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(CASO DEL «HOMBRE DE LOS LOBOS»)
VII. El erotismo anal y el complejo de la castración.
He de rogar a mis lectores que recuerden el hecho de que esta historia de una neurosis infantil constituye, por decirlo así, un producto secundario obtenido en el curso del análisis de una enfermedad padecida por el sujeto en su edad adulta. Hubimos, pues, de reconstruir con fragmentos aún más pequeños de los que por lo general, se ofrecen a la síntesis. Esta labor, no excesivamente difícil por lo demás, encuentra un límite natural al tratarse de concentrar en el plano de la descripción un producto multidimensional. He de contentarme, por tanto, con presentar fragmentos inconexos que luego el lector podrá ajustar, formando con ellos un todo unitario y armónico. La neurosis obsesiva descrita nació como ya hemos hecho constar varias veces, en el terreno de una constitución sádico-anal. Hasta ahora, no hemos tratado más que de uno de sus factores principales, el sadismo, y de sus transformaciones, dejando a un lado todo lo referente al erotismo anal, con la intención, que ahora cumplimos, de reunirlo en una exposición de conjunto.
Los analistas comparten unánimemente, y hace ya mucho tiempo, la opinión de que los múltiples impulsos instintivos reunidos bajo el nombre de erotismo anal integran extremada importancia para la conformación de la vida sexual y de la actividad anímica en general. También se hallan igualmente de acuerdo en que una de las manifestaciones mas importantes del erotismo transformado procedente de esta fuente se nos ofrece en la valoración personal del dinero valiosa materia que en el curso de la vida ha atraído a sí el interés psíquico primitivamente orientado hacia el excremento, o sea hacia el producto de la zona anal Nos hemos habituado a referir al placer excremental el interés por el dinero en cuanto dicho interés es de naturaleza libidinosa y no racional, y a exigir de hombre normal que mantenga libre de influencias libidinosas su relación con el dinero y se atenga en ella a normas deducidas de la realidad.
Tal relación hubo de mostrar graves trastornos en nuestro paciente durante el período de su enfermedad en la edad adulta, constituyendo una de las causas más importantes de su incapacidad. Las herencias sucesivas, su padre y su tío le habían procurado un capital considerable; concedía gran valor a que se le supiera rico y le ofendía que se dudase de su fortuna. Pero no sabía a cuánto ascendía ésta ni lo que de ella gastaba o ahorraba. Era muy difícil decidirse a calificarle de avaro o de pródigo, pues tan pronto se conducía de un modo como de otro y nunca en forma que pudiera indicar un propósito consecuente. Por ciertos rasgos singulares, que más adelante expondremos, se le hubiera podido tomar por un ricachón vanidoso que veía en su riqueza el mayor merecimiento de su personalidad y anteponía siempre el dinero al sentimiento. Pero, en cambio, no estimaba a los demás en proporción a su riqueza, y en muchas ocasiones se mostraba más bien modesto, generoso y compasivo. Era, pues, evidente que e] dinero había sido sustraído a su disposición consciente y significaba para él algo distinto.
Ya hicimos constar en otra ocasión que nos parecía muy extraña la forma en que se había consolado de la pérdida de su hermana, que en los últimos años había llegado a ser su mejor camarada, pensando en que su muerte le evitaba tener que partir con ella la herencia de sus padres. Más singular era quizá la serenidad con la que así lo reconocía, como si no se diese cuenta de la mezquindad que tal confesión revelaba. El análisis le rehabilitó, mostrando que el dolor por la muerte de su hermana había sufrido un desplazamiento, pero ello hacía más incomprensible aún que hubiese querido hallar en el incremento de su fortuna una compensación.
A él mismo le parecía enigmática su conducta en otro caso. A la muerte del padre, la fortuna familiar quedó repartida entre su madre y él. La madre le administraba, y el propio sujeto reconocía que complacía sus peticiones económicas con irreprochable generosidad. Sin embargo, toda conversación entre ellos sobre cuestiones de dinero terminaban por parte de él con violentos reproches, en los que acusaba a su madre de no quererle, de proponerse ahorrar a costa suya y de desearle la muerte para disponer independientemente de todo el dinero. En estas ocasiones, la madre proclamaba llorosa su desinterés hasta que su hijo se avergonzaba, y afirmaba con toda razón no haber pensado jamás realmente tales cosas de ella, pero con la seguridad de repetir la misma escena en la ocasión siguiente.
