Indio enseñando a Colón
el regalo envenenado que acaba de cazar. Así empezó la plaga más mortifera de la Historia de la Humanidad. Más de 500 años ya y sigue
Ya Colón nombra, en su diario de a bordo, al tabaco entre los presentes que le hicieron los indios al llegar a América. Son unas hojas mustias y secas que debían tener un gran valor para ellos, pues eran muy apreciadas por los nativos y utilizadas en sus rituales. Él no les dió ningún valor.
Vio por primera vez chupar con deleite el humo producido por esas hojas arrolladas en forma de cilindros y encendidas por uno de sus extremos a los habitantes de la isla de Haití que se denominaba entonces Tabago. Otros dan otro origen.
Rodríguez de Jerez fue el primero que la trajo a España. Y el médico francés Nicot el que la empezó a recetar y expandir por la corte francesa, hecho que inició la masificación propiamente dicha.
En 1535 el español Hernández de Oviedo fue el primero que describrió esta planta en su obra Historia Natural de los Indios.
Fumar entre los indígenas americanos era como un ritual para ponerse en contacto con la divinidad, un rito con profundas raíces en sus vidas.
La banalización vino de mano de los ambientes portuarios y de bajo nivel económico.
En el siglo XVII su cultivo era ya universal y hasta 1850 fumar en público estaba prohibido. La iglesia católica llegó a excomulgar a quienes fumaban y en Persia y Turquía desmembraban a quienes lo hacían. La extensión de su consumo se achaca entre otras cosas a su pretendido poder curativo. Se utilizaba como estornutatorio, en infusiones, enemas, molido, en rapé, y sobre todo fumado, que es lo que más ha perdurado.
En 1855 se inventó la máquina de liar cigarrillos y se disparó su consumo. A principio del siglo XX se crearon las grandes empresas tabaqueras que dominan este fastuoso negocio desde entonces.