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(CASO DEL «HOMBRE DE LOS LOBOS»)
VI. La neurosis obsesiva.
Por tercera vez sufrió el sujeto un influjo que modificó su evolución en forma decisiva. Cuando llegó a los cuatro años y medio sin que su estado de irritabilidad y de miedo continuo hubiera mejorado, la madre decidió enseñarle la Historia Sagrada con la esperanza de distraerle así y reanimarle. Y, en efecto, lo consiguió, pues la iniciación de los dogmas religiosos puso un término a la fase de angustia; pero, en cambio, trajo consigo una sustitución de los síntomas de angustia por síntomas obsesivos. Si hasta entonces le había costado trabajo conciliar el sueño porque temía soñar cosas terribles, como en aquella noche próxima a la Navidad, ahora tenía que besar, antes de acostarse, todas las estampas de santos que colgaban de las paredes de su alcoba y trazar innumerables cruces sobre su propia persona y su cama.
La niñez del sujeto se nos muestra ya claramente dividida en los siguientes períodos: En primer lugar, la época prehistórica hasta la seducción (a los tres años y tres meses), época a la cual pertenece la escena primordial; en segundo, el período de alteración del carácter hasta el sueño de angustia (a los cuatro años), en tercero, la zoofobia hasta la iniciación religiosa (a los cuatro años y medio), y a partir de aquí, la fase de neurosis obsesiva hasta los diez años. Ni la naturaleza de las circunstancias ni tampoco la de nuestro paciente, caracterizada, al contrario, por la conservación de todo lo antecedente y la coexistencia de las más distintas corrientes, hubieron de permitir una sustitución instantánea y precisa de una fase por la siguiente. La irritabilidad no desapareció al surgir la angustia y se extendió luego, disminuyendo paulatinamente a través de la época de fervor religioso. En cambio, en esta última fase no aparece ya para nada la fobia al lobo. La neurosis obsesiva mostró un curso discontinuo; el primer acceso fue el más largo y el más intenso, surgiendo luego otros a los ocho y a los diez años del sujeto y siempre después de sucesos visiblemente relacionados con el contenido de la neurosis. La madre le relataba por sí misma la Historia Sagrada y hacía además que la chacha le leyera trozos del libro y le enseñara las ilustraciones. Naturalmente, dedicaron máxima atención a la historia de la Pasión La chacha, mujer tan piadosa como supersticiosa, le procuraba las explicaciones que demandaba, teniendo que oír y satisfacer todas las objeciones y las dudas de pequeño crítico. Si las luchas internas que entonces comenzaron a conmoverle tuvieron como desenlace una victoria de la fe, ello se debió considerablemente a la influencia de la chacha.
Aquello que el sujeto me relató en calidad de recuerdo de sus reaccione a la iniciación religiosa despertó al principio en mí una absoluta incredulidad pues juzgaba que tales pensamientos no podían ser nunca los de un niño de cuatro años y medio a cinco, y supuse que desplazaba a esta lejana época de su pasado ideas procedentes de las reflexiones de su edad adulta, cercana ya a los treinta años. Pero el paciente rechazó con toda precisión semejante hipótesis y, como en otras muchas ocasiones, no pudimos llegar a un acuerdo sobre este punto hasta que la relación de las ideas recordadas con los síntomas contemporáneos a las mismas, así como su interpolación en su evolución sexual, me obligó a darle crédito. Y hube de decirme también que precisamente aquellas críticas de las doctrinas religiosas, que yo me resistía a atribuir a un niño, sólo eran ya sostenidas por una minoría de adultos cada vez más pequeña y en trance de desaparecer.
Comenzaré por exponer sus recuerdos y sólo después buscaré el camino que ha de llevarnos a la comprensión de los mismos.
Como ya hemos dicho, la impresión que el contenido de la Historia Sagrada produjo al infantil sujeto no fue al principio nada grata. Comenzó por extrañar el carácter pasivo de Cristo en su martirio y luego todo el conjunto de su historia, y orientó sus más severas críticas contra Dios Padre. Siendo omnipotente, era culpa suya que los hombres fuesen malos y atormentasen a sus semejantes, yendo luego por ello al infierno. Debía haberlos hecho buenos y, por tanto, era responsable de todo el mal y de todos los tormentos. El mandamiento de tender una mejilla cuando había sido uno abofeteado en la otra le resultaba incomprensible así como que Cristo hubiese deseado que apartase de El aquel cáliz, e igualmente que no hubiera sucedido ningún milagro para demostrar que era realmente el Hijo de Dios. Su penetración, así despertada, supo buscar, con implacable rigor, los puntos débiles del poema sagrado.