El hecho de que el excremento hubo de tener para él mucho tiempo antes del análisis la significación de dinero, se desprende de toda una serie de incidentes, dos de los cuales expondremos aquí. En un período en que su intestino permanecía aún totalmente ajeno a sus padecimientos, visitó un día en una gran ciudad a un primo suyo, que vivía estrechamente. Después de su visita se reprochó no haberse ocupado hasta entonces de procurar algún dinero a aquel pariente suyo, e inmediatamente sufrió «el apretón más grande de su vida». Dos años después comenzó realmente a pasar una renta a aquel primo suyo. Otra vez, teniendo dieciocho años, y en ocasión de hallarse preparando el examen de madurez, fue a visitar a uno de sus compañeros de estudio para tomar, de acuerdo con él, aquellas precauciones que su miedo a fallar (`Durchfall') [*] les aconsejaba. Decidieron, pues, sobornar al bedel encargado de la vigilancia de los candidatos, y la parte con que nuestro paciente contribuyó a la suma necesaria fue, naturalmente, la mayor. De vuelta a su casa pensó que daría con gusto aún más dinero con tal de que en el examen no se le escapara ningún disparate, y, efectivamente, antes de llegar a la puerta de su casa se le escapó algo distinto.
No habrá de sorprendernos descubrir que en su enfermedad posterior padeció trastornos intestinales muy tenaces, aunque sujetos a oscilaciones, dependientes de variadas circunstancias. Cuando acudió a mi consulta, se había habituado a las irrigaciones, que le eran practicadas por uno de sus criados, y pasaba meses enteros sin defecar espontáneamente ni una sola vez, salvo cuando experimentaba una determinada excitación, que tenía la virtud de restablecer por algunos días la normalidad de su actividad intestinal. Se quejaba principalmente de que el mundo se le mostraba envuelto en un velo o de hallarse separado del mundo por un velo. Y este velo se rasgaba tan sólo en el momento en que la irrigación le hacia descargar el intestino, después de lo cual se sentía de nuevo bueno y sano.
El especialista al cual envié al paciente para que dictaminara sobre el estado de su intestino tuvo la suficiente penetración para declarar que sus trastornos obedecían a causas funcionales o quizá psíquicas, y abstenerse de toda medicación enérgica. Pero ninguna medicación ni régimen alguno provocaron el menor alivio. Durante los años del tratamiento analítico, el sujeto no logró hacer una sola deposición espontánea (dejando a un lado las provocadas por aquellas repentinas influencias antes mencionadas), pero afortunadamente se dejó convencer de que toda medicación intensa de aquel órgano empeoraría su estado, y se contentó con lograr una evacuación o dos semanales por medio de irrigaciones o laxantes.
En esta discusión de los trastornos intestinales de nuestro paciente he concedido a su estado patológico en la edad adulta un lugar más amplio del que hasta ahora he venido otorgándole en la exposición de su neurosis infantil. Y lo he hecho así por dos razones: en primer lugar, porque los síntomas intestinales correspondientes a la neurosis infantil continuaron, con escasas modificaciones, en la enfermedad ulterior, y en segundo, porque tales síntomas intestinales desempeñaron un papel capital al término del tratamiento.
