La Scala

Catedral del Duomo

La última cena, de Leonardo Da Vinci

 

Esta ciudad deja ver el esplendor de su antigua arquitectura; aunque pasen los años se mantiene en la vitrina gracias a su elegancia

MILAN.- 

Conocida por los romanos como Mediolanum, un nombre de etimología celta, Milán fue en un tiempo, después de Roma, la segunda ciudad en importancia de Occidente. En la actualidad, con casi tres millones de habitantes, es superada demográficamente por otras siete capitales europeas, pero ninguna la aventaja por su combinación de belleza y civilización, que impresiona al turista, ávido de sensaciones estéticas y admirador de los materiales.

Una sitio con glamour

Cuando los bárbaros pusieron fin al Imperio Romano, Milán compartió ese eclipse universal por más de cinco siglos, aunque sus obispos, por ejemplo San Ambrosio, hicieron de la ciudad un baluarte cristiano en medio de las ruinas heroicas.

Con la llegada del primer milenio renació la que llegó a ser la hermosa urbe medieval, siempre a la vanguardia de la cultura occidental como lo corroboran aún hoy ilustres testigos de piedra de abadías y monumentos pertenecientes a los siglos XI y XII.

El centro geográfico de la ciudad moderna es también el escenario de la tradición arquitectónica por excelencia de la capital de Lombardía: la Plaza del Duomo, y en ella ese exponente de la magnificencia del estilo gótico italiano, una de las catedrales más bellas de Europa y del mundo, motivo de orgullo legítimo de un pueblo que por razones históricas desde hace más de veinte siglos no debería asombrarse ya de los prodigios de arte.

El Duomo es una joya de mármol blanco peninsular, preciosa e imponente, que fue mostrada al universo con infinitas fotografías; pero ninguna imagen alcanzaría a traducir con fidelidad la impresión surrealista de eternidad, dentro y fuera de la colosal estructura de piedra tallada, de ojivas y espiras y de las dos mil figuras esculpidas.

A un lado de la Plaza del Duomo se encuentra la famosa Galería Vittorio Emanuele III, un elegante edificio predilecto por los milaneses y turistas por igual, con un gran número de comercios suntuosos, cines y restaurantes bajo una monumental cúpula transparente, también dos arcos de triunfo dignos de las conmemoraciones de la Roma Imperial, el Arco della Pace (Corso Sempione) y el de Víctor Manuel III.

Por las diagonales

Ahí nace una de las grandes avenidas que irradian desde la Piazza en las cuatro diagonales. Otra, Viale Dante Alighieri, conduce hasta el Castillo Sforzesco, de notable estilo, perteneciente a la época de los Visconti y los Sforza, hoy museo de historia y antigŸedades, como un libro abierto con las vicisitudes políticas y militares de este ave fénix milagroso que renació de sus cenizas, desde los hunos de Atila hasta Federico I Barbarroja y Carlos V. Y, ya en la era contemporánea, la rivalidad de los imperios austríaco y francés (dirimida categóricamente por el general Bonaparte en Rívoli y por su sobrino en Magenta) favoreció los designios de los patriotas lombardos y piamonteses de la Gióvine Italia que lucubraba el genovés Giuseppe Mazzini y sigue soñando en Buenos Aires, delante de La Nación, en su efigie pentélica de la plaza Roma. Nada interrumpió a partir de entonces el progreso formidable de la gran capital del Norte y de toda su industrial zona de influencia, salpicada de lagos y bellas ciudades: Monza, Como, Brescia, Pavía, Lodi, Bérgamo, Mantua (patria de Virgilio), conectadas a Milán por una red de autostrade, vías férreas y aviones de Alitalia.

El viaje en tren desde Roma, pasando por Florencia, Bolonia, Módena, Cremona y el sudeste de Lombardía, hasta las orillas del lago de Como es una de esas experiencias que justifican la nostalgia de por vida.

Arte antiguo, pero latente

El centro propiamente dicho de Milán, como es el caso en las antiguas ciudades de Italia, está literalmente adornado de monumentos del arte arquitectónico antiguo, en su mayor parte restaurados de la destrucción sistemática que soportaron en 1943-45, como el palacio real, el soberbio teatro de La Scala, y los palacios Marino, Clerici, Ambrosiana, Carminati y Trivulzio.

En la iglesia de Santa Marie delle Grazie, un antiguo convento dominicano del gótico lombardo, puede admirarse en su refectorio el célebre fresco de Leonardo da Vinci: La última cena. Otras reliquias bien restauradas concitan la admiración del turista en la cercana abadía cisterciense de Chiaravalle (1135-1221), en la antigua catedral de Monza y en la cartuja de Pavía.

Numerosos centros de altos estudios científicos, politécnicos, legales, religiosos, de bellas artes y humanidades hacen de este lugar una gran ciudad universitaria a la vanguardia de la cultura europea, con notables adelantos en lo industrial e informático.

De todo esto tiene ocasión de enterarse el visitante en la Feria Campionaria de este mes, una de las más importantes y concurridas del continente. En esa célebre feria de muestras se exhibe una de las expresiones más ecuménicas de la moda femenina y el diseño, raro privilegio de los artesanos lombardos de la seda y la joyería.

Particularmente llamativa es la exposición de la industria editorial y periodística de Italia y del mundo, de la que vale la pena hablar específicamente y con más detenimiento. Las dos grandes estaciones aéreas de Linate y Malpensa, sincronizadas con el metro de Milán, están bien organizadas para recibir a los modernos peregrinos del arte, cada vez más numerosos. Más de siete millones de turistas acuden anualmente a esta metrópoli y su itinerario paradisíaco de lagos esmeralda: Maggiore, Como, Iseo, Garda, casi tantos viajeros como los que visitan la región de Venecia, Roma o Florencia.

Al mejor estilo gótico

Hacia 1386, en el apogeo de la arquitectura gótica, el primer duque de Milán ordenó la construcción de una iglesia catedral en el centro de la ciudad, conocida como Piazza del Duomo. La dirección técnica de las obras fue confiada por el duque a varios arquitectos alemanes que, como se sabe, monopolizaban junto con los franceses el dominio de ese estilo arquitectónico religioso en los últimos siglos de la Edad Media.

Con sello propio

Eso imprimiría hasta 1402 un estilo característico a los detalles externos, no muy del agrado de los artistas peninsulares. Luego, se incorporaron los testimonios de los precursores del Renacimiento, como Giotto, Brunelleschi y del propio Leonardo da Vinci, pero con el beneplácito de los duques (Francesco Sforza y Ludovico el Moro), como se revela en la imponente escultura interior, los pilares tallados y la nave central. Eso también se observa en el trabajo de orfebrería de las ventanas (vitral de Santa Caterina) y en los techos de mármol blanco translúcido, todo lo cual se traduce en una impresión mística asombrosa.

El Duomo es símbolo histórico de la belleza y de la tenacidad creadora de Lombardía, cuyo pueblo es uno de los más cultos de Italia y con un índice de alfabetización del 99,5 por ciento.

Fuente, La Nación

 

Datos útiles

Cómo llegar

El pasaje aéreo desde Buenos Aires, ida y vuelta, hasta Milán cuesta alrededor de 1000 dólares.

Alojamiento

Una habitación doble en un hotel tres estrellas cuesta entre 75 y 140 dólares; alrededor de 200 en uno de cuatro, y hasta 400 en uno de cinco.

Más información

Oficina de Turismo de Italia, Avda. Córdoba 345, de lunes a viernes, de 10 a 12; 4311-3542.

 

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