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MENTES Y MÁQUINAS

 


EL PROBLEMA DE LA CONSCIENCIA

 

Uno no solamente sabe, sino que sabe que sabe.
Otras especies no pueden hacerlo.
Anónimo

 

 

        Desde nuestro nacimiento hemos visto el mundo, lo hemos sentido y hemos reflexionado sobre él. Las personas tenemos algo, la consciencia, que nos permite todo eso y mucho más. Es ésta, decimos, la que nos hace humanos. Pero quizá seamos demasiado posesivos con el concepto de consciencia. Generalmente no solemos atribuirla más que a nosotros mismos y a otros seres humanos. Mi opinión al respecto es mucho menos radical. La consciencia no es algo que únicamente se pueda tener o no tener. Ésta, como la inteligencia, es solamente el resultado de un complejo sistema puramente físico (el sistema nervioso en los animales), y, como tal, puede poseerse en distintas cantidades en función de lo elaborado que sea éste.
 

        No existe actualmente una explicación universalmente aceptada sobre la mente de la que se puedan extraer conclusiones demostrables, pero es posible que con el tiempo aparezca una teoría con la suficiente fuerza y valor estético como el que tienen las grandes teorías físicas. Hasta entonces tendremos que contentarnos con esquivar el verdadero asunto de la mente en su conjunto y tratar solamente sus manifestaciones conocidas. Pero al menos sabemos que la mente, y con ella la consciencia, residen en nuestro cerebro, que es un objeto tangible y guiado absolutamente por las leyes de la física. Aunque no lleguemos a comprender aún su funcionamiento ya no nos es necesario el concepto de “alma” para explicar (o, mejor dicho, evitar explicar) nuestras emociones. Sabemos que la acción de ciertas drogas altera nuestro estado de ánimo, que las hormonas activan o inhiben algunos de nuestros deseos más básicos, que se pueden estimular directamente las terminaciones nerviosas mediante electrodos... En definitiva, que la mente es algo que pertenece a este mundo y como tal se ve alterada por todo aquello que afecte a su soporte físico. La mejor analogía que encuentro está en la informática: el cerebro es nuestro hardware, lo equivalente a la carcasa y la circuitería del ordenador, mientras que la mente se correspondería con el software: el programa que el ordenador está ejecutando. Sin una cualquiera de las dos partes el conjunto no tiene sentido.
        No es fácil hacer conjeturas sobre la naturaleza de algo en lo que hemos estado inmersos desde nuestro nacimiento y que para nosotros lo es todo: es nuestra realidad, nuestra percepción de la existencia. La consciencia se apoya en nuestros sentidos, pero todos ellos apuntan “hacia afuera”. Es por ello por lo que no tenemos más que una concepción muy limitada de nosotros mismos y, del mismo modo en que nos es imposible conocer lo que  no perciben nuestros sentidos (si no es por medios indirectos), no podemos especular sobre la naturaleza de nuestro ego basándonos únicamente en la intuición.
La consciencia, entonces, es algo que no podemos comprender “desde dentro”, de la misma forma que, por mucho que uno se empeñe, uno no puede notar que hay un punto ciego en sus ojos o que hay un hígado en su interior. El vernos a nosotros mismos de esta forma nos hace creer que somos algo único y mágico que nunca nadie podrá comprender. Esto es posiblemente lo que hace que la gente niegue rotundamente cuando se plantea la pregunta: ¿puede una máquina tener consciencia?, sin pararse a pensar que su cuerpo y su cerebro son objetos tan físicos como un televisor o una mesa. Con este planteamiento pretendo preparar al lector para un punto de vista que no tiene nada que ver con la forma en que estamos acostumbrados a ver nuestra propia realidad.
 