Sabemos ya la importancia que integra la duda para el médico que analiza una neurosis obsesiva. Constituye el arma más fuerte del enfermo y el medio preferido por su resistencia. Merced a esta duda pudo conseguir nuestro paciente, atrincherado en una respetuosa indiferencia. que todos los esfuerzos terapéuticos resbalaran durante años enteros sobre él. No experimentaba el menor alivio ni había medio alguno de convencerle. Por último, descubrí la importancia que para mis propósitos entrañaban los trastornos intestinales. Representaban, en efecto, aquella parte de histeria que hallamos regularmente en el fondo de toda neurosis obsesiva. Prometí al sujeto el total restablecimiento de su actividad intestinal; hice surgir a plena luz con tal promesa su incredulidad, y tuve luego la satisfacción de ver desvanecerse sus dudas cuando el intestino comenzó a «intervenir» en nuestra labor, y acabó por recobrar en el curso de unas cuantas semanas su función normal, durante tanto tiempo perdida.
Volveremos ahora a la infancia del paciente, y dentro de ella, a un período en el que el excremento no podía tener aún para él la significación de dinero.
El sujeto había comenzado a padecer en edad muy temprana trastornos intestinales, y especialmente el más frecuente y más normal en el niño: la incontinencia. Pero estamos indudablemente en lo cierto rechazando para estos sucesos más tempranos toda explicación patológica, y viendo tan sólo en ellos una demostración del propósito de no dejar que le estorbaran o impidiesen la consecución del placer, enlazado a la función excremental. Hasta mucho después de los comienzos de su enfermedad posterior conservó el paciente aquella intensa complacencia en los chistes y las imágenes anales, que corresponden en general a la rudeza natural de algunas clases sociales.
En la época en que estuvo confiado a los cuidados de la institutriz inglesa sucedió varias veces que la chacha y él tuvieron que compartir la alcoba de aquella odiada mujer. La chacha observó entonces con clara comprensión que precisamente aquellas noches ensuciaba el niño su cama, accidente que no solía ya sucederle. Y es que en tales ocasiones el niño no lo consideraba vergonzoso, sino como una manifestación de rebeldía contra la institutriz.
Un año después (teniendo cuatro años y medio), o sea durante el período de miedo, se ensució un día en los pantalones, y esta vez sí se avergonzó intensamente, hasta el punto de que mientras se le limpiaba exclamó, con dolorido acento, que le era imposible vivir así. Hemos, pues, de deducir que en el intervalo había tenido efecto en él un cambio, sobre cuya pista nos pone su dolorida lamentación. Resultó que aquella triste frase la había oído antes a otra persona. En una ocasión, su madre le había llevado consigo a la estación del ferrocarril, acompañando al médico que había venido a reconocerla. Durante el camino se había quejado de sus dolores y sus hemorragias, y había pronunciado aquellas mismas palabras -«Así me es imposible vivir»-, sin la menor sospecha de que el niño, al que llevaba de la mano, había de conservarlas en su memoria. Por tanto, aquel lamento, que el sujeto hubo de repetir luego innumerables veces en su enfermedad posterior, significada una identificación con su madre.
No tardó el paciente en recordar un elemento intermedio, cuya falta se advertía entre los dos sucesos relatados, tanto cronológicamente como en cuanto al contenido. Al principio de su período de miedo, su madre había advertido repetidamente a todos los de la casa la necesidad de observar las precauciones debidas para que los niños no enfermaran de disentería, enfermedad de la que existían muchos casos en las cercanías de la finca. El niño preguntó qué enfermedad era aquélla, y cuando le dijeron que en la disentería salía sangre con el excremento, se asustó mucho y afirmó que así le estaba pasando a él. Tuvo miedo de morir de disentería; pero el examen cuidadoso de sus excrementos le convenció de que se había equivocado y no tenía nada que temer. En tal temor quiso imponerse la identificación con la madre, de cuyas hemorragias había sabido el niño por su conversación con el médico. En su posterior tentativa de identificación (a los cuatro años y medio) faltó el detalle de la sangre, y de este modo, el sujeto no comprendió ya su intensa reacción al incidente y la atribuyó a la vergüenza, sin saber que su motivación verdadera era el miedo a la muerte, el cual se exteriorizó, sin embargo, claramente en su lamento.
La madre, enferma temía en aquel tiempo tanto por sí misma como por sus hijos, y es muy probable que el temor del niño se apoyase no sólo en sus motivos propios, sino también en la identificación con su madre.
Ahora bien: ¿qué podía significar tal identificación?