Pero no tardaron en agregarse a esta crítica racionalista cavilaciones y dudas que nos revelan la colaboración de impulsos secretos. Una de las primeras preguntas que dirigió a la chacha fue la de si Cristo tenía también un trasero. La chacha le respondió que Cristo había sido Dios y hombre al mismo tiempo y que en su calidad de hombre había tenido y hecho lo mismo que los demás humanos. Aquello no satisfizo al niño, pero supo consolarse diciéndose que el trasero era tan sólo una continuación de las piernas. El miedo, apenas mitigado, de verse obligado a rebajar a la sagrada persona de Cristo, emergió de nuevo al ocurrírsele la pregunta de si también Cristo se hallaba sujeto a la necesidad de defecar. No se atrevió a plantear a la chacha tal interrogación, pero encontró por sí solo una salida mejor que la que su niñera hubiese hallado, pues se dijo que si Cristo había hecho vino de la nada, podía convertir también en nada la comida y librarse así de toda necesidad de excreción.
Volviendo sobre un fragmento anteriormente examinado de su evolución sexual, nos aproximaremos a la comprensión de estas cavilaciones. Sabemos que después de la repulsa de la chacha y de la consecutiva represión de la naciente actividad genital, su vida sexual se había desarrollado en las direcciones del sadismo y el masoquismo. Maltrataba y atormentaba a los animales pequeños y construía fantasías cuyo contenido era tan pronto el de que el mismo golpeaba a un caballo como el de que el heredero del trono era maltratado. En el sadismo mantenía su primitiva identificación con el padre, y en el masoquismo le elegía como objeto sexual. Se hallaba en aquella fase de la organización pregenital en la que vemos la disposición a la neurosis obsesiva. El efecto del sueño que le situó bajo el influjo de la escena primordial le había permitido llevar a cabo un avance hacia la organización genital y transformar su masoquismo con respecto al padre en una actitud femenina para con él, o sea en homosexualidad. Pero el sueño no trajo consigo tal avance, sino que se resolvió en angustia. La relación con el padre, que desde el fin sexual de ser maltratado por él, debía haberle llevado al fin inmediato de servirle de objeto sexual como mujer, quedó retrotraída, por la intervención de su virilidad narcisista, a un estadio aún más primitivo, y disociada, pero no resueltas, por un desplazamiento sobre una sustitución del padre, aparente en calidad de miedo a ser devorado por el lobo. Sólo afirmando la coexistencia de las tres tendencias sexuales orientadas hacia el padre, lograremos, quizá, reflejar exactamente la situación. A partir del sueño, el sujeto era en su inconsciente homosexual, mientras que en su neurosis permanecía en el nivel del canibalismo y en tanto seguía dominando el conjunto su anterior actitud masoquista. Las tres corrientes tenían fines sexuales pasivos. El objeto era uno, como era una la tendencia sexual, pero ambos habían experimentado una disociación hacia tres distintos niveles.
El conocimiento de la Historia Sagrada le procuró la posibilidad de sublimar la actitud masoquista predominante con respecto a su padre. Pasó a ser Cristo, personificación que le fue muy facilitada por el hecho de haber nacido en Nochebuena. Con ello había llegado a ser algo grande y, además circunstancia sobre la que al principio no recayó aún acento suficiente- un hombre. En la duda de si Cristo podía tener un trasero se transparenta la actitud homosexual reprimida, pues tal cavilación no podía significar más que la duda de si podría ser utilizado por su padre como una mujer, como la madre en la escena primordial. La solución de las otras ideas obsesivas nos conformará luego esta interpretación. A la represión de la homosexualidad pasiva correspondió entonces la preocupación de que era condenable mezclar a la sagrada persona de Cristo tales suposiciones. Se esforzaba, pues, en mantener alejada su nueva sublimación de los complementos emanados de las fuentes de lo reprimido. Pero no lo consiguió.
No comprendemos todavía por qué se rebelaba también contra el carácter pasivo de Cristo y contra los malos tratos que su padre le imponía, comenzando así a renegar, incluso en su sublimación, de su idea masoquista, hasta entonces mantenida. Podemos suponer que este segundo conflicto fue especialmente favorable a la aparición de las ideas obsesivas humillantes del primer conflicto (entre la corriente masoquista dominante y la corriente homosexual reprimida), pues es natural que en un conflicto anímico se sumen todas las tendencias de un mismo signo, aunque procedan de las más distintas fuentes. Nuevas comunicaciones nos revelarán el motivo de su rebeldía, y con él el de la crítica ejercida sobre la religión.
