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2 El comercio: vehículo pacífico de expansión
cultural.
3 El comercio: puente entre Chavín, Tiahuanaco y
Wari
4 Estratificación e invasión: correlación de
fuerzas.
Los hombres de Pacaicasa, según las
evidencias conocidas hasta hoy, habrían sido los iniciadores de la Cultura
Andina, como afirma Del Busto. Los vestigios de
estos primitivos y pequeños grupos de recolectores–cazadores que habitaron la
cueva de Pikimachay, en Huanta, 20 Kms. al norte de la ciudad de Ayacucho,
serían los más antiguos del territorio andino. Datarían del año 20 000 aC.
El área cordillerana de Ayacucho resultó lo
suficientemente benigna a los pocos recolectores–cazadores que empezaron a
poblarla, como para asegurar su subsistencia, multiplicación y pervivencia a
partir de entonces. El hombre dispuso allí de protección, agua dulce y
alimentación. Sólo así puede explicarse que la cueva de Pikimachay fuera
reiteradamente ocupada por más de cien siglos.
Además del hombre de Pacaicasa, en la cueva
de Pikimachay, en efecto, han dejado testimonio sucesivo y superpuesto otros grupos
a los que la arqueología reconoce con otros tantos nombres: Hombre de Ayacucho
(16000-12000 aC); Hombre de Huanta (11000 – 8000 aC); Hombres de Puente y Jaywa
(8000 – 6 000 aC); Hombre de Piki (6000 –4000 aC); Hombres de Chihua y Cachi
(4000 – 2000 aC).
Todos esos testimonios prueban el prolífico
y exitoso poblamiento de esa parte de la cordillera. Población que, como pocas
en el extenso territorio andino, fue acumulando de esa manera una larga y
riquísima tradición.
Tradición a la que sin duda pertenecen
también, aunque de datación más reciente, los vestigios de la Cultura Chupas
(600 aC), cuya población probablemente alcanzó a caer bajo la hegemonía de chavín.
Y a la que después corresponden las evidencias de la de-nominada Cultura Rancha
(500 – 100 aC), encontradas en el área de la actual ciudad de
Ayacucho. Y tradición
histórica a la que corresponden, además, los testimonios de la Cultura Huarpa
(0 – 400 dC), cuyos creadores fueron pues contemporáneos de moches y mochicas,
nazcas y kollas.
Y tradición a la que finalmente pertenecen,
además, los protagonistas del segundo imperio de los Andes: Wari, cuyo despegue
probablemente se concretó en torno al 800 dC. Como vinos antes para el caso del
Imperio Chavín, también en este caso gran parte de la historiografía
tradicional ha optado por la mimetización del Imperio Wari bajo el neutro e
impoluto nombre de “Cultura Huari”. A lo sumo como hace Del Busto, se habla de un “posible” y de un “presunto”
imperio (aun cuando en su texto proporciona evidencias incontrastables de
conquistas militares y sojuzgamiento imperialista).
Pues bien, hablando
sucesivamente de las culturas Chupas, Rancha, Huarpa y Huari, y tratándolas en
general como compartimientos estancos –casi sin vinculación entre sí y menos
con los remotos habitantes de la cueva de Pikimachay–, la historiografía tradicional
ha logrado soslayar la responsabilidad de definir qué pueblo –o pueblos–
habrían sido los protagonistas de aquéllas.
Así –en lo que nos parece una penosísima
consecuencia– se ha logrado, por añadidura, desvincular en los textos de
historia a los ayacuchanos de hoy con la más remota y prolongada
historia de los Andes que, sin duda, les es propia e inalienable.
Del Busto, hablando de la Cultura Huarpa, la predecesora inmediata de Wari, nomina a
sus protagonistas como “huarpas”. Pero luego, hablando de la Cultura Huari,
atribuye su autoría a unos genéricos e imprecisos“guerreros de Huari”. ¿Por
que, entonces, no llama “waris” o “huaris” a éstos? Mas nominarlos “waris” no
es la única ni parece ser la mejor alternativa. Veamos. El propio Inca Garcilaso de la Vega, en el siglo XVI,
reconoció que en área ayacuchana fue a la “nación chanca” a la que vencieron y
conquistaron los inkas. ¿De dónde pues había surgido esa nación? ¿Y
cuándo y cómo se apoderó ella precisamente y nada menos que del territorio
desde donde se había expandido y adquirido forma el Imperio Wari?
Pues será el propio Del Busto –paradójicamente, diremos–, quien nos dé el
derrotero. Dice en efecto, hablando de los chankas, que“su país [fue] la
hoya del río Pampas”, esto es precisamos, el centro de gravedad del territorio
ayacuchano. Y dice también que los susodichos chankas,a través de sus
leyendas, se reputaban originarios de la laguna de Choclococha, allí donde
justamente nace el caudaloso río Pampas.
¿Y qué tan antiguo habría sido ese
asentamiento de los chankas en torno a las márgenes del Pampas? Según Julio C. Tello –el llamado padre de la arqueología peruana–,y
según Rafael Larco
Hoyle
–citados ambos por Del Busto–, se “encuentra en
los chancas una vinculación con Paracas...”. Siendo que esta cultura fue contemporánea
de Chavín, los chankas, entonces, tenían un milenario asentamiento en
los valles ayacuchanos. Hay pues razones absolutamente suficientes para
considerar que la nación chanka que conquistaron los inkas fue la
misma que siglos antes, por intermedio de los distintos grupos humanos que
contribuyeron a formarla, fue la protagonista de las culturas Chupas, Rancha y
Huarpa, y luego la que formó y hegemonizó en el Imperio Wari.
La historiografía tradicional, sin embargo,
no razona en los mismos términos. Así, Del Busto, el mismo que nos ha permitido conocer cuán antiguo fue el asentamiento chanka
en el territorio ayacuchano, como por encanto los hace desaparecer durante el imperio
Wari para colocar en su lugar a esos imprecisos y desconocidos “guerreros Huari”.
Para luego –en lamentable absurdo y confusión, que ha confundido a muchos– hacerlos
aparecer otra vez, pero como “invasores bárbaros” y nada menos que propinando
el “golpe de gracia” al Imperio Wari.
Sin dudas, reconozcamos pues como chanka
a la más remota y longeva nación de los Andes. Por lo demás, un solvente
lingüista como Torero, reconoce también
genéricamente con ese nombre a los pobladores del área ayacuchana. Como muestra
el mapa, los distintos ayllus de la nación chanka ocupaban el
área cordillerana formada por la pronunciada curva del Mantaro y las caudalosas
aguas de sus tributarios los ríos Pampas, Pachachaca y Apurímac. Esto es, una
diversidad de valles interandinos entre los que sobresale el del Huarpa.
Precisamente en éste los chankas forjarían las culturas Rancha y Huarpa.
Más tarde fue en sus inmediaciones que se erigieron primero Ñawinpuquio y luego
la gran ciudad de Wari (y hoy está asentada allí la ciudad de Ayacucho o
Huamanga).
Desde ese territorio central, de casi 20000
Km2, alcanzaron a afianzar su dominio
territorial sobre el área que incluye la cabecera del río Pisco y gran parte de
los departamentos de Huancavelica y Ayacucho y la provincia de Andahuaylas, es
decir, sobre un totalde algo más de 50 000 Km2.
Más tarde, entre los siglos IX y X, en
clara hegemonía imperialista, la nación chanka desde su sede central en
la ciudad de Wari, conquistó una vastísima extensión del territorio andino.