 

LA “PARADOJA” DE LA TELEPORTACIÓN

Expondré un experimento que, aunque no sea realizable en la práctica (al menos por el momento), sí es teóricamente posible. Tal experimento, bien conocido por los aficionados a la ciencia-ficción, consiste en la teleportación de un ser humano: se introduce el individuo en una máquina que arrebate cada  tomo de su cuerpo de su posición actual y lo transmita por algún medio a otra máquina receptora donde la persona vuelva a ser reconstruida átomo a átomo. Supongamos asimismo que la materia queda en el mismo estado (desde el punto de vista cinético) que el original, es decir, que las reacciones que se estaban produciendo antes de la transmisión continúen haciéndolo después. Insisto en que la plausibilidad de tal mecanismo no altera en forma alguna las ideas que intento mostrar, así que olvidémonos (por ahora) del principio de incertidumbre.
        Imaginemos que estamos en el año 3150 y la teleportación es un medio de transporte con un par de siglos de historia. Millones de personas han viajado a la velocidad de la luz entre distintos puntos del sistema solar sin ningún tipo de problema. Usted nunca se ha metido en una de esas cápsulas y en un momento dado se le presenta la posibilidad: un viaje a Titán en unos minutos. Será como dormir y volver a despertar. Pero en el último momento, frente a la compuerta del transmisor, le asalta la duda: ¿son todos los que han entrado ahí las mismas personas que antes o no son más que sutituyentes idénticos a los originales?.
        Si lo transportado fuese un jarrón de porcelana o un ordenador todo el mundo estaría de acuerdo en decir que el objeto recibido es el mismo que el emitido. Si transportamos un geranio la opinión sería la misma. No creo que haya ningún problema en admitir que se puede transportar un ser con consciencia sin que esta se pierda por el camino. Éste recordará toda su vida anterior y el momento en que entró en la máquina, ya que estos recuerdos han sido materializados junto con los estados químicos de su cerebro. Su sensación sería la misma que si hubiera perdido el conocimiento por unos instantes.
        Imaginemos ahora que el aparato no transporta físicamente la materia, sino que extrae información referente a la posición y el estado de cada partícula y posteriormente la envía mediante algún tipo de señal electromagnética (radio, por ejemplo) al receptor, donde la persona “escaneada” se reconstruye. A medida que el aparato emisor va extrayendo información de un átomo lo destruye, confiando (un poco arriesgadamente, se podría alegar) en que ya existe una copia de éste en la cápsula receptora. El hecho de que original y copia no estén constituidos por los mismos átomos sino por otros equivalentes no tiene por qué constituir ningún problema respecto a la identidad del individuo: Todos los seres vivos están regenerando su propia materia desde su nacimiento hasta su muerte, de forma que tras cierto tiempo todos sus átomos han sido sustituidos por otros nuevos. De hecho, según la mecánica cuántica las partículas no tienen identidad propia, de forma que no podemos hablar de “ese electrón y aquel otro”; tendremos que decir: “hay dos electrones, uno aquí y otro allí”. De este modo, al sustituir las partículas que forman un objeto por otras iguales no tendremos un objeto igual: tendremos el mismo objeto (los entendidos en tales materias opinarán que puede producirse alguna diferencia de signo si la partícula sustituida es un fermión, pero siempre podremos solucionarlo girándolo 360º). Volveré más tarde a tratar más posibles consecuencias de la mecánica cuántica.
        Ahora viene lo verdaderamente extraño. Debido a una avería en el aparato emisor la información referente a los átomos es transmitida pero estos no son destruidos en el proceso, con lo cual habremos hecho una copia del individuo sin destruir el original; ¡en el instante posterior a la recepción los dos serán el mismo!. Poco después la acumulación de experiencias distintas para cada uno hará que sean dos personas individuales a pesar de su pasado único. Los dos, al verse en una fotografía tomada un mes antes estarán en el mismo derecho de decir: “ese soy yo”.
        ¿No constituye esta bipartición del individuo una paradoja?. No necesariamente. Si entendemos la mente como la química con la que funciona un cerebro debemos aceptar la idea de que tendremos mil mentes al hacer mil copias de este. Por extraña que sea la sensación de verse conversando con alguien que comparte tu propio pasado no parece posible que esto genere contradicción alguna. Más tarde, sin embargo, proporcionaré una alternativa por la que todo esto no tiene necesariamente por qué ser así.
        Volviendo a la analogía informática en la que una mente sería equivalente a un programa: nadie se plantea si su “Word 6” es el mismo que el de su vecino, aunque se ejecute en otro ordenador. Un programa es información y, como tal, es independiente de su soporte físico. Podemos, en cierta medida, decir que todos los “Word 6” iguales que hay en el mundo son en realidad el mismo.
        Todo esto está muy bien, pero parece que al teleportar sólo información sí estamos matando a uno de los individuos, a pesar de que su mente está viva y a buen recaudo a muchos kilómetros de allí. ¿Hemos llegado ya a una verdadera paradoja?. Bien, mi opinión es que no sólo no hay contradicción sino que ahora tenemos una nueva forma de interpretar la “muerte” de la consciencia. Desde este punto de vista podremos destruir uno de los cuerpos solamente si ambos individuos son exactamente iguales, esto es, antes de que ninguno de ellos haya experimentado ninguna sensación consciente. Podría escribirse todo un libro con las conclusiones extraídas de esta última idea, tan aparentemente alejada del sentido común. Una de ellas, por ejemplo, es que la muerte es para la mente indistinguible de cualquier forma de pérdida de consciencia, como pueden ser el desmayo debido a una herida o el desvanecimiento producido por alguna droga. La única diferencia está en que en cualquiera de estos últimos casos el cerebro, cuando se recupera, sigue funcionado como si nada hubiera pasado, mientras que la muerte es un “desvanecimiento perpetuo”, debido a que el “hardware” ha dejado de funcionar.
        Siguiendo por este camino llegaríamos a tener justificación para procedimientos como la criogenización de seres humanos en vida o de personas “muertas” hace mucho tiempo. ¡Quién sabe, igual todavía hay esperanzas de volver a ver a Walt Disney vivo!.
 