También su investigación sexual había extraído ciertas ventajas del conocimiento de la Historia Sagrada. Hasta entonces no había tenido razón ninguna para suponer que los niños venían tan sólo de la mujer. Por el contrario, su chacha le había hecho creer que él era sólo de su padre, y su hermana sólo de su madre y esta más íntima relación con su padre le había sido muy valiosa. Pero ahora oyó que María era la madre de Dios. En consecuencia, los niños venían de la mujer y no era posible sostener las afirmaciones de la chacha. Además, los relatos de la Historia Sagrada le confundían en cuanto a quién era realmente el padre de Cristo. Se inclinaba a creer que José; pero la chacha le decía que José había sido tan sólo como el padre y que el verdadero padre había sido Dios, y semejante explicación no le sacaba de dudas. Comprendía tan sólo que la relación entre padre e hijo no era tan íntima como él se había figurado siempre.
El niño intuía en cierto modo la ambivalencia sentimental con respecto al padre integrada en todas las religiones y atacaba a la suya por la relajación de aquella relación con el padre. Como era natural, su oposición dejó pronto de ser una duda de la verdad de la doctrina y se orientó, en cambio, directamente contra la persona de Dios. Dios había tratado dura y cruelmente a su Hijo y no se mostraba mejor con los hombres. Había sacrificado a su Hijo y exigido lo mismo de Abraham. El sujeto comenzó, pues, a temer a Dios.
Si él era Cristo, su padre era Dios. Pero el Dios que la religión le imponía no era una sustitución satisfactoria del padre, al que él había amado y del cual no quería que le despojasen. Su amor a este padre creó su penetración crítica. Tuvo que atravesar aquí un tardío estadio de su desligamiento del padre.
De su antiguo amor a su padre, manifiesto ya en época muy temprana, fue, pues, de donde extrajo la energía para atacar a Dios y la penetración para desarrollar su crítica de la religión. Mas, por otro lado, tal hostilidad contra el nuevo Dios no era un acto primero, pues tenía su prototipo en un impulso hostil al padre, surgido bajo la influencia del sueño de angustia, y no era, en el fondo, más que una reviviscencia del mismo. Los dos impulsos sentimentales antitéticos que habían de regir toda su vida ulterior coincidieron aquí, para el combate de ambivalencia, en el tema de la religión. Lo que de este combate resultó en calidad de síntoma, las ideas blasfemas y la obsesión de asociar siempre la idea de Dios con las de «basura» o «cochino», era, por tal razón, el auténtico resultado de una transacción, como nos lo demostrará el análisis de estas ideas en relación con el erotismo anal.
Otros síntomas obsesivos distintos, de modalidad menos típica, se refieren, con idéntica seguridad, al padre, pero deja reconocer también la conexión de la neurosis obsesiva con los sucesos casuales anteriores.
Entre los ceremoniales piadosos con los que al fin purgó sus blasfemias, contaba también el mandamiento de respirar de un modo solemne en determinadas circunstancias. Cuando se santiguaba, tenía siempre que aspirar o espirar profundamente el aire. En su idioma, una sola palabra reúne los significados de «aliento» y «espíritu». Tenía, pues, que aspirar profundamente el Espíritu Santo o espirar los malos espíritus de los que había oído hablar o leído. A tales malos espíritus atribuía también aquellas ideas blasfemas por las que tantas penitencias había de imponerse. Pero también se veía obligado a espirar profundamente cuando veía a un anciano, a un hombre y, en general, gente inválida contrahecha y digna de lástima, sin que supiera cómo enlazar ya con los espíritus tal conducta. Unicamente se daba cuenta de que lo hacía para no verse como aquellos infelices.
Posteriormente, el análisis nos reveló, con motivo de un sueño, que la obsesión de espirar profundamente cuando veía a alguien digno de lástima había surgido en él cuando ya tenía seis años, y se hallaba relacionada con su padre. Hacía muchos meses que los niños no habían visto a su padre, cuando un día les anuncio su madre que iba a llevarlos consigo a la ciudad para hacerles ver algo que les alegraría mucho. Y, en efecto, los llevó al sanatorio en el que se hallaba su padre, cuyo mal aspecto inspiró gran compasión al sujeto. El padre era, pues, también el prototipo de todos los inválidos, mendigos y ancianos, ante los cuales tenía él que espirar profundamente, como en otros casos es el de las formas imprecisas que los niños ven en estados de miedo o de las burlescas caricaturas que dibujan. En otro lugar veremos que esta actitud compasiva se relaciona con un detalle especial de la escena primordial, detalle tardíamente surgido en la neurosis obsesiva.