Entre el atrevido empleo de la incontinencia, a los tres años y medio, y el espanto que a los cuatro años y medio le produjo, se desarrolló el sueño, con el que comenzó su período de miedo, y que le procuró una comprensión a posteriori de la escena vivida al año y medio, y la explicación del papel correspondiente a la mujer en el acto sexual. No es nada aventurado relacionar con esta magna transformación la de su conducta en cuanto al acto de defecar. La disentería era seguramente para él la enfermedad de la que había oído quejarse a su madre y con la que era imposible vivir. Así, pues, para él, su madre padecía una dolencia intestinal y no genital. Bajo la influencia de la escena primordial dedujo que la madre había enfermado por aquello que el padre había hecho con ella, y su miedo a echar sangre al defecar, o sea a estar tan enfermo como su madre, era la repulsa de su identificación con su madre en aquella escena sexual; la misma repulsa con la que había despertado de su sueño. Pero la angustia era también la prueba de que en la elaboración ulterior de la escena primordial se había sustituido él a su madre, envidiándole aquella relación con el padre.
El órgano en el cual podía manifestarse la identificación con la mujer y, por tanto, la actitud pasiva homosexual con respecto al hombre era la zona anal. Los trastornos funcionales de esta zona habían adquirido así la significación de impulsos eróticos femeninos, y la conservaron durante la enfermedad posterior.
En este punto debemos atender a una objeción, cuya discusión puede contribuir considerablemente a explicarnos la situación, aparentemente confusa. Se nos ha impuesto la hipótesis de que durante su sueño comprendió el sujeto que la mujer estaba castrada, teniendo en lugar de miembro viril una herida, que servía para el comercio sexual, y siendo así la castración condición indispensable de la femineidad, y hemos supuesto también que esta amenaza de perder el pene le había llevado a reprimir su actitud femenina con respecto al hombre, despertando entonces con miedo de sus ensoñaciones homosexuales. ¿Cómo se compadece esta interpretación del comercio sexual, este reconocimiento de la existencia de la vagina, con la elección del intestino para la identificación con la mujer? ¿No reposarán acaso los síntomas intestinales sobre la concepción, probablemente anterior y opuesta por completo al miedo a la castración, de que el final del intestino era el lugar del comercio sexual?
Existe desde luego la contradicción señalada, y las dos teorías opuestas son inconciliables. Pero la cuestión está tan sólo en si realmente es necesario que sean compatibles. Nuestra extrañeza procede de que siempre nos inclinamos a tratar los procesos anímicos inconscientes en la misma forma que los conscientes olvidando la profunda diversidad de ambos sistemas psíquicos.
Cuando la agitada expectación del sueño de Nochebuena le surgió la imagen observada (o construida) de un coito entre sus padres, surgió seguramente en primer término la antigua interpretación del comercio sexual, según la cual el lugar que acogía el pene era el final del intestino. ¿Qué otra cosa podía haber creído cuando a la edad de año y medio fue espectador de aquella escena? [*]. Pero luego vinieron los nuevos sucesos, acaecidos a los cuatro años. Las vivencias correspondientes al intervalo y a los indicios sobre la posibilidad de la castración despertaron y arrojaron una duda sobre la «teoría de la cloaca» aproximándole al descubrimiento de la diferencia de los sexos y del papel sexual de la mujer. Pero el sujeto se condujo en esto como todos los niños cuando se les procura una explicación indeseada, sexual o no. Rechazó lo nuevo en nuestro caso por motivos dependientes del miedo a la castración y conservó lo antiguo. Se decidió por el intestino y contra la vagina del mismo modo y por análogos motivos a como después hubo de tomar partido en contra de Dios y a favor de su padre. La nueva explicación fue rechazada y mantenida la antigua teoría, la cual suministró entonces el material de aquella identificación con la mujer, surgida luego en forma de miedo a morir de una enfermedad intestinal y de las primeras preocupaciones religiosas sobre si Cristo había tenido un trasero, etc., por otra parte, sería equivocado creer que el nuevo descubrimiento permaneció ineficaz; por el contrario, desarrolló un efecto extraordinariamente intenso, convirtiéndose en un motivo de mantener reprimido el proceso onírico y excluido de toda ulterior elaboración consciente. Pero con ello se agotó su eficacia y no ejerció ya influencia alguna en la decisión del problema sexual. Constituyó desde luego una contradicción que después de aquel momento subsistiera aún el miedo a la castración, al lado de la identificación con la mujer por medio del intestino; pero se trata sólo de una contradicción lógica, que no supone gran cosa en este terreno. Todo el proceso resulta más bien característico de la forma de laborar de lo inconsciente. Una represión es algo muy distinto de una repulsa.