 

¿MENTES SIN CEREBRO?

        Explotando la idea de la independencia entre continente y contenido llegamos al siguiente interrogante: ¿puede algo distinto a un cerebro contener una mente? O, lo que es lo mismo: ¿puede una máquina tener consciencia?. Hay que notar aquí que con “máquina” no me refiero necesariamente a un computador digital, ya que no hay razones para suponer que la mente sea un sistema computable o simulable mediante algún procedimiento algorítmico.
        Imaginemos otro experimento. Tenemos a una persona viva y consciente a la que le vamos extrayendo una a una todas las neuronas del cerebro. Cada vez que le quitamos una la sustituimos por una copia artificial construida a base de silicio. Cada una de estas copias actúa de la misma forma en que lo haría la antigua neurona biológica y está conectada a las mismas vecinas. Una vez concluida la sustitución con éxito tendremos a la misma persona pero con un cerebro artificial. No podemos decir en este caso que hemos asesinado a un individuo para reemplazarlo por una máquina, porque nuestro temerario personaje se ha mantenido consciente durante toda su “transformación”. Pero a pesar de todo al final será una máquina, ¿o no?. Quizá lo que debamos decir es que es una persona “funcionando” en una máquina, al igual que la mente funciona en el cerebro y “Windows 95” funciona en un ordenador personal.
        La ciencia llamada inteligencia artificial trata de investigar y crear máquinas que realicen acciones que hasta ahora eran propias únicamente de seres inteligentes, como jugar al ajedrez, aprender de los errores, reconocer el habla o dar consejos sobre un tema. Aunque ha habido en este campo gran cantidad de logros espectaculares todavía no podemos hablar de máquinas realmente inteligentes. Un ordenador puede jugar al ajedrez contra Kasparov y ganarlo, pero no comprende realmente qué está haciendo, no existe en él sentido común ni libre albedrío. Parece ser que no podremos crear verdadera inteligencia sin haber creado antes una máquina consciente, claro que también es difícil imaginar cómo algo puede ser consciente sin ser inteligente. En mi opinión la consciencia es una consecuencia de la inteligencia.
        ¿Pero qué es en realidad la inteligencia?. Parece que la respuesta a esta pregunta tiene mucho que ver con la versatilidad: un ser inteligente no tiene un comportamiento fijo para llegar a un objetivo, si encuentra una dificultad siempre trata de buscar otro medio para alcanzar su meta. También tiene que ver con el sentido común, el tipo de conocimiento basado en la experiencia que hace que uno sepa que no puede posar una piedra sobre la superficie de un lago sin que se hunda o que se puede arrastrar un objeto tirando de él con una cuerda, pero no se le puede empujar con ella.
        No se puede decir que una hormiga actúe de forma inteligente cuando recolecta semillas para el hormiguero. Será un comportamiento eficaz y ventajoso para su colonia pero no hay en ella ningún razonamiento lógico que le lleve a actuar de la forma en que lo hace. Nosotros en cambio sabemos (por lo general) qué es lo que queremos, por qué hacemos algo, qué entendemos y qué no entendemos; todo ello nos lleva en último término al concepto de “yo”, al pensamiento consciente que parece ser la clave de la inteligencia.
        Ahora bien, cada uno de nosotros tiene presente su propia inteligencia (aunque no sepamos muy bien qué es eso), es consciente de ella al igual que lo es de sí mismo  pero ¿qué nos hace pensar que otras personas también son autoconscientes?. Si excluimos los razonamientos indirectos del tipo: “todos pertenecemos a la misma especie, luego no tengo motivos para considerar que sólo yo soy consciente”, la única prueba que tenemos es el comportamiento. De este modo diremos: un ser es inteligente (o consciente) si aparenta serlo. En este principio se basa el llamado “test de Turing”.
        Para realizar el test de Turing ponemos una máquina supuesta inteligente a conversar por escrito (para evitar desigualdades) con una persona, mientras un observador o comité de observadores pueden leer en una pantalla el diálogo que ambos están manteniendo, pero sin saber quién es la persona y quién la máquina. Turing opinaba que la máquina puede considerarse inteligente si es imposible decidir quién es quién en la conversación. Claro que este test tiene sus limitaciones. Por ejemplo, estamos midiendo la inteligencia a través de la comunicación verbal (o escrita), que es una cualidad única en los humanos. Además siempre podemos hacer preguntas como: ¿quién descubrió América?, con lo que a la pobre máquina no le bastaría con ser inteligente, sino que además debería tener ciertos conocimientos sobre el mundo de los humanos. En definitiva, el test de Turing lo único que nos puede decir es que la máquina es “psicológicamente” equiparable a un ser humano. Pero su importancia radica en el hecho de considerar inteligente todo aquello que se comporte de modo inteligente. No veo ningún motivo fundado para no creer que el test de Turing pueda ser superado en un futuro, aunque quizá haya que esperar algún tiempo más del que auguraban algunos de los primeros expertos en inteligencia artificial.
 