El propósito de no verse como aquellas personas dignas de lástima, que motivaba su obsesión de espirar profundamente a su vista, era, pues, la antigua identificación con el padre, transformada en sentido negativo. Pero con ello copiaba también a su padre en sentido positivo, pues el acto de respirar con fuerza era una imitación de la agitada respiración observada en su padre durante el coito. Así, pues, el Espíritu Santo debía su origen a este signo de la agitación sexual masculina. La represión convirtió este aliento en el mal espíritu, para el cual existía también otra genealogía: el paludismo o malaria (aria=aire) que el sujeto había padecido en la época de la escena primaria.
La repulsa de estos malos espíritus correspondía a un rasgo evidentemente ascético que se exteriorizó también en otras reacciones. Cuando el sujeto oyó que Cristo había introducido a unos espíritus malignos en los cuerpos de unos puercos, los cuales se arrojaron luego por un precipicio, recordó que su hermana se había caído una vez a la playa desde un pretil. Era, pues, también un espíritu maligno y una puerca. Partiendo de aquí, un breve camino le llevó a la asociación Dios-cochino. También su padre mismo se le había mostrado dominado por la sensualidad. Cuando supo la historia del primer hombre la encontró análoga a sus propios destinos, y en sus conversaciones con la chacha se fingió, hipócritamente, asombrado de que Adán se hubiera dejado arrastrar a la desgracia por una mujer, prometiendo que, por su parte, no se casaría jamás. En esta época se manifestó intensamente su enemistad contra las mujeres, consecutiva a la seducción de que le había hecho objeto su hermana. Tal hostilidad había aún de perturbar frecuentemente su vida erótica. Su hermana fue así, para él, durante mucho tiempo, la encarnación de la tentación y del pecado. Cuando se confesaba, se sentía puro y libre de toda culpa. Pero en seguida le parecía que su hermana acechaba la ocasión de volverle a inducir en pecado, y antes que pudiese darse cuenta provocaba una violenta disputa con ella, pecando así realmente. Se veía, pues, obligado a reproducir así, siempre de nuevo, el hecho de la seducción. Por otra parte, aunque sus ideas blasfemas le remordían extraordinariamente, nunca las había hecho objeto de confesión.
Hemos penetrado inadvertidamente en el cuadro sintomático de los años posteriores de la neurosis obsesiva y, por tanto, informaremos ya a nuestros lectores sobre su desenlace, salvando toda la plenitud de cosas incluidas en el intervalo. Sabemos ya que, aparte de su estado permanente, experimentaba, temporalmente, agravaciones, una de ellas circunstancia que aún no puede sernos transparente, con ocasión de haber muerto en su misma calle un niño con el cual podía identificarse. Al cumplir los diez años, fue confiado a un preceptor alemán que no tardó en adquirir sobre él extraordinaria influencia. Resulta muy instructivo averiguar que toda su piedad desapareció, para no volver nunca ya, cuando en sus conversaciones con el preceptor se dio cuenta de que aquel sustitutivo del padre no concedía valor alguno a la devoción ni creía en la verdad de las doctrinas religiosas. Su fervor religioso desapareció con su adhesión al padre, sustituto ahora por un nuevo padre más asequible. De todos modos, tal desaparición no tuvo efecto sin una última intensificación de la neurosis obsesiva, de la cual recuerda especialmente el sujeto la obsesión de pensar en la Santísima Trinidad cada vez que veía en el arroyo tres montones de estiércol o de basura. Sabemos que el paciente no cedía jamás a ningún estímulo nuevo sin llevar antes a cabo una última tentativa de retener aquellos que había perdido su valor. Cuando su preceptor le invitó a renunciar a sus crueldades contra los animales, cesó efectivamente en ella; pero no sin antes llevar a cabo, concienzudamente, una última matanza cruenta de orugas. Todavía en el tratamiento psicoanalítico se conducía así, desarrollando siempre una «reacción negativa» pasajera. Después de cada solución intentaba por algún tiempo negar su efecto con una agravación del síntoma correspondiente. Sabido es que los niños se conducen generalmente en esta forma ante toda prohibición. Cuando se los regaña, a causa, por ejemplo, de un ruido insoportable que están haciendo, lo repiten todavía una vez más antes de cesar en él, aparentando así haber cesado por su voluntad después de haberse rebelado contra la prohibición.