Cuando estudiamos la génesis de la fobia al lobo, investigamos los efectos de la nueva concepción del acto sexual. Ahora que investigamos los trastornos de la actividad intestinal nos hallamos en el terreno de la antigua teoría de la cloaca. Los dos puntos de vista permanecen separados por un estadio de la represión. La actitud femenina con respecto al hombre, rechazada por la represión, se refugia en el cuadro de síntomas intestinales y se manifiesta en los frecuentes estreñimientos, diarreas y dolores de vientre de los años infantiles. Las fantasías sexuales ulteriores, basadas ya en conocimientos sexuales exactos, pueden así manifestarse ya de un modo regresivo como trastornos intestinales. Pero no las comprendemos hasta que descubrimos el cambio de significación experimentado por el excremento después de los primeros tiempos infantiles.
En un pasaje anterior silencié un fragmento del contenido de la escena primaria, que ahora voy a exponer. El niño interrumpió por fin el coito de sus padres con una deposición, que podía justificar su llanto. En apoyo de esta adición pueden alegarse los mismos argumentos que antes expusimos en la discusión del contenido restante de la escena. El paciente aceptó este acto final por mí construido y pareció confirmarlo con «síntomas pasajeros». En cambio, hube de retirar otra adición, consistente en suponer que el padre, molesto por la interrupción, había dado libre expresión a su enfado, pues el material del análisis no mostró reacción alguna a ella.
Aquel detalle últimamente agregado no puede situarse naturalmente en el mismo plano que el contenido restante de la escena. No se trata en él de una impresión externa, cuyo retorno ha de esperarse en multitud de signos ulteriores, sino de una reacción personal del niño. Su ausencia o su inclusión ulterior en el proceso de la escena no traerían consigo modificación alguna del conjunto. Y su interpretación no ofrece lugar alguno a dudas; significa una excitación de la zona anal (en el más amplio sentido). En otros casos análogos una tal observación del comercio sexual hubo de terminar con el acto de la micción, y un adulto experimentaría en igual circunstancia una erección. El hecho de que nuestro infantil sujeto produjera como signo de su excitación sexual una deposición debe ser considerado como un carácter de su constitución sexual congénita. Toma en el acto una actitud pasiva, mostrándose más inclinado a una posterior identificación con la mujer que con el hombre.
En estas circunstancias emplea el sujeto el contenido intestinal como siempre los niños en una de sus primeras y más primitivas significaciones. El excremento es el primer regalo, la primera prueba del cariño del niño, una parte del propio cuerpo, de la cual se separa en favor de una persona querida. Su empleo en calidad de signo de rebeldía, como en el caso de nuestro sujeto a los tres años y medio y contra la institutriz inglesa, es tan sólo la transformación negativa de aquella anterior significación de regalo. El grumus merdae, que los ladrones dejan a veces en el lugar del delito, parece reunir ambas significaciones: la burla y la indemnización, expresada en forma regresiva. Siempre que es alcanzado un estadio superior, el inferior puede continuar siendo utilizado en sentido negativo y rebajado. La represión encuentra su expresión en la antítesis.
En un estadio ulterior de la evolución sexual, el excremento adquiere la significación del «niño». El niño es parido por el ano, como el excremento. La significación de regalo del excremento permite fácilmente esta transformación. En el lenguaje corriente, los hijos son considerados también como un regalo, y las mujeres dicen frecuentemente «haber regalado un niño a su marido»; pero los usos en lo inconsciente tienen igualmente en cuenta el otro aspecto de esta relación, según el cual la mujer ha «recibido» del hombre un hijo como regalo.