 

CIENCIA-FICCIÓN

        La postura sobre la mente que he planteado es conocido como “funcionalismo” o “inteligencia artificial fuerte”. La IA fuerte ha subyacido siempre (muchas veces de forma involuntaria) en la literatura de ciencia-ficción. Cuando el autor habla de criogenización, teleportación, cyborgs o robots pensantes quizá no se para a discutir las profundas cuestiones filosóficas que subyacen en sus relatos. Todas estas ideas nunca podrán pasar meras ilusiones si las predicciones de la IA fuerte no resultan acertadas. Es precisamente la esperanza en todas estas posibilidades lo que hace que uno quiera creer que la IA fuerte es el punto de vista correcto. Veamos alguna de estas no tan descabelladas ideas:

  • La vida podría prolongarse indefinidamente. Una persona dejaría este mundo solamente porque un accidente o él mismo lo decidieran. El cerebro artificial no tendría por qué envejecer, sus neuronas no morirían y tampoco existirían enfermedades mentales relacionadas con la degeneración del tejido nervioso.
  • El dualismo cuerpo-mente en que se basa la IA fuerte proporciona enormes posibilidades. Una persona podría disponer del “cuerpo” adecuado para su entorno. Utilizaría, por ejemplo, un cuerpo con aspecto de excavadora para colonizar un planeta de atmósfera o terreno hostil.
  • Si alguien no necesitase cuerpo siempre podría disfrutar del “mundo virtual”, donde la realidad estaría generada por potentes ordenadores. En este universo no existirían las distancias, la pobreza o las minusvalías. Todo sería una imitación matemática de la realidad tangible, pero para el que esté dentro sería tan real como cualquier otra cosa. El concepto de realidad dejaría de tener importancia.
  • El sustituir componentes biológicos por otros electrónicos puede tener ventajas derivadas de la enorme diferencia de velocidad que hay entre los dos soportes. La velocidad del paso consciente del tiempo podría cambiar radicalmente. En el tiempo en que un cerebro biológico pronunciaría una palabra, un cerebro electrónico podría escribir una novela.
  • Quizá incluso se pudiera codificar una mente en información, lo que le permitiría viajar a la velocidad de la luz de un planeta a otro y “ejecutarse” en distintas máquinas. Esto sería posible si la mente resultara ser simulable mediante un algoritmo.
  • La teletransportación sería posible.

 

LA MENTE CUÁNTICA

        Por lo que hasta ahora sabemos, toda actividad consciente se produce debido a multitud de complicadas reacciones químicas en el interior y en la superficie de las neuronas. A pesar de que todavía no existen explicaciones totalmente consistentes acerca de ciertos procesos mentales como el aprendizaje o la memoria sí se conocen muchos otros y, por ahora, no hay razón teórica por la cual no podamos llegar a comprender la totalidad de ellos, si bien en la práctica su complejidad podría resultar desbordante debido a las intrincadas conexiones que, a modo de red, establecen nuestras neuronas.
        La tarea de extraer una explicación para el mecanismo mental a partir de las relaciones “interneuronales” sería una tarea tan terriblemente lenta y ardua que no merece la pena ni plantearse tal posibilidad. Para hacerse una idea sólo debemos tener en cuenta que una red neuronal artificial formada por un puñado de neuronas (modelos matemáticos deterministas bien conocidos y extremadamente simplificados de sus homónimos biológicos) puede actuar de una forma muy concreta y bien definida, pero generalmente resulta imposible inferir dicho funcionamiento examinando sus conexiones internas.
        Como puede verse, el entender la mente desde el punto de vista de la IA fuerte no es ni mucho menos una forma de simplificar las cosas. El funcionamiento de nuestro cerebro es algo increíblemente complejo incluso considerando que no hay en él nada más que simples reacciones químicas como las que se pueden realizar en cualquier laboratorio. Pero si algo nos ha enseñado la física es que la realidad siempre resulta ser más extraña de lo que estamos acostumbrados a imaginar. Las actuales explicaciones sobre la constitución del universo como la relatividad, la mecánica cuántica o las por ahora experimentales teorías de supercuerdas no tienen nada que ver con la sencilla visión que durante siglos nos ha dado la física clásica de Newton. En concreto nos interesaremos aquí por la mecánica cuántica, que es la que puede tener algo que decir sobre la naturaleza de la mente.
        Esta magnífica teoría nos da una imagen surrealista del mundo en que vivimos. En el mundo cuántico un objeto puede estar en dos lugares a la vez o pasar instantáneamente de un estado de indeterminación a otro bien definido por el simple hecho de ser observada. Pero evidentemente estos efectos, por alguna razón, no se manifiestan en nuestra vida cotidiana: ¡nunca vemos que una pelota de tenis esté a la vez volando y quieta en el suelo!. En cambio la mecánica cuántica es extraordinariamente precisa a la hora de definir el comportamiento del mundo submicroscópico de los átomos y las partículas elementales. Bueno, esto es del todo así. Más bien los efectos mecano-cuánticos tienen importancia cuando entran en juego diferencias muy pequeñas de energía (del orden de un “cuanto”).
        Es razonable pensar que puede haber algún proceso en el cerebro que pueda aprovechar alguna de estas indeterminaciones cuánticas en las que una partícula se encuentra en un estado múltiple (llamado “superposición lineal compleja de vectores de estado cuántico”) para realizar su cometido. En ese caso no podremos establecer el claro dualismo cuerpo-mente que propone la IA fuerte. Éste es un argumento propuesto por algunos detractores de la IA fuerte (principalmente por el eminente físico teórico Roger Penrose) y limita mucho las posibilidades que esta plantea.
        Según esta postura podremos teleportar un individuo pero no duplicarlo, ya que es imposible copiar un estado cuántico y dejar intacto el estado original. De hecho lo único que podríamos hacer con una consciencia particular sería transportarla de un lugar a otro, pero no copiarla ni simularla mediante sistema alguno. Esto eliminaría las supuestas paradojas que parece traer consigo la IA fuerte.
        Los oponentes de la IA fuerte no aceptan la idea de que el cerebro no sea más que un complejo computador y la mente su programa. Para ellos la consciencia es algo que está, de alguna manera, inseparablemente unido a su soporte físico. Sin embargo no veo el modo en que esto pueda afectar para nada a la posibilidad de llegar a crear una máquina con inteligencia humana por otro medio distinto al de copiar un individuo ya existente: ¡siempre nos quedará el test de Turing!.

 

 

JMB 29-11-2000
juanmb@bigfoot.com

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