igualmente decirse, entonces, que
ninguna acción del género humano, ni individual ni colectiva, ha sido hasta
ahora, ni cualitativa ni cuantitativamente, tan benéfica, impactante y trascendental
como una grande y generosa alteración climática, que de un golpe puede
multiplicar varias o muchas veces la producción agrícola y ganadera de un
pueblo, dotándolo de la noche a la mañana de una riqueza inestimable de amplio
y generalizado beneficio.
Acéptesenos aquí
entonces otra digresión. Porque, en efecto, ni la invención del carro de ruedas
o la escritura, hace más de dos mil años; ni la electricidad, el automóvil o la
informática, en nuestro tiempo, han tenido ni tienen impacto tan grande y
amplio.
Más allá de la
voluntad del hombre, y en perspectiva planetaria, todas y cada una de ellas no
han dejado todavía de ser más o menos elitistas, o, si se prefiere, de alcance
y beneficio poco amplio y, en definitiva, poco democrático. Basta reconocer,
por ejemplo, que cuatro quintas partes de la humanidad de hoy no disfrutan
todavía de ninguno de los grandes inventos modernos, algunos de los cuales han
cumplido ya un siglo de vida. Por lo demás, los “golpes climáticos favorables”,
y su trascendental impacto en la vida de los pueblos, no habrían sido tampoco
fenómenos privativos del territorio andino. En todo caso, la ciencia tiene aún
enormes retos por desentrañar a este respecto. Nuestra hipótesis es que en el
surgimiento de la inmensa mayoría de las grandes civilizaciones de la humanidad
–incluida por cierto la paradigmática civilización romana, pero también la
carolingia, y las del Renacimiento y los grandes imperios de la Europa del
siglo XV y siguientes– benéficos golpes climáticos habrían constituido un
factor preponderante, muy significativo. Y, complementariamente, pero derivada
de ella, surge también la hipótesis que el papel “decisivo y protagónico” que
hasta ahora la historiografía viene otorgando a los supuestos sujetos centrales
de esas “hazañas”, pero en particular a los “líderes providenciales”– grandes,
magnos, únicos, insuperables o como quiera que se les ha calificado–, no habría
sido tal, sino, a lo sumo, casi completamente accesorio.
En todo caso, más
difícil que probar o rechazar científicamente estas dos hipótesis –porque con
el concurso de las más modernas técnicas y tecnologías ello ya no es un
obstáculo muy serio–, será que los “historiadores tradicionales” acepten
siquiera someterlas a estudio y confrontación con la realidad.
Porque el sólo hecho de tomar la
determinación de asumir esas hipótesis para intentar confrontarlas con datos
empíricos, supondría –en el menos mezquino y más objetivo de los casos– asumir
implícita-mente –aunque sólo fuera de manera transitoria– que cientos de los
mitos que se ha construido sobre los “hombres providenciales” no habrían sido
sino “gravísimos errores”,o “burdas falacias –por no decir “gruesas mentiras”–.
Y porque en tanto demore el trance de la comprobación –o del rechazo de esas
hipótesis–, estará, pendiendo como una espada de Damocles, la eventualidad de
que, confirmadas, haya que rescribir casi íntegramente toda la historia de la
humanidad (o cuando menos la de Occidente –confesamos conocer muy poco o nada
la del Lejano Oriente–).