La significación de dinero del excremento parte también, en otra dirección de su significación de regalo.
Aquel temprano recuerdo, encubridor de nuestro enfermo, según el cual había producido un primer acceso de cólera por no haber recibido en Nochebuena regalos suficientes, nos descubre ahora su más profundo sentido. Lo que echaba de menos era la satisfacción sexual, que aún interpretaba en sentido anal. Su investigación sexual se hallaba orientada en este sentido antes del sueño, y había comprendido durante el proceso del mismo que el acto sexual resolvía el enigma de la procedencia de los niños. Ya antes de su sueño le disgustaban los niños pequeños. Una vez había encontrado en su camino a un pajarillo, implume aún, caído del nido, y había huido, asqueado y temeroso, creyéndole una criatura humana. El análisis demostró que todos los animales pequeños, orugas o insectos, a los que hacía encarnizada guerra, tenían para él la significación de niños pequeños, su relación con su hermana mayor le había dado ocasión de reflexionar largamente sobre las relaciones de los niños mayores con los pequeños, y la afirmación de la chacha de que su madre le quería tanto porque era el más pequeño le había procurado un motivo perfectamente comprensible para desear no ser sucedido por otro niño menor. Bajo la influencia del sueño que le presentó el coito de los padres experimentó una reviviscencia su miedo a semejante posibilidad.
Así, pues, habremos de añadir a las corrientes sexuales que ya conocemos otra nueva, emanada, como las demás, de la escena primordial, reproducida en el sueño. En la identificación con la mujer (con la madre) se halla dispuesto a regalar a su padre un niño, y siente celos de su madre, que ya lo ha hecho, y volverá quizá a hacerlo. Por un rodeo, que atraviesa el punto de partida común de la significación de regalo, puede ahora el dinero incorporarse la significación del niño y llegar así a constituirse en expresión de la satisfacción femenina (homosexual). Este proceso se desarrolló en nuestro paciente en ocasión de hallarse con su hermana en un sanatorio alemán, y ver que el padre le entregaba dos billetes de Banco. Este hecho despertó los celos del sujeto, que en su fantasía había sospechado siempre de las relaciones de su padre con su hermana, y en cuanto se quedó a solas con ella le exigió que le entregase su parte de aquel dinero, y ello con tal violencia y tales reproches, que la hermana se echó a llorar y le entregó la totalidad. Pero no había sido únicamente el dinero real lo que le había excitado, sino más aún el niño que significaba, o sea la satisfacción sexual anal, recibida del padre. En consecuencia, sus mezquinos pensamientos a la muerte de su hermana sólo significaban en realidad lo siguiente: Ahora soy el único hijo, y mi padre no puede querer a nadie más que a mí. Pero el fondo homosexual de esta reflexión, absolutamente capaz de consciencia, era tan intolerable, que hubo de ser disfrazada de codicia para gran alivio del sujeto.
Lo mismo sucedía cuando después de muerto su padre dirigía el sujeto a su madre aquellos injustos reproches de que prefería el dinero a su propio hijo, y le engañaba por él. sus antiguos celos de que quisiera a otro niño más que a él y la posibilidad de que tuviera otro hijo, le obligaban a dirigirle acusaciones, cuya injusticia reconocía él mismo.
Este análisis de la significación del excremento nos explica que las ideas obsesivas, que enlazaban a Dios con las heces, significaban algo más que la ofensa blasfema que él veía en ellas. Eran más bien resultados auténticos de un proceso de transacción, en los que participaba, por un lado, una corriente cariñosa y respetuosa, y por otro, una corriente hostil e insultante. En la asociación obsesiva «Dios-basura» se fundía la antigua significación de regalo, negativamente rebajada, con la significación de niño, posteriormente desarrollada en ella. En la última queda expresada una ternura femenina, una disposición a renunciar a su virilidad, a cambio de poder ser amado como una mujer. Esto es precisamente aquel impulso hostil a Dios, expresado con palabras inequívocas en el sistema delirante del paranoico Schreber.