Bajo la influencia del preceptor alemán se desarrolló una nueva y mejor sublimación de su sadismo, el cual había llegado por entonces a predominar sobre el masoquismo, como correspondía a la proximidad de la pubertad. El sujeto comenzó a apasionarse por la carrera militar, por los uniformes, las armas y los caballos, y alimentaba con tales ideas continuos sueños diurnos. De este modo llegó a libertarse, por la influencia de aquel hombre, de sus actitudes pasivas y a emprender caminos casi normales. Como eco de su adhesión a su preceptor, que no tardó en separarse de él, le quedó una preferencia por todo lo alemán (médicos, establecimientos y mujeres) sobre lo de su patria (representación del padre), circunstancia que facilitó considerablemente la transferencia en la cura.
A la época anterior a su liberación por el preceptor alemán pertenece un sueño que citaremos por haber permanecido olvidado hasta su aparición en el curso del tratamiento. Se había visto en él a caballo y perseguido por una gigantesca oruga. En este sueño reconoció el sujeto una alusión a otro perteneciente a una época muy anterior a la llegada del profesor alemán y que ya habíamos interpretado mucho tiempo antes. En este otro sueño anterior había visto al demonio, vestido de negro, en aquella misma actitud que tiempo atrás le había asustado tanto en el lobo y en el león, y señalándole con el dedo extendido un gigantesco caracol. No tardó en adivinar que aquel demonio pertenecía a un conocido poema y que el sueño mismo era una elaboración de un cuadro muy conocido que representa al demonio en una escena de amor con una muchacha. El caracol sustituía a la mujer como símbolo exquisitamente femenino. Guiándonos por el ademán indicador del demonio, nos fue fácil descubrir el sentido del sueño: el sujeto añoraba a alguien que le proporcionase las últimas enseñanzas que aún le faltaban sobre el enigma del comercio sexual, como antes en la escena primordial le había procurado su padre las primeras.
El otro sueño ulterior, en el que el símbolo femenino había sido sustituido por el masculino, le recordaba un determinado suceso acaecido poco antes del mismo. Una tarde que paseaba a caballo por la finca pasó al lado de un campesino dormido en el suelo y acompañado Por un niño que debía de ser su hijo. Este último despertó a su padre y le dijo algo que le hizo levantarse y ponerse a insultar y a perseguir a nuestro sujeto, el cual tuvo que picar espuelas para librarse de él. Además de este recuerdo, asoció al sueño el de que en la misma finca había árboles completamente blancos por estar plagados de nidos de orugas. De lo que el sujeto huyó realmente fue de la realización de la fantasía de que el hijo dormía con su padre, y el recuerdo de los árboles blancos fue evocado para restablecer un enlace con el sueño de angustia de los lobos blancos encaramados en el nogal. Se trataba, pues, de una explosión directa de angustia ante aquella actitud femenina con respecto al hombre, contra la cual se había protegido primero con la sublimación religiosa y había pronto de protegerse, mucho más eficazmente aún, con la sublimación militar.
Pero constituiría un grave error suponer que después de la cesación de los síntomas obsesivos no quedó ya efecto alguno permanente de la neurosis obsesiva. El proceso había conducido a una victoria de la fe religiosa sobre la rebelión crítica e investigadora y había tenido como premisa la represión de la actitud homosexual. De ambos factores resultaron daños duraderos. La actividad intelectual quedó gravemente dañada después de esta primera importante derrota. El sujeto no mostró ya deseo alguno de aprender, ni tampoco aquella penetración con la que antes, en la temprana edad de cinco años, había analizado las doctrinas religiosas. La represión de la homosexualidad predominante acaecida durante el sueño de angustia, reservó para lo inconsciente aquel importantísimo impulso, conservándole así su primitiva orientación final, y le sustrajo a todas las sublimaciones a las que de ordinario se presta. Faltaban, pues, a paciente todos los intereses sociales que dan un contenido a la vida. Sólo cuando la cura psicoanalítica consiguió la supresión de tal encadenamiento de la homosexualidad pudo mejorar la situación, y fue muy interesante experimentar con el sujeto -sin advertencia alguna directa del médico- cómo cada fragmento libertado de la libido homosexual buscaba un empleo en la vida y una adhesión a las grandes tareas colectivas de la Humanidad.
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