Como muestra el gráfico del Mapa N° 16, la
mayor parte del territorio ayacuchano está entre los 2 700 y 3 500 metros sobre
el nivel del mar. Así, es obvio que el chanka era y es un pueblo
eminentemente cordillerano. Como también lo fueron los protagonistas centrales del
Imperio Chavín, asentados sobre los 3 000 m.s.n.m. Y como también lo serían los
gestores del posterior Imperio Inka, cuya capital, el Cusco, está a 3 400
m.s.n.m.
¿Puede considerarse una simple casualidad que
los tres únicos imperios de amplitud panandina de la historia peruana, hayan
tenido su sede en la cordillera, y no en la costa? Quizá sea en efecto una
simple coincidencia. ¿Qué impide, sin embargo, postular una o más hipótesis
alternativas, cuyas respuestas podrían ayudar a comprender mejor nuestra
historia, y a proyectarnos a partir de ella con más probabilidades de éxito en
el futuro?
Una primera, que la ciencia médica bien
puede contribuir a deslindar definitivamente, es que, genéricamente, parece más
fácil al hombre cordillerano desenvolverse en la costa, que al costeño
desenvolverse en las alturas. Así, pero ya específicamente, el guerrero
cordillerano en la costa sería más eficiente que el soldado costeño en las
alturas o laderas cordilleranas.
¿No contribuiría ello a explicar, en
principio, el coincidente mayor éxito histórico–militar de los pueblos
cordilleranos?
Complementariamente, y aunque asome
también como de perogrullo, todo parece indicar que los ataques militares
–aunque también las defensas– son más exitosos cuando se acometen “de arriba
hacia abajo”que a la inversa. Ello también coadyuvaría a entender el
coincidente éxito histórico–militar de chavines, chankas e inkas.¿Será
acaso que porque estas hipótesis asoman como tan simples y obvias, es que la
historiografía tradicional no las ha planteado nunca? ¿Asume entonces ésta, que
por obvias y simples, aquéllas están sólida y firmemente instaladas en la mente
de los peruanos?
¿Y que por simples y obvias son lecciones
que la historiografía no explicita para no ofender la inteligencia de los
peruanos?
Pues bien, si todo ello es claro y nítido,
¿cómo explica entonces la historiografía tradicional que en
los casi doscientos
años de nuestra historia republicana, estructural y sistemáticamente se venga
come-tiendo el monumental error de tener y mantener la inmensa mayoría de
nuestras costosísimas infraestructuras militares y no menos costosas fuerzas
armadas en la costa y no en la cordillera? ¿Acaso porque lo que parecía obvio
en realidad no lo era? ¿O acaso porque los que más y mejor debieron aprenderlas
son los únicos que no han aprendido las lecciones implícitas de la historia –ni
los aprensivos silencios de la historiografía–?
¿No es monumentalmente suficiente este
ejemplo para concluir que hasta lo que parece más simple y obvio de la historia
hay que explicitarlo? Porque siempre serán menos costosas las cuatro líneas de
su presunto exceso de palabras, que los miles de millones de dólares de mal
gasto militar acumulado en doscientos años.
Pues bien, herederos de esa rica tradición
fueron también, aunque posteriormente, en el siglo XVI –según refiere Garcilaso, los ayllus de los hancohuallus (a),
los utunsullas (b), y los urumarcas (c), que compartían el valle
del río Pampas; los vilcas (d), de la meseta que está sobre la orilla
izquierda del mismo río Pampas; los pocras (e), de los valles que
circundan la actual ciudad de Ayacucho; los iquichanos (f), de las
montañas de Huanta, al norte de Ayacucho; los morochucos (g), de
Cangallo, sobre las nacientes del Pampas; los chankas (h) de Andahuaylas;
y los tacmanes y quiñuallas (i) asentados entre Abancay y la
cordillera nevada. Y ciertamente y entre otros muchos, los lucanas (j),
de la margen derecha del Pampas y vecinos de los nazcas. Disponiendo
desde antiguo de agua y tierras, se dieron entonces condiciones suficientes
para el trabajo agrícola. Sin embargo, el perfil topográfico en la zona es tan
agreste que reduce drásticamente los valles a estrechas y en algunos casos insignificantes franjas de tierra. Así, al
cabo de miles de años de lento proceso de poblamiento, esos reducidos espacios
fértiles quedaron plenamente ocupados.
En adelante fue pues inevitable incorporar
a la agricultura laderas y pendientes, cada vez más pronunciadas, cada vez menos
fértiles.
La tarea agrícola constituyó, pues, un
titánico desafío. En respuesta, varios siglos antes del inicio de nuestra era,
ya los gestores de la cultura Rancha, como también hicieron sus similares de otros
rincones de los Andes, resolvieron parte de la demanda alimenticia mediante la
esforzada construcción de toscos andenes. Ello constituyó una trascendental
modalidad de ampliación de la frontera agrícola andina.
Los andenes significaron, además, y particularmente
en las zonas de pendiente más pronunciada, una adecuada solución contra el
carácter erosivo de las lluvias; permitieron el máximo aprovechamiento agrícola
del agua, y atenuaron los huaicos –la acción aluvial y destructiva de
las lluvias torrenciales–. También aquí debe observarse que son sólidas las
evidencias de una muy vieja andenería chanka, muchos siglos anterior al
Imperio Inka.
No obstante, deformándose una vez más la
historia, y usurpando indebidamente ahora a otro pueblo una de sus conquistas
más notables, la historiografía tradicional ha sembrado empecinadamente en la
mente de los peruanos el falso dato de que fue mérito del Imperio Inka la
difusión de la andenería.
Algunos siglos
después, durante la fase cultural Huarpa, se prosiguió en la titánica construcción
de andenes, y se construyó los primeros canales, como el de Racay Pampa.
Y reservorios,
depósitos y graneros como los de Quicapata. Mas había también un templo
piramidal, mansiones, recintos públicos, así como plazas y patios. El tesonero
esfuerzo, la habilidad agrícola y la abundancia de agua, permitieron cosechas
que, sin duda, facilitaron y propiciaron el crecimiento poblacional.
Entre los años 200 y 400 dC, cuando el
pueblo chanka seguía todavía forjando pues la cultura Huarpa, la
población debió alcanzar una cifra relativamente alta, a juzgar por la
presencia de casi trescientas pequeñas aldeas desperdigadas en el territorio.
Habida cuenta de una presumible gran
densidad poblacional, la existencia de depósitos y graneros advierte sin duda
entonces de la existencia de una gran producción agrícola, capaz de generar
incluso pues una producción transitoriamente almacenable. Pero la existencia de
depósitos y graneros permite saber también que los chankas tuvieron
conducta previsora.
Los chankas, hace casi dos mil años,
tenían cabal conocimiento de la irregularidad de los ciclos pluviales: lluvia –
sequía, y sus consecuencias. Con una permanencia tan prolongada como la que
tenían en ese territorio, habían experimentado, además, las desastrosas y
hambreadoras consecuencias de las episódicas –pero también reiterativas– situaciones
extremas: sobreabundancia de agua – sequía grave.
La previsión de almacenar era, pues, el
resultado de un adecuado conocimiento de los ciclos de la naturaleza. Previsoramente
se almacenaba los excedentes cosechados durante la temporada de abundancia para
consumirlos así en los de escasez.
Pero generar excedente agrícola suponía,
además, contar con producción intercambiable. Ello permite explicar por qué los
chankas mantuvieron, desde muy antiguo, estrecha relación con sus
vecinos, de los que recibieron aquello que a éstos, a su vez, resultaba
excedentario.
Quizá en su origen ese intercambio
comercial haya sido sólo de comestibles. Siglos más tarde el trueque se amplió
haciéndose extensivo a muchos otros bienes, incluyendo por cierto alimentos
preparados y bebidas. Y junto con estos últimos pasaron de un pueblo a otro,
quizá involuntaria pero irremediablemente, los recipientes de cerámica que las
contenían. Después, sin duda, la propia vajilla de cerámica fue objeto de ese
comercio.
En los primeros y viejos tiempos de
agricultura inicial, el intercambio de alimentos no supuso sino la
diversificación del consumo alimenticio de los pueblos involucrados.
Pero el trueque
permitió a los pueblos romper la monotonía de la producción local y pasar a
consumir lo que la naturaleza ofrecía en distintos pisos ecológicos y en
variadas latitudes. Imperceptiblemente, sin embargo, el proceso era más
complejo. De ello vinieron a darse cuenta, muchos siglos después, cuando
repararon en que con los productos alimenticios que intercambiaban llegaba
también una rica y variaba información: clima y tipo de suelo en que ese alimento
podía ser cosechado, cantidad de agua que requería para producirse, etc.
Inclusive muchos productos eran, o portaban dentro de sí, la semilla necesaria
para su reproducción. Es decir, el intercambio propiciaba un lento pero
riquísimo proceso de diversificación dentro de cada pueblo e, inadvertida y
simultáneamente, de homogenización cultural entre los pueblos.
La difusión cultural se amplió con el
intercambio de productos elaborados. Los alfareros de un pueblo, por ejemplo,
obtenían valiosísima información cada vez que llegaba a sus manos un ceramio
extranjero. Rescataban de cada nueva pieza todo aquel dato que les permitía
mejorar su propia producción. Ensayando, observando, estudiando e innovando
habían dado los pasos iniciales de su trabajo productivo, mas el trueque
facilitó que, alternativa o complementariamente, los especialistas recurrieran
también a imitar o copiar.
Siendo fronterizos, los pueblos chanka e
ica establecieron, desde períodos muy remotos, un fructífero
intercambio. Ese trueque comercial permite entender la similitud entre las
cerámicas de las culturas Chupas y Paracas Cavernas, elaboradas entre los años
700 y 600 aC. Explica
también que más tarde, entre los años 500 y 100 aC, se siguiera
dando semejanza entre
las alfarerías de esos pueblos en sus versiones Rancha y Paracas
Necrópolis. Y, por
último, da cuenta de las similitudes que, entre los años 100 y 400 dC, se
dieron entre las cerámicas de las versiones culturales Huarpa y Nazca.
Esa manifestación nazquense en
Ayacucho corresponde al período en que se dio gran beligerancia entre las
naciones andinas. Sin embargo, contra lo que podría imaginarse, esa presencia
de la cultura Nazca en valles de la cordillera presuntamente no significó que
la nación ica (nazca) hubiera invadido el territorio ayacuchano. No hay
indicadores de ocupación nazquense allí –afirma categóricamente Lumbreras. Pero, pacíficamente, a través del comercio
que llegaba principalmente de la costa pero también desde el Altiplano en ese
período, la influencia y los consecuentes beneficios que iba obteniendo el
pueblo chanka eran ostensibles e incuestionables.
Desde muy antiguo, los artesanos se las
ingeniaron para decorar vasijas y tejidos. El conjunto de imágenes con las que
se adornaron los objetos, es decir, su iconografía, era también un retrato del
mundo, un eficaz vehículo de información y de difusión entre los pueblos. A
través de esa parte del trabajo de los artesanos, los pueblos ofrecían el testimonio
de su flora, fauna y riqueza natural.
Pero también de sus usos y costumbres. Y de
sus héroes, mitos y sus dioses.
Variada y rica
información fluía con y en los objetos, aun cuando el intercambio se concretara
sólo en la frontera. No obstante, no siempre era así. En múltiples ocasiones, y
en muchos casos, en efecto, los propios comerciantes cruzaban las líneas divisorias
y llegaban al pueblo anfitrión portando su mercancía. En el peor de los casos,
con señas y otros ingeniosos modos se superaban las barreras idiomáticas. En
otros, los comerciantes demostraban su eficaz bilingüismo. Y en el mejor de los
casos, los dos pueblos hablaban el mismo idioma, o variantes idiomáticas que,
con la frecuente interacción que promovía el comercio, se hacían, precisamente,
cada vez más inteligibles.
Todo ello permitía reforzar, incluso como
argumento que incentivaba aún más el intercambio, toda aquella información de
la que implícitamente era portador el objeto: usos, técnicas de confección,
representación iconográfica, etc. Los tratantes, en el resto de sus
conversaciones, dejaban otro cúmulo de información: costumbres, tradiciones,
religión, idioma. Y quizá, a instancias de algunos de sus interlocutores,
aquella otra referida al territorio de donde provenían, sus riquezas
disponibles, organización, ejército, defensas, etc. Y también, involuntaria o
deliberadamente, viendo y oyendo, recogían otro tanto del pueblo anfitrión.
Así, más allá de su voluntad –e, incluso en muchos ocasiones, a pesar de ella–,
los comerciantes se constituyeron pues quizá en los más importantes protagonistas
de la difusión cultural, y, claro está, del espionaje. Ya sea relacionando
directamente, de manera intensa y permanente, a pueblos aledaños; o, a manera
de puente, vinculando indirecta, tenue y esporádicamente a pueblos no
fronterizos. Así, el intercambio habría permitido al pueblo ica, durante
la cultura Paracas, convertirse en el puente que vinculó los pueblos ubicados
al norte de su territorio con los que estaban al sur y sureste del mismo. Así,
por ejemplo, por mediación de los paracas, habrían llegado a construirse
templos de lejano parentesco chavinoide en Ayacucho.
Simultáneamente al comercio con la costa,
los chankas tenían establecida una fuerte y también antigua relación de intercambio
con sus vecinos del sureste: los habitantes del área del Cusco e, incluso más
allá, con los pobladores de Tiahuanaco en la zona altiplánica lacustre.
A través del comercio, icas, chankas
e inkas fueron intermediarios, en el espacio y en el tiempo, entre
los pueblos chavín y kolla, o, si se prefiere, entre las culturas
Chavín y Tiahuanaco. A la postre, no sólo influyeron en ellos, sino hasta los
catapultaron.
Así la iconografía chavín,
ilustrando los famosos mantos paracas, pasando por manos de los chankas
e inkas, debió llegar a las orillas del Titicaca. Allí fueron
acogidos calurosamente los dioses y/o los mitológicos personajes chavín.
Primero bajo la cultura Pukara, en estatuillas y adornando su cerámica.
Y luego, con la
cultura Tiahuanaco, perpetuando el principal personaje mitológico
chavín en el elemento
iconográfico central de la denominada Puerta del Sol.
Siglos después, en camino de regreso, ese
mismo motivo iconográfico adornaría la cerámica Wari, y la de los pueblos a los
que a su vez ésta influyó posteriormente (nazcas incluidos).
Con Tiahuanaco, la culminante y portentosa
creación de la nación kolla, ésta habría
adquirido, frente a
sus asombrados vecinos, las características de “minoría creadora” de
que habla Toynbee. Sin duda, el descubrimiento del bronce les
resultó trascendental.
Se le utilizó incluso
como grapas que, uniendo entre sí grandes piedras, elevaron notablemente la consistencia de los muros
–como acaba de mostrarlo Bill
Collins.
Se habría repetido así, como puede suponerse, el fenómeno que ya se había dado
antes con chavín.
De allí que en este período la nación kollase
comportó como colonizadora. Y el co-mercio, sin duda, facilitó la penetración
cultural kolla con la que fueron impactados tanto los ayllus inkas asentados
en el área del Cusco como, más hacia el norte, los ayllus
del pueblo chanka.
Durante el esplendor de Tiahuanaco, la influencia kolla se hizo presente
con gran suceso en todas las manifestaciones de la vida del pueblo chanka.
El estilo cerámico Conchopata, materializado en Ayacucho en esta etapa, resultaría
así el más viejo y directo vínculo de Wari con Tiahuanaco.
Estando el pueblo inka a mitad de
camino entre Tiahuanaco y la tierra de los chankas, si aquél impactó
poderosa y sistemáticamente en éstos, otro tanto o incluso más debió ocurrir
entonces con aquellos. Y así como se ha encontrado evidencias de lo uno, bien
debería haber testimonios de esto otro.
Mal se puede desconocer, sin embargo, que,
siglos después, el desarrollo material del
Cusco imperial fue
extraordinario. Y en el proceso debió destruirse innumerables evidencias.
Mas –como aún ocurre en las grandes
ciudades del mundo–, es probable que bajo
los grandes muros del
Cusco estén todavía guardadas muchas pruebas de la enorme in-fluencia kolla sobre
los inkas preimperiales.
En el ámbito religioso, siglos después de
haber pasado hacia el Altiplano como dios
chavín, en camino de
regreso, la macrocéfala divinidad Tiahuanaco se convirtió en omnipresente
elemento decorativo en la cerámica y en la textilería chanka.
Durante la vigencia de la cultura Huarpa,
esto es, a lo largo de los primeros cinco si-glos de nuestra era, el pueblo chanka
recibió pues, sistemática e intensamente, la influencia tanto del pueblo ica,
como del kolla. Es decir, tanto de la cultura Nazca como de Tiahuanaco.
Ese influjo cultural Nazca y Tiahuanaco
tuvo gran significación en la historia del pueblo chanka. Representó,
sin duda alguna, trascendentales aportes.
Con influencias de uno y otro lado, el
mestizaje en la cerámica fue sólo una de las modalidades en que ello se puso de
manifiesto.
Los chankas quizá también asimilaron
de la costa avanzados conocimientos astro-nómicos y técnicas que contribuyeron
a potenciar su ya bien desarrollada productividad agrícola. Del Altiplano
incorporaron, además, prácticas ganaderas que les permitiron mejorar la dieta
alimenticia. Pero de allí mismo asimilaron la metalurgia del bronce, de enorme
significación en la actividad bélica.
La obtención de considerables excedentes
agrícolas y ganaderos permitió también que la población chanka dispusiera
de mayor tiempo libre susceptible de ser dedicado a actividades no
agropecuarias, de carácter intrínsecamente urbano. Así, la industria textil, la
alfarería y la joyería tuvieron auge precisamente en este período. A ello
contribuyó la propia tierra ayacuchana, que era generosa en las materias primas
que esas actividades demandaban. Tejedores, ceramistas y joyeros hicieron crecer
los centros poblados chankas y, en particular, Wari, que terminó así desplazando
en importancia a Ñawinpuquio.
Ya casi no deberíamos dudar que el relevo
de ésta por aquélla fue el resultado de una disputa por la hegemonía del pueblo
chanka.
Wari albergó al nuevo grupo dirigente y a
la cada vez más nutrida población de especialistas productivos de que se rodeó.
En ella residieron, además, los especialistas militares, cuyo surgimiento fue
también una consecuencia de la acumulación de excedentes.
Habiendo excedentes quedaba en evidencia el
sobrante de fuerza de trabajo en esas áreas productivas. Y, por cierto, se hizo
necesario adoptar medidas de protección para garantizar la posesión de esas
riquezas.
Dirigentes, especialistas y militares se
fueron congregando cada vez en mayor número en Wari. Con ella el pueblo chanka
experimentó quizá el primer fenómeno de explosión urbana de los Andes: su
capital estaba en camino de constituirse en el primer gran centro urbano en la
historia andina. Así, con el aporte de las singulares innovaciones
que captó de sus
vecinos, impregnado de matices nazquenses y tiahuanaquenses, y en
trance de urbanización, el pueblo chanka emprendió su máxima expansión y
desarrollo.
Ello se consiguió, sin embargo, cuando
probablemente entre los kollas se producía –como había ocurrido antes
con chavín– la transformación de la “minoría creadora” en “minoría
dominante”. Y cuando al oeste, en la nación ica hegemonizada por los nazcas,
se daba un cuadro de profunda división social. Es decir, el pueblo chanka alcanzó
su momento de máximo poder autónomo, precisamente cuando las dos grandes
naciones que lo flanqueaban –y lo habían catapultado– habían ingresado en
proceso de franco deterioro y decadencia. ¿Tuvo algo que ver la naturaleza en
la declinación de la fuerza de unos y otros?
En ese contexto, entre los años 700–800 dC,
el pueblo chanka, premunido de un carácter aguerrido muy notable, estaba
ya lanzado en vertiginosa carrera de conquistas militares. Entre kollas,
a un lado, que mantenían aún dominio sobre la meseta altiplánica e influencia
sobre el área cusqueña; e icas, del otro lado, todavía hegemonizados
desde Nazca, los estrategas chankas decidieron enfrentar primero al que
apreciaron más débil.
Así, “el ejército,
poderoso a más no poder”– como textualmente asegura Del Busto
– descendió hacia el
mar y sojuzgó a la naciónica (Nazca, Ica, Paracas y Chincha).
Inmediatamente después arremetieron contra
Cañete, y luego con Pachacámac y
Lima, y no detuvieron
su marcha sino en Chavín de Huántar. En una segunda arremeti-da –como sigue
diciendo Del Busto–, llegaron por el
sur hasta el valle del río Sihuas; y en su nueva acometida al norte el ejército
conquistador “aniquila a los hombres de la Cultura Mochica”
¿Por aniquilación de los hombres debemos
entender de los varones o de toda la población? ¿Significa
esa ambigua expresión
que el naciente Imperio Wari exterminó a la población moche de los
valles de
La Libertad? ¿Debemos
tomar en sentido textual la expresión del historiador?
No, el contexto circunstancial en el que
aparece la discutible expresión no necesariamente lo permite. Pero el contexto
general de su libro sí, como en efecto habremos de ver más adelante, cuando
liquidado el
Imperio Wari, sobre
el mismo territorio de los moche, y virtualmente sin ninguna
explicación, el historiador “hace aparecer” otro pueblo.
Es difícil sostener que las sucesivas y
arrolladoras conquistas chankas estuvieron sólo sustentadas en
argumentos de estrategia, táctica y fuerza militar. Proponemos, pues, que sus
éxitos militares se vieron significativamente facilitados por la marcada
estratificación y profunda división interna en que los grupos dominantes habían
fracturado sus correspondientes naciones.
En efecto, para los sectores esclavizados
por los moches, que no podían estar identificados con sus dominadores,
la conquista por los chankas quizá no significaba deterioro alguno: ya
no podían estar peor. Hasta cabía la posibilidad de algún tipo de mejora.
Esperanzados en ello –como ocurrió después ante la invasión española–, muy
probable-mente, no sólo no actuaron en defensa de sus dominadores, sino que
quizá hasta se comportaron como aliados implícitos de los invasores.
Con los grupos regionales dominados por los
nazcas, esto es, con el resto de la nación ica, se dio, quizá,
una conducta parecida. Así, en revancha contra sus dominadores, los campesinos icas
y chinchas pudieron haberse conducido, deliberadamente, de modo
pasivo frente a la invasión chanka. Así, se habrían comportado, aunque
de modo seguramente implícito, como aliados tácitos de los conquistadores.
Objetivamente, por lo menos en apariencia, chankas
e icas poseían recursos equiparables: territorio, población,
recursos naturales, desarrollo técnico, etc. Fue, entonces, un factor distinto
a los mencionados el que inclinó de manera irreversible la correlación de
fuerzas en favor de los primeros.
¿Acaso un ejército significativamente más
poderoso? ¿Quizá una estrategia militar mejor elaborada? ¿El hecho de que los chankas
“caían” arrollando desde la cordillera? ¿O la ya mencionada división social
de la nación ica?
Con recursos equiparables a los de ésta,
¿cómo habrían podido montar los chankas un ejército bastante más
poderoso? Por otro lado, estrategias mejor diseñadas y la privilegiada posición
geográfica explicarían, sí, victorias pasajeras. Pero difícilmente dan cuenta
de un proceso de dominación que a la postre duraría varios siglos.
Así, el fraccionamiento social interno, con
las consecuencias de sensible debilita-miento que genera, es el factor que explica,
con más consistencia, la derrota militar de la nación ica y la caída y
virtual exterminio del grupo dominante nazca; así como la derrota de moches
y mochicas y el también probable exterminio de sus élites ante el
naciente y arrollador imperio.
Tanto en la nación ica como en la
nación moche–mochica (chimú) habían estado actuando por lo menos cuatro
grupos sociales, cuatro grandes estratos, cuatro fuerzas sociales
significativas.
La mayor correspondía al grupo hegemónico,
al grupo social privilegiado. Y porque sus intereses estaban estrechamente
ligados a los de éstos, incluía, además, a los especialistas.
Una segunda fuerza agrupaba a otro
pobladores urbanos y a los pobladores rurales que pertenecían a la misma región
que los grupos hegemónicos: nazcas y moches, respectivamente.
La tercera fuerza reunía a los grupos
regionales sojuzgados: chinchas, icas y piscos, dominados
por los nazcas; pescadores de Casma y Huarmey, y probablemente incluso mochicas
lambayecanos, dominados por los moches; y a otros pequeños pueblos
que esas naciones mantenían dominados.
Y la cuarta fuerza estaba compuesta por el
conjunto esclavizado de mitimaes y
yanaconas que los grupos
hegemónicos habían colocado a su servicio. Cada una de esas fuerzas aportaba
una fracción de la fuerza social resultante de cada una de esas naciones.
Fuerza resultante que, por lo demás, estaba orientada a alcanzar, principalmente,
los objetivos del correspondiente grupo hegemónico. Es decir, esa resultante
era la fuerza social que –en la práctica– estaba materializando el proyecto del
grupo dominante.
Catalizada por la invasión chanka,
dentro de cada una de las grandes naciones invadidas se operó un cambio muy
importante. Por lo menos una de las fuerzas cambió, empezando a actuar en
sentido contrario, en alianza tácita con los invasores. Ninguna más probable
que la de los más descontentos: los trabajadores esclavizados. Eso fue suficiente
para que, sin aparecer ni desaparecer fuerza alguna, es decir, manteniéndose el
mismo espectro inicial de fuerzas, la resultante –la correlación final–
cambiara.
En efecto, durante un determinado período
el sector esclavizado –mitimaes y yanaconas–,había estado
contribuyendo a hacer efectivo el esplendor material de los poblados de Nazca y
Moche. Construían y, por consiguiente, actuaban en el mismo sentido de los
objetivos que perseguían sus opresores.
Es presumible, sin embargo, que,
incentivados por la inminente invasión chanka, a partir de allí pasaran
de constructores a saboteadores. Su fuerza siguió siendo la misma, pero empezó
a actuar en sentido contrario.
Los estrategas políticos y los estrategas
militares de todos los pueblos entendieron la enorme importancia de este hecho.
De allí que siempre dedicaron tiempo y recursos a incentivar y desarrollar,
desde el exterior, actividades que minaran la fuerza resultante de las naciones
enemigas. Se alentaba el sabotaje, la subversión, el terrorismo, el magnicidio,
el descontento, la deserción, el desacatamiento a la leva, etc. ¿No lo hemos visto
acaso en toda la historia de Occidente?
Actuando en simultaneidad con sus “aliados”
en el territorio invadido, la presencia
chanka terminó a la postre
por cambiar completamente el valor y la dirección de la fuerza resultante. Mas,
como se vio en las primeras páginas, muy probablemente la naturaleza, a través
del fenómeno océano–atmosférico del Pacífico Sur, dio también su cuota en el
proceso expansivo chanka al debilitar las fuerzas y economía de moche
(chimú), pero quizá también de los nazcas.
Con la nueva
correlación de fuerzas necesariamente entraba en vigor un nuevo proyecto. Así,
en los territorios conquistados, los proyectos de las elites dominantes en las
naciones ica y moche (chimú) –o en su defecto los proyectos
nacionales, como en el caso del pueblo cañete, por ejemplo–, quedaron
sustituidos por el proyecto imperial Wari.
La expansión inicial del Imperio Wari
fortaleció la economía y reforzó el poderío militar de los chankas. Los
botines de guerra capturados permitieron gratificar a los combatientes y
solventar la actuación de huestes cada vez más numerosas. A tal efecto, los
pueblos sometidos engrosaron los ejércitos con reclutamiento forzoso.
Puestos luego en dirección sureste, los
ejércitos chankas atravesaron los valles de
Apurímac y Cusco,
llegaron al Titicaca e incursionaron en Tiahuanaco. Todo parece indicar, no
obstante, que los invasores finalmente decidieron no ocupar militarmente ni
conquistar el Altiplano. ¿Qué los neutralizó o qué los disuadió? No se sabe.
Mas, en coherencia con la hipótesis de Kolata –que hemos presentado en el Tomo
I–, puede presumirse
que la gravísima sequía por la que atravesaba entonces el Altiplano ahuyentó
forzosamente a los conquistadores.
En todo caso, después de destruir el centro
urbano se retiraron –según refiere Lum-breras –. Pero previamente capturaron arquitectos, constructores y labradores de
piedra que fueron llevados a Wari para erigir edificios.
El Imperio Wari alcanzó a extender sus
dominios luego hasta Cajamarca y Lambayeque, por el norte, y hasta Arequipa,
Cusco y Sicuani, por el sur.
Es decir, además de la nación ica hegemonizada
desde Nazca; de los cañete y limas; en la costa central;
sucumbieron los moches y mochicas, en la costa norte; los recuay,
conchucos y cajamarcas,
en la cordillera norte; así como los huancas, tarmas y yauyos en
los Andes centrales; el pueblo inka, en los valles de Apurímac y Cusco;
y las colonias kollas de Arequipa, Moquegua y Tacna.
Como está dicho, presumiblemente las élites
más poderosas, nazcas, moches y mo-chicas, habrían perdido
ya gran parte de su poder, inmediatamente antes del aluvión
chanka, en el contexto de
un grave y enorme evento climático.
En ese vasto territorio, de aproximadamente
600 000 Km2, quizá llegaron a ser sometidas cuatro
millones de personas, sobre algo más de cinco millones y medio que poblaron los
Andes durante el apogeo del segundo imperio andino.
La nación chanka difícilmente
superaba el 10% de esta cifra. Es decir, hacia el año
1000 dC, su población
habría sido del orden de 550 000 personas.
La rápida expansión militar se vio también
facilitada por la extensa red de caminos que los pueblos y naciones habían construido
en los Andes, para su propio uso y para facilitar el tránsito comercial.
Los dirigentes del Imperio Wari, sin
embargo, prestaron singular importancia a mejorar la calidad de tales vías.
Así, en el apogeo del imperio de los chankas, la populosa ciudad de Wari
estaba enlazada por anchos y bien trazados caminos con todas las áreas pobladas
importantes de los Andes: Cusco, Puno, Nazca, Huancayo, Arequipa, Lunahuaná,
Pachacámac, Huamachuco, Cajamarca, Trujillo, Lambayeque, etc.
ºEn el esplendor del
Imperio Wari, Cha-kipampa y Ñawinpuquio, los dos centros poblados ayacuchanos
que en los siglos anteriores habían tenido importancia, fueron abandonados y
desplazados por Wari. Quizá ello refleje que, en la disputa entre las elites,
la de Wari alcanzó finalmente a hegemonizar.
Wari –también llamada Viñaque, la ciudad chanka
más importante –, asentada en las inmediaciones de la pampa de La Quinua,
22 Kms. al noreste de la ciudad de Ayacucho, llegó a albergar, en sus 2 000
hectáreas de extensión, hasta 50 000 personas, entre jerarcas, funcionarios,
militares, sacerdotes y multitud de especialistas. Y ciertamente al albergó
también a prisioneros de guerra puestos al servicio de la élite chanka.
¿Cómo se ha calculado
que la ciudad de Wari habría llegado a tener 50 000 habitantes como indica
Del Busto? ¿Y cómo se ha estimado el tan distinto dato de “casi 100 000 habitantes”
del que habla el catedrático ayacuchano Mario Benavides? ¿Cómo se explica que la historiografía dé cifras tan significativamente
disímiles? No lo sabemos, pero parece más sensata la cifra que acoge el doctor
Del Busto.
¿Parece razonable que
la población de la capital del Imperio Wari –incluidos los extranjeros allí
llevados compulsivamente– hubiera concentrado el equivalente a casi el 1% (uno
por ciento) de la población total del territorio peruano de entonces? Sí,
parece absolutamente razonable. Baste tener como referencia que, siete siglos
más tarde, esto es, cuando la tendencia de urbanización necesariamente había
arreciado, la capital del Virreinato (a 165 años de su fundación española)
apenas concentraba el 3% de la población del territorio peruano.
Así, pues, si la relación porcentual –casi
1 %– resulta sensatamente verosímil, y la presunta población
de la ciudad Wari
inobjetable –50 000 habitantes–, aritméticamente no existe otra alternativa que
reconocer que la también presunta población total de los Andes que se ha
postulado 5 550 000 personas es igualmente sensata y verosímil. ¿Por qué, pues,
prejuiciosa y gratuitamente fue descalificada?
¿Debe de este último cálculo colegirse que
nuestra hipótesis demográfica está probada? Ni con mucho. Asoma cada vez más
verosímil, pero no está probada. Siempre serán los especialistas los que tenga
la última palabra (pero con razones y demostraciones, no apriorísticamente).
Esos prisioneros de guerra asumieron
distintas funciones. Unos, como los alarifes y picapedreros llevados desde
Tiahuanaco, quedaron convertidos en mitimaes urbanos, especialistas en
obras de ingeniería. Otra modalidad de mitimaes urbanos la constituyeron
los maestros de orfebrería, llevados desde el Callejón de Huaylas y Cajamarca,
que bien pudieron haber conformado también unidades militares especiales –como
sostiene
Kauffmann.
Es posible, además, que, entre los chankas,
imitando lo que vieron de nazcas y moches-mochicas (chimú),
algunos prisioneros de guerra quedaran destinados, en condición de yanaconas
urbanos, al servicio personal de la élite dirigente en Wari.
Esa suerte pudo corresponder, entre otros,
a aquellos que fueron obligados a cargar las andas o literas en que empezaron a
movilizarse los miembros de la cúspide jerárquica chanka (copiando una
tradición que –como se vio en el Tomo I– ya habían instaurado siglos atrás los moches).
La administración y control del territorio
obligó a que parte de la población chanka dejara sus tradicionales
ocupaciones agrícolas y ganaderas. Así, muchos campesinos
chankas fueron llevados a la
ciudad de Wari o a algunos de los lejanos territorios conquistados para asumir
obligaciones administrativas, organizativas y militares.
En su reemplazo, las tierras de las
inmediaciones de la sede imperial empezaron a ser trabajadas por extranjeros,
trabajadores de los pueblos conquistados. Inicialmente, quizá por prisioneros
de guerra. Más tarde, por los típicos mitimaes rurales, grupos completos
de familias que, desarraigados de su tierra, fueron compulsivamente llevados a
cultivar las tierras ayacuchanas.
El abandonar sus propios campos para
re-poblarlos con campesinos extranjeros, significaba para los chankas un
riesgo enorme.
El estratégico abastecimiento alimenticio,
puesto en manos de mitimaes extranjeros, significaba, de hecho, pasar a
depender, ni más ni menos, que de los propios enemigos del Imperio Wari. Ya
antes, el Imperio Chavín –como el Imperio Romano en el Viejo
Mundo– habían
incurrido en el mismo gravísimo error.
Estos mitimaes, por lo demás, fueron
obligados a rendir elevada productividad.
Mas es presumible que
en los reiterativos períodos secos de menor producción, debieron sacrificar
buena parte de su propia alimentación para asegurar los grandes volúmenes de
alimento que demandaba la numerosa población urbana de Wari.
Los chankas, para la administración
y control de los territorios conquistados, destinaron ingentes recursos para la
construcción y mantenimiento de múltiples centros urbanos y sus
correspondientes destacamentos militares de ocupación. Pachacámac, al sur
de Lima, mantuvo y
hasta acrecentó su importancia.
Se erigió nuevas ciudades: Pikillacta, a 27
Kms. al sureste de la ciudad del Cusco;
Cajamarquilla (o Jicamarca),
en las proximidades de Lima; San Nicolás, en Supe, al norte de Lima; Pacatnamú,
en el valle de Jeque-tepeque; Honcopampa y Wilkawaín, cerca de Huaraz;
Warivilca, en Huancayo; Wiracocha-pampa, en Huamachuco; Otuzco, en Cajamarca;
Sonay, en Camaná ; y Cerro Baúl, en Moquegua Wiracochapampa, Pikillacta y Cerro
Baúl, en los extremos del imperio, se erigieron “calcando” a Wari.
En casi todas las ciudades, el diseño
amurallado –indica Kauffmann–, dotado de un cauteloso
sistema de protección militar, que a veces incluía una sola puerta de acceso y
otra de salida –asegura Lumbreras–, es una buena
prueba del ambiente belicista y violento que reinó durante la expansión y
consolidación del Imperio Wari. Y así como surgieron prósperos nuevos centros
urbanos, vinieron a menos, en cambio –y no por simple casualidad–, Moche y
Cahuachi, las sedes de residencia de las virtualmente liquidadas élites moche
(chimú) y nazca.
La estrategia de los chankas fue,
probablemente –y según puede sospecharse de las evidencias observadas–,
debilitar al máximo a nazcas, limas, moches–mochicas, las
tres más importantes entre las sociedades conquistadas. Para ello desarrollaron
ciudades, centros alternativos de poder, en las que juntamente con los
militares chankas destacados a someter, administrar y colonizar,
residían grupos locales distintos –y eventual-mente hasta opuestos– a los que
habían estado hegemonizando en dichas sociedades antes de la conquista chanka.
Los hallazgos arqueológicos permiten
concluir que el proyecto imperial implícito de la élite chanka privilegió
pues el desarrollo urbano. Y, a fin de dar coherencia al proyecto, se puso
énfasis en el mejoramiento y ampliación de la red vial, que resultaba indispensable
para el control del territorio, el abastecimiento de los centros urbanos administrativos
y militares, y la comunicación con la sede central.
Ese desarrollo infraestructural, vial y
urbano, así como el abastecimiento de una enorme población militar y
administrativa, y la satisfacción de sinnúmero de privilegios, sólo fue posible
porque el grupo hegemónico pudo disponer sistemáticamente de grandes volúmenes
de excedentes generados por los trabajadores de los pueblos sojuzgados.
Una parte, pues, permitió solventar el esfuerzo
de trabajadores esclavizados y de mitayos que levantaron ciudades fortificadas
y ampliaron y mejoraron la red vial. Otra fracción del excedente permitió
alimentar, vestir y renovar el armamento de las huestes de ocupación. Y otra
parte de ese excedente fue a parar, en las ciudades, y en particular en Wari,
durante siglos, para financiar los privilegios de la élite imperial.
Tributos llevados desde lejanas comarcas
estaban destinados –afirma Lumbreras
– a satisfacer las
apetencias de lujo de la élite chanka. De allí que, entre otras
evidencias – y como avala Del Busto– “nace una industria
suntuaria que gira en torno a las joyas”. Privilegiando el desarrollo urbano y
el consumo suntuario, también citadido, el Imperio Wari concretó la
transferencia de grandes cantidades de riqueza, desde la periferia hacia el
centro: Wari. O, si se prefiere, gran parte del excedente generado fluyó desde
los pueblos sometidos a las manos del grupo hegemónico del pueblo chanka.
Los pueblos y naciones conquistadoras
siempre tuvieron muchísimo cuidado en apropiarse, para luego potenciar en su
propio beneficio, las mejores conquistas tecnológicas de los pueblos a los que
sometieron. Como se ha visto, también lo hicieron los chankas llevando a
la sede imperial los mejores arquitectos y picapedreros de Tiahuanco, y los más
calificados metalurgistas y orfebres moches y mochicas.
No lograron sin embargo arrebatar a los paracas
ni a los nazcas los secretos de la incipiente escritura que éstos
tomaron de aquéllos y que posiblemente en uno y otro pueblos se había seguido
desarrollando. ¿No alcanzaron a entender el significado y potencialidad de esa
conquista, que, además, habrían estado desarrollando también los mo-ches?
¿Se habrían percatado
de su gravísimo error cuando ya era tarde, cuando ya habían exterminado a los
miembros de las élites que dominaban ese crucial conocimiento? Quizá nunca lo
sabremos. Pero sí debe endosarse al imperialismo Wari la total frustración de
ese importantísimo avance cultural que había estado incubándose en la costa
peruana.
El proyecto imperial chanka estuvo
en vigencia entre finales del siglo VI y los albores del siglo XI –según Lumbreras –. Del Busto en cambio postula que desde alrededor del siglo IX y los siglos XII o
XIII. De cualquier forma, aunque no deja de sorprender la significativa
diferencia entre una y otra versión, fue –como asegura Lumbreras –, tiempo suficiente para lograr una cierta
homogenización de los patrones de vida en gran parte del territorio andino.
La declinación y
caída del Imperio Wari fue el resultado de sus propias contradicciones
–afirma Lumbreras–. Algunas de ellas, quizá las más imporantes
–según creemos– fueron:
• Entregar el
abastecimiento alimenticio de Wari a sus enemigos;
• Alentar el gasto en
desarrollo urbano en desmedro de la inversión que asegurara e incrementara la
producción alimenticia básica;
• Alentar la
formación de centros de poder que progresivamente habrían ido adquiriendo mayor
autonomía relativa;
• Sustentar la
expansión física y material del imperio en la sobreexplotación de yanaconas,
mitimaes y, en general, de los pueblos dominados;
• Trasladar y
concentrar en la capital, a expensas del empobrecimiento de inmensas áreas
rurales, casi el íntegro de la riqueza producida en el territorio, e;
• Implementar un
modelo económico que, privilegiando el gasto, terminó degenerando en consumo
ostentoso y ocio, en detrimento de la capacidad de inversión reproductiva, así
como de la capacidad de creación, administración y control.
Una a una, en un proceso largo y pausado,
que quizá durante mucho tiempo fue imperceptible para la élite chanka,
las contradicciones fueron debilitando cada vez más al imperio. Quizá sólo a la
postre, cuando el proceso era ya irreversible, fueron absolutamente evidentes.
Mas ya era muy tarde.
La sobreexplotación de los pueblos
dominados exacerbó la animadversión contra los chankas en el vasto
territorio del imperio. Ello podría haber sido aún más acusado, de confirmarse
la hipótesis de una gravísima sequía planetaria en torno al siglo X –como ya se
mencionó–.
La sobreexplotación habría facilitado y
alentado que, al interior de las naciones ica y
moche–mochica (chimú), y del resto de
los pueblos sojuzgados, lograran reconstituirse grupos dirigentes
independentistas.
A éstos tocaría la responsabilidad de
liderar el proceso de liberación del yugo chanka. En los centros urbanos
periféricos, a su vez, arreciaron, probablemente también, los afanes
autonomistas. Por otro lado, sólo era cuestión de tiempo para que la naturaleza
contribuyera con lo suyo para que quedara en evidencia que haber dejado el
abastecimiento alimenticio dela capital Wari a sus enemigos era un
peligrosísimo bumerán.
La desertificación del territorio central
de los chankas –que según Lumbreras siguió a la caída del Imperio Wari–, da pie para estimar que,
efectivamente, una nueva, grave y prolongada sequía ocurrió en la zona. Sin
embargo, la imprecisión de las fechas sobre la vigencia del Imperio Wari, hacen
muy difícil concluir rotundamente si la grave y prolongada sequía se inició
antes o después de la caída de Wari.
Aquí, ateniéndonos a la propuesta de Linares Málaga, que define la caída del Imperio Wari
en torno a 1200 dC, estamos pues considerando esta fecha como el centro más
probable del lapso dentro del cual habría ocurrido el suceso.
Pues bien, hoy se sabe –como se ha
adelantado hablando del Fenómeno océano-atmosférico del Pacífico Sur– que una
“pequeña edad glacial” habría afectado todo el globo con sequías y procesos de
desertificación.
El proceso, científicamente comprobado, se
inició en 1240 dC con anomalías climáticas notorias y llegó a su clímax hacia
1270 dC.
Con evidencias de desertificación en
Ayacucho, y “simultáneas” evidencias de sequías y desertificación en Europa, es
pues muy probable que la “pequeña edad glacial” afectara íntegramente a todo el
globo. Y muy probable también entonces que fuera ésta la circunstancia que
desencadenó una gravísima crisis de producción alimentaria en los
Andes.
En ese contexto, cualquier acción de
sabotaje de los yanaconas esclavizados que residían en Wari, y de los mitimaes
de los pueblos sojuzgados que en torno a la ciudad estaban encargados del
abastecimiento alimenticio de la misma, tuvo, necesariamente, consecuencias catastróficas
para el poder imperial. Máxime cuando, como debió ocurrir ya en ese momento,
los recompuestos ejércitos de las naciones ica y moche–mochica (chimú),
además de los ejércitos huancas, inkas y de otros pueblos, tenían
virtualmente cercados y desabastecidos a los chankas.
La desertificación de las tierras
ayacuchanas probaría, también, que los mitimaes
las abandonaron
presurosos durante el cerco que los pueblos seguramente tendieron a
Wari. Con ello
pusieron de manifiesto que había estado allí descontentos, contra su voluntad.
Desertaron
reincorporándose en masa al seno de sus pueblos. Los ejércitos del Imperio
Wari, que aglutinaban a muchos soldados de los pueblos dominados, se icieron
también, muy probablemente, eco de la rebelión que se generalizó contra el dominador.
Tal como lo hicieron los yanaconas y mitimaes, también los
soldados desertaron, debilitando al ejército imperial y, en cambio,
fortaleciendo proporcionalmente a las huestes rebeldes.
Minimizado el ejército imperial, el
ejército Wari, compuesto ahora sólo por chankas,
fue incapaz de
soportar la arremetida conjunta de todos sus enemigos. El Imperio Wari
fue liquidado y los chankas
cayeron finalmente derrotados.
De los pobladores urbanos de la capital
Wari, es posible que la mayoría fuera exterminada y que sólo unos pocos sobrevivientes
alcanzaran a huir apresuradamente refugiándose en lejanos parajes.
Quizá ese fue el contexto en el que un
numeroso grupo de la élite chanka, por la única vía que les quedaba
libre (la cara este de la cordillera oriental de los Andes), emprendió la fuga
hacia el norte.
Esa sería la causa y origen del suceso que,
rodeado de gran imprecisión cronológica y de matices mitológicos, la
historiografía clásica –desde los cronistas–, conoce como la “retirada a
Moyobamba”, que explicaría la ocupación y posterior desarrollo de ésta y de su
vecina Chachapoyas donde habrían sido los constructores, entre otras, de la
gran y todavía semioculta fortaleza de Kuélap.
La metrópoli Wari, saqueada, se convirtió
en un fantasma: caídas sus estatuas de piedra, sus muros enterrados, sin agua,
sin vida –afirma Lumbreras–.
Necesariamente el deterioro, el colapso y
la caída final del Imperio Wari fue un proceso. Todos los antecedentes
históricos –pero también el sentido común– permiten plantear esa hipótesis. Y
permiten plantear también que fue un proceso en sí mismo coherente y
explicable. Sin embargo, por ahora casi no hay forma de probar cómo de largo y
penoso fue. ¿Acaso de siglos, como podrían dejar entrever las imprecisiones en
las que incurre el historiador Del Busto, que en un lado
afirma que la ciudad Wari “conoció su fin hacia el año 1000 dC”, para luego
(cuatro páginas después) afirmar que la capital “languidece y muchos de sus
habitantes la abandonan (...) en el siglo XII o XIII dC”.
¿En base a qué indicios o a qué
evidencias, pues no las explicita, Del Busto sostiene que Wari
conoció su fin hacia el año 1000 dC, “en que pueblos invasores la redujeron a
estado ruinoso”? ¿Y en base a qué, cuatro páginas después, resulta que cien o
doscientos años más tarde “una nación serrana, acaso la de los Chancas (...) le
da el golpe de gracia”? ¿Insinúa el período entre el primer golpe y el de
gracia, efectiva-mente un tránsito largo y penoso como el que seguimos
suponiendo? Claro que lo insinúa, mas no ofrece seguridad porque no sabemos si
la diferencia de fechas no es más que un error historiográfico. Por otro lado,
¿qué le permite a Del Busto, sin haber ofrecido el más mínimo antecedente,
afirmar que “pueblos invasores” fueron los que redujeron la ciudad Wari?
¿Qué pueblos anónimos habrían sido
aquellos? ¿Dónde habían estado durante el apogeo imperial?
¿Cómo adquirieron
tanta fuerza como para atravesar buena parte del territorio imperial sin ser
detenidos y llegar hasta la capital y saquearla? ¿Por qué luego abandoraron el
territorio saqueado, cuando bien pudieron quedarse en esas tierras que durante
siglos habían alimentado a cientos de miles de habitantes?
¿Y qué fue de esos
poderosos pero anónimos invasores después de su destructiva acción? ¿Cómo se podría
explicar que al cabo de tan protagónica tarea volvieran sin más al más absoluto
anonimato?
Por su parte, y si los primeros invasores
no fueron los de esa “nación serrana de los chancas”–de la que habla Del Busto–, ¿dónde habría estado entonces ésta durante el apogeo Wari? ¿Y no
deberíamos hacernos también para ésta las restantes preguntas precedentes?
Como en el caso de Chavín, aquí también,
pues, la casi unánimemente sacralizada hipótesis de los “pueblos invasores” no
resiste el más mínimo análisis. Pero no obstante gratuita, insustancial y
artificiosa, se ha recurrido a ella para llenar ni más ni menos que uno de los
acontecimientos más importantes de la historia andina, esto es, en palabras del
propio Del Busto: la “muerte del Horizonte Medio”.
Mas, ¿cómo llegó ésta, además de llegar,
según la historiografía tradicional, de la mano de “invasores”? Pues dice
textualmente Del Busto: “...era de esperar –no en vano han transcurrido
muchos años– surge la decadencia, empieza la desintegración”.
Es decir, la historiografía tradicional no
tiene ningún reparo en afirmar –en la pluma de unos– y de aceptar –con el
silencio de los más– que se habría tratado de un asunto pura y simplemente
mecanicista: decadencia y desintegración inexorables a cargo del tiempo, y sólo
de él.
Resulta obvio que con ese prosaico
mecanicismo, con la gratuita invención de los “invasores anónimos”, y
recurriendo, además, a términos tan anodinos como “Horizonte Medio”, se logra
disimular y encubrir dos aspectos históricamente sustantivos e íntimamente
relacionados:
a) la suma de desaciertos y crímenes de la
élite y de buena parte de la nación imperial, y;
b) las luchas, acciones independentistas y
guerras de liberación de los pueblos sojuzgados.
No deja de resultar curioso que,
contradiciéndose con su implícita hipótesis mecanicista, Del Busto admita que, aunque sólo tras el golpe de gracia, “el presunto Imperio se
desploma. Entonces las naciones sojuzgadas se emancipan... –afirma –.
Pues bien, admitiendo él sin ambages que
hubo naciones sojuzgadas, qué otras condiciones –que no explicita– se
habría requerido para hubiese dejado de hablar de un “presunto imperio” y lo
admitiera categóricamente? ¿Por qué no se explicita esas razones? ¿Es que acaso
la diferencia entre “imperio” y “presunto imperio” es anecdótica e irrelevante?
¿En qué sustenta la historiografía
tradicional tamaña laxitud en sus premisas y vacíos? ¿Y tamaña orfandad e
incongruencia en sus conclusiones? Cada vez es más evidente, pues, que hay
varios y muy importantes capítulos de la historia andina que merecen ser
íntegra y seriamente reformulados.
Pues bien, la caída del segundo imperio de
los Andes, como había ocurrido después de la debacle del Imperio Chavín,
significó el resurgimiento autónomo de pueblos y naciones en el espacio andino.
El grueso del propio pueblo ckanka, es decir, la numerosa y pobre población rural que no conoció los beneficios del imperio, inició también, dispersa y estigmatizada, una nueva etapa. En el nuevo contexto, cada pueblo ensayaría, una vez más, la aplicación de su propio proyecto nacional.