Cuando más adelante expongamos las últimas soluciones de los síntomas de nuestro paciente, quedará demostrado nuevamente cómo sus trastornos intestinales se habían puesto al servicio de la corriente homosexual y habían expresado su actitud femenina con respecto al padre. Una nueva significación del excremento nos abrirá ahora camino hacia la investigación del complejo de la castración.
Al excitar la mucosa intestinal erógena, la masa fecal desempeña el papel de un órgano activo, conduciéndose como el pene con respecto a la mucosa vaginal, y constituye como un antecedente del mismo en la época de la cloaca. Por su parte, la excreción del contenido intestinal en favor de otra persona (por cariño a ella) constituye el prototipo de la castración, siendo el primer caso de renuncia a una parte del propio cuerpo con el fin de conquistar el favor de una persona querida. El amor narcisista al propio pene no carece, pues, de una aportación del erotismo anal. El excremento, el niño y el pene forman así una unidad, un concepto inconsciente -sitvenia verbo-: el del niño separable del cuerpo. Por estos caminos de enlace pueden desarrollarse desplazamientos e intensificaciones de la carga de libido, muy importantes para la Patología, y que el análisis descubre.
La posición inicial de nuestro paciente ante el problema de la castración nos es ya conocida. La rechazó y permaneció en el punto de vista del comercio por el ano. Al decir que la rechazó nos referimos a que no quiso saber nada de ella en el sentido de la represión. Tal actitud no suponía juicio alguno sobre su existencia, pero equivalía a hacerla inexistente. Ahora bien: esta posición no pudo ser la definitiva, ni siquiera durante los años de su neurosis infantil. Más tarde hallamos, en efecto, pruebas de que el sujeto llegó a reconocer la castración como un hecho. También en este punto hubo de conducirse conforme a aquel rasgo. característico de su personalidad, que tan difícil nos hace la exposición de su caso. Se había resistido al principio y había cedido luego; pero ninguna de estas reacciones había suprimido la otra, y al final coexistían en él dos corrientes antitéticas, una de las cuales rechazaba la castración, en tanto que la otra estaba dispuesta a admitirla, consolándose con la femineidad como compensación.
Y también la tercera, la más antigua y profunda, que se había limitado a rechazar la castración sin emitir juicio alguno sobre su realidad, podía ser activada todavía. De este mismo paciente he relatado en otro lugar una alucinación que tuvo a los cinco años, y a la que añadiré aquí un breve comentario:
«Teniendo cinco años jugaba en el jardín, al lado de mi niñera, tallando una navajita en la corteza de uno de aquellos nogales, que desempeñaban también un papel en mi sueño. De pronto observé, con terrible sobresalto, que me había cortado el dedo meñique de la mano (¿derecha o izquierda?) de tal manera, que sólo permanecía sujeto por la piel. No sentía dolor ninguno, pero sí un miedo terrible. No me atreví a decir nada a la niñera, que estaba a pocos pasos de mí, me desplomé en el banco más próximo y permanecí sentado, incapaz de mirarme el dedo. por último, me tranquilicé, me miré el dedo y vi que no tenía en él herida alguna.»
Sabemos que a los cuatro años y medio, y después de trabar conocimiento con la Historia Sagrada, se inició en él aquella intensa labor mental, que culminó en su devoción obsesiva.
Podemos, pues, suponer que la alucinación expuesta se desarrolló en el período en que el sujeto se decidió a reconocer la realidad de la castración, constituyendo quizá la exteriorización de aquel paso decisivo. También la pequeña rectificación del paciente tiene cierto interés. El hecho de que alucinase el mismo suceso temeroso que el Tasso hace vivir a su héroe Tancredo en La Jerusalén libertada justifica la interpretación de que también para el pequeño paciente era el árbol una mujer. Desempeñaba, pues, el papel del padre, y relacionaba las hemorragias de su madre con la castración de las mujeres, con la «herida» por él comprobada.
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