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SUMARIO
Y AQUELLA NOCHE VOLVIO
Yo me acordaría de aquello toda una vida, fue algo punzante y desgarrador, sentía entre mis cortos un frío helado que me iba subiendo de a poco y todo ello se convirtió de pronto en un torrente tibio que discurría por mis flácidas piernas aquella noche.
Apenas con su enjuto cuerpo podía caminar, o miraba de lejos parado en mi ventana como se acercaba, y por un momento me pareció que sumergiría su rostro en la tierra húmeda, mi perro le ladró al tiempo que meneaba su cola, y sus ojos rotos por el cansancio y el dolor a través del brillo de la luna imploraba una ayuda. A medida que su rostro se perennizaba en mi cabeza y se hacía más visible dejaba tras de sí la huella que más tarde lo traicionaría.
No le habrás a nadie la puerta,. me lo repetía constantemente mi madre, y quería saber con mis 11 años de cazar ranitas, de tirar a las chirocas con mi honda, de correr y trepar a los árboles ¡Qué pasaba en ese tiempo! Y fue aquella vez en la penumbra del cielo gris, cuando la llama del mechero se extinguió, que salí tan despacio Nin mis ojotas puestas, atravesé el pasadizo por donde diariamente corría tras la pelota y ahora estaba en silencio, mi juguete en un rincón esperaba una caricia, llegué al zaguán, de ahí pude mirar la rústica mesa con sus tres sillas, una de ellas tenía la pata rota que tantas veces había retirado, pero al siguiente día la encontraba con unos ladrillos que la sostenía (era donde él se sentaba) y mi madre estaba sentada mirando tal vez como tejían las arañas en nuestra cocina, tenía una honda pena que se reflejaba en una lágrima que corría por los surcos de su rostro ya envejecido.
Me detuve por un momento, la escuche que balbuceaba un nombre a la vez que unos bejucos oscuros como culebras caían del árbol que el plantó, y ahora estaba invadido de flores cuando rompían los primeros aguaceros de abril.
Le acaricié sus cabellos, encendí una vela y una taza de café le fue calmando su dolor tan profundo de aquella partida. Las horas pasaban y me fui adueñando de sus secretos, sus dolores y sonrisas y fui comprendiendo por qué no debía abrir la puerta a nadie, porque se escuchaban detonaciones y patadas en la puerta cuando las calles estaban solitaria,s. porque la matanza de aquel martes rojo, pude Comprender en mi inocencia de niño la partida de mi hermano hacia «la causa» y fue una madrugada que sus frágiles labios j@ésai@bn la frente de mi madre y nunca más supo de él.
Fueron pasando los años, meses, semanas y días, mi ser querido se guarecia en su pena, regaba a diario el árbol y le hablaba tan quedo que parecía que conversaba con alguien sin que yo me percatase; fui creciendo y heredando esa melancolía que hasta hoy me duele aquí en el alma.
No le abras a nadie la puerta, retumbaba en mi memoria las palabras de mamá, mientras ve a aquel hombre arrastrándose por la tierra húmeda, quise salir ; pero de pronto un grupo de uniformados se acercaba rompiendo el silencio con sus botas... cerré las ventanas y corrí donde mi madre.
Fue aquella vez, que ella esperaría por siempre la llegada de mi hermano... y yo nunca le dije lo que sucedió aquella noche, mi corazón lloró entre cuatro paredes, un retrato y una cama vacía a mi